El Dios Viviente

Un catecismo para el cristiano ortodoxo.

Tomo I.

Traducido por Sergio M. Gortchacow

 

Contenido:

Primera Parte. Del Adam antiguo al Adam Nuevo.

1. La imagen de Dios:

Creada, caída y restaurada.

La Creación. La Creación del Hombre. La Caída.

2. De la desgracia a la esperanza: Job.

3. El Nuevo Adán: La Encarnación.

Anunciación. La Escalera de Jacob. La Virgen del Signo. Plegaria del "Ave Maria." Isaías, Regocíjate. Navidad.

Segunda Parte. El Bautismo de N. S. Jesucristo

De Abraham a Jesús:

Espera y Reconocimiento del Cristo Dios.

1. La espera mesiánica.

La Fe de Abraham. Combate de Jacob con el Angel. La Unción de David, Profética Figura del Mesías. Las Profecías.

2. Reconocimiento del Cristo Dios.

Juan Bautista. Bautismo de Jesús. Manifestación de la Trinidad. El Icono de la Fiesta. El Canto. El Icono de la Trinidad.

Tercera Parte. El Transfiguración de N. S. Jesucristo.

¿Quién es Dios?

1. Las Teofanías del Antiguo Testamento.

Moisés. El Arbusto Ardiente. Segunda Teofanía en el Monte Sinaí. Elías.

2. La Transfiguración.

La Luz del Tabor. Visión de Dios. De la Transfiguración a la Cruz. Manifestación de la Trinidad sobre el Tabor. La Deificación.

Cuarta Parte. La Enseñanza del Señor Jesús. Anuncio del Reino.

De la Antigua Alianza a la Nueva Alianza.

1. La Antigua Alianza. El Decálogo.

2. De la Antigua a la Nueva Alianza.

El Becerro de Oro. ¿Puede ser rota la Alianza con Dios? La predicción de la Nueva Alianza.

3. La Nueva Alianza.

El Redescubrimiento de la Tierra Prometida. La Buena Nueva de la llegada del Reino de Dios. El Reino de Dios descripto por Jesús en el Sermón de la Montaña. Bienaventurados los pobres de espíritu pues el Reino de los Cielos es de ellos. Bienaventurados los que lloran pues ellos serán consolados. Bienaventurados los mansos pues ellos poseerán la tierra. Bienaventurados aquellos los que tienen hambre y sed de justicia, pues serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos pues obtendrán misericordia. Bienaventurados los puros de corazón pues verán a Dios. Bienaventurados los pacíficos pues serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por la justicia pues el reino de los Cielos es de ellos. Bienaventurados seréis cundo los insultarán ... por causa Mía, regocíjense y estén en júbilo pues vuestra recompensa en los cielos será grande. Camino del Reino. La Fe. El demoníaco epiléptico. El Centurión y su Servidor. El Buen Ladrón sobre la cruz. La Nueva Alianza y la Deificación del hombre.

4. La Sangre de la Nueva Alianza.

5. Judíos y Cristianos.

Quinta Parte. La Cruz y la Resurrección.

1. El Misterio de la Cruz Anunciado en el

Antiguo Testamento.

1. El Misterio de la Cruz en el Antiguo Testamento.

El Sacrificio de Isaac. El Cordero Pascual. El Cordero Pascual en la Tradición Bíblica. El Signo de Jonás. El Signo de la Cruz en los textos Bíblicos.

2. La Pasión de N. S. Jesucristo.

La resurrección de Lázaro. Entrada Triunfal de Jesús a Jerusalén. La unción de Betania. La Cena del Jueves Santo. El lavado de los pies La Santa Cena. Discurso de adiós del Señor después de la Cena. La traición de Judas. Los interrogatorios de Jesús. La Crucifixión. El Misterio de la Cruz.

3. La Resurrección.

Los Testimonios El Sepulcro vacío. Anuncio de los ángeles de la Resurrección Las apariciones del Resucitado.

4. Nuestra Resurrección por el Bautismo.

De la Cruz y de la Resurrección del Cristo a nuestro bautismo. El anuncio del bautismo en el Antiguo Testamento. El diluvio. El cruce del Mar Rojo. El bautismo en Nuevo Testamento. El bautismo de Juan y el bautismo de Jesús. La celebración del bautismo. Asumir su bautismo.

 

 

 

 

Primera Parte.

Del Adam antiguo al Adam Nuevo.

1. La imagen de Dios:

Creada, caída y restaurada.

La Creación.

"En el principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra, empero estaba informe y vacía (tohu bohu en hebreo) y las tinieblas cubrían la superficie del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas" (Génesis, 1:1-2).

Por estas palabras comienza el primer libro de la Biblia, el Génesis, cuyos orígenes remontan a la enseñanza de Moisés quien marca con su poderosa personalidad toda la historia del Pueblo de Dios. Notemos que en estos versículos no se dice como el mundo fue creado. El pueblo judío siempre ha tenido el sentimiento de la distancia inmensa que separa al Creador de la creatura. Es únicamente en un texto mas reciente — el 2º Libro de los Macabeos, quien relata la lucha de los Israelitas fieles contra los tiranos griegos, sucesores de Alejandro — que encontramos formulada la afirmación de la creación del mundo a partir de la nada "creación ex nihilo."

Siete hermanos fueron detenidos por el rey Antiochus y ejecutados uno después del otro, mientras que su madre los sostenía y exhortaba. Cuando llegó el turno del último, ella le dice: "Ruégote hijo mío, que mires al cielo y a la tierra, y todas las cosas que en ellos se contienen; y que entiendas bien que Dios las ha creado todas de la nada, como igualmente al linaje humano" (2 Macabeos 7:28).

Esto nos recuerda una frase que, durante la Liturgia; el sacerdote pronuncia en la gran oración eucarística: "De la nada, Tu nos has llevado al ser."

Novicio: ¿Entonces al principio, desde el principio, que es lo que había?

Maestro: Nada, pero había Dios; "Por Él fueron hechas todas las cosas; sin Él no se ha hecho cosa alguna de cuantas han sido hechas" (ver Juan 1:3).

Novicio: ¿Esto, es filosofía?

Maestro: No, ningún filósofo de la Antigüedad ni había soñado, los Griegos habían tenido una buena idea de un artesano supremo — que ellos llamaron "demiurge," que habría hecho salir el orden (cosmos) que nosotros descubrimos en la naturaleza, del caos primitivo: Pero este artesano habría puesto el orden dentro de una materia ya existente.

Novicio: ¿Y la Biblia que es lo que nos dice?

Maestro: Lo que ella nos dice, el hombre no habría podido encontrarlo por sí solo. Es Dios, El mismo que nos lo hizo saber, que lo ha revelado. Ella nos dice que es por la sola potestad de su Palabra creadora que Dios ha dado a las cosas su existencia, su ser. Dios dice: "Que la luz sea," y la luz fue. Alcanza que Dios diga para que las cosas sean: Es su Palabra que constituye su ser.

Novicio: ¿Por qué se le pone una mayúscula al vocablo "Palabra"?

Maestro: Porque "Palabra"; es decir Verbo — Logos — es el término que emplea el evangelista San Juan para designar al Hijo único de Dios (Juan 1:1).

Novicio: Dios dice y las cosas son, pero las cosas se mueven. Las plantas y los animales evolucionan. ¿Es Dios quien hace la evolución?

Maestro: Es el Soplo de Dios que da la vida al mundo. Sople en griego se dice "pneuma," es la palabra que emplea el Nuevo Testamento para designar al Espíritu Santo. La Biblia nos dice: "El Espíritu de Dios se movía sobre las aguas." Otro libro de la Biblia, el Deuteronomio (32:11), explica: "cómo el águila incita a volar a sus polluelos extendiendo las alas y revoloteando sobre ellos… ," que ha empollado que los hace crecer, así el Espíritu de Dios hace eclosionar la vida y hace evolucionar a los seres.

Novicio: ¿Cómo se sabe que Dios ha creado todo? Nadie lo ha visto obrando.

Maestro: Descubrir que alguien ha hecho salir todo del vacío, de nada, de la nada, es el punto de partida en la creencia en Dios. Es el principio de lo que se llama la Fe. Es por esto que la Epístola a los Hebreos nos dice: "La fe es la que nos enseña que el mundo todo fue hecho por la palabra de Dios; y que de invisible que era fue hecho visible" (Hebreos 11:3). Para enseñarnos esta verdad; la Biblia nos va a hacer un relato accesible a los hombres de todos los tiempos, sabios, poetas, ancianos, adultos o niños pequeños.

"En el principio creo Dios el cielo y la tierra.

La tierra empero estaba informe y vacía

Y las tinieblas cubrían la superficie del abismo,

Y el Espíritu de Dios se movía sobre las aguas

Dijo, pues, Dios: Sea hecha la luz. Y la luz quedó hecha.

Y vio Dios que la luz era buena y dividió la luz de las tinieblas

A la luz la llamó día, y a las tinieblas noche;

Y así de la tarde aquella y de la mañana siguiente resultó el primer día

Dijo asimismo Dios: Haya un firmamento o

Una grande extensión en medio de las aguas,

Que separe unas aguas de otras.

E hizo Dios el firmamento, y separó las aguas

Que estaban debajo del firmamento de aquellas que estaban sobre el firmamento.

Y quedó hecho así Y al firmamento llamóle Dios cielo.

Con lo que de tarde y de mañana se cumplió el día segundo.

Dijo también Dios: Reúnanse en un lugar las aguas

Que están debajo del cielo y aparezca lo árido o seco. Y así se hizo.

Y al elemento árido dióle Dios el nombre de tierra,

Y al de aguas reunidas las llamó mares.

Y vio Dios que lo hecho estaba bueno.

Dijo asimismo: Produzca, la tierra hierba verde

Y que de simiente y plantas fructíferas

Y que den fruto conforme a su especie,

Y que contengan en sí mismas su simiente sobre la tierra. Y así se hizo.

Con lo que produjo la tierra hierba verde

Y que da simiente según su especie,

Y árboles que dan fruto,

De los cuales cada uno tiene su propia semilla según la especie suya.

Y vio Dios que la cosa era buena.

Y de la tarde y mañana resultó el día tercero.

Dijo después Dios: Haya lumbreras o cuerpos luminosos

En el firmamento del cielo, que distingan el día de la noche,

Y señalen los tiempos o las estaciones, los días y los años.

A fin de que brillen en el firmamento del cielo,

Y alumbren la tierra. Y fue hecho así.

Hizo, pues Dios, dos grandes lumbreras:

La lumbrera mayor para que presidiese al día;

Y la lumbrera menor para presidir la noche; e hizo las estrellas.

Y colocolas en el firmamento o extensión del cielo,

Para que resplandeciesen sobre la tierra.

Y presidiesen al día y la noche y separasen la luz de las tinieblas.

Y vio Dios que la cosa era buena.

Con lo que de tarde y mañana resultó el día cuarto

Dijo también Dios: Produzcan las aguas reptiles animados

Que vivan en las aguas, y aves que vuelen sobre la tierra,

Debajo del firmamento del cielo

Creó, pues Dios, los grandes peces,

Y todos los animales que viven y se mueven,

Producidos por las aguas según sus especies,

Y asimismo todo volátil según su género.

Y vio Dios que lo hecho era bueno

Y bendíjolos diciendo: Creced y multiplicaos

Y henchid las aguas del mar; y multiplíquense las aves sobre la tierra.

Con lo que de la tarde y la mañana resultó el día quinto.

Dijo todavía Dios: Produzca la tierra animales vivientes en cada género,

Animales domésticos, reptiles, bestias silvestres de la tierra,

Según sus especies. Y fue hecho así.

Hizo, pues Dios, las bestias silvestres de la tierra según sus especies,

Y los animales domésticos y todo reptil terrestre según su especie.

Y vio Dios que lo hecho era bueno.

Y por fin dijo: Hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra;

Y domine los peces del mar, y a las aves del cielo, y a las bestias,

Y a toda la tierra, y a todo reptil que se mueve sobre la tierra.

Creó, pues Dios, al hombre a imagen suya:

A imagen de Dios los creó; creolos varón y hembra.

Y echoles Dios su bendición, y dijo: Creced y multiplicaos;

Y henchid la tierra, y enseñoreaos de ella,

Y dominad a los peces del mar y a las aves del cielo

Y a todos los animales que se mueven sobre la tierra.

Y añadió Dios: ved que os he dado todas las hierbas

Que producen simiente sobre la tierra,

Y todos los árboles los cuales tienen en sí mismos simiente de su especie,

Para que os sirvan de alimento a vosotros.,

Y a todos los animales de la tierra, y a todas las aves del cielo,

Y a todos cuantos animales vivientes se mueven sobre la tierra,

A fin que tengan que comer. Y asís se hizo.

Y vio Dios todas las cosas que había hecho;

Y eran en gran manera buenas.

Con lo que de la tarde y de la mañana se formó el sexto día

Quedaron, pues, acabados los cielos y la tierra, y todo ornato de ellos.

Y completó Dios el séptimo día la obra que había hecho;

Y en el día séptimo reposó o cesó de todas las obras que había acabado

Y bendijo el día séptimo;

Y le santificó por cuanto había Dios cesado

En él de todas las obras que creó hasta dejarlas bien acabadas" (Génesis 1:1-31; 2:1-3).

Un poema magnífico por él cual Dios hace comprender a todos los hombres de todas las edades que es El quien ha hecho todo y quien "ha hecho todo con sabiduría" (Salmo 104:24).

Novicio: Entonces la Biblia dice que el sol fue creado el cuarto día. Cuando, anteriormente, tu texto decía: "Hubo una tarde, y hubo una mañana, fue el primer día." ¿Como podía haber un primer día con tarde y mañana, puesto que todavía no había el sol?

Maestro: Esta pregunta podría también haber venido al espíritu de nuestro autor. Es entonces evidente que los días de los cuales habla no son esos que son medidos por la salida y puesta del sol; ellos no duran veinticuatro horas como una rotación de la tierra sobre sí misma. Se refiere de los días de Dios y no de los días de los hombres. Es por eso que el Apóstol San Pedro nos dirá: "Mil años para los hombres, un día para Dios" (2 Pedro 3:8).

Novicio: ¿Entonces los tiempos de Dios y los tiempos de los hombres no son los mismos?

Maestro: Evidentemente no los son. Dios no vive en el tiempo puesto que es El quien a hecho el tiempo como Él a hecho el espacio. Dios existe "antes de todos los siglos" y más allá de todos los espacios: És él porqué no podemos comparar los descubrimientos de la ciencia y las revelaciones de la Biblia, como han querido hacer a veces ciertos espíritus primarios, imaginándose que el autor del Génesis había querido escribir un tratado de geología o de paleontología.

Novicio: ¿Entonces quién dice la verdad: la ciencia o la Biblia?

Maestro: La Verdad de la revelación bíblica no es del mismo orden que las verdades fragmentadas y relativas que estudia la ciencia. Lo que estudia la ciencia concierne al mundo de las apariencias, el mundo de los fenómenos pasajeros, medibles en minutos y metros, que se desenvuelven dentro de los tiempos y espacios del hombre. La revelación bíblica, ella, remonta por encima del tiempo y espacio hasta Dios quién ha creado el tiempo, el espacio y todo lo que la ciencia descubre, quién ha creado la inteligencia humana quién ha hecho a la ciencia misma.

Novicio: ¿Entonces cual es la verdad que descubrimos en el relato de la creación?

Maestro: El hombre de fe luego de haber estudiado de la Biblia ve la naturaleza con un ojo nuevo. Descubre maravillándose la belleza de la creación, el esplendor de la obra del Creador, ella misma pálido reflejo de la inimaginable belleza del Creador. Es entonces que "a la puesta del sol," "viendo la luz de la tarde" El canta con toda la Iglesia a la hora de las vespertinas el salmo 103 [104].

Salmo 103 [104]

Mi alma, bendícela Señor, Señor mi Dios

Tú eres infinitamente grande.

Tú estás revestido de gloria y magnificencia,

Tú estás envuelto de luz como de un manto.

Tú despliegas los cielos como una tienda.

Tú has cubierto con las aguas Tú alta morada.

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ....

De los vientos Tú haces mensajeros

De las llamas de fuego Tus servidores.

Tú estableces la tierra sobre sus fundamentos,

Ella no vacilará dentro de los siglos de los siglos.

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

De Tus altas moradas, Tú riegas las montañas,

La tierra esta saciada del fruto de Tus obras.

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

Que Tus obras son grandes, Señor;

Tú has creado todo con sabiduría.

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

Que la gloria del Señor esté dentro de los siglos;

Que el Señor se regocije de Sus obras.

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

Cantaré al Señor durante toda mi vida;

Celebraré mi Dios tanto cuanto yo sea.

Que por Él sean recibidas mis palabras;

Me regocijaré dentro del Señor

. . . . . .

Que tus obras son grandes Señor;

Tú has hecho todo con sabiduría

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo,

Ahora y siempre por los siglos de los siglos

Amén — Aleluya, Aleluya, Aleluya,

Gloria a Ti, oh, Señor (tres veces).

Final: Gloria a Ti.

 

La Creación del Hombre.

(Génesis 2:4-7 y 21-24).

Maestro: En el primer capítulo, hemos visto una descripción de la creación culminando con la aparición del hombre, en suma, como una criatura entre otras. Puede ser, habrás notado, sin embargo, una diferencia. Para todo que no es el hombre, Dios ordena y las criaturas aparecen. Luego Dios dice: "Hagamos al hombre a nuestra imagen como nuestra semejanza y que él domine… sobre todas las bestias salvajes."

Novicio: Si. Vemos que Dios da una importancia particular al hombre, como si quisiera hacerlo su representante en la tierra.

Maestro: Es todavía mas claro en lo que sigue en el capítulo 2 del Génesis (Génesis 2:5-7):

"Y todas las plantas del campo antes que naciesen en la tierra, y toda la hierba de la tierra antes que de ella brotase; porqué el señor Dios no había aun hecho llover sobre la tierra, ni había hombre que la cultivase. Salía empero de la tierra una fuente que iba regando toda la superficie de la tierra. Formó, pues el señor Dios al hombre del lodo de la tierra, e inspirole en el rostro un soplo o espíritu de vida, y quedó hecho el hombre viviente con alma racional."

Novicio: ¿Por qué hay dos relatos de la Creación?

Maestro: Es que estos primeros libros del Génesis no cuentan una "historia" — una historia supone un testigo, y durante la Creación Dios está solo — pero nos instruyen de los designios de Dios sobre el hombre, que el Espíritu Santo a revelado en el Antiguo Testamento a los Profetas.

Novicio: ¿Qué significan estos dos relatos?

Maestro: El primero nos muestra la creación de este universo que Dios confía al hombre, como tú lo decías. El segundo nos dice porque el hombre es creado último: para coronar al mundo y conducirlo hacia Dios, puesto que, nos dice el texto; el hombre es tan necesario para cultivar el suelo como la lluvia que la fecunda.

Esta responsabilidad del hombre es tan grande que Dios pensó que Él debía darle alguien para ayudarlo. Pero ninguno de los seres preexistentes no convenían, y es del hombre mismo que vino esta "ayuda":

"Por lo tanto el Señor Dios hizo caer sobre Adán un profundo sueño; y mientras estaba dormido, le quitó una de las costillas, y llenó de carne aquel vacío. Y de la costilla aquella que había sacado de Adán, formó el Señor Dios una mujer: la cual puso delante de Adán" (2:21-22).

Esta es una forma de sugerirnos: que el hombre y la mujer comparten la misma naturaleza;

que la mujer es llamada a ser la compañera del hombre, la cual se mantiene a sus costados.

Al despertarse, el hombre exclamó: "He aquí esta vez el hueso de mis huesos y la carne de mi carne… El hombre quitará su padre y su madre y se juntará a su mujer y los dos serán una sola carne."

Cuando leemos en el texto que Dios hizo al hombre de la tierra, podemos pensar que la unión que nosotros tenemos con toda la creación es muy importante; estamos modelados de la misma masa, pertenecemos a la misma creación, nosotros no hacemos mas que uno con ella (el nombre del hombre, Adán, viene de la palabra hebrea adama = tierra). Pero Dios ha soplado en el hombre la vida; es una criatura viviente puesto que Dios está con él. El hombre es vida porque Dios le da vida constantemente, por su Aliento, por su Presencia, por su Potestad.

Dios creo al hombre y la mujer a su imagen; toda la humanidad dentro de su diversidad es creada a la imagen de Dios: La grandeza, la belleza y la libertad del hombre son dadas al hecho que Dios lo ha creado a su imagen.

De la misma forma que Dios — Padre, Hijo y Espíritu Santo — es Uno; lo mismo el hombre y la mujer creadas a la imagen de Dios son llamados a ser Uno queriéndose siempre para beneficio de ambos.

Pero si somos a la imagen de Dios, nos podemos parecer a Él de mas en mas, ser semejantes a Él si Lo queremos y dejamos pasar en nosotros el Soplo de su Vida divina: parecernos mas y mas a nuestro modelo divino; es la meta de la existencia humana.

Novicio: Tú nos dices que el hombre ha sido creado por Dios a su imagen. A mi, me dijeron que el hombre viene del mono.

Maestro: Lo que Dios a creado "al principio," El lo ha creado a partir de la nada, lo hemos visto en el capítulo precedente. Pero al hombre, Dios no lo ha creado a partir de nada; El lo ha creado "con tierra" y todo lo que ella contiene: Es decir que para realizar al hombre; Dios se sirvió de la naturaleza toda entera y de su evolución, sin excluir al mono, ni el pez quienes, ellos, son de la tierra — puesto que el hombre es el resultado de la creación y encontramos en él resumida, recapitulada, toda la creación: Pero, por otro lado, El ha animado al hombre con su propio Soplo, de su propio Espíritu. Es esta presencia de Dios Él mismo iluminando al hombre, haciendo irradiar sobre él la luz de su Faz que distingue al hombre del mono y de todas las otras criaturas. Esta Presencia de Dios , este Soplo de Dios proyecta sobre el hombre la Imagen de Dios, y le da una belleza, una "corona de gloria," haciendo de él el rey y el responsable de la creación (Génesis 1: 28-29; 2:19-20).

La Caída.

(Génesis 2:8-17; 3:1-4;16).

Adán y Eva vivían en el paraíso dentro de la intimidad de Dios. Ellos asumían el rol que Dios les había fijado como amos de la creación: Adán, en efecto, había dado un nombre a todos los animales: Con ello se afirmaba como criatura a parte, capaz de dominar, pero también capaz de amar, de vivificar y de ofrecer a Dios la creación en su totalidad, puesto que es rey y sacerdote.

Ahora bien en el medio del jardín se encontraba el árbol de la vida y el árbol del conocimiento del bien y del mal. A este último el hombre no tenía que tocarlo bajo pena de muerte. La serpiente "quién es el mas astuto animal de los campos"; "Así fue abatido aquel dragón descomunal, aquella antigua serpiente, que se llama diablo, y también Satanás, que anda engañando al orbe universo…" (Apocalipsis 12:9) tentó a Eva; y le propuso de probar del fruto que los hará "como dioses que conocen el bien y el mal." La tentación de Adán y Eva es un delirio de infinito, de absoluto, es el deseo de ser el substituto de Dios.

Eva comió del fruto y dio a Adán, momento decisivo donde el hombre y la mujer se apartan libremente de Dios en vez de quedar en comunión con Él: Adán y Eva tuvieron conciencia de lo que podríamos llamar un cambio de estado; por un lado el estado paradisíaco que podemos concebir como una participación a la vida divina, por otro lado, el estado de pecador a través de una vida plena de obstáculos. La Biblia entrega esto con una imagen: "Ellos conocieron que estaban desnudos."

"Y habiendo oído la voz del Señor Dios que se paseaba en el paraíso al tiempo que se levantaba el aire después del medio día, escondiese Adán con su mujer de la vista del Señor Dios en medio de los árboles del paraíso. Entones el Señor Dios llamó a Adán, y díjole: ¿Dónde estás? El cual respondió: He oído tu voz en el paraíso, y he temido y llenándome de vergüenza porque estoy desnudo, y así me he escondido" (Génesis 3:8-10).

La pregunta de Dios — ¿donde estás? — no apunta a descubrir el sitio donde Adán se ocultaba; no se trata de un alejamiento geográfico pero del estado en pecado que nos aleja de Dios. Dios no quiere dejar a Adán; lo busca y lo llama. Adán en vez de responder a la misericordia Divina, busca justificarse y es una escapatoria con traslado en cascada de responsabilidades: primero Adán reconoce que tuvo miedo porque estaba "desnudo," y luego arroja la falta sobre Eva que a su vez la arroja sobre la serpiente. Entonces llegó la tripe sanción para el hombra, para la mujer y para la serpiente. Esta sanción, hay que comprenderlo bien, no es una condenación. No viene de una decisión arbitraria de Dios, pero ella es el resultado inevitable de la falta. Si, como les había dicho la serpiente, los ojos de Adán se abrieron pero se han abierto sobre un mundo doloroso donde el hombre para sobrevivir deberá trabajar., luchar contra las espinas y las zarzas para ganar su pan con el sudor de su frente, donde la mujer dará a luz con dolor, un mundo donde todo pasa, todo muere y donde el hombre que es tierra vuelve a la tierra. En cuanto a la serpiente, al Diablo, su arrastrar es considerado como una maldición y Dios establece una oposición, una hostilidad, entre ella y la mujer y su linaje hasta que sea aplastada. Los Padres han visto dentro de este versículo de la Biblia el anuncio profético de la victoria de Jesús sobre el Diablo, victoria que fue posible por María, la nueva Eva.

El acceso al paraíso está cerrado, puesto si luego de haber probado el conocimiento del bien y del mal el hombre también probaba del árbol de la vida, el mal sería eterno; por lo tanto la muerte es a la vez consecuencia de la caída, y un remedio contra el mal. Ella impide al mal de volverse eterno. El árbol de la Vida en lo sucesivo está protegido por los querubines y la llama de la espada fulgurante.

Novicio: ¿Qué prueba tenemos nosotros de que todo haya pasado como dice la Biblia?

Maestro: No tenemos ninguna prueba: La verdad de este relato no esté en el orden histórico. En efecto, no más que el "jardín" que no es ubicable en el espacio, no más que la existencia de la pareja Adán-Eva no es ubicable en el tiempo. Sin embargo, se dice que Adán y Eva son los primeros hombres, nuestros ancestros.

¿Realmente Adán y Eva fueron la pareja inicial o bien representan la humanidad? Ni la Revelación ni la ciencia no nos permiten responder con certeza a esta pregunta. Lo que es cierto — san Pablo nos lo dice (Romanos 5:12-13) — es que todo hombre puede reconocerse en Adán: Hay en cada uno de nosotros todos los elementos que han hecho posibles la tentación y la caída de Adán y Eva.

Novicio: ¿Quieres decir que nosotros podríamos hacer lo mismo que Adán?

Maestro: Si, pero la diferencia, es que nosotros no estamos mas en el paraíso terrestre, es decir que no nos encontramos en la situación de intimidad con Dios que era aquella de Adán y Eva en el jardín, antes de la caída. En ese jardín Adán no conocía ni el miedo ni la angustia.

La segunda prueba para el hombre, el uso de su libertad, es descripta en el relato de Caín y Abel. Caín y Abel presentan sus ofrendas a Dios, cada uno de acuerdo a lo que hace y por lo tanto de lo que posee, para el primero "productos del sol," para el segundo "los primogénitos de sus rebaños, y también de su grasa." Dios acepta la ofrenda de Abel y no acepta aquella de Caín. Esto puede parecer arbitrario, no obstante, reflexionando, vemos que otra vez se trata de una prueba. Dios previene a Caín, de la misma forma que había prevenido a Adán y Eva de no probar del árbol y le dice: "¿El pecado no esta a la puerta, una bestia agazapada que te codicia y que tu debes dominar?" La bestia agazapada es la serpiente del relato anterior. Peor Caín escucha a la bestia y, en lugar de dominarla, se arroja sobre su hermano y lo mata. He aquí descripta de una manera concreta la lucha interior que acompaña toda ocasión de caída.

Por otra parte, Abel, él presenta a Dios lo mejor.

La pasión, el orgullo, lo más frecuente, están listos a apoderarse del hombre. Durante un breve instante, en un rayo de conciencia, los puede dominar, y por consiguiente puede evitarlo. Sino, se vuelve el objeto de esa pasión, que lo hace actuar y realizar el mal. Tal fue el caso de Caín.

Como para Adán y Eva la consecuencia viene enseguida: Caín es echado de la tierra fértil; condenado a ser un "errante recorriendo la tierra." Caín llora amargamente: ¿En que me transformaré lejos de Tu faz? El primer venido me matará" (Génesis 4:14). Es el mismo drama de la ruptura con Dios que es entregado de manera tan sensible en la historia de Adán y Eva. Pero para Caín como para Adán y Eva, Dios es misericordioso, Su amor por el hombre sigue manifestándose. El pone un signo sobre Caín con el fin de que este sea protegido, y que, mismo errando sobre la tierra, el primer venido no lo pueda matar.

La Biblia ubica estos dos relatos en los orígenes del hombre; la verdad profunda que ellos revelan es perfectamente actual puesto, tal fue la condición de Adán caído, tal fue la vida errante de Caín, tal es fundamentalmente nuestra situación de hombre pecador (...). El pecado ha entrado en el mundo, y por el pecado la muerte, y (…) así la muerte a pasado en todos los hombres del hecho que todos han pecado" (Romanos 5:12). Pero tenemos la esperanza de la salvación, la esperanza del retorno al árbol de la Vida, puesto que Cristo, el Nuevo Adán, ha venido a la tierra con el fin de que nosotros lo siguiéramos y que Él sea el mayor "de una multitud de hermanos."

 

 

2. De la desgracia a la esperanza: Job.

Así entonces, el hombre creado a la imagen de Dios para vivir eternamente y parecerse siempre en más a su Creador ("Nosotros seremos semejantes a Dios"…1 Juan 3:2) ha conocido la desgracia y la muerte.

Ciertamente, la marca dejada en él por la presencia de Dios no se ha borrado; la insatisfacción permanente del hombre que siempre desea mas y siempre mejor atestigua bien esta nostalgia del paraíso perdido, esta sed de Dios, ese hueco infinito que la ausencia de Dios ha dejado como una profunda cicatriz dentro del corazón del hombre. Pero la belleza de la imagen se ha esfumado. Los dones de Dios, la inteligencia, la voluntad, la creatividad son desviadas de su destino primitivo hasta servir al mal; el amor puede transformarse en envidia, ambición de ser el mejor, voluntad de poder y dominación; la búsqueda de los bienes eternos, deseo de posesión. El becerro de oro toma el lugar del verdadero Dios: El Mal, el Tentador; la antigua Serpiente, el Divisor, el Diábolos, el padre de la Mentira, se vuelve el Príncipe de este mundo; él hace reinar al miedo, el rencor, la enfermedad, el sufrimiento y la muerte.

No obstante Dios no abandona a su creatura: Él hace surgir entre los hombres a Profetas mediante los cuales Él hace entender su Palabra. Él da en ejemplo a servidores fieles como Job, modelo de resistencia al mal, de paciencia frente a la prueba: la historia de Job nos muestra que el mal, que no viene jamás de Dios (Santiago 1:13), no obstante puede servir de ocasión permitiendo a los servidores de Dios de demostrar a Él la fidelidad y la sinceridad de su amor. La prueba, ciertamente, puede ser la ocasión de la caída; ella también puede ser la ocasión de paciencia, de esperanza, de perseverancia en el bien, de victoria sobre el mal, puesto que el hombre es libre. Es él porque que Dios permite la prueba que pone en valor y desarrolla las cualidades de Sus servidores y forja sus caracteres, demuestra su amor y su fidelidad.

El Libro de Job no ha sido leído en el Antiguo Testamento como un texto mesiánico, pero la lectura cristiana de la historia de Job, del servidor justo injustamente atormentado, nos deja entrever la llegada del Servidor sufriente y vencedor que le dará al hombre su antigua belleza.

Sucederá varias veces a lo largo de esta obra que hagamos deliberadamente una lectura cristiana de los textos del Antiguo Testamento, intentando de esta manera de abrirnos a la "inteligencia de las Escrituras" con la ayuda del Evangelio. En efecto San Pablo nos dice que el Cristo hace desaparecer el velo posado sobre el corazón de aquellos que leen el Antiguo Testamento sin Conocerlo: "Cuando uno se convierte al Señor el velo cae" (2 Corintios 3:13-17). Nosotros creemos que hay otro velo para aquellos que piensan poder leer la Biblia (Antiguo y Nuevo Testamento) como si se tratara de un simple "objeto" de conocimiento ignorando el Dios vivo que se revela…

Había en aquellos tiempos, en el país de Uz, un varón llamado Job: un hombre íntegro y derecho con temor de Dios y se cuidaba del mal.

Le habían nacido siete hijos y tres hijas. Dios también le había dado grandes bienes.

Un día, Dios reunió a sus ángeles y entre ellos a Satán, quién venía de pasearse por la tierra. Dios le hace observar el celo de su servidor Job. Pero Satán le replica: "¿Es por nada que Job teme a Dios? ¿No lo habrás colmado de riquezas? Peor, extiende tu mano y toca sus bienes y yo te juro que él té maldecirá en la cara."

"Sea, dijo el Señor, todos sus bienes están en tu poder. Únicamente evita de llevar la mano sobre él."

Satán retorna a la tierra: destruye los bienes de Job, además hace perecer a sus hijos. Pero Job, a pesar de su dolor, no peca y no se permite ninguna impertinencia hacia Dios.

De regreso a la audiencia del Señor, Satán escucha de Dios su derrota: "Es bien en vano que me hayas excitado contra él para perderlo" Y a Satán de contestar: "Extiende tu mano, toca sus huesos y su carne y yo te juro que él te maldecirá en tu cara."

"Sea, dijo el Señor; dispón de él sin embargo respeta su vida." Dios, en efecto, no permitirá está última prueba — la muerte — que para su Hijo bien amado Jesucristo, cuya muerte nos librará de Satán por la eternidad.

Satán vuelve a la tierra; inflige a Job una terrible enfermedad. Entonces su mujer le dice: "¿Todavía vas a perseverar de tu integridad? ¡Maldice a Dios y muere!" (Job 2:9).

Job le respondió: "Has hablado como una de esas mujeres sin seso. Si recibimos los bienes de la mano de Dios, ¿Por qué no recibiremos también los males? En medio de todas estas cosas no pecó Job en cuanto dijo" (Job 2:10).

La noticia de todos los males que le habían golpeado llega a oídos de sus tres amigos Elifaz, Baldad y Sofar que decidieron ir para consolarlo.

Job, agobiado por los terribles sufrimientos de su cuerpo y de su alma, maldice el día que lo vio nacer. Elifaz le recuerda lo que todo judío cree: el sufrimiento es el fruto del pecado contra Dios. Pero Job protesta de su inocencia.

Job continúa a lamentarse:

Mis días han corrido más velozmente

De lo que el tejedor corta la urdimbre acabada la tela,

Y han desaparecido sin esperanza de retorno.

Acuérdate, oh Dios mío

Que mi vida es un soplo,

Y que no volverán a ver mis ojos la felicidad perdida. (Job 7:6-7).

Pero Baldad mantiene que Dios no arroja al hombre integro. Y Job, que en su desconcierto se siente aplastado por una voluntad injusta, y llega a dudar de la sabiduría de Dios.

Sofar, sobrepasado, le recuerda que él no puede ser irreprochable a los ojos del Señor.

A pesar de todo, Job continua de proclamar su inocencia que él decide litigar delante de Dios mismo.

A esto, Elifaz replica mostrando la locura del hombre en levantarse contra su Creador.

Job, abrumado:

Dios me ha puesto encerrado,

A disposición del inicuo,

Y me ha entregado en las manos de los impíos

Yo aquel tan opulento y dichoso algún día,

De repente he sido reducido a la nada;

Asiome de la cerviz el Señor, quebrantome,

Y púsome como por blanco de sus tiros…

De tanto llorar está entumecido mi rostro,

Y se han cubierto de tinieblas las pupilas de mis ojos…

Según esto, ¿Qué esperanza es la que me queda?

¿Y quién es el que toma en consideración mi paciencia? (Job 16:12-13, 17; 17:15).

El Cordero inmolado se convierte en el blanco en la Cruz, Cruz que salva al mundo del dominio de Satán. —

Baldad: Cuando pondrás un freno a tus discursos

Job:

A lo menos entended de una vez,

Que Dios no me atribula,

Ni descarga sobre mí los azotes,

Según tela de juicio

Más ¡ay! Si en la violencia de los dolores que padezco,

Clamo altamente, nadie me escucha;

Voceo y no hay quién me haga justicia

El Señor ha cerrado por todas partes

La senda de dolor por la cual ando;

Y no hallo por donde salir, pues ha cubierto de tinieblas el camino que llevo.

Despojome de mi gloria,

Y me quitó la corona de la cabeza. (Job 19:6-9).

El Rey de Gloria, el Señor Sabaoth que la multitud aclamaba a su entrada en Jerusalén es ahora humillado, injuriado. —

Job, en su más total desamparo, grita toda su confianza en Dios:

Porque yo sé que vive mi Redentor,

Y que yo he de resucitar del polvo de la tierra en el último día,

Y de nuevo he de ser revestido de esta piel mía,

Y en esta mi carne veré a mi Dios. (Job 19:25-26).

La gloriosa Resurrección de Cristo nos abre las puertas del reino y nos ofrece la contemplación eterna del Altísimo. —

Elifaz:

¿Será por algún temor que tenga Él de ti

El castigarte y el venir contigo a Juicio?

¿Y no lo hace más bien por causa de tu grandísima

Malicia y de tus infinitas iniquidades? (Job 22:4-5).

Y lo exhorta a Job a volver a Dios, en la humildad.

Job:

Lejos de mí en teneros por justos;

Hasta que fallezca no desistiré

De defender mi inocencia. (Job, 27:5).

(…).

A cada paso mío le iría recitando

Y se le presentaría a Dios

Como a mi príncipe. (Job 31:37).

El Cristo vencedor se adelanta y sube hacia el Trono real en la gloria. —

Ellú, que hasta ahora asistía sin decir palabra, explota de cólera: ¿Job no rechaza él de ver en su prueba un llamado del Todopoderoso a la conversión de su corazón pecador y rebelde?

El Señor responde a Job desde el seno de la tempestad y hace estallar todo su esplendor y su poder:

¿Quién es ese que envuelve u obscurece

Preciosas sentencias con palabras de ignorante?

Ciñe, pues ahora tus lomos

Prepárate como varón que entra ahora a pelear;

Yo te interrogaré y tú respóndeme.

Dime, ¿dónde estabas cuando yo

Echaba los cimientos de la tierra?

Dímelo, ya que tanto sabes

………………………………

¿Qué apoyo, di, tienen sus basas?

¿O quién asentó su piedra angular

Entonces que me alababan los nacientes astros,

Y prorrumpían en voces de júbilo

Todos los ángeles o hijos de Dios?

(Job 38:2-4, 6-7).

Job deslumbrado por esta teofanía, reconoce la trascendencia de su Dios: no le pide mas cuentas.

Comprende que la sabiduría del Señor pudo dar sentido a los sufrimientos y a la muerte, sentido que queda incomprensible a Job, pero que el Cristo nos revelará.

Después de haber hablado a Job, Dios se dirige a Elifaz y sus amigos, y, o sorpresa, justifica a Job, el contestatario integro, mientras que Él se enciende de cólera contra ellos; ¿no vieron en Él un tirano ávido de dominación? Bien al contrario, los reproches de Job no hacían más que exaltar el amor de Dios para con sus creaturas, no descubriendo así Su verdadero rostro.

Luego de esta prueba, el Señor restaura la situación de Job y además acrecentó al doble sus bienes.

Job vivió todavía después de esto ciento cuarenta años, y vio a sus hijos y a los hijos de sus hijos hasta la cuarta generación.

La historia de Job nos entrega la esperanza. Bien que la imagen de Dios en el hombre haya sido arruinada por el pecado de Adán y Eva, por el pecado de Caín y por los pecados de cada unote nosotros, Job nos hace esperar la llegada de Alguien, justo y sufriente, paciente y triunfante, quién resistirá con perseverancia los asaltos del Maligno y triunfará sobre él para devolver al hombre la presencia de Dios perdida por el pecado y restablecer la imagen de Dios en el hombre en su belleza integral. Para lograr esto, Dios enviará entre los hombres el Modelo mismo según el cual Él había creado al hombre. Como un golpe de sello bien aplicado restableció una huella borrada, del mismo modo, el Hijo de Dios, resplandecerá de la gloria de Dios Padre (Hebreos 1:3), va a entrar en la naturaleza humana, se va revestir como de un vestido, para rehacer un nuevo Adán, Hombre perfecto, Imagen radiante de Dios. Es lo que los teólogos denominan la Encarnación. Ella se ha realizado el día donde Gabriel, el Mensajero de Dios, visitó a una joven virgen de Nazareth en Galilea, llamada María, el día de la Anunciación.

 

3. El Nuevo Adán: La Encarnación.

Anunciación.

Observemos el ícono de la festividad. ¿Qué es lo que vemos? Un ángel desciende del cielo hacia una virgen para anunciarle la "Buena Nueva." En griego y en eslavo la festividad de la Anunciación se llama la "Buena Nueva" (Evangelismos en griego y Blagovechtchenié en eslavo).

En efecto, el ángel Gabriel anuncia a María la más grande de las novedades, el principio de nuestra salvación: ¡el Hijo de Dios se transforma en Hijo del hombre!

Tropario (cántico) de la Festividad:

Hoy comienza nuestra salvación

Y el misterio previo a los siglos se manifiesta.

El Hijo de Dios se transforma en Hijo de la Virgen

Y Gabriel anuncia la gracia.

Clamemos con él a la Madre de Dios:

"¡Alégrate, llena eres de gracia,

El Señor está contigo!"

Hemos estudiado la creación del mundo, la del hombre a imagen y semejanza de Dios, inmediatamente la caída. ¿Cómo establecer las verdaderas analogías entre Dios y el hombre? ¿Cómo reencontrar la imagen perdida, adquirir la semejanza con Dios?

Dios dará la respuesta: continuará a dialogar con hombre a través de los Profetas que Él promoverá en el seno del pueblo judío; Él les prometerá al Mesías, y este pueblo, a pesar sus numerosas infidelidades, lleva esta promesa con fe y vive en la espera y la esperanza.

Para ilustrar la promesa de Dios, leamos el texto del Génesis que la Iglesia nos propone a meditar en las vespertinas de la Anunciación: La Escalera de Jacob (Génesis 28:10-17).

La Escalera de Jacob.

"Y vio en sueños una escala fija en la tierra, cuyo remate tocaba en el cielo, y ángeles de Dios que subían y bajaban por ella" (Génesis 28:12).

La tierra somos nosotros, el cielo es Dios y ambos están unidos. Volvamos al ícono: el ángel desciende del cielo hacia María, sus alas están todavía temblorosas del movimiento descendiente. Las alas simbolizan la proveniencia del mensajero: viene del cielo de parte de Dios. Hete aquí la primera realización del ensueño de Jacob. Y habrá muchos otros de los cuales seremos testigos, puesto que Jesús Él mismo nos lo ha prometido: "En verdad, en verdad, os digo, que algún día veréis abierto el cielo, y a los ángeles de Dios subir y bajar, sirviendo al Hijo del hombre" (Juan, 1, 51). Dios dice a Jacob: "serán benditas en ti y en el que saldrá o descenderá de ti todas las tribus o familias de la tierra" (Génesis 28:14).

La descendencia de Abraham, de Isaac y de Jacob, es Jesús. San Pablo nos lo enseña: "Puesto, que es a Abraham que las promesas fueron dirigidas y a su descendencia. La Escritura no dice: "y a los descendientes," como si se refiriere a muchos; ella designa no más que a uno: y a tu descendencia, es decir el Cristo" (Galatas 3:16).

Cuando Dios se encarna, toma la carne, es el cielo y la tierra reunidos. Puesto que es verdadero Dios, segunda Persona de la Trinidad, ocupa en el cielo a la derecha del Padre y es al mismo tiempo verdadero Hombre, el segundo Adán, como lo nombra san Pablo (Adán, el hombre, significa hecho de tierra, puesto que está formado de tierra: Cf. Génesis 2:7). Pero para que este milagro se realice, es necesario que el hombre acoja a Dios. María es esta aceptación, cuando ella consciente libremente a recibir a Dios en su seno. He aquí la respuesta: "He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra" (Lucas 1:38).

Nosotros comprendemos porque en nuestros himnos la Madre de Dios es denominada Escalera de Jacob, pues ella es la unión entre el cielo y la tierra. Por otra parte, ella es denominada Puerta del cielo, puesto es por ella que Dios hace su entrada entre medio de los hombres en la persona de Jesús. Por esta razón la Anunciación habitualmente está representada sobre las puertas reales del iconostasio, las cuales simbolizan las puertas del Reino de los Cielos.

La Virgen del Signo.

Este icono de María, teniendo en su seno al Hijo de Dios, denominada "Virgen del Signo," porque ilustra la profecía de Isaías:

¡Oye, pues tú ahora

Oh prosapia de David!...

Por lo tanto el mismo Señor os dará la señal:

Sabed que una virgen concebirá

Y parirá a un hijo,

Y su nombre será Emmanuel (Dios con nosotros). (Isaías 7:13-14).

Esta profecía se cumple el día de la Anunciación. En efecto, la Virgen acoge el anuncio del ángel por su acuerdo, que lo denominamos el "Fiat de María. Fiat significa en latín: "Que esto acontezca," es la respuesta de María al ángel, su "si" para transformarse en la Madre de Dios. Sin este libre acuerdo, Dios no podría haberse transformado en hombre, Él no podría haberse encarnado, puesto que Dios no fuerza jamás a una conciencia y espera que el hombre conteste libremente. La libertad de cada uno de nosotros queda entera para responder a Dios por nuestra adhesión en el amor. Cada vez que recitamos el "Padre Nuestro": "Que tu voluntad se haga, en la tierra como en el cielo," nosotros respondemos a Dios, luego de María; cada vea que decimos Amén en nuestras plegarias, es nuestro "si" a Dios; Él lo quiere libre de contradicción y pronunciado únicamente por amor.

Antes de aceptar su divina maternidad, María pregunta al ángel: "¿Cómo será hecho esto?," pues al no haber conocido hombre, ella no imagina que este nacimiento pueda ser posible. El ángel responde que esto se hará por el Espíritu Santo: Sobre ciertos íconos, nosotros vemos al Espíritu Santo bajo el aspecto de una paloma o de un haz de luz descendiendo hacia el seno de María: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te tomará bajo su sombra."

Inmediatamente el "si" de María pronunciado, el anuncio del ángel Gabriel se ha realizado:

El Hijo único de Dios

Nacido del Padre antes de los siglos,

Engendrado, no creado…

Ha descendido desde los cielos,

Se ha encarnado del Espíritu Santo

Y de la Virgen María

Y se hizo hombre. (Símbolo de la Fe, Credo de Nicea).

(Este versículo de salmo es cantado a la Liturgia de la Anunciación; a la primera antífona, antes de la procesión del Evangelio.).

Plegaria del "Ave Maria."

El ángel Gabriel dice a la Madre de Dios: "Dios te salve, ¡oh llena de gracia!, el Señor está contigo" (Lucas 1:28).

Poco después, cuando María se encuentra con su prima Isabel, la madre de Juan el Bautista, ésta ve a la Virgen encinta. Ella reconoce el "signo" de Isaías por el estremecimiento de júbilo, en su vientre, del hijo Profeta del Altísimo y Precursor. Entonces Isabel, completando el saludo del ángel, agregará: "¡Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre!" (Lucas 1:41-42).

 

Más tarde la Iglesia nos enseñará a reconocer que es realmente la Virgen que "ha dado a luz al Salvador de nuestras almas": Lo hemos encontrado por los textos el origen de esta tan bella oración que cantamos a María todos los días.

El Magnificat.

Contemplemos aún este ícono de María encinta: Sobre sus vestimentas tres estrellas, una sobre la frente, dos sobre los hombros, simbolizan la virginidad: Virgen antes, Virgen durante, Virgen después de dar a luz: Vemos que María está ella misma orando (los brazos levantados, el gesto del orante). Inmediatamente nos viene la idea que la Madre de Dios después de la exclamación de Isabel dice a su vez:

Mi alma magnifica el Señor, y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador.

(Tú más venerable que los querubines e incomparablemente más gloriosa que los serafines, quién sin mácula dieras a luz a Dios el Verbo, Tú verdaderamente Madre de Dios, Te exaltamos).

Pues Él ha echado los ojos sobre la humildad de su sierva;

He aquí: en lo sucesivo todas las generaciones me dirán bienaventurada.

Pues el Todopoderoso a hecho de mí grandes cosas.

Santo es su Nombre y su misericordia hacia aquellos que le temen

Se extiende de edad en edad.

Él ha desplegado la fuerza de su brazo y dispersado a los orgullosos por el pensamiento de sus corazones.

Ha destronado a los poderosos y exaltado a los humildes;

Ha colmado de bienes a los hambrientos y expulsar los ricos con las manos vacías.

Ha tomado cuidado de su servidor Israel, recordando

De su misericordia, como Él había prometido a nuestros padres,

A Abraham y a su posteridad hasta en los siglos.

 

Isaías, Regocíjate.

El signo de Isaías realizado, la Virgen encinta, nos ilumina con mucha fuerza para ciertos eventos importantes de nuestra vida. En la celebración del matrimonio o en la ordenación de un diácono o de un sacerdote, cuando recibimos estos sacramentos que nos abren el camino al reino de los Cielos, nosotros realizamos una procesión cantando:

¡Isaías regocíjate!

La Virgen ha concebido,

Ella da a luz un Hijo, Emmanuel,

Dios y hombre a la vez, Oriente es su nombre:

Niño Te exaltamos, Virgen,

Te bendecimos

Dios y hombre a la vez, he aquí todo el sentido de la Encarnación. La Virgen se ha unido a Dios al convertirse en su Madre. A la imagen de María, nosotros acogemos y recibimos a Dios, pues Dios se encarna también en nosotros por el Espíritu Santo. En efecto, la meta del cristiano, de su lucha con el pecado para obtener el perdón de Dios, y de dejar trasparentar la encarnación del Verbo en su vida, mismo en su cuerpo.

Las plegarias de los Padres de la Iglesia que leemos antes de la Comunión nos preparan a esta unión con Dios dentro de nuestro cuerpo. La de Basilio el Grande, por ejemplo: "Al recibir una parcela de tus Santos Dones, estaré unido a tu Cuerpo y a tu Sangre, y Tú morarás en mí con el Padre y tú Espíritu Santo."

El Cristo, el Dios vivo, viene a buscarnos para retornarnos a su Padre y reconciliarnos con Él. Es Él quién nos devolverá la imagen perdida. Él se ha hecho semejante a nosotros para que podamos reencontrar nuestra semejanza con Dios. Nos viene a buscar como la dracma perdida, como la oveja descarriada: aceptemos de volver a ser hijos de la luz para ser semejantes a Él: "Dios se hizo hombre para que el hombre se convierta en dios," ¡Pero, diremos nosotros, que audacia de creer esto! Volvámonos nuevamente hacia María, la Madre de Dios, pues ella ha realizado en forma total la unión con Dios y es ella nuestra guía en esta vía.

Navidad.

"Y para eso el verbo se hizo carne, y habitó en medio de nosotros…"(Juan 1:14).

En el capítulo precedente hemos meditado sobre el Verbo de Dios transformado en hombre, pero de forma totalmente misteriosa, y todavía escondido en el seno de Su madre; ahora vamos a descubrir con admiración el nacimiento de Jesucristo. Pero antes de estudiar la Natividad, detengámonos por un instante sobre un aspecto que puede lastimar a algunos de nosotros.

Las festividades de Navidad toman tales proporciones que arriesgamos perder el verdadero sentido de esta festividad: el aspecto comercial muy avasallador, decoraciones muy llamativas en los negocios, en las casas, en las calles mismas, folclore de papás Noel llevado hasta el absurdo, exceso de comida y de regalos. ¡Realmente el paganismo no ha muerto, ni la adoración de los ídolos! El becerro de oro toma el lugar de Dios hecho hombre. A la edad de la adolescencia, muchos jóvenes resienten esta exageración con disgusto y guardan un recuerdo desagradable de la Navidad debido al exceso de chocolate y a la decepción que sigue a la profusión de regalos. En la casa, se deja un lugar discreto a Jesús bajo la forma de una pequeña muñeca, en el medio de encantadores santurrones. Luego se hace énfasis sobre la festividad de la familia. ¡Y corremos el riesgo de desviar el misterio de Dios transformado en niño, de olvidarse del Rey de Israel, para dejar al niño caprichoso de la familia la impresión de ser el rey de la fiesta!

Algunos felizmente reaccionan a esta exuberancia y tratan de darle un sentido social a la festividad de Navidad. Muchos son los jóvenes que organizan la cena de nochebuena de los pobres, ancianos, personas aisladas, huérfanos, enfermos, etc.

Si hemos comprendido el mensaje de Navidad que nos enseña a amar a los pobres y a servirlos, volvamos ante todo hacia el Cristo. Él solo puede enseñarnos realmente a amar a los pobres, no para nuestra propia gloria, ni tampoco para un ideal social, pero por amor al hombre, como Él mismo lo ha amado. Jesucristo, en efecto, es el primero entre los pobres; nadie se ha empobrecido así totalmente como Él, aún más, voluntariamente. Puesto que no olvidemos jamás que Él es la segunda Persona de la Trinidad, el Hijo de Dios, y que Él se ha aniquilado hasta transformarse en este niño sin defensa, acostado sobre la paja al pié de los animales.

El cual teniendo la naturaleza de Dios,

No fue por usurpación,

Sino por esencia al ser igual a Dios

Y no obstante se anonadó a sí mismo

Tomando la forma o naturaleza de siervo,

Hecho semejante a los demás hombres,

Y reducido a la condición de hombre (Filipisenses 2:6-7).

Esclavo, en efecto lo es, puesto que Él comienza su vida terrenal por un acto administrativo y se hace censar como súbdito del emperador. Enseguida que Él tomó nuestra condición humana, Él es rechazado, no había lugar para Él en las casas: "La piedra que desecharon los arquitectos, esa misma ha sido puesta por piedra angular del edificio…" (Salmo 117[118]: 22).

De rechazo en rechazo, Él fue obligado a huir a Egipto: ¡helo aquí esclavo, pobre y exilado, Él el Rey del Universo!

¡Navidad es también un mensaje de Paz! Mismo para aquellos que han olvidado al Cristo, o que nunca lo han conocido, Navidad simboliza la paz sobre la tierra y el amor entre los hombres, aunque no sea por veinticuatro horas, por una noche (por ejemplo, treguas durante las guerras, cese de fuego, mensaje de paz de todos los gobernantes del mundo, etc.). Esto es justo, el Cristo es el Dios de la Misericordia, el "Príncipe de la Paz"… y a Su Paz no habrá límites (Isaías 9:5-6).

La paz de este mundo es a menudo sinónimo de calma entre dos guerras. Jesús es el "Príncipe de la Paz," una paz sin fin, su Reino no sucumbirá como todos los otros reinos, reinados, gobiernos, dictaduras. La Paz de Jesucristo nos hace partícipes desde ahora de su Reino por venir. Aprendamos desde este momento a llevar esta Paz de Cristo en nosotros. Como los pastores, comprendamos la exclamación de los ángeles en la noche de Navidad: "Gloria a Dios en lo más alto de los Cielos y paz sobre la tierra, benevolencia a los hombres" (Lucas 2:14).

¡Seamos los testigos de esta maravillosa reconciliación entre el cielo y la tierra, entre Dios y los hombres!

No agotaremos jamás el mensaje de Navidad, su belleza y su misterio. Hemos evocado la paz y la pobreza. Es en la persona de Jesús que nosotros comprendemos estos dos aspectos: Él es la Paz y Es el más pobre entre los pobres. Ahora podemos profundizar todavía la Navidad estudiando lo esencial de esta festividad, su sentido más profundo que nos revela el misterio de la Encarnación: Dios hecho hombre.

Es por el ícono y la lectura del Evangelio que intentaremos comprender la Encarnación. Veamos el ícono, él nos reconcilia de golpe con la festividad de Navidad y nos hace olvidar la excitación que la acompaña. Reina una tal paz, una tal armonía; todo es festividad, es decir dentro de la alegría. Los astros resplandecen en los cielos, las rocas se abren para acoger a su Creador, los animales son pacificados, los pastores comparten su alegría con los ángeles, los magos galopan alegremente hacia el descubrimiento de la Verdad revelada por la estrella. Todo está bañado en luz, la luz de un resplandor particular, aquella de la que habla San Lucas: "El Ángel del Señor se les apareció junto a ellos, y cercolos con su resplandor una luz divina, la cual los llenó de sumo temor" (Lucas 2:9).

¡Hoy la Virgen pone al mundo al Eterno

Y la Tierra ofrece una gruta al Inaccesible.

Los ángeles y los pastores lo alaban

Y los magos con la estrella avanzan,

Puesto que Tú has nacido para nosotros,

Pequeño Niño, Dios Eterno!

(Himno de Romano el Mélode), Kontakión.

El poeta, Romano el Mélode, y el pintor anónimo encuentran la misma inspiración, la misma fuente abrevada en el Evangelio.

Retomemos el comentario del ícono: a parte del baño del niño, detalle muy humano sobre el alumbramiento, y el ajetreo inevitable alrededor del recién nacido, el iconógrafo es muy fiel al espíritu del Evangelio. Si releemos los dos relatos de la Navidad, él de Mateo y él de Lucas, encontraremos todos los elementos reunidos sobre la tabla. Hagamos el paralelo entre el Evangelio y el ícono (Mateo 1:18-25).

Para empezar la duda de José sobre la virginidad de María y el origen divino de Jesús. En la parte baja de la imagen José está sentado abrumado, la cabeza entre las manos, está tentado por el demonio de la duda, bajo el aspecto de un viejo pastor. (San José no será el único en la historia de la humanidad a dudar de este misterio, demasiado grande para el entendimiento humano). Después del episodio de José a cual un ángel revela la verdad sobre las naturalezas humana y divina reunidas en Jesús, Mateo pasa muy rápidamente el mismo nacimiento en Belén y relata en detalle la visita de los magos (Mateo 2:1-12). Sobre el ícono, vemos esos personajes de alto rango en la búsqueda del Rey de los Judíos. El Troparion de la festividad desarrolla el tema de los magos:

Tu nacimiento, oh Cristo nuestro Dios,

Ha hecho resplandecer en el mundo

La luz del Conocimiento.

En ella los servidores de los astros,

Enseñados por la estrella,

Aprenden a Adorarte,

Tú, Sol de Justicia,

Y a Conocerte, Oriente Del Alto

Gloria a ti, Señor

(Troparion de Navidad).

Los magos representan a los maestros de la ciencia antigua. Son enseñados por los astros y, gracias a una estrella, emprenden el camino a la búsqueda de un rey que viene de nacer y encuentran a un niño acostado sobre la paja. Ellos querían rendirle tributo al Rey de los Judíos, decían ellos a Herodes, pero cuando encontraron al niño, fueron llenados de una gran alegría y reemplazaron el tributo por la adoración. Entonces le ofrecieron dones: oro para el rey, incienso para Dios, y mirra para el hombre mortal. Estos sabios viniendo desde Oriente han encontrado la Verdad en sí misma, aquella que siempre buscaban en los astros. Ahora conocen el Sol de la Justicia, el Oriente del alto, aquel que viene del cielo. Pero ese cielo no es aquel que fue creado en los primeros días de la Creación, aquel donde los astros evolucionan. Esos astros no podían darles a los magos más que un conocimiento parcial. El Sol de la Justicia no es creado, la Luz del Conocimiento revela a Dios, el Oriente del alto que se hace conocer a los magos, es el Verbo que estaba desde el principio con Dios, que era Dios (Juan 1:1), aquel de antes de los siglos. Es decir, aquel que estaba antes de los tiempos y antes de la materia creada.

Podemos hacer un paralelo entre la búsqueda de los magos y la revelación a los pastores contada por san Lucas (Lucas 2:1-19). Los sabios han necesitado una larga búsqueda para llegar hasta Dios. Los pastores, ellos, han recibido la Buena Nueva directamente de un ángel, sin transición ni preparación.

El texto de san Lucas esta compuesto con una gran precisión: Como el iconógrafo e himnógrafo, el evangelista contempla el evento con la agudeza de una mirada despierta por el Espíritu y la retranscribe a esta misma Luz que trasciende y transfigura la pura narración descriptiva.

El evangelista sitúa de golpe el evento en la historia: el edicto de Cesar Augusto, el censo, el nombre del gobernador de esa época en Siria. Luego sitúa los principales personajes en el espacio geográfico: José y María se desplazan de Galilea a Belén, puesto que son de la tribu de Judá, salidos de la Casa de David. Jesús es el Ungido del Señor (Mesías en hebreo, Cristo en griego), Él es el Rey de Israel, el hijo de David (Profecía de Miqueas 5:1).

San Lucas representa el nacimiento de Jesús fuera de los caseríos, en la campiña; la vecindad de los pastores en los campos testifica que la escena sucede en plena naturaleza. Pero, dirán ustedes, el narrador no hace mención de la gruta, no habla del pesebre. Un pesebre supone un establo, puesto que es un comedero para el ganado, y los pastores utilizaban las grutas para encerrar a sus rebaños y cobijarse ellos mismos.

El evangelista tampoco menciona al asno y al buey. La lógica completa al relato: José para viajar tenía un asno y el pesebre estaba lleno de heno para alimentar al ganado. El buey, aquí, nos recuerda la presencia del ganado. Pero no es por una inquietud de semejanza que los animales están representados en el ícono, puesto que en todo tiempo y en todos los países la iconografía de Navidad hace referencia a la profecía de Isaías:

Hasta el buey reconoce a su dueño,

Y el asno el pesebre de su amo,

Pero Israel no me reconoce,

Y mi pueblo no entiende mi voz. (Isaías 1:3).

Delante de la gruta, María esta recostada en la posición habitual de una mujer que dio a luz. Su silueta es monumental, ella tiene un gran lugar en la composición del ícono; esto exprime la importancia de la Virgen en el misterio de la Encarnación: María por el nacimiento de su Hijo, se transforma en la Madre de Dios, Theotokos. ¿Pero, frecuentemente nos asombraremos, porque María le da la espalda al niño? Ella mira con compasión a José, que está en la duda y a través de él toda la humanidad sumergido en las tinieblas de la ignorancia. Su mano parece señalar al recién nacido, por este gesto ella guía a todo hombre hacia el Hijo de Dios. Ella lo puso al mundo para la salvación del género humano, afín de revelar la gran gloria de Dios. Su alegría sobrepasa al orgullo maternal que es un sentimiento bien natural pero todavía demasiado humano. La mano de María está al mismo tiempo dirigida hacia el niño y apoyada sobre su pecho, ¿el iconógrafo no habrá querido, a través de este gesto discreto, hace alusión a las palabras de san Lucas: "María, empero, conservaba todas estas cosas dentro de sí, ponderándolas en su corazón" (Lucas 2: 19).

Toda la composición pictórica está centrada en la gruta, todo converge hacia ella. Es como una espiral donde el punto central sería es agujero obscuro de donde emana la Luz. Jesús esta en el hueco de la gruta, como si hubiera salido de la tierra misma. Esta imagen nos da el verdadero sentido de la Encarnación. Cuando Adán fue creado fue sacado de la tierra, hoy — el segundo Adán — el Cristo, recrea al hombre en su persona. El Hijo de Dios, en el hueco de la gruta, ha tomado nuestra condición humana: el ha nacido de la tierra y retornará a la tierra, luego de su sepultura: "El primer hombre es el terreno, formado de la tierra; y el segundo hombre es el celestial, que viene del cielo… Así como hemos llevado grabada la imagen del hombre terreno, llevemos también la imagen del hombre celestial" (1 Corintios 15:47-49).

¡Si el Cristo ha descendido del cielo hasta el hueco de la tierra, y más tarde hasta el fondo del infierno, es para que nosotros resucitemos con Él! Con la fiesta de Navidad, una gran alegría nos invade, como los magos y los pastores; nada nos puede sacar esta alegría, puesto"Dios está con nosotros," lo que en hebreo se dice: "¡Emmanuel!"

 

 

Segunda Parte.

El Bautismo de N. S. Jesucristo

De Abraham a Jesús:

Espera y Reconocimiento del Cristo Dios.

 

La meta de esta segunda parte del libro es de redescubrir la espera de Israel para su Cristo ("Mesías" en hebreo) con el fin de poder reconocerlo en Jesús de Nazareth. Aquel, en efecto, quién cree que Jesús es verdaderamente el Cristo anunciado por los profetas ("Aquel que debe venir," Lucas 7:19) y esperado por el pueblo, este se convierte en cristiano.

Novicio: ¿Cristo no es el nombre de Jesús?

Maestro: Ciertamente no. La palabra Cristo designa a Aquel del cual los profetas han trazado mucho antes, en cierta forma, el esbozo. El título "Cristo" designaba a un desconocido, descripto anteriormente, aguardado, esperado: Conocíamos la función que el desempeñará, algunos de sus rasgos, el papel que debería desempeñar, no sabíamos quién ocuparía este papel.

Cuando Jesús halla llegado, algunos reconocerán en Él el Cristo esperado; es ha ellos a quién denominaremos cristianos.

Vamos entonces exponer lo que denominamos "la espera mesiánica," es decir vamos a volver a llamar algunos de los hechos y de las palabras por los cuales Dios a anunciado y preparado la venida de Su Hijo. Describiremos seguidamente el acontecimiento y los signos que permitirán reconocer, en Jesús de Nazareth, el Cristo o Mesías esperado.

 

 

1. La espera mesiánica.

La Fe de Abraham.

Los once primeros capítulos del Libro del Génesis — el primer libro de la Biblia — no pertenecen al género de libro histórico propiamente dicho. Es recién a partir del doceavo capítulo, con el relato de las promesas hechas por Dios a Abraham, que nosotros realmente entramos en la historia, es decir en el relato de los acontecimientos que pueden ser situados en el tiempo y en el espacio. Dios promete de intervenir en la vida de los hombres y este juramento inaugura la historia del pueblo de Dios, Israel, que nos conducirá hasta el Cristo, Rey de Israel.

La aventura de Abraham comienza de una forma muy abrupta: "El Señor dice a Abraham: deja tu país, tus parientes y la casa de tu padre hacia el país que te indicaré. Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré, en ti serán bendecidas todas las naciones de la tierra" (Génesis 12:3, trad. Setenta ). Recibiendo esta orden y esta promesa, Abraham no duda, parte con su mujer Sara, su nieto Lot y todos sus rebaños. Abandona su país, su seguridad y se abre a un porvenir desconocido, determinado por el Don de Dios. Apunta toda su vida sobre esta palabra con obediencia y una confianza sin límites en Dios.

De este primer relato, descubrimos la fe de Abraham, fe ejemplar que es un don de Dios y acogida del don. Fe libre y liberadora que implica una cooperación a la obra de Dios, un "si" sin reticencia. Esta fe es de la misma naturaleza que la de la Madre de Dios y de todo cristiano: ella acoge la visita de Dios. Hay, por otra parte, en el llamado de Dios y en la respuesta de Abraham, una familiaridad llena de amor mutuo. Dios habla, los llama por su nombra a aquellos que elige y espera de ellos una respuesta. Israel vivirá la vida como un diálogo entre Dios y el hombre. Es una relación de persona a persona, en una seguidilla de situaciones concretas que se desenvuelve como una simple historia.

Dios no cesa de actuar, y experimentamos esto con alegría al leer la Biblia. ¿Este accionar no es en algún aspecto lo que la Escritura denomina Gloria de Dios?

Entonces Abraham se pone en camino hacia el país de Canaán y, de "campamento en campamento"; recorre el Negué, Egipto, vuelve a Negué y prosigue incansablemente su camino encontrando numerosas aventuras.

El Señor nuevamente se dirige a Abraham prometiéndole una posteridad numerosa y agregando: "Todo el país que ves, Te lo daré."

Más tarde, cuando la palabra de Dios le fue dirigida una tercera vez, Abraham respondió. "Señor que me darás tú, me voy sin hijos." Entonces el Señor le dice: "Mira al cielo, y cuenta si puedes, las estrellas. Pues así, le dijo, será tu descendencia" (Génesis 15:2-5).

La promesa es doble:

1. una herencia: la posesión de la tierra de Canaán;

2. un heredero: una posteridad numerosa y bendecida.

Ahora bien, Abraham y su mujer no tenían hijos, y ellos eran de edad muy avanzada, pero "Creyó, Abraham a Dios, y su fe reputósele por justicia" (Génesis 15:6).

Comprendemos lo que esto quiere decir meditando las palabras de san Pablo al respecto: "… Y así no fue en virtud de la ley, sino en virtud de la justicia de la fe, la promesa hecha a Abraham… La fe, pues, es por la cual nosotros somos herederos, a fin de que lo seamos por la gracia y permanezca firme la promesa para todos los hijos de Abraham, no solamente para los que han recibido la Ley, sino también para aquellos que siguen la fe de Abraham, que es el padre de todos… Y que lo es delante de Dios, a quién ha creído, el cual da vida a los muertos y llama o da ser, a las cosas que no son, del mismo modo que conserva las que son" (Romanos 4:13, 16-17).

Dios habló con Abraham una cuarta vez, no solamente prometiéndole todo el país de Canaán pero un hijo de su mujer Sara; En ese momento Abraham tenía cerca de cien años y su mujer cerca de los noventa años. Los hombres y las mujeres no pueden más tener hijos estando tan avanzados en edad pero Dios quiere cambiar el curso de la historia:

Que Dios es grande como nuestro Dios

Tú eres el Dios único que hace maravillas (Salmo 135[136]: 4).

Aquí se ubica una manifestación muy misteriosa frecuentemente denominada "la aparición de Mambré" o "la hospitalidad de Abraham." Nos es dicho: "El Señor se le apareció en el roble de Mambré mientras que él estaba sentado a la entrada de la tienda en lo más cálido del día. Levantando sus ojos, hete aquí que ve tres hombres parados cerca de él … Dijo: Mi Señor, te lo ruego … quieras no seguir sin detenerte …" (Génesis 18:1-15).

¿Se habrán dado cuenta que se nos dice: "El Señor le apareció," pues, nos muestran a tres personajes: A quienes Abraham se dirige hablando en singular "Mi Señor"? ¿No es extraño? Dios … tres personas … Una en tres …

El relato prosigue: Sara prepara deprisa una comida que Abraham sirve respetuosamente a los tres personajes mientras Sara se esconde dentro de la tienda. Ustedes la ven, sobre esta reproducción de un mosaico, pasando la cabeza entre las cortinas para observar y escuchar con una sonrisa perpleja.

Entonces el Señor promete que Sara tendrá un hijo en algunos meses; Sara al escuchar estas palabras se pone a reír. Sin embargo esta asombrosa promesa será cumplida. Una gran alegría es dada a Abraham: Sara, la esposa legítima, se transforma en la madre de su hijo, Isaac. Isaac, a su vez tendrá un hijo, Jacob.

Combate de Jacob con el Angel.

Jacob, hijo de Isaac, vuelve a su país natal, al país de Canaán, luego de veinte años de ausencia. Es una caravana importante: doce hijos, esposas, servidores y rebaños. Hace pasar su familia por el vado de Jabbok y queda solo por la noche. Entonces habrá lugar a una escena grandiosa de donde Jacob saldrá transformado, de donde el pueblo elegido recibirá a través de Jacob (el "substituto") su nuevo nombre de Israel — "aquel que ha luchado contra Dios."

¿Qué es lo que ha sucedido en Jabbok?

Jacob lucha con un ser misterioso, el ángel del Señor, presencia de Dios mismo, Jacob percibe que un poder espiritual emana de su desconocido antagonista. Siempre presto en adquirir, el querría apropiarse de este poder, o por lo menos, tener parte. Cosa extraña, el ángel no puede vencer a Jacob y Dios no fulmina al audaz puesto que Dios ama nuestra audacia, nuestro deseo de lo divino y el Promete el Reino a los violentos; Le place que Jacob diga: "No te dejaré ir antes de que me hayas bendecido." El ángel lo bendice y lo nombra Israel, pues "has sido fuerte contra Dios y contra los hombres tu lo superarás" (Génesis 32:29).

Jacob ha sido el vencedor, no obstante se necesita que él se humille ante la soberanía de Dios; es por ello que el ángel en la encajadura de la cadera y, a partir de esa noche, Jacob será cojo. Por una parte, nuestro deseo de Dios debe ser bastante violento para que nuestro encuentro con Dios se haga; por otra parte; debemos reconocernos como pecadores, heridos en nuestra naturaleza, y, de esta herida, no hay cura sin el Salvador.

La prueba de Jabbok finalizó. Jacob denomina a este lugar con el nombre de Fanuel — faz — puesto he visto a Dios cara a cara y mi alma fue salvada. Y por haber visto a Dios cara a cara, podrá, en algunos instantes, al encontrarse con su hermano Esaú, decirle: "He mirado tu cara como se mira la cara de Dios."

De esta manera, la promesa de Dios hecha a Abraham es renovada. Jacob es llamado, desde entonces Israel, sus doce hijos serán Israelitas, antepasados de las doce tribus del pueblo elegido.

La historia de Israel es aquella de un lento y penoso ascenso hacia el Cristo, aquella de las dudas, de las revueltas, de la fidelidad y de los desfallecimientos de los hombres y también del Amor de Dios para ellos: historia donde la libertad humana se encuentra constantemente puesta a prueba por la voluntad de Dios. El sentido secreto de esta historia que iremos descubriendo poco a poco es el misterio de Jesucristo prometido, anunciado y preparado: "En ti serán bendecidas todas las naciones de la tierra."

Por la elección de Abraham, Isaac y de Jacob, Dios ha elegido a un pueblo: el pueblo de Israel, con quién Él sella una alianza para dirigirse, a través de él, a toda la humanidad y llamarla a la salvación. Será de esta raza que nacerá el Cristo. Es él porqué los cristianos son hijos de Abraham, hijos de Isaac e hijos de Jacob. San Pablo dice: "Y siendo vosotros miembros de Cristo, sois por consiguiente hijos de Abraham, y los herederos según la promesa" (Galatas 3:29). Abraham es el padre de los creyentes.

La Unción de David, Profética Figura del Mesías.

Alrededor de ocho siglos más tarde el pueblo de Israel, que hasta ahora no tuvo otro Rey que Dios, siente la necesidad de un rey terrestre para que los guíe y se lo reclama al profeta Samuel. Si Dios mismo designa al rey, es Samuel, hombre piadoso y sabio, amado de todo el pueblo, que deberá revelar su misión a aquel que Dios ha elegido. Dios primero había elegido a un hombre poderoso y bello de la tribu de Benjamín, su nombre era Saúl. Defendió corajudamente al pueblo de Dios pero su obediencia se debilitó. Dios entonces designó a un joven para reemplazarlo. Él lo eligió cuando éste último era todavía adolescente: este será el primer gran rey de Israel, David.

Samuel desde su infancia vivía con el sumo sacerdote. Oraba a Dios sin tregua. Sus contemporáneos a veces lo llamaban el "profeta," es decir aquel que habla en el nombre de Dios o lo "ve," aquel que conoce los designios de Dios. Hacía, en el país, la función de "juez."

Cuando Samuel llega a Belén; se presenta a la casa de Isaí y le pide ver a sus hijos. Eliab, el mayor, se presenta el primero; el Señor le dice a Samuel: "No mires su alta estatura, no es él que he elegido" Delante de Abinadab, él que le seguía, el Señor dijo: "Tampoco es él, Yo no miro las apariencias pero Yo sondeo los riñones y el corazón." De esta manera pasan los siete hermanos delante de Samuel sin que ninguno sea elegido.

Samuel pregunta a Isaí si tiene otros hijos. Le responden que el más joven, todavía adolescente, David, cuida el rebaño. Lo hacen buscar: es pelirrojo, su mirada viva, de buena talla. El Señor dice a Samuel: "He aquí al que He elegido." Seguidamente Samuel toma la cuerna del óleo y vierte el óleo sobre la cabeza del joven elegido quién recibe, con el óleo, las cualidades necesarias al rey del pueblo de Dios, a aquel que debe conducir a Israel y conservar la Alianza establecida entre Dios y su pueblo desde Abraham.

El gesto por el cual David es así consagrado se denomina unción o crismación. Por este gesto de Samuel vertiendo el óleo sobre la cabeza, Dios se derrama en el corazón de David quién se convierte en rey de Israel a Sus ojos. David es de ahora en más aquel que Dios ha elegido. La "unto" de Dios — en griego el Cristos de Dios, en hebreo el "Mesías" de Dios — aquel que está colmado de Espíritu y que puede conducir a Israel hacia Dios en la fidelidad y la justicia.

Las Profecías.

La unción de David será continuada de una promesa que Dios le hace:

Hago una alianza con mi elegido

Le he prometido a David, mi servidor

Para siempre, He fundado su linaje

Le he construido un trono para la eternidad

He encontrado a David, mi servidor,

Lo He ungido de mi óleo santo …

Me llamará: "Tú, mi Padre …

Y para siempre le guardo mi amor;

Mi alianza le quedará fiel" (Salmo 88 [89]).

Por esta promesa, Dios se compromete a prolongar su linaje, su descendencia para siempre; a entregar su trono, su reino eterno; es decir que un descendiente de David será superior a su ancestro, que su reino tendrá otra dimensión — la dimensión de la eternidad. Esto es lo que confirma el salmo 44 [45]: 7-8:

Para siempre Tu trono, oh Dios,

Y para siempre el cetro de rectitud

El cetro de Tu reinado.

Tú armarás la justicia y odiarás la impiedad,

Es porqué Dios, tu Dios te ha dado la unción

De un óleo de alegría como a ninguno de tus rivales

Es por ello que David mismo dará a su propio descendiente el título de "Señor" exclamando:

El Señor ha dicho a mi Señor:

Siéntate a mi derecha, hasta que

Haya puesto a tus enemigos bajo tus pies (Salmo 109 [110]: 1).

Este carácter eterno del reinado del descendiente de David, del futuro Rey de Israel, será confirmado por el profeta Daniel, quién, llamándolo "Hijo del Hombre," dirá de él:

Su imperio es un imperio para siempre

Que jamás pasará

Y su reino no tendrá fin. (Daniel 7:14).

Mejor aún: no solamente el reinado de este Hijo del Hombre, de este hijo de David, será eterno pero también será universal, se extenderá sobre el universo entero:

Te doy las naciones por herencia, por dominio, las extremidades de la tierra (Salmo 2:8).

El salmo 71 [72] describe el comportamiento de este Rey eterno y universal, su amor por los pobres y los débiles.

Alrededor de dos siglos más tarde es el gran profeta Isaías (cuya misión comenzará en el año 740 antes de Jesucristo) quién describirá de la manera más trastornante Aquel que Dios ungirá de su espíritu para hacerlo reinar sobre su pueblo:

El pueblo que marchaba en las tinieblas

Ha visto una gran Luz;

Sobre los habitantes del país sombrío

Una luz resplandeció.

Tú has multiplicado su alegría,

Tú has hecho estallar su felicidad

Ellos se regocijan ante Ti

Como se regocija a la cosecha …

Puesto que un niño nos ha nacido,

Un Hijo nos ha sido dado,

Él recibió el imperio sobre sus hombros

Se le da este nombre:

Consejero-maravilloso, Dios Fuerte,

Padre eterno, Príncipe de la Paz.

Extenso es su imperio

En una paz infinita

Para el trono de David

Y su realeza

Que Él estableció y que Él afirmó

En el derecho y la justicia

Desde ahora y para siempre … (Isaías 9:1-6).

En el capítulo 42, versículos 1 al 4 del Libro de Isaías, el profeta va a revelarnos el carácter, la marca esencial de este Príncipe de la Paz del cual David no era más que la imagen:

He aquí mi servidor que Yo sostengo,

Mi elegido que prefiere mi alma;

He puesto sobre él mi Espíritu

Para que él aporte a las naciones la justicia.

Él no grita, no eleva el tono,

No hace escuchar su voz en las calles,

No quebrará la caña cascada;

No apaga la llama vacilante,

Fielmente, aporta la justicia,

Él no vacila ni es destruido hasta que la justicia sea establecida

Sobre la tierra.

Puesto que las tierras lejanas esperan su enseñanza.

Él aporta a las naciones la justicia, es el Hijo de David, "este retoño de la cepa de Isaí," porque el espíritu del Señor reposa sobre él:

Un retoño sale de la cepa de Isaí,

Un vástago crece de sus raíces:

Sobre él reposa el Espíritu del Señor,

Espíritu de sabiduría e inteligencia,

Espíritu de consejo y de fuerza,

Espíritu de ciencia, Espíritu de piedad y de temor del Señor

(Isaías 11:1-2).

Si, el Espíritu del Señor reposa sobre él. Lo dirá él mismo por la boca del profeta en el capítulo 61, versículo 1 de Isaías: El Espíritu del señor está sobre mí, puesto que el Señor me ha ungido (él me ha hecho Cristo). Me ha enviado a llevar la Buena Nueva a los pobres, vendar los corazones mortificados, anunciar a los cautivos la amnistía y a los prisioneros la liberación …

Este texto es fundamental, puesto, no solamente describe adelantadamente la misión del futuro Cristo (llevar la buena nueva a los pobres, vendar los corazones mortificados, anunciar a los cautivos la liberación), pero además, nos explica la naturaleza misma de su unción: "El Espíritu del Señor está sobre mí, puesto que el Señor me ha ungido."

Lo que hace la realidad de su unción, no es el óleo que una mano de hombre vertía sobre su cabeza, es el Espíritu del Señor que Dios mismo vierte sobre él: es el Cristo porque Dios hace reposar sobre él su Espíritu. El Cristo es por lo tanto: "Aquel sobre quién reposa el Espíritu" (Juan 1:33). Por eso Jesús leerá este texto en la Sinagoga de Nazareth y se lo aplicará a Sí mismo diciendo a los habitantes congregados: "Hoy se cumple a vuestros oídos el pasaje de la Escritura" (Lucas 4:16-21).

Los salmos 2 y 88 [89], nos liberarán el misterio supremo concerniente a este Cristo: él es, oh maravilla insondable, Hijo de Dios: Dios mismo afirma por su la boca del salmista: "Tu eres mi Hijo, Yo, hoy te he engendrado" (Salmo 2:7) y: "lo he ungido con mi óleo santo … Me llamara: Tú, mi Padre" (Salmo 88 [89] 21:27).

La unción y la filiación pues están relacionadas una con la otra.

 

2. Reconocimiento del Cristo Dios.

Juan Bautista.

Juan, el hijo que el sacerdote Zacarías había tenido de su vieja esposa Isabel — que decían que era estéril - había nacido seis meses antes que Jesús. Desde que tuvo edad adulta, se retiró al desierto para escuchar mejor la voz silenciosa de Dios. Estaba vestido de una piel de camello ajustada en la cintura por un cinturón de cuero, como hasta ahora lo llevan los monjes, en recuerdo de Juan Bautista.

Es ahí que Juan, el más grande de los profetas, recibe el mismo mensaje que Isaías: "Aquel sobre el cual verás descender y permanecer al Espíritu, es el que bautiza en el Espíritu Santo" (Juan 1:33). Por lo tanto Dios hace saber a Juan — como había hecho saber Dios a Isaías siete siglos antes — que el signo que le permitirá reconocer al Hijo de Dios, el signo que hará evidente, manifiesta su unción (crismación o medianidad), será el hecho de ver descender al Espíritu y reposar en Él. La unción se volverá visible, pero no será una unción de óleo. Ya el óleo derramado sobre la cabeza de David no era más que la marca visible del descenso invisible del Espíritu Santo. Pero ahora, es el Espíritu invisible, Él mismo, que Juan verá ungiendo a Aquel que Dios designará como siendo su Elegido, Aquel que Él elige para reinar eternamente sobre el trono de David.

Bautismo de Jesús.

Juan, empujado por el Espíritu de Dios, se va entonces a las orillas del Jordán y hete aquí el último de los profetas de la Anciana Alianza que viene a anunciar la llegada inminente del Reino de Dios, es decir del Reino donde el Cristo de Dios será Rey, y predicar el arrepentimiento, pues solo los conversos, aquellos que se apartan del mal para retornar hacia Dios podrán ser parte: "Arrepiéntanse, pues el Reino de Dios está próximo," no cesa de repetir: Todos aquellos que se convertían en el Señor, él los preparaba para entrar en el Reino de Dios lavándoles los pecados, sumergiéndolos en el agua del río, "bautizándolos" en el Jordán.

He aquí que Jesús de Nazareth se le presenta. Mateo nos indica que Juan se juzga indigno de bautizarlo. Entonces Juan conoce a Jesús — si en otra parte dice "Yo no lo conocía," es que hasta ahí él no sabe que es el Elegido de Dios. — No obstante Jesús insiste para ser bautizado "con el fin de que toda justicia se cumpla"; y cuando Juan Lo bautiza he allí que "el Espíritu cuan paloma desciende del cielo y permanece en Él."

Es el signo esperado. Es entonces Jesús es Aquel que es ungido por el Espíritu de Dios; es Jesús quién es el Cristo: y he allí que del cielo se escucha una voz: "Tú eres mi hijo Bien Amado, Tienes todo mi favor":

Juan ha comprendido, Juan ha reconocido al Mesías, el Cristo y él atestigua que se cumplió la promesa, que la llegada del Mesías se ha realizado. Él dice a la muchedumbre: "He visto y atestiguo que es ÉL el Elegido de Dios."

Él recordará que Isaías había dicho: "El castigo que nos trae la paz está sobre Él; es gracias a sus llagas que somos curados … como un Cordero sin manchas es llevado a la matanza … por nuestros pecados Él ha sido golpeado hasta la muerte" (Isaías 53:5-8); es el porqué, identificando a Jesús a ese sufriente servidor, Juan agregará: "He aquí el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo," resumiendo por adelantado la misión del Mesías — servidor sufriente, cordero inmolado por los pecados del mundo.

Es a partir de ese momento que algunos hombres de Galilea — Andrés, Juan, luego sus respectivos hermanos Simón-Pedro y Santiago, luego Felipe y su hermano Natanael, se atarán a la persona de Jesús. Es, en efecto, a continuación del bautismo de Jesús, que Andrés exclamará: "Hemos encontrado al Mesías, es decir el Cristo, y que Felipe dirá a su hermano Natanael: "Aquel del cual se habla en la ley de Moisés y en los profetas lo hemos encontrado, es Jesús de Nazareth (Juan 1:41-45). Por esto algunos años mas tarde, cuando Simón-Pedro anunciará la Buena Nueva a Cornelio, el oficial romano del cual nos habla el Libro de los Hechos (10:37), él se acordará del hecho decisivo que fue el principio de la gran aventura — que lo llevará a él mismo hasta el martirio en el Coliseo de Roma — y él dirá a Cornelio y a sus compañeros: "Ustedes saben lo que ha sucedido en toda Judea: Jesús de Nazareth, sus inicios en Galilea luego del bautismo predicado por Juan, como Dios lo ha ungido del Espíritu Santo y de poder…"

Por esto todos los evangelistas: Mateo, Marcos, Lucas y Juan, nos relatan el bautismo de Jesús y nos transmiten el testimonio de Juan el Bautista (Mateo 3:16-17); Marcos 1:9-11; Lucas 3:21-22; Juan, 1:32-34), mientras que únicamente Mateo y Lucas nos relatan el nacimiento de Jesús. Es, en efecto a su bautismo que Jesús de Nazareth ha sido manifestado al mundo como Cristo e Hijo de Dios. Es su bautismo que es su manifestación, su Epifanía, es ahí donde sus primeros discípulos han creído en Él, es decir han reconocido en Él el Cristo esperado. No porque Él se haya vuelto el Mesías ese día (como lo han pretendido ciertos herejes, el Hijo es Cristo desde toda eternidad. Él no lo deviene, puesto que el Espíritu Santo permanece en Él desde toda la eternidad. Ya desde siete siglos antes de su bautismo de la carne — lo hemos visto — el Hijo de Dios decía por la boca del profeta: "El Espíritu del Señor está sobre mí," pero es ese día él de su bautismo que esta realidad eterna es manifestada a los hombres. También la Iglesia celebra con tanto esplendor el Bautismo de Jesús: es la gran festividad de la Epifanía o teofanía (6 de Enero/19 de Enero, calendario Juliano).

Manifestación de la Trinidad.

El Bautismo de Jesús no es únicamente su manifestación al mundo como Cristo, su Epifanía el Bautismo Él manifiesto como Hijo de Dios y, por ello mismo, él es "Teofanía" — manifestación de Dios — pues Él nos revela el gran misterio de Dios, la Trinidad.

Juan, en efecto, ha visto el Espíritu Santo descender sobre Jesús bajo la forma de una paloma y permanecer en Él. La palabra "permanecer" expresa que, desde todo tiempo, el Espíritu Santo permanece en Aquel del cual la voz venida del cielo decía: "Este es mi Hijo bien amado."

Es él porqué san Cirilo de Jerusalén nos dice que manifestando a Jesús como Cristo, el Bautismo de Jesús nos revela, al mismo tiempo, el misterio de la divina Trinidad: en efecto, para que haya un Cristo, un Ungido — el Hijo — se necesita que alguien que lo origine, el Padre, y alguien que sea la unción — el Espíritu Santo que permanece en Él. Es así que no podemos pensar en el Cristo sin pensar en el Padre y en el Espíritu Santo; sin ellos, la palabra Cristo carece de sentido. No podemos confesar a Jesús como el Cristo sin confesar al Dios único como Dios en tres personas.

Es frecuente que nos hagamos una idea falsa de Dios: a veces nos parece que el Padre sería el Dios del Antiguo Testamento, luego el Hijo vendría a reemplazarlo en el Nuevo Testamento durante la vida de Jesús; por fin sería el turno del Espíritu Santo en los tiempos presentes de la Iglesia, y la vida de Jesús será conmemorada como un pasado histórico.

Si, tenemos muchos problemas en representarnos las tres personas en un solo Dios actuando en el mundo por una sola voluntad. ¿Cómo acercar el misterio de la Santa Trinidad?

Volvamos al bautismo de Jesús, cuando Jesús sale del agua. Ya lo hemos escrito: Juan el Bautista ve el Cristo sobre el cual permanece el Espíritu y el escucha la voz del Padre llamando a Jesús "Hijo Bien Amado": Juan reconoció un solo Dios en tres personas. Es en el Jordán, que se ha manifestado, por primera vez, la Trinidad. Es lo que la Iglesia nos describe a la vez por el ícono y por el canto de la festividad, a la Epifanía (o Teofanía).

El Icono de la Fiesta.

Jesús está sumergido en el agua, diríamos que penetra el universo todo entero para cambiarlo por su presencia, para clarificarlo con su Luz, para iluminarlo, para santificarlo. Bien arriba, una Mano representa a Aquel que unge, Dios el Padre, invisible pero cuya voz rinde testimonio a Jesús llamándolo Hijo bien amado. La paloma representa al Espíritu Santo quién confirma la veracidad del testimonio posándose y permaneciendo sobre la cabeza de Jesús: es la "unción." Por fin, el Hijo; Aquel que es ungido, está sumergido.

El Canto.

El Troparion de la Epifanía, el cántico de la festividad, retoma el mismo tema:

Tu bautismo, en el Jordán, Señor,

Nos muestra la adoración dada a la Trinidad,

La voz del Padre te ha rendido testimonio,

Ella Te ha nombrado Hijo Bien Amado,

Y el Espíritu, bajo la forma de una paloma,

Ha confirmado la inquebrantable verdad de esta palabra,

Cristo Dios, Tú has aparecido, Tú has iluminado el universo,

Gloria a Ti.

En este himno de la festividad, el testigo, san Juan Bautista, no es mencionado. Él parece desaparecer para dejarnos solos, cara a cara con el misterio de la Trinidad. Esto subraya el papel de Juan Bautista, el Precursor, aquel quién nos indica donde encontrar a Dios y nos prepara a recibirlo por la penitencia, luego se retira. En efecto, Juan, el Amigo del Esposo, dirá más tarde: "Mi gozo, pues, es ahora completo. Conviene que Él crezca, y que yo mengüe" (Juan 3:29-30).

¿Qué decir de la Trinidad? ¿Cómo abordar este misterio? Ningún manual, ningún libro, ninguna lección de catecismo sabría "explicar" el misterio de Dios en tres personas. El riesgo es muy grande en deformar por palabras lo que es inexpresable, de disminuir por categorías humanas y limitadas a la razón, el Dios eterno. Únicamente la plegaria y la adoración permiten entrever una parcela de la Verdad sobre el Dios único en tres personas.

Utilicemos, para abordar este tema difícil, de una gran obra de arte, el ícono de la Trinidad de Andrés Rublev. Este pintor de gran talento que es también un hombre de oración, nos guiará hacia la contemplación de Dios único en tres personas.

El Icono de la Trinidad.

Andrey (Andrés) Rublev, iconógrafo (pintor de íconos), monje ruso del siglo XV, a representado la Santa Trinidad. Él no ha inventado la imagen de la Trinidad pero ha ilustrado el relato del Génesis donde los tres ángeles misteriosos visitaron a Abraham. Esta aparición bajo el roble de Mambré, del lo cual hemos hablado en el primer capítulo, es una imagen de la Trinidad, una prefiguración del único Dios en tres personas, quién no se hará conocer abiertamente que en el Jordán, durante el bautismo de Cristo. Recuerden el diálogo de Abraham: el patriarca se dirige a los ángeles utilizando sea el , y a veces el Vosotros. Esta alternancia en el lenguaje nos hace ya adivinar el Uno en la Trinidad, pues parece que Abraham se dirige tanto sea al Dios único, como a las tres personas divinas.

Icono de La Santa Trinidad (Andrey Rublev).

Rublev ilustrando un texto bíblico no toma el riesgo de deformar el misterio divino a través de su imaginación personal, puesto que los pintores de íconos no inventan al capricho de su imaginación la representación de Dios, pero son siempre muy fieles a las Santas Escrituras.

En efecto, si cada hombre inventaba una representación de Dios con la ayuda de su imaginación, por tan creadora que fuera, tendríamos imágenes muy humanas de Dios, sumisas a los cambios de gusto de cada época; ¿los "dioses el Padre," ancianos barbudos saliendo de entre las nubes no son viejos modelos fuera de moda? Es grande el peligro de reencontrar los ídolos de la Antigüedad que no son más que la proyección del hombre sobre Dios: Dios a la imagen del hombre y tampoco el gran misterio del hombre creado a la imagen de Dios, Es él porqué de la obediencia de nuestros pintores-iconógrafos a la Tradición, su sumisión a la representación de Dios admitida por la Iglesia, los salva del error y les permite no traicionar el segundo mandamiento: "No te harás ídolos."

Andrey Rublev a hecho de un ícono clásico, de un tema a menudo reproducido en las iglesias, una gran obra, a la vez una obra maestra sobre el plano artístico y testimonio de oración. Encontramos por todas partes reproducciones de la Trinidad. Parece que los cristianos de todas las confesiones lo conocen y lo aman. Los mismos ateos reconocen la belleza y la fuerza que de él emana. Este ícono es realmente milagroso, puesto que impone un silencio respetuoso a los más hostiles la religión y los lleva a la veneración. En efecto, la Trinidad de Rublev está en museo del Estado y no en una iglesia. Se la puede ver en la Galería Tretiakov, en Moscú, en Rusia. Todos lo días desfilan delante de nuestro ícono miles de turistas no conociendo nada de Dios o teniendo nada más que odio, burlas o indiferencia para Él. Sin embargo, nadie puede pasar sin detenerse delante de esta imagen de la Trinidad, ella transmite a cada uno una parcela de la visión de Dios. Como el sol que brilla para los buenos y los malos, Dios irradia sobre cada hombre su amor, mismo si este último lo rechaza.

El silencio se impone ante este ícono, como delante del misterio de la Trinidad. No obstante trataremos de todas maneras abordarlo por medio de la plegaria, pues para Andrey Rublev, este ícono es una plegaria, una profesión de fe y una adoración.

Tomemos el texto del Credo y ubiquémoslo al lado de una reproducción de la Trinidad. Salta a la vista que la imagen está compuesta sobre el mismo plano que la confesión de fe: "Creo en un solo Dios."

Rublev expresa a la vez la unidad por la similitud de los tres ángeles y por el círculo único en el cual están circunscriptas las tres personas. Todo lo que concierne al Padre es muy breve en el Credo, puesto que Él es Desconocido, pues, del cual sabemos casi nada. Sobre el ícono, el primer ángel, él de la izquierda, es de tres cuartos, el color de su vestimenta es muy pálido, indefinido, casi transparente.

El texto de desarrolla como sobre el ícono deteniéndose más tiempo sobre el Hijo. El segundo ángel esta de frente, se manifiesta hacia nosotros más plenamente. Conocemos muchas cosas sobre el Hijo, pues se ha encarnado, se hizo conocer y se dejó ver. Su vestimenta es de color neto y contrastado, azul y marrón. Esto expresa las dos naturalezas del Cristo. El azul simboliza el cielo, la divinidad. El marrón, es la tierra, la humanidad. Jesús es a la vez Dios y hombre. Detrás del ángel central se yergue un árbol, sus raíces están plantadas en la tierra y sus ramas tienden hacia el cielo. Es la madera de la cruz que, por el Cristo, se transforma en el árbol de la vida del Paraíso.

Adán murió por haber comido del fruto del árbol.

Pero reencontrará en el árbol de la Cruz la vida

Por la cual, oh Misericordioso, él goza nuevamente

De las delicias en el Paraíso.

Poema de Teodoro, Tríada (Viernes de la quinta semana de Cuaresma).

Sobre el Santo Espíritu el Credo vuelve a ser breve y sucinto, pues, de la tercera Persona divina, que nos hace vivir, concretamente e históricamente, pocas cosas pueden ser dichas, su acción ha sido siempre secreta y misteriosa. El tercer ángel, como el primero, es de tres cuartos. El color de su vestimenta simboliza la fuerza y la vida. El verde que domina expresa la juventud, la savia de la vida que hace crecer y existir a todas las cosas.

El círculo de los tres ángeles se termina y no se cierra. Este círculo parece abrirse desde el cáliz apoyado sobre la mesa. La última parte del Credo está consagrada a la Iglesia: el lugar donde mora el cáliz de la Eucaristía y todos los hombres son invitados por el Bautismo al festín de la Vida eterna, y la Vida eterna, es entrar y residir en el seno de la misma Trinidad.

Estamos lejos, con esta representación de la Trinidad, del primer ícono, aquel que se llama la Hospitalidad de Abraham.

San Andrés voluntariamente ha hecho desaparecer a Abraham y a Sara, pues probablemente habrá recordado la palabra de Cristo: (Juan 8:58). Estas palabras expresan la eternidad de Dios, eternidad de la cual participan las tres personas de la Trinidad …

Terminaremos nuestro estudio sobre este magnífico ícono, como Rublev sin duda lo habrá hecho después de haberlo pintado; por la plegaria más pura, le plegaria de adoración, aquella de los ángeles, serafines y querubines, cantando tres veces santa, a la vivificadora Trinidad:

"¡Santo, Santo, Santo, Tú eres, Señor Sabaoth!"

 

 

Tercera Parte.

El Transfiguración de N. S. Jesucristo.

¿Quién es Dios?

1. Las Teofanías del Antiguo Testamento.

Dios es el creador de todas las cosas y permanece el Amo de todas las cosas y de todas las creaturas. Es el amo de la historia. Pero, dentro de esta historia, Dios aparece raras veces (un poco como si se retirara para dejar actuar al hombre). Él se manifiesta en los momentos elegidos por Él y que con frecuencia corresponden a los "tiempos duros" para la humanidad: tiempos de crisis, de ruptura y de cambios. La Biblia nos relata algunos de estos momentos privilegiados donde Dios ha intervenido directamente en la historia y se manifestó de forma visible a ciertos hombres. Esos hombres eran elegidos llamados no solamente para ser testigos de la manifestación divina pero también para transmitir un mensaje y recibir una misión. Nosotros denominamos teofanías a las manifestaciones de Dios. Esta palabra viene, como muchos términos del vocabulario teológico, del griego y significa "manifestación de Dios" (Theos = Dios, phainesthai = manifestarse).

 

Moisés. El Arbusto Ardiente.

(Exodo 1-3 y 4:1-17; Hechos 7:1-35).

Moisés fue uno de esos elegidos de Dios, una de las figuras más grandes de la Antigua Alianza, una de las figuras más grandes de la historia del mundo, aquel que, a través de las pruebas del desierto, a forjado para Dios un pueblo para hacerlo el Pueblo elegido en el seno del cual se iba a preparar la venida sobre la tierra de Dios Mismo.

Recordemos brevemente los acontecimientos que precedieron el nacimiento de Moisés: sin duda en el curso del siglo XVII antes de JC, los doce hijos de Jacob se instalaron en Egipto (ver en el Génesis, capítulos 37 a 49, la apasionante y bella historia de José). Ellos tuvieron hijos e hijas y de generación en generación su posteridad dio un pueblo numeroso conforme a la promesa hecha a Abraham. Este pueblo estaba dividido en doce tribus provenientes de los doce patriarcas, es decir los doce hijos de Jacob que recibieron la bendición de su padre justo antes de su muerte. Este pueblo se llamaba Israel, nombre que recibió Jacob luego de su lucha con el ángel; se lo denomina también por el término de "hebreo" (de Heber el antepasado de Abraham). Y en la Biblia se los llama indistintamente a los miembros de este pueblo como hijos de Israel o Hebreos. Vivian en Egipto en estado de esclavitud y realizaban trabajos que los egipcios no querían hacer. En el momento del nacimiento de Moisés; es decir en el siglo XIII entes de JC (en efecto se estima que alrededor de cuatro siglos separan la llegada de los doce hijos de Jacob a Egipto del nacimiento de Moisés), los egipcios se inquietaban por el número de Hebreos y comenzaron a tolerarlos muy mal. Por esta razón aquellos dieron la orden de tirar al Nilo todos los hijos varones de Israel que iban a nacer.

Moisés nació de padres de la tribu de Levi. Para hacerlo escapar de la cruel orden del Faraón (tal era el nombre con el cual se designaba al rey de Egipto), su madre lo escondió, y, cuando tenía la edad de tres meses, ella lo colocó dentro de un canasto que comenzó a deslizarse entre los riachos sobre el borde del Nilo. La hija del faraón lo percibió, lo recogió y lo educó como a su hijo. Ella le dio el nombre de Moisés que significa "salvado de las aguas." En los Hechos de los Apóstoles (7:22), Esteban, el primer mártir de los cristianos, nos dice que Moisés fue instruido en toda la sabiduría de los egipcios y que era poderoso en la palabra y en los hechos.

Moisés debió conocer su verdadera identidad como adulto y nos podemos imaginar que prueba debió ser para él de conocer que formaba parte del pueblo de esclavos; no obstante no titubeó y fue a visitar a los suyos, esos Hebreos, que en esa época, eran brutalmente tratados por los egipcios y reducidos a los trabajos más pesados. Testigo de una injusticia, tomo su parte contra el opresor y mató a un egipcio que había golpeado a uno de ellos. Pero como frecuentemente ocurre en casos semejantes, fue rechazado por los egipcios, Moisés no fue admitido por los suyos, que le reclamaron: "¿Quién te ha constituido como nuestro jefe y juez?" Entonces no le quedó otra salida que huir. Fue a vivir al país de Madián donde se hizo pastor y se casó con Séfora la hija de Jetró, hombre sabio y de buen consejo.

Un día Moisés hacía pastar a las ovejas de su suegro. Las llevó más allá del desierto, en el Sinaí cuando vio un arbusto prenderse fuego. El arbusto ardía sin consumirse. Intrigado, se acercó. Del arbusto vino una voz que lo llamaba por su nombre: "Moisés, Moisés" Respondió: "Heme aquí" La voz le dijo: "No te acerques, quita tus sandalias pues el lugar es santo. Soy el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob" Moisés velo su rostro por el temor que su mirada no se fijara en Dios.

Tal es el principio del relato del encuentro de Dios con Moisés en el Sinaí. Moisés había reconocido en el Fuego del Arbusto ardiente un fuego inmaterial, el Fuego de la Divinidad. El no titubeó, puesto que su corazón ardiente de amor lo había, sin que él lo supiera, preparado para tal visión. Moisés se quedó parado, los pies desnudos, el rostro velado cuando la voz se elevó nuevamente para indicarle su misión. Dios dijo: He visto la miseria de mi pueblo… y yo te envío hacia el faraón para hacer salir de Egipto a los hijos de Israel" Entonces Moisés se asustó y dijo: "¿Quién soy yo para ir a encontrarme con el faraón?" Dios lo tranquilizó: "Estaré contigo" Moisés dice: "Pero si los hijos de Israel me preguntan ¿Cuál es el Nombre de Aquel que me envía, que responderé?"

Dios respondió: "Yo soy quién Yo soy. Tú les dirás: Yo Soy me ha enviado hacia ustedes" Por estas palabras, Dios hace a Moisés una revelación y a través de Moisés a toda la humanidad, él revela su nombre: Yo Soy, en hebreo el tetragrama, las cuatro letras Y. H. W. H. que ningún israelita piadoso debía pronunciar. Este nombre afirma la trascendencia de Dios. Él es Otro de todo lo que es conocido de los hombres. Él es Quién es; Él está antes de todos los tiempos. Él manifiesta su existencia sin por lo tanto hacerse conocer. Él queda más allá de todo nombre que pudiera identificarlo, pues Él no puede ser definido. Dios no es conocible, sin límites, sin fin, "inexpresable, incomprensible, invisible, inaccesible", todo siendo Dios revelado, manifestado, reencontrado.

Nuevamente, la voz habló y explicó a Moisés su misión: Hacer salir a los Hebreos de Egipto, conducirlos a la Tierra prometida, al país de los Cananeos. No obstante Moisés no fue convencido: "¿Y si ellos rechazan en creerme?" Dios en respuesta indicó tres prodigios que el podría realizar para probar que él era en realidad el enviado de Dios. Moisés, todavía tenía una objeción; invocó su defecto de locución: "Perdóname, mi Señor, nunca he sido elocuente, mismo Contigo que me hablas. Mi boca no es hábil y mi lengua pesada" Pero, este defecto era conocido por Dios pues todo viene de Él y que es Él que lo hace a uno ciego o clarividente, mudo o elocuente. Moisés no obstante insistió recusándose francamente: "Perdóname, mi Señor, encarga a quién Tú quieras esta misión" Era demasiado, Dios se enojó y le dijo: "Y bien, tu hermano Aarón hablará en tu lugar, tú pondrás el mensaje sobre sus labios y él se dirigirá al pueblo en tu nombre. En cuanto a ese bastón, tómalo en tus manos, es a través de él que operarás prodigios" Entonces Moisés hizo como Dios le ordenó. Tomó en sus manos el bastón y después de despedirse de Jetró, volvió a Egipto.

Novicio: No comprendo como el Arbusto podía arder sin consumirse. Toda llama devora la madera de donde ella se eleva y esta desaparece.

Maestro: Te lo he dicho, el Fuego del Arbusto era un Fuego inmaterial, ese fuego debía tener una apariencia algo distinta del fuego de leña habitual puesto que Moisés mismo antes de escuchar la voz fue intrigado y consideró que el espectáculo era "extraño." En efecto, las palabras son impotentes a dar la Fuerza y la novedad radical de lo que Moisés fue testigo.

La Biblia utiliza la palabra Fuego, puesto que es la palabra que mejor describe la apariencia de esta manifestación. También esta palabra es un símbolo que indica la presencia del Espíritu. El Arbusto ardiente es una realidad percibida por Moisés pero también es el anuncio simbólico de otras realidades por venir: el Arbusto es la prefiguración de la Virgen Madre de Dios. María, en efecto, recibió en su seno el Fuego de la divinidad en el momento donde el Ángel Gabriel le hablaba y ella no fue consumida por ese Fuego, tal cual la madera del Arbusto, pero ella concibió al Niño y quedó pura: María es santa como la tierra alrededor del Arbusto era santa. Es lo que canta la Iglesia a la Virgen cuando aquella la honra en las festividades.

 

Segunda Teofanía en el Monte Sinaí.

(Éxodo 33:18-23; 34:29-35).

La misión de Moisés no era fácil y tendremos la ocasión de volver a hablar. Después de haber logrado a hacer salir de Egipto a los hijos de Israel, Moisés llegó nuevamente al pié del Sinaí y estableció el campamento. En ese lugar, Dios se manifestó no en un encuentro aislado con Moisés pero a la vista de todo el pueblo, no para dar una misión sino para sellar una alianza. El ambiente en el cual estos hechos tuvieron lugar era asombroso, grandioso, a veces confuso, pero en algunos versículos, de una manera simple, sobria y conmovedora, la Biblia nos describe como Moisés pudo ver la Gloria de Dios.

Esto sucedía en la cima de la montaña de Sinaí donde solo Moisés había subido; el pueblo estaba congregado al pie con la prohibición de pasar los límites marcados. Dios dijo a Moisés: "Haré pasar delante de ti todo Mi Esplendor (…). No puedes ver Mi Rostro pues el hombre no Me puede ver y quedar con vida. He aquí un lugar cerca de Mí, te mantendrás sobre la roca y cuando pasará Mi Gloria, Te meteré en la hendidura de la roca y te cobijaré de Mi Mano durante el paso, luego apartaré Mi Mano y tú Me verás de espaldas, pero Mi Rostro, no se Lo puede ver" Cuando Dios pasó, Moisés cayó sobre sus rodillas y se prosternó. Se quedó en ese lugar cuarenta días y cuarenta noches. Al finalizar ese tiempo, bajó de la montaña, teniendo en las manos las dos tablas de la Ley. Aarón y todos los hijos de Israel que lo esperaban vieron que su rostro resplandecía y no se animaron a acercársele. Moisés que no sabía que su rostro resplandecía lo comprendió a causa del miedo de ellos. Les habló y cuando terminó puso un velo sobre su rostro.

San Juan en su evangelio nos dice: "Nadie jamás ha visto a Dios" Moisés pudo ver "la espalda" de Dios. Ha contemplado Su Gloria y en lo más fuerte de este terrorífico poder conoció la delicadeza de Su protección. Fue después de esta visión y cuarenta días de ayuno y oración que el rostro de Moisés resplandecía de la Luz espiritual de los elegidos: estaba él mismo impregnado de la Gloria divina a la cual había participado.

Elías.

Elías aparece en el primer libro de Reyes: Acab, rey de Israel, había desposado a Jezabel, princesa de Sidón, y servía a Baal, el falso dios que adoraba su mujer.

La Biblia nos dice: "Elías de Tisbé declaró a Acab: por el Señor de Israel al cual sirvo, no habrá en estos años, ni rocío ni lluvia salvo a mi mandamiento," lo que muestra cuan grande era el poder que Dios le había conferido. Bajo la orden del Señor, Elías se aleja del país que había de esta manera maldecido y se esconde cerca de un torrente a la entrada de una gruta donde los cuervos le traían su alimento.

La hambruna continuaba en el reino, Acab se puso a recorrerlo para intentar encontrar pastoreo y un día encontró a Elías. Este lo persuadió de aceptar una confrontación entre él mismo y los sacerdotes de Baal cuyo número era de 450.

…Partió, pues Abdías a encontrar a Acab; y diole el recado. Salió Acab al encuentro de Elías, y así que lo vio le dijo: ¿Eres acaso tú el que traes alborotado a Israel? A lo que respondió Elías: No he alborotado yo a Israel; sino tú y la casa de tu padre, que habéis despreciado los mandamientos del Señor, y seguido a los Baales o falsos dioses. No obstante manda a juntar ante mí a todo Israel en el monte Carmelo, y a los cuatrocientos cincuenta profetas de Baal, y a los cuatrocientos profetas de los bosquetes, a quienes sustenta Jezabel. Envió, pues Acab a llamar a todos los hijos de Israel, y congregó a todos los profetas de Baal en el monte Carmelo. Entonces Elías acercándose a todo el pueblo, dijo: ¿Hasta cuando habéis de ser como los que cojean hacia dos lados? Si el Señor es Dios, seguidle; y si lo es Baal, seguid a Baal. Mas el pueblo no le respondió palabra. De nuevo dijo Elías al pueblo: He quedado yo solo de los profetas del Señor; cuando los profetas de Baal son en número de cuatrocientos cincuenta personas. Con todo dénsenos dos bueyes; de los cuales escojan ellos uno, y haciéndolo pedazos, póngalo sobre la leña, sin aplicarle fuego; que yo sacrificaré el otro buey, lo pondré sobre la leña, y tampoco le aplicaré fuego. Invocad vosotros el nombre de vuestros dioses, y yo invocaré el nombre de mi Señor; y aquel Dios que mostrare oír, enviando el fuego, ese sea tenido por verdadero Dios. Respondió todo el pueblo diciendo a una voz: Excelente proposición. Dijo, pues, Elías a los profetas de Baal: Escoged para vosotros el buey, y comenzad los primeros, ya que sois en mayor número, e invocad los nombres de vuestros dioses, sin poner fuego a la leña. Ellos, tomando el buey que les fue dado, lo inmolaron, y no cesaban de invocar el nombre de Baal desde la mañana hasta el mediodía, diciendo: Baal escúchanos. Pero no se oía voz, ni había quién respondiese; y saltando sobre el ara que habían hecho, pasaban de una parte a otra. Siendo ya el mediodía, burlábase Elías de ellos, diciendo: Gritad más recio; porque ese dios quizá está en conversación con alguno, o en alguna posada, o de viaje; tal vez está durmiendo, y así es menester despertarlo. Gritaban, pues, ellos a grandes voces; y se sajaban, según su rito, con cuchillo y lancetas, hasta llenarse de sangre. Mas pasado ya el mediodía, y proseguían en sus invocaciones, llegó el tiempo en que suele ofrecerse el sacrificio, sin que se oyese ninguna voz, ni hubiese quién respondiera, ni atendiera a los que oraban: Dijo entonces Elías a todo el pueblo: Acercaos a mí; y acercándose a él el pueblo, reparó el altar del Señor que había sido arruinado. Tomó doce piedras, según el número de tribus de los hijos de Jacob, a quién habló el Señor, diciendo: Israel será tu nombre. Y con dichas piedras edificó el ara o altar en el nombre del Señor; he hizo alrededor del altar una reguera; como dos pequeños surcos, y acomodó la leña; y dividiendo al buey en trozos, púsolos sobre la leña, y dijo: Llenad cuatro cantaros de agua y vertedla sobre el holocausto y sobre la leña. Y dijo después: Hacedlo segunda vez. Y habiéndolo hecho por segunda vez, añadió: Repetidlo aún por tercera. E hicieron lo mismo por tercera vez; de suerte que corría el agua alrededor del altar, y quedó la reguera llena de agua. Siendo ya el tiempo de ofrecer el holocausto, acercase el profeta Elías, y dijo: Oh, Señor Dios de Abraham, y de Isaac y de Israel, muestra hoy que tú eres el Dios de Israel, y que yo soy tu siervo, y que por tu mandato he hecho todas estas cosas. Oyeme, oh Señor, escúchame, a fin de que sepa este pueblo que tú eres el Señor Dios, y que tú has convertido de nuevo sus corazones. De repente bajó fuego del cielo, y devoró el holocausto, y la leña, y las piedras, y aún el polvo, consumiendo el agua que había en la reguera. Visto lo cual por todo el pueblo, postráronse todos sobre sus rostros, diciendo: El Señor es el Dios, el Señor es el Dios verdadero (2 Reyes 18:16-39).

Elías hizo matar a los falsos profetas del falso dios, luego subiendo a la cima del monte Carmelo, donde se desarrolló la escena precedente, se puso a orar, pidiendo al Señor de hacer llover, ahora que su gloria fue reconocida, y el Señor concedió su plegaria.

Sin embargo, la muerte de los profetas de Baal había provocado la cólera de la reina Jezabel, y Elías debió huir en el desierto. Elías caminó durante cuarenta días, es decir, el mismo tiempo que Moisés estuvo delante de Dios en el Sinaí, el mismo tiempo que Jesús, mas tarde, ayunó y rezará en el desierto, luego de ser bautizado por Juan Bautista y antes de ser tentado por Satán. Luego Elías sube la montaña que se llamaba Sinaí en el tiempo de Moisés y que ahora se llama Horeb y penetra en la misma gruta donde el Señor había puesto a Moisés cubriéndolo con su mano mientras pasaba Su Gloria. Y la palabra de Dios es dirigida a Elías anunciándole la presencia divina. He aquí como el libro Reyes, de la Biblia, describe este encuentro: "Díjole el Señor: Sal fuera, y ponte sobre el monte en presencia del Señor, y he aquí que pasará el Señor, y delante correrá un viento un viento fuerte e impetuoso, capaz de trastornar los montes y quebrantar las peñas; no está el Señor en el viento. Después del viento vendrá un temblor de tierra; tampoco está el Señor en el terremoto. Tras el terremoto un fuego; no está el Señor en el fuego. Y tras el fuego el soplo de una aura apacible y suave. Habiendo oído esto Elías, cubrió su rostro con el manto, y saliendo fuera, paróse a la puerta de la cueva…" (1 Reyes 19:11-13).

Esta "ligera brisa" señala la presencia de Dios quién se anunció en el estruendo del huracán, del temblor de tierra y del fuego. Ella nos hace pensar en el paraíso terrestre donde el Señor se paseaba "a la brisa del día." Ella nos hace pensar a la suavidad con la cual el Señor se había dirigido a Moisés: "Te pondré dentro de la hendidura de la roca y te protegeré de Mi Mano durante Mi Paso, luego apartaré Mi Mano y Me verás de espaldas; pero Mi Rostro no puede ser visto"

Elías no conocerá la muerte. Será llevado al cielo por un carruaje y caballos de fuego.

Dios más tarde inspiró al profeta Malaquías estas palabras que son las últimas del Antiguo Testamento: "He aquí que os enviaré a Elías el profeta antes que el Día del Señor llegue, el gran y temido día. Él hará volver el corazón de los padres a sus hijos y el corazón de los hijos a sus padres."

También encontramos a Elías desde el principio del evangelio cuando se apareció el ángel a Zacarías, el padre de aquel que debía ser Juan el Bautista. El ángel dijo a Zacarías: "Tu hijo traerá a numerosos hijos de Israel al Señor su Dios, él mismo los precederá con el espíritu y el poderío de Elías." El mismo Cristo confirmará estas palabras. El declara en el evangelio según san Mateo: "En verdad os digo, que no ha salido a la luz entre los hijos de mujeres alguno mayor que Juan Bautista (…) y si queréis entenderlo, él mismo es aquel Elías que debía venir" (Mateo 11:11-14).

 

 

2. La Transfiguración.

Un niño educado en una familia cristiana oye hablar de Dios desde el primer día de vida. La madre hace sobre él la señal de la cruz al acostarlo; ella le dice: "Dios te proteja" Ella le muestra los íconos, se los hace besar, lo hace vivir en presencia y bajo la mirada de Dios. Cuando el niño aprende a hablar y que él hace mil y una preguntas, él preguntará uno u otro día: "¿Dónde está Dios?" A menudo agregará "Quiero ver a Dios" Esta exigencia es legítima y este deseo es real, puesto que es para ello que este niño vino al mundo: para ver a Dios. ¿Qué es la visión de Dios?

La Biblia nos dice que el hombre no puede ver a Dios y vivir. Hemos estudiado con que amor y con que precaución Dios de manifestó a Moisés y Elías para no destruirlos. Cuando Dios pasa delante de Moisés en la hendidura de la roca, lo protege con su mano. Cuando Elías esta en la entrada de la gruta, Dios no viene en el viento fuerte y violento para quebrar, ni en el temblor de tierra para destruir, ni en el fuego para quemar, pero Dios viene en la brisa ligera y Elías es salvado.

Dios nos prepara a Encontrarlo cuando el Hijo de Dios se encarne, se haga Hijo del hombre; Él no se ha mostrado en Su Gloria, puesto que los hombres no habrían podido soportarlo; se hizo semejante a ellos; tomó la condición humana, la condición de esclavo hasta el final. Nada dejaba transparentar la divinidad de Jesús. Hubo nada más que dos momentos en Su vida donde se manifestó como Dios: durante Su bautismo y durante Su transfiguración. El bautismo en el Jordán ha revelado que Jesús es el Hijo de Dios, la segunda persona de la Trinidad; Juan Bautista lo ha visto y rindió testimonio. En la Transfiguración, los tres apóstoles Pedro, Santiago y Juan han visto a Jesús resplandecer en Su Gloria divina, sobre el monte Tabor, en presencia de dos grandes testigos que habían visto esta misma Gloria en tiempos del Antiguo testamento y que el día de la Transfiguración, vienen atestiguar que se trata de la misma Luz y del mismo Dios.

Para estudiar la Transfiguración leamos el Evangelio (Mateo 17:1-9; Marcos 9:2-9; Lucas 9:28-36).

 

La Luz del Tabor.

Tomemos un ícono y leamos los textos del Evangelio mirando la imagen, como lo hemos hecho para la Anunciación, la Natividad y el Bautismo del Cristo.

Transfiguración

Vemos la montaña donde los apóstoles han contemplado al Cristo transfigurado. Esta montaña es el soporte, el fondo del ícono, testimonia que el evento ha pasado en un lugar determinado, sobre la tierra y no en un más allá de éxtasis, fuera del tiempo y del espacio.

El pintor ha construido la imagen de acuerdo a un plano geométrico muy riguroso. Al centro, el Cristo resplandeciente de Luz. Los rayos parten del Cristo y forman una estrella que se circunscribe dentro de un círculo. Esta representación simbólica de la luz nos revela que se trata de otra Luz; no es la que produce el sol, ella es de otra naturaleza. Esta luz que emana del Cristo y que los apóstoles han contemplado, es la Gloria de Dios. San Juan el evangelista que estuvo presente sobre la montaña nos dice:

…Y hemos visto su Gloria,

Gloria cual el Unigénito debía recibir del Padre,

Lleno de gracia y de verdad (Juan 1:14).

Novicio: ¿Por qué los rayos que salen del Cristo, como si Él fuera el sol? Cuando dibujo, hago el sol por encima de todos los personajes para mostrar que es de día.

Maestro: Si, por supuesto, y todos los pintores iluminan sus cuadros como tú, por un punto luminoso. Piensa en Rembrandt que a menudo representa, sobre sus telas, el combate entre la sombra y la luz. Por ejemplo, el sabio meditando a resplandor de un velador, san Jerónimo sentado bajo una obscura escalera delante de un pequeño tragaluz, o el viejo al rincón del fuego, o todavía "La huida de Egipto," escena iluminada por el claro de luna. Casi siempre podemos encontrar o suponer de donde viene la fuente de luz: astro, fuego, lámpara, luz del día, etc. Por lo contrario, el ícono de la Transfiguración ilustra el evangelio: releamos juntos el pasaje. Está escrito que el Cristo resplandeció como el sol, y no que fue iluminado por el sol.

Novicio: ¿Pero puede ser que el sol estaba detrás y sus rayos rodeaban al Cristo, dando la ilusión de un hombre luminoso? Como a veces al atardecer, las montañas brillan con resplandor y parecen producir rayos. Pero yo se, que el sol se esconde detrás y es él el que hace brillar a las rocas.

Maestro: Mira cualquier cuadro: si el sol ilumina el paisaje, el pintor representa la sombra llevada por los objetos iluminados. Sobre el ícono no hay sombra. Ni la montaña, ni los árboles, ni los personajes no dan sombra. Pues el Cristo no es un astro, ni un planeta que reflejaría la luz del sol. El Cristo es realmente Aquel que da la Luz, esta Luz es sin sombra, pues es de otra naturaleza.

Novicio: ¿Qué quiere decir eso de que es de otra naturaleza? ¿Es la luz que vendría de otro planeta? ¿O de un astro que desconocemos?

Maestro: Nos es posible estudiar la proveniencia de toda luz: la del sol, de los astros y estrellas, esta ciencia se llama astronomía. También nos es posible analizar el fuego, producido por la combustión de la materia. Lo mismo, estudiamos la electricidad: es la energía producida a partir del agua, del carbón, del gas y que circula en los metales. Según el Génesis, Dios creo la luz, Él creo el sol, fuente de nuestra luz terrestre. El sol es un gigantesco montón de materia, que evoluciona sin cesar. Dios ha creado toda materia y es de la transformación de esta que nos provee toda la energía y toda luz conocida. La fuente de la luz es siempre de la materia creada. Jesucristo, Él, Hijo de Dios, Luz de Luz, Verdadero Dios de Verdadero Dios, no fue creado, Él ha sido engendrado del Padre, como lo dice el Credo. Lo mismo, Él resplandeció sobre el Tabor de una Luz que no fue creada. Los Padres de la Iglesia han llamado esta Luz que emana de Dios: la energía no creada. Lo proveniencia de la Energía divina es Dios antes de los siglos, Aquel que llamamos en nuestras plegarias Sol de Justicia, el Cristo.

Novicio: Pero, tu me has enseñado que el Cristo se hizo hombre y que tiene un cuerpo como nosotros. Nuestro cuerpo, es materia, y el suyo también. Sobre el ícono, los rayos salen de su cuerpo, por lo tanto provienen del Cristo quién sería como un astro, un nuevo sol.

Maestro: Jamás olvides que en la persona del Cristo hay dos naturalezas: es a la vez Dios y hombre. Y es eso que Dios acordó a los apóstoles de ver un instante: la unión entre las dos naturalezas del Cristo. Vieron a Jesús resplandecer de la Luz divina, a través de su cuerpo de hombre. Además, la Energía divina no creada se transmite a la materia, puesto que el Evangelio nos precisa que el vestido de Jesús se volvió de un blanco fulgurante, ningún producto pudo dar ese esplendor: "Ningún batanero sobre la tierra puede blanquear de tal manera" (Marcos 9:3).

 

Visión de Dios.

Retomemos el análisis del ícono en paralelo con el Evangelio. El ícono está construido en dos planos: tres personajes arriba y tres abajo. Hay una gran diferencia de altitud entre los dos grupos. En lo alto de la montaña, Moisés y Elías están parados al lado del Cristo, ellos han entrado en el círculo luminoso y participan de la Gloria de Dios, en plena armonía con Él. Mientras tanto los Apóstoles, en la parte baja del ícono al pié de las rocas, están trastornados y su actitud expresa el desorden, el desconcierto. Este contraste nos recuerda que el hombre no puede ver a Dios con sus ojos carnales.

Moisés y Elías están ahí, sobre la montaña, soportando la Luz de Dios, pues durante su vida terrestre, ellos han sido, con Isaías, los únicos hombres desde la caída a los cuales Dios había acordado de Verlo (Exodo 33:18-23 y Primer libro de Reyes 19:9-13). Además han pasado al otro mundo y sus ojos ya no están limitados al mundo material. Moisés ha muerto en el desierto antes de llegara la Tierra Prometida (Deuteronomio 34:1-7), Elías fue llevado en un carruaje de fuego y su pasaje de la tierra al cielo queda misterioso (Segundo libro de Reyes 2:11-13).

Elías ha descendido del cielo sobre el monte Tabor para contemplar a Dios transformado en hombre, en cambio Moisés, reunido por la muerte de sus padres, representa a aquellos quienes esperan la llegada del Cristo a los Infiernos. Moisés y Elías se inclinan ante Jesús. Moisés personifica la Ley, Elías viene en el nombre de los profetas para rendir testimonio, con él, a la divinidad del Cristo que es "el cumplimiento de la Ley y de los profetas."

"Registrad las Escrituras, puesto que creéis hallar en ellas la vida eterna... y con todo no queréis venir a mí para alcanzar la vida (…). Porque si creyeseis en Moisés, acaso me creeríais también a mí; pues de mí escribió él. Pero si no creéis en lo que él escribió ¿Cómo habéis de creer lo que yo os digo?"(Juan 5:39-40, 46-47).

Por el contrario, los tres apóstoles tirados sobre la tierra forman parte de la humanidad viviente. A pesar de estar trastornados a la vista del Cristo en gloria, están llenos de alegría y quieren retener ese instante. Pedro pide de quedarse para siempre sobre la montaña, es por ello que propone las carpas para fijar la visión de Dios para la eternidad. Pero no sabía lo que estaba diciendo, pues era demasiado temprano, no estaban listos para la eternidad. Ellos debían pasar con el Cristo por la muerte para rever la gloria después de la resurrección.

De la Transfiguración a la Cruz.

Tú Te has transfigurado sobre la montaña

Y, los más que ellos eran capaces,

Tus discípulos han contemplado Tu Gloria, Cristo Dios

Con el fin que cuando Te verían crucificado,

Ellos comprenden que Tu pasión era voluntaria

Y que ellos anuncien al mundo

Que Tú realmente eres el resplandor del Padre

(Kontakión de la festividad).

Maestro: ¿Te has dado cuenta, en el relato de Lucas, hay una precisión. Moisés y Elías hablan con Jesús de su próxima partida que Él debía realizar a Jerusalén. A tu criterio de que partida se refiere?

Novicio: Jesús murió en Jerusalén y es ahí su partida.

Maestro: Has respondido bien. Jesús prepara a sus apóstoles a su muerte. Pues sufrirá una muerte terrible, ultrajante, la muerte sobre la cruz. No habrá más ninguna gloria. Es por esto que eligió a Pedro, Santiago y Juan para que lo vean en la gloria y no desesperen en el momento de la prueba. ¿Recuerdas en que otro momento fueron elegidos estos mismos apóstoles para acompañarlo a Jesús?

Novicio: Pero sí, la agonía en el monte de los Olivos.

Maestro: ¿Qué hacen en ese lugar?

Novicio: Duermen de un sueño pesado.

Maestro: En efecto, están todavía consternados, y esta vez dormidos, pues no pudieron soportar el sufrimiento. No han recordado el Cristo en la Gloria, bien que Jesús los ha preparado. Mismo Pedro que había confesado al Cristo como Hijo de Dios, en Cesárea (Mateo 16:15-16), tuvo miedo y se olvidó de todo hasta negar a Jesús. Los apóstoles no comprenderán que Jesucristo es Dios hasta después de Pentecostés que ellos proclamarán la divinidad del Hijo, como testigos oculares de su Gloria. Pues el Espíritu les hará conocer la Verdad integra. Nadie puede confesar que Jesucristo es el Hijo del Padre, verdadero Dios de verdadero Dios, si el Espíritu Santo no lo inspira (1 Corintios 12:3).

Novicio: Los tres apóstoles presentes a la Transfiguración han olvidado la Gloria del Cristo y se quedaron dormidos en el momento de la agonía; ¡entonces Jesús había perdido su tiempo sobre el Tabor!

Maestro: Toda la esperanza que lo apóstoles habían puesto sobre el Reino de los Cielos se ha desmoronado cuando vieron al Cristo sobre la Cruz. Todos ellos, en ese momento, conocieron el abismo de la desesperanza. De cierta manera, pasaron por la muerte con el Cristo y han resentido el abandono de Dios. "¿Dios mío, Dios mío, porque me has abandonado?" (Marcos 15:34 y Salmo 21 [22]). Está ahí toda la vida del cristiano, a la imagen del bautismo: pasar por la muerte con el Cristo para resucitar con Él. Durante la vida de cada hombre, Dios da siempre una exposición sumaria de Su Gloria para sostenerlo durante la prueba. Estoy seguro que conoces esto, desde tu infancia. Hay días donde Dios nos parece muy cercano y nuestra plegaria es un verdadero diálogo con Él. A veces sentimos muy fuertemente Su presencia y Su amor por nosotros. Interviene en nuestra vida con fuerza a través de milagros. Luego es el silencio y todo nos parece apagado, un mundo sin alegría y Dios indiferente a nuestras desgracias. En nuestra vida cotidiana vivimos de esta manera una sucesión de muertes-resurrecciones. Al día de la prueba, tratemos de recordar del Cristo en Gloria y llamemos su Luz en nosotros, en las tinieblas de nuestra alma:

Oh, mi Salvador, contemplo tu palacio en fiesta

Y no tengo vestidos para entrar.

Ilumina la ropa de mi alma,

Donante de luz, y sálvame. (Canto de la Semana Santa).

Manifestación de la Trinidad sobre el Tabor.

El último versículo del relato evangélico nos habla de una nube luminosa, que cubrió a los apóstoles y de esa nube escucharon una voz diciéndoles: "Este es mi Hijo bien amado, escúchenlo" Es la voz del Padre, aquella que había escuchado San Juan Bautista, durante el Bautismo de Jesús en el Jordán. La nube luminosa, es el Espíritu Santo que cubre y protege a los apóstoles, pues sin la presencia e iluminación del Espíritu Santo, el hombre no puede contemplar la Gloria de Dios. La Transfiguración es una Teofanía, como el Bautismo del Cristo. Los apóstoles tuvieron como san Juan la revelación del Dios único en tres personas: "El Padre habla, el Hijo resplandece de esplendor, el Espíritu cubre con la nube luminosa…" (Sermón sobre la Transfiguración de san Pedro el Venerable).

Es a través de la Persona del Hijo que el hombre accede al conocimiento de Dios en tres Personas. "A Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo Unigénito, existente ab eterno en el seno del Padre, él mismo en persona es quién lo ha hecho conocer a los hombres" (Juan 1:18). Jesucristo es el resplandor del Padre y por Él el Espíritu Santo actúa en el mundo. Cuando oramos al Cristo Él nos lleva a su Padre a través del Espíritu Santo.

Luz alegre de la santa gloria del Padre inmortal

Celestial, Santo, Bienaventurado, Jesucristo.

Llegando a la puesta del sol, viendo la luz del atardecer,

Celebremos Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Tú eres digno en todos los tiempos

De ser celebrado por las voces santas.

¡Oh, Hijo de Dios que das la vida,

También el mundo Te glorifica!

Phos hilaron, en griego — Cántico de las Vespertinas —

Svete tikhi, en eslavo. Una de las plegarias más antiguas de Iglesia. (Siglo II).

Esta plegaria nos invita a adorar la Trinidad a través del Cristo, Luz del mundo, Luz que da la felicidad perfecta. Arribamos a la puesta del sol, hemos llegado al fin de los tiempos; el sol pasará, cesará un día de brillar (como nos lo enseñan las Escrituras y la astronomía), pero la verdadera Luz, la Luz divina no declinará. En Cristo contemplamos la Luz que resplandecerá por siempre sobre nosotros durante el Segundo Advenimiento: "En Tu Luz, nosotros veremos la Luz" (Salmo 35[36]: 10 y Gran doxología). San Basilio enseña en un sermón sobre la Transfiguración que esta festividad es un anticipo del segundo y glorioso Advenimiento.

En una carta escrita a los discípulos, san Pedro se acuerda del Cristo Transfigurado que el vio con sus ojos sobre el Tabor. El apóstol prepara sus hermanos y a nosotros mismos a recibir la Luz del día que no declina: "…hasta tanto que amanezca el día, y la estrella de la mañana nazca en vuestros corazones" (2 Pedro, 1:19).

 

La Deificación.

"Dios se hizo hombre para que el hombre se haga Dios"

Novicio: ¿Al fin del mundo, conoceremos perfectamente a Dios?

Maestro: Dios no se puede conocer. Conocer, comprender son nociones de la razón humana. Para conocer la naturaleza de una planta o del agua, de un metal, de un animal o de cualquier otra materia, se hace un análisis y se puede llegar a un cierto conocimiento. Sin embargo, la materia guarda un misterio: ¿Cuál es su origen? ¿Cómo fue creada? Pero Dios es desconocido para nuestra razón. Recuerda la Torre de Babel. Para conocer a Dios, los hombres habían utilizado su inteligencia y su técnica con el fin de llegar hasta Él. ¡Fue un fracaso! Por el contrario cuando Dios viene a nosotros y que abrimos nuestro corazón a su presencia pasa otra cosa que el conocimiento por los sentidos o la inteligencia. Hay una unión entre Dios y nosotros.

Miremos una vez más el ícono de la Transfiguración: la imagen se construye alrededor de los rayos que emanan del Cristo. Cada personaje es tocado por un rayo de la Luz increada, cada uno recibe una parte de la Gloria divina. Sin embargo, Dios queda desconocido en lo que es, en su esencia. "Yo soy Aquel que es": Y.H.W.H. queda para siempre desconocido, el Ser eterno e inmutable, pues es imposible saber lo que Dios es. La Esencia de Dios (es decir lo que es Dios por naturaleza), jamás ningún hombre la podrá penetrar, es el porque en el Antiguo Testamento nos pone en guardia contra semejante audacia: el hombre no puede ver a Dios y vivir.

Sin embargo, Dios nos hace el don de Si Mismo. La Luz increada, los rayos que el Cristo comunica a los profetas y a los apóstoles, sobre el Tabor, es la Gracia, el Don de Dios, que nos hace vivir y santifica. Sobre el Cristo reposa el Espíritu Santo, es lo que hemos estudiado en un capítulo precedente, el Bautismo en el Jordán. Vemos ahora, sobre el Tabor, que por el Cristo, a través de su cuerpo, el Espíritu Santo se da a nosotros. Recibimos esta Gracia, el Don del Espíritu Santo, para llegar a ser santos.

Entiende bien esto: en Dios hay un misterio total. Es el porque de a menudo decirte una cosa y su contrario.

Hay un solo Dios Hay tres personas Divinas

Dios es incomprensible e Se revela a nosotros

Inaccesible Se da a nosotros

Cantamos "uno solo es Santo" y somos llamados a ser santos.

Novicio: ¿Qué es lo que es un santo? ¿Es aquel que nunca comete pecados?

Maestro: El único hombre sin pecado es el Cristo. Todo hombre comete pecados, nadie puede llegar a no pecar por que simplemente decidió no cometer más pecados. Mismo si un hombre llega a ser perfecto por su propio esfuerzo, arriesga de estar muy lejos de Dios y de complacerse en su virtud. Arrogante de su conquista, de su victoria sobre el cuerpo, sobre la naturaleza humana, será un orgulloso. Solo el amor y el corazón abierto hacia Dios, y su Gracia, a esta Luz increada que Dios dona al hombre, puede hacerlo semejante a Él. Ser santo, es ser semejante a Dios, reencontrar "la imagen y semejanza."

San Pablo quién ha visto al Cristo un instante, en un relámpago luminoso sobre el camino a Damasco, nos enseña que nuestro rostro reflejará la Gloria de Dios, como un espejo. Entonces seremos transformados en imagen de Dios por la acción del Espíritu Santo. Llegaremos a ser íconos vivientes y resplandecientes de luz, puesto que el Espíritu Santo habitará en nuestro cuerpo (2 Corintios 3:18).

San Juan que ha visto al Cristo Transfigurado sobre el tabor confirma esta enseñanza:

"Carísimos, nosotros somos ya ahora hijos de Dios; más lo que seremos algún día no aparece aún. Sabemos sí que cuando se manifestare claramente Jesucristo, seremos semejantes a él, en la gloria, porque lo veremos como Él es" (1 Juan 3:2).

Novicio: ¿Se vio alguna vez hombres que se parezcan a Dios?

Maestro: "Cuando Moisés descendió de la montaña del Sinaí — Moisés tenía en sus manos las dos tablas del Testimonio — no sabía que la piel de su rostro resplandecía a continuación de su conversación con el Señor" (Exodo 34:29).

Todos los santos adquieren la Luz del Espíritu Santo; por ello lo representamos con una aureola. Ese círculo luminosos simboliza el don del Espíritu Santo que Dios les comunica, pues su rostro refleja la Gloria de Dios. Pueden hacer milagros, pues su cuerpo es transparente a la Luz increada y Dios actúa a través de ellos. Pero los santos durante su vida terrestre no se diferencian en nada con los otros hombres. Quedan humildes y atentos a no lastimar a los pecadores todavía muy lejos de Dios por la Luz demasiado resplandeciente del Espíritu Santo.

Sin embargo, un día, san Serafín (santo ruso del siglo XIX) a revelado a uno de sus amigos que en él, en su cuerpo, habitaba el don del Espíritu Santo. Motovilov preguntándole cual era la meta de la vida cristiana, el monje Serafín le respondió que la meta de la vida cristiana, es la adquisición del Espíritu Santo. ¿Qué es lo que esto quiere decir? Retomó con insistencia Motovilov. Mírame a mí, le dijo simplemente Serafín. Entonces Motovilov vio al pequeño hombre del bosque, parado sobre la nieve, y su rostro resplandeciendo como el sol.

Novicio: ¿Por qué se representa a menudo a san Serafín con un oso?

Maestro: San Serafín, como san Francisco de Asís, hablaban a los animales. Un día, dos monjas lo vieron en una gran conversación con un oso. Los osos de los bosques rusos son muy feroces y las dos mujeres tuvieron mucho miedo. Pero Serafín las había serenado y les mostró que aquel que está santificado vive en paz con toda la creación, como Adán antes del pecado. Cuando Motovilov hablaba en el bosque, en pleno invierno, con san Serafín, nevaba y hacía un frío glacial. Motovilov contó más tarde que sentía un calor bienhechor y una suavidad extraordinaria. La naturaleza entera, a través de los santos, se deja penetrar por los rayos luminosos de la Gracia. Acuérdate de la túnica resplandeciente de Luz del Cristo: toda la materia creada, el universo entero será un día transfigurado por el Espíritu Santo.

Novicio: ¿Es esto posible? ¿Puede realmente la materia adquirir la Luz divina de la cual hablas? ¿Pueden nuestros cuerpos reflejar la Gloria de Dios? ¿Cómo se hará esto?

Maestro: Si tu entras en la catedral de Chartres o en la Sainte Chapelle a la mañanita, ¿que es lo que verás? Ventanas apagadas y sin brillo. Pero si esperas con paciencia que se levante el sol, entonces verás maravillándote resplandecer a los "vitraux" con todos sus fuegos; cada "vitraux" tendrá su color particular, cada uno tendrá se resplandor único (1 Corintios 15:35-58). Nosotros somos esos "vitraux": el Sol del cual necesitamos para adquirir nuestra verdadera naturaleza, dar el pleno vuelo de nuestra persona, es el Espíritu Santo, que siempre se nos ofrece para iluminarnos. Nuestra tarea es de hacernos transparentes a esta Gracia, de vencer nuestra opacidad, para que no sea un obstáculo a la Luz divina.

Novicio: Esta opacidad es casi siempre la más fuerte, son raros los hombres como Moisés y Serafín de Sárov que resplandecen de Luz.

Maestro: El carbón es un material negro y opaco, si se queda solo no puede volverse transparente; ¿no es cierto? Sin embargo, si el fuego se comunica con él: ¡que destellos, que calor, que resplandor!

¿No crees que el Fuego divino sea infinitamente más fuerte y más potente que este fuego, elemento material, pálida imagen de la fuerza de arriba? Lo que es tierra queda tierra y nuestro fuego consume la materia y hace volver al carbón al polvo de donde él viene. Pero este Fuego celestial, él, no reduce, no aniquila. El milagro del Arbusto ardiente se perpetúa hasta en la Eternidad. Este Fuego abrasará al mundo entero, la creación en su totalidad será un día penetrada por los rayos divinos.

Novicio: Estamos muy lejos y el mundo parecería mas bien arruinarse. Los diarios nunca hablan de la Transfiguración, pero de la polución. El agua, las plantas, la tierra, el mismo aire parece arruinarse. ¿Cómo se puede creer lo que tú me dices?

Maestro: Si, tienes razón. Es trágico, pues somos responsables de la tierra entera. Lamentablemente no somos santos. Es por ello que el mundo creado corre hacia su pérdida. Pero el Cristo, Él, es Santo y de el fluye toda santidad. Está presente en el mundo y no debemos desesperar. Desde Pentecostés, Él envía su Espíritu Santo que no cesa de actuar para salvar la creación (Romanos 8:18-23). A pesar de las apariencias, a pesar del mundo desposeído, arruinado, rasgado y con polución, nuestra Esperanza será más fuerte, pues tenemos fe en Dios, en su Amor para el hombre y para toda su obra creada.

Cuando celebramos con el sacerdote la divina Liturgia, ofrecemos a Dios el pan y el vino, frutos de la tierra, trabajo de los hombres: "Tus dones que tomamos entre tus dones, te lo ofrecemos en todo y por todo" (Anáfora de la Liturgia de san Juan Crisóstomo). Por estas palabras, el sacerdote y nosotros mismos ofrecemos a Dios la ofrenda del pan y del vino, que representa todos los hombres vivos y muertos, sus sufrimientos y sus alegrías, todo el mundo creado: el mundo animal, vegetal, mineral, el cosmos entero; ofrecemos la ofrenda del pan y del vino a Dios Padre. Y Él hace descender sobre estos santos Dones el Fuego divino, todo como, en tiempos de Elías, Él hizo descender este mismo Fuego sobre la ofrenda del profeta. El pan y el vino son penetrados por los rayos luminosos del Espíritu Santo para que el pan se vuelva Cuerpo del Cristo y el vino Sangre del Cristo. La materia es permeable al Espíritu. En la Eucaristía, se hace la unión entre Dios y la materia creada, para que, en el momento de acercarnos a la comunión, se realice en nosotros la unión entre Dios y el hombre. Luego el sacerdote nos envía en el mundo, como el Cristo a enviado a los apóstoles: "Id en paz." Entonces nosotros, los cristianos, los comulgantes, nos volvemos responsables de la presencia de Dios en el mundo. Dios nos concede por su Gracia la luz que resplandeció del Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo. Pidámosle de enseñarnos a transmitir a los hombres y a la tierra entera esta Luz, Don de Dios: "Vosotros sois la luz del mundo, no se puede encubrir una ciudad si esta edificada en la cima de un monte ni se enciende la luz para ponerla debajo de de un celemín, sino sobre un candelero, a fin que alumbre a todos los de la casa" (Mateo 5:14-15).

Estas palabras fueron dirigidas por el mismo Cristo a los apóstoles y a todos los discípulos. Somos los herederos de la Gracia y recibimos a continuación de los apóstoles el don del Espíritu Santo. Pero san Pablo, para preservarnos del orgullo, nos recuerda: "que este tesoro que llevamos en vasos de arcilla para que se vea que esta extraordinaria fuerza pertenece a Dios y no viene de nosotros" (2 Corintios 4:7).

Transfigurado sobre la Montaña,

Cristo nuestro Dios,

Tú has mostrado a los discípulos Tu Gloria

Tanto como La podían soportar.

Haces lucir sobre nosotros, pecadores,

Tu Luz eterna,

Por las plegarias de la Madre de Dios,

Dador de Luz

¡Gloria a Ti!

(Tropario de la Transfiguración — tono 7).

La Transfiguración es festejada por la Iglesia el 6 de Agosto (19 de Agosto, calendario Juliano).

Conclusion.

Las Teofanías vividas por Moisés y Elías en el Sinaí les permitieron reconocer la Gloria de Dios en la persona de Jesús, sobre el Tabor. Por su presencia ahí, ellos pudieron testimoniar para nosotros, con los tres apóstoles Pedro, Santiago y Juan, que en Jesús "vive corporalmente la plenitud de la Divinidad" (Colosenses 2:9).

Es por ello que Jesús podrá decir a su apóstol Felipe, la vísperas de su muerte: l"Quién me ha visto, ha visto al Padre…Yo soy en el Padre y el Padre está en mi" (Juan 14:9-10). También es el porque que Jesús haya dicho: "Os enviaré de a lado de mi Padre el espíritu de Verdad que procede del Padre: Él me rendirá testimonio" (Juan 15:26).

Así pues, revelándose hacia nosotros, en la Gloria del Hijo — Jesucristo — Dios se revela como Padre y como Espíritu Santo; Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Este misterio insondable y adorable es la respuesta a la pregunta: ¿Quién es Dios?

 

 

Cuarta Parte.

La Enseñanza del Señor Jesús.

Anuncio del Reino.

De la Antigua Alianza a la Nueva Alianza.

 

 

1. La Antigua Alianza. El Decálogo.

Dios se interesa al hombre que Él ha creado a su imagen y semejanza a pesar del pecado y la caída del hombre. También Él ha hecho la alianza con el hombre desde los tiempos más remotos. La Biblia habla en los primeros capítulos del Génesis que conciernen los orígenes del hombre, tomando prestado como signo de la alianza una imagen cósmica: aquella del "arca en la nube." Se trata de la alianza que Dios ha concluido con Noé al fin del Diluvio (Génesis 9:12-15). Esta alianza fue fundada sobre la fe de Noé: "Por la fe, Noé fue divinamente advertido de lo que todavía no era visible, sobrecogido de un temor religioso, construyó una arca para salvar su familia" (Hebreos 11:7).

Noé y sus descendientes representan a la humanidad que fue puesta aparte y salvada de las aguas del diluvio. Recordemos que el primer gesto de Noé a la salida del arca fue construir un altar y de ofrecer un sacrificio a Dios. (Génesis 8:20-22). Delante de este acto de reconocimiento y de amor Dios bendice a Noé. Le renueva la orden dada al hombre durante su creación: sed fecundos, multiplicaos, dominad sobre los peces, aves y todos los animales (comparen Génesis 9:1-3 y Génesis 1:28-29). Pero con Noé, el nuevo hecho es que el hombre está autorizado a matar animales para alimentarse: "Todo lo que tiene movimiento y posee vida os servirá de alimento" (Génesis 9:3).

Luego Abraham fue visitado y recibió de Dios la promesa de una posteridad numerosa, promesa que fue renovada a Isaac y Jacob. Sin embargo, hubo que esperar varios siglos más para que la Antigua Alianza pueda ser concluida bajo la forma de un verdadero pacto entre Dios y el pueblo de Israel como mediador un hombre de una estatura excepcional que ya conocemos: Moisés. Este pacto, como todo pacto, comporta un compromiso de ambas partes: Dios se compromete a proteger a Israel y a conducirlo hacia una tierra donde fluyen la leche y la miel — es la Tierra Prometida, la tierra de Canaán, la Judea. El pueblo se compromete en contraparte respetar la ley de Dios, Ley que Moisés recibe en el Sinaí.

He aquí como Dios dio la Ley a Moisés y selló con el pueblo de Israel la Antigua Alianza. Cuando, después de muchas tribulaciones, Moisés logra a hacer salir de Egipto a los Hebreos, él los conduce en el desierto. Tres meses más tarde, llegaron cerca del monte Sinaí, esta misma montaña donde Moisés había visto al Arbusto ardiente. Acamparon abajo en el desierto frente a la montaña. Dios advirtió a Moisés que Él quería, por su intermedio, hacer una alianza con todo el pueblo: dile "que laven sus vestimentas y que están listos para pasado mañana … Delimita el contorno de la montaña. Cualquiera que toque la montaña será muerto" (Exodo 19:10-13).

"Tú, de buena hora, subirás hasta la cima. Llegaré a ti en una nube y el pueblo será testigo de lo que Te he hablado y así tendrá en ti una confianza indefectible" (Exodo 19:9).

Moisés hizo como Dios le había ordenado, los Hebreos lavaron sus vestimentas y se conservaron puros. Se delimitó el contorno de la montaña con barreras, y la montaña se convirtió en sagrada. Cuando llegó el momento, es decir a los dos días, al alba, hubo un trueno, relámpagos y una nube espesa, mientras un potente sonido de trompa se hacía escuchar. Moisés condujo al pueble que temblaba a las afueras del campamento, cerca de las barreras en el lugar sagrado y escaló la montaña hasta la cima.

Tal es la imagen grandiosa que la Biblia nos da de la manera con la cual Dios quiso concluir su Alianza con Israel. Vemos en esta descripción la prefiguración del templo que él mismo se hizo el modelo de nuestras iglesias. En efecto, en la disposición ordenada por Dios, se puede encontrar una analogía con las tres partes del Templo:

El campo correspondiente al Ulam del Templo, el nártex o patio exterior de nuestras iglesias; es el lugar donde se junta la gente.

La parte situada cerca del monte Sinaí, más allá de las barreras y donde el pueblo iba a escuchar el trueno, es el Hekal o Santo del templo. Es el lugar donde la palabra de Dios es escuchada, la nave de nuestras iglesias.

Por fin, la montaña, lugar sagrado donde Moisés solo puede penetrar para encontrar a Dios, es el Debir o Santo de Santos; nosotros reconocemos el santuario de nuestras iglesias, el lugar de la comunión.

 

Hekal

 

Debir

Cuando Moisés llegó a la cima del Sinaí toda la montaña estaba abarcada y el cielo obscurecido. Dios bajo en la nube. Moisés no pudo Verlo, escuchó únicamente Su voz, esta voz anunciando las diez Palabras. Tenemos la costumbre de decir los diez Mandamientos. La Biblia prefiere el vocablo "palabra" menos legalista y más tradicional. Estas diez Palabras normalmente se llaman Decálogo. He aquí un resumen de este texto donde la Biblia nos da dos versiones.

(Exodo 20:1-17, y Deuteronomio 5:6-21):

Después de esto Moisés abandonó la cima para descender hacia el pueblo que se asustaba de escuchar la voz de Dios y temía la muerte. Él trajo todas las palabras que Dios había pronunciado y agregó: "Guárdenselas y pónganlas en práctica así como lo ha ordenado el Señor vuestro Dios. No se desvíen ni a la derecha ni a la izquierda." Escucha Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu poder. Que estas palabras que hoy dicto queden grabadas en tu corazón" (Deuteronomio 5:32; 6:4-6).

Novicio: Tú me has hablado de un pacto en el cual había un compromiso de las dos partes. Veo que el pueblo se compromete a cumplir la Ley, por otro lado veo menos en que se compromete Dios.

Maestro: Dios, en el Sinaí, ha renovado su promesa de conducir a Israel a la Tierra Prometida. Él ha dicho: "En lo sucesivo si ustedes me obedecen y respetan mi alianza; Yo los tendré como míos entre todos los pueblos pues toda la tierra es mi dominio. Los tendré por un reino de sacerdotes y una nación consagrada" (Exodo 19:5-8). Esto significa que recibiendo la Ley, el pueblo de Israel se ha vuelto el pueblo elegido, ubicado bajo la protección de Dios.

Si examinas el Decálogo verás que no es solamente una ley moral pero también una ley religiosa y una ley de amor. Es lo que Jesús quiso decir cuando, en respuesta a los Saduceos que le preguntaron cuál era el más grande mandamiento, Él retomó las palabras de Moisés: "Amarás a tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu (…) y al prójimo como a ti mismo" (Mateo 22:36-39 citando el Deuteronomio 6:5 y Levítico 19:18). El Decálogo es el fundamento del monoteísmo, es decir la fe en un solo verdadero Dios. En efecto, el primer mandamiento afirma que no hay más que un solo Dios.

El segundo mandamiento concierna a la idolatría. Es muy importante y siempre actual. En efecto, tenemos tendencia en hacernos ídolos, a veces sin darnos realmente cuenta. Todo puede transformarse en ídolo, pasión, obsesión, mismo una cosa que no tiene nada de malo en sí mismo, si ella toma el lugar en nuestro corazón o en nuestro espíritu el lugar que corresponde a Dios únicamente y consecuentemente nos desvía de Él. En la época de Moisés la idolatría formaba parte de las prácticas religiosas. Es él porqué el Decálogo habla con respecto a los ídolos, de imágenes esculpidas en madera representando a "potencias ubicadas sea allá arriba en los cielos, sea aquí abajo sobre tierra, sea en las aguas bajo tierra." Está prohibido postrarse delante de tales imágenes. Hoy los ídolos en general no son objetos pero ideas fijas, "ideologías" u obsesiones que el hombre hace su razón de vivir y que ejercen sobre él un poder absoluto: el erotismo, la política, el dinero, la ciencia misma, pueden de esa manera transformarse en ídolos.

El tercer mandamiento nos prohíbe de pronunciar el santo nombre de Dios a la ligera. No es sino que con temor, con fe y amor que osamos invocar el nombre glorioso y magnífico del Todopoderoso. Cuando este nombre es mencionado con ironía o cólera, o mismo con indiferencia, es una blasfemia y la blasfemia es un crimen contra la majestad divina.

El cuarto mandamiento nos prescribe de observar el Sabbat en recuerdo del séptimo día donde Dios, después da haber creado todo, descansó y ha hecho de este día un día bendito y consagrado. Luego de la Resurrección del Salvador, es el domingo (octavo día), aniversario semanal de la Resurrección, que es el día consagrado a Dios. Desgraciadamente, los cristianos lo olvidan a menudo y dejan invadir el domingo por las "tribulaciones de este mundo" reservando un lugar cada vez más pequeño a Dios.

Los mandamientos siguientes — honrarás a tu padre y a tu madre, no matarás, no cometerás adulterio, no robarás — continúan como fundamento permanente de la conducta de aquellos que quieren quedar en paz con Dios y con los hombres: Respeto por la familia, respeto por la vida, respeto por el amor, respeto por la persona humana — son tantas expresiones de respeto a la imagen de Dios en el hombre, imagen que hace su grandeza.

El noveno mandamiento concierne a los falsos testimonios, es decir a la mentira bajo su forma más grave. En la tradición de Israel se decía que la sangre del inocente condenado luego de un falso testimonio recaía sobre el falso testigo y sobre sus hijos. Se comprende mejor, bajo esta perspectiva, la exclamación del pueblo exclamando en el momento de la condena a muerte de Jesús: "¡Que su sangre esté sobre nosotros y sobre nuestros hijos!" (Mateo 27:25).

El último mandamiento condena la envidia y los celos y ordena el respeto a los bienes ajenos.

Tal es la Ley que todo hombre temeroso de Dios debe observar escrupulosamente, pues ella es el signo de su fidelidad y de su afecto a Dios.

La ley de Moisés nos es dada como un pedagogo (según la palabra de san Pablo, Galatas 3:24-25). Sin el fundamento de la Ley, seríamos semejantes a ese hombre del cual habla Jesús, aquel que había construido su casa sobre la arena, a la primera tormenta el edificio se derrumbó. Mientras que aquel que había cavado hasta la roca para dar los cimientos sólidos a su casa no temía nada, pues nada podía estremecer su edificio (Mateo 7:24-27). De esta manera construyamos nuestra vida cristiana como nos enseña la Iglesia desde hace siglos sobre la piedra de los mandamientos:

"Cristo, has establecido los cielos por tu Sabiduría y fundado la tierra sobre las aguas: estableciste mi corazón sobre la piedra de tus mandamientos…" (Tono 8, oda 3, maitines dominicales).

 

2. De la Antigua a la Nueva Alianza.

El Becerro de Oro.

Cuando Moisés hubo proclamado las palabras de Dios y ratificado la Alianza por la sangre del sacrificio, dejo el pueblo bajo la custodia de Aarón y volvió a subir sobre el Sinaí en la cima de la cual permanecía "la nube obscura." Quedó cuarenta días y cuarenta noches. Recibió dos tablas de piedra sobre las cuales "el dedo de Dios" había inscripto sobre las dos Caras las diez Palabras. Estas tablas se llaman: Tablas del Testimonio o Tablas de la Ley.

Pero durante ese tiempo el pueblo temeroso y versátil, creyéndose abandonado por Moisés, olvidó su pacto con Dios y quiso crearse un ídolo. Aarón, presionado de todas partes, cedió al deseo de la muchedumbre. Hizo fundir todo el oro proveniente de las alhajas que se había juntado y lo hizo colar en un molde para hacer una estatua de un becerro.

El pueblo se regocijó y ofreció sacrificios sobre un altar construido frente a la estatua. Es la historia del Becerro de Oro. Los hebreos quienes, poco tiempo antes, fueron elevados a la gloria del pueblo de Dios, recaían de esta manera a sus instintos primitivos y se postraban ante los ídolos que eran aquellos de sus antiguos amos los egipcios, adoradores del buey Apis. De esta manera aparece una muy neta regresión en la conciencia sin duda todavía frágil del pueblo.

Nuestros becerros de oro pueden ser el gusto por el dinero, de la ganancia, del poder. Traicionamos a Dios tanto como los Judíos en el Sinaí y a menudo encontramos ídolos muy reales cuando buscamos reconfortarnos en las diversas supersticiones: horóscopos, predicción por las cartas o a veces la magia misma. Todo esto nos atrae, pues esto nos parece un remedio a los sufrimientos, una huida ante la prueba, mientras que Dios está muy cerca como cuando estaba en la montaña santa hablando con Moisés, revelándose a su pueblo. Nunca estuvo Dios más cerca de su pueblo, y es justo en ese momento que los hijos de Israel habían olvidado su existencia erigiendo el Becerro de Oro. Esta historia también nos muestra el umbral, que nos hace pasar de la religiosidad supersticiosa a la adoración de Aquel que está por encima de toda representación, es difícil de franquear y que, aún franqueado, podemos fácilmente volver para atrás, desviarse de Dios vivo para postrarse delante de ídolos. También recordemos las palabras de Jesús: "Aquel que meta mano al arado y mira para atrás es impropio al Reino de Dios" (Lucas 9:62).

Avisado Moisés de lo que pasaba, inmediatamente descendió: él que venía de contemplar la gloria inefable del Dios vivo fue presa de una gran y santa cólera a la vista del pueblo que danzaba delante de una estatua sin vida. Tiró las Tablas de la Ley que tenía en la mano y las hizo pedazos. Hizo destruir la estatua y ordeno a la tribu de Levi matar a los que se habían librado a la idolatría. De hecho, fue una pequeña guerra civil que se produjo y luego de la cual los hebreos fueron reducidos en número. A pesar de su cólera, Moisés, también sintió una gran piedad: Oró a Dios de perdonar "este pueblo de la nuca rígida." Su plegaria fue concedida y no hubo exterminación (ver Exodo 32:11 y siguientes).

¿Puede ser rota la Alianza con Dios?

El Antiguo Testamento es una larga historia de alianzas traicionadas por repetidas infidelidades y siempre perdonadas. La Alianza con Dios no es automática. Si el pueblo es infiel, Dios le retira su benevolencia. Fue en todo tiempo el papel de los profetas de recordar al pueblo la posible ira de Dios. Pues si el hombre no ejecuta la Ley prescripta, si comete la perversidad, si es infiel por sus actos, la Alianza está rota. Leamos el capítulo 7 de Jeremías: "el profeta es claro, recuerda las condiciones de la alianza (versículo 3 a 7): vivir según la Ley es actuar según sus preceptos: Pero el pueblo se muestra indigno pues no cesa de robar, de matar, de cometer adulterio, de engañar a Dios por sus dones a Baal, por su culto a las divinidades de la mentira."

Luego, la conciencia tranquila y con seguridad, como si nada hubiese pasado, este mismo pueblo, impuro por sus actos mortales y por su adoración a los ídolos, viene a buscar refugio en el Templo, lugar de Dios: "¡Henos aquí seguros!," dicen ellos; pero Dios no es ciego y ve el engaño: He aquí el oráculo del Señor: "Los arrojaré de mi presencia" (Jeremías 7:15).

Numerosos profetas se han sublevado contra el culto exterior hecho únicamente con los labios y con un corazón mentiroso. Amós trae estas terribles palabras de Dios: "Aborrezco, desprecio vuestras fiestas, por vuestras solemnidades no tengo más que asco…vuestros animales gordos, no los miro; aleja de mí el ruido de tus cánticos, que no escuche el sonido de tus harpas…" (Amós 5:21-23; ver también Oseas 7:13).

Isaías profetiza a su vez: "Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí, vano es el culto que me rinden; las doctrinas que enseñan no son más que preceptos humanos" (Isaías 29:13). En Mateo; las palabras de Isaías retumban con fuerza para nosotros, Pues Jesús, Él mismo los cita para confundir a los fariseos y a los escribas (Mateo 15:1-9).

¿Qué significan estas terribles profecías, llenas de amargura? ¿Puede Dios realmente rechazar a los niños? ¿Qué puede ser peor que el rechazo de Dios?

Novicio: ¿Cómo Dios puede retirar su Alianza? ¡No es justo! ¿Es realmente el Dios del amor de quién me hablas a menudo? ¿Será Dios un padre severo y rencoroso lleno de cólera y venganza? ¿Esta Él del lado de la represión?

Maestro: Los profetas bajo la inspiración del Espíritu Santo, les gusta comparar la Alianza de Dios con su pueblo con el matrimonio. Dios es el esposo, su pueblo la esposa, quién comete a menudo adulterio. La Ley judía prescribe de repudiar al infiel, es por ello que Oseas expresa la cólera divina con estas palabras:

Redargüid a vuestra madre, redargüidla;

Porque ya no es mi esposa,

Ni yo soy su esposo… (Oseas 2:2).

Oseas nos describe la prostituta que se deshonra, corre vergonzosamente tras sus amantes, olvida los beneficios de su esposo: "Ella no reconoció que soy yo quién le daba el trigo, el mosto, el aceite fresco… (Oseas 2:10).

La mujer adúltera que busca los placeres termina a fin de cuentas en el desierto, en la soledad total y entonces se acuerda de su marido, de su amor. El esposo ridiculizado no se venga, espera pacientemente y su corazón no cambió con respecto a su mujer. A su retorno, él no le reprocha su infidelidad, no le hace ver que ella vuelve por interés encontrándose desprovista, hambrienta y deshonrada. Le devuelve el primer lugar cerca de él:

Te desposaré conmigo para siempre;

Y te desposaré conmigo mediante la

Justicia o santidad y el juicio,

Y mediante la misericordia y la clemencia

Y te desposaré conmigo mediante la fe,

Y conocerás que yo soy el Señor (Oseas 2:19-20).

¡He aquí la respuesta de Dios! Él espera incansablemente el retorno, el arrepentimiento de su pueblo. Si el pueblo se desvía a menudo, si erra lejos de su Señor en la soledad y el olvido, Dios, Él, queda inmutable, sin cambios y siempre fiel.

Te acuerdas de este salmo:

Estos perecerán; pero tú eres inmutable.

Vendrán a gastarse como un vestido

Y los mudarás como quién muda una capa

Y mudados quedarán

Más tú eres siempre el mismo,

Y tus años no tendrán fin (Salmo 101[102]: 27-28).

Escucha esta plegaria que dirigimos a Dios, con el sacerdote, durante la divina Liturgia: "Tú eres un Dios inefable, incomprensible, invisible, inalcanzable existiendo siempre y siempre semejante a ti mismo."

Es posible al hombre de ser infiel a su mujer, a su religión, a sus compromisos políticos. Puede ser infiel a Dios y a sí mismo. Si, desgraciadamente, cambia a menudo según las fluctuaciones de su psicología: sea que envejece, que cambie de opinión o que sea influenciado por corrientes de pensamiento de moda o por hombres más fuertes que él. Pero Dios, queda inmutable, Él es como una Roca. Su promesa no puede cambiar y su fidelidad es siempre estable: "Él es la Roca, su obra es perfecta, pues sus vías son el Derecho, es un Dios fiel y sin maldad, Él es Rectitud y Justicia" (Deuteronomio 32:4).

Pero Él creó al hombre libre y su Alianza es una alianza de amor. Nadie puede forzar a alguien a amar. Puedo hacer que me obedezcas, como lo has dicho hace un momento, usar la fuerza, la represión, pero no puedo, de manera alguna, forzarte a amarme, esto es imposible. De misma manera, Dios pide a cada uno de nosotros amor y fidelidad, pero podemos negarnos. Esto es cierto de la época de la Antigua Alianza, esto es todavía cierto el día de hoy: entiende bien esto, Dios siempre nos deja la libertad de no recibirlo. Es por ello que ella es terrible, esta libertad de la cual se habla tanto. La libertad nos hace responsables de la negativa, de la alianza rota entre Dios y nosotros, pues Él viene siempre a nosotros, como el huésped más discreto, el más humilde para no contrariarnos, nos propone incansablemente su fidelidad inquebrantable como una roca; pero Él muy a menudo encuentra, entre los suyos, dureza de corazón e indiferencia, que engendran la infidelidad y a veces la traición.

La predicción de la Nueva Alianza.

Es porqué a través de la boca del profeta Jeremías, Dios dice con respecto a su pueblo, el pueblo judío: "La alianza que he hecho con sus padres, el día que tome sus manos para sacarlos de Egipto, esta alianza, Mi Alianza, son ellos quienes la han roto; entonces Yo también, los he descuidado, dijo el Señor" (Jeremías 31:32).

Esta ruptura sin embargo no es definitiva y el profeta agrega:"He aquí vienen días, dice el Señor, donde concluiré con la casa de Israel y la casa de Judáuna nueva alianza… He aquí la alianza que concluiré con la casa de Israel luego de esos días, dice el Señor: pondré mis leyes en sus pensamientos, las gravaré en sus corazones y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo (Jeremías 31:33 ).

 

 

3. La Nueva Alianza.

El Redescubrimiento de la Tierra Prometida.

Es el evangelista Juan quién nos responde: "La Ley nos fue dada por Moisés (y fue la instauración de la Antigua Alianza), la gracia y la verdad nos vinieron por Jesucristo" (Juan 1: 17) y será por Él que Dios concluirá la Nueva Alianza. ¿Qué se puede decir? Por Moisés, Dios después de haber liberado a Israel de la esclavitud del Faraón, dicta al pueblo reglas de vida precisas y concretas: es la Ley. Promete a este pueblo, si este Le permanece fiel a través de Su Ley, un lindo país "comarca abundante y vasta … donde corren la leche y la miel" (Exodo 3:8-17), donde podrá permanecer a perpetuidad; es la Tierra Prometida, la tierra da Canaán o Palestina; que los Judíos en el desierto no la conocen más que por la Palabra de Dios. Es simple, es claro, es concreto, es la pedagogía de Dios. El pueblo prometió obedecer a la Ley y ser fiel a Dios: esto fue la Antigua Alianza.

Pero el Dios eterno, que es Espíritu y Amor, y que creó al hombre para que Se le parezca, le quiere dar más que leche y miel, más que las frescas pasturas y los bellos olivares de Judea, más que una estadía apacible detrás de las murallas que el rey David hará construir sobre la colina de Sion, alrededor de la Jerusalén terrestre. Lo que Jesús, Hijo de David, pero también Hijo de Dios, trae a los hombres, no es una vuelta para atrás, al régimen pacífico y glorioso instaurado por David y su hijo Salomón, mil años antes de Jesucristo sobre la montaña de Sion. Es mucho más y mucho mejor. Es un reino donde Dios, Él mismo será el rey, el Reino de Dios, la Jerusalén celestial, realidad divina, "morada escondida… que Dios a preparado anticipadamente para nuestra gloria, que ningún príncipe de este mundo ha conocido (…) lo que el ojo no ha visto, que el oído no ha escuchado, lo que no se ha elevado al corazón del hombre, que Dios ha preparado para aquellos que lo aman" (1 Corintios 2:7-9), que sobrepasa de lejos todo lo que la imaginación humana puede concebir.

La Buena Nueva de la llegada del Reino de Dios.

Es porqué, desde que Jesús empezó a predicar, es para anunciar la llegada del reino de Dios: "Arrepentíos pues el Reino de Dios está cerca," ya clamaba Juan Bautista; y Jesús, Él, podrá decir: "El Reino de Dios está entre ustedes" (Lucas 17:21). El Reino de Dios está dado en lo sucesivo, accesible a todos: esto es la Buena Nueva, en griego Evangelion, en español Evangelio.

Novicio: Háblame del Reino de Dios.

Maestro: El reino es la meta de la vida de todo cristiano, que debe esforzarse a alcanzar ahora y aquí y ahora; "mientras es de día." El Reino no es un lugar geográfico, ni una época temporal; él está en el mundo pero no forma parte, no conoce ni dualidad ni división.

Novicio: Explícate.

Maestro: ¿Cómo decírtelo? Luz sin sombra, Sol sin anochecer, Alegría sin tristeza, Paz sin guerras, blanco sin negro, calor sin frío, risa sin lágrimas…

Jesús dijo: "El Reino es como un grano de mostaza, la más pequeña de todas las semillas, sin embargo se vuelve el más grande de todos los árboles," o más aún: "Es una simiente que crece, se desarrolla y da muchos frutos" Jesús anuncia la Buena Nueva del Reino; ¿Cómo encontrarlo y como entrar? Él es ese Reino.

Novicio: ¿Cómo reconocer todo lo que tú me has dicho?

Maestro: Seguramente tú has conocido en tu vida momentos privilegiados, inexplicables, donde desbordabas de paz, de alegría, de felicidad, momentos en los cuales estabas realmente feliz de haber nacido.

Novicio: Si, pero son muy raros.

Maestro: Raros, sin embargo posibles.

Novicio: ¿A que corresponden? No he hecho nada para obtenerlos.

Maestro: Has probado las primicias del Reino; sin saber porqué, estabas disponible para Aquel quién te abre la puerta del Reino, y Él te lo ha mostrado.

Novicio: Una vez más, ¿Cómo reconocerlo?.

Maestro: Por la alegría indecible, sin mezcolanza que estas visitas te dejan. No adornes sobre estos recuerdos, pero piensa en ellos cuando vivas momentos difíciles, esto te dará coraje para vencer las dificultades.

Novicio: ¿Cómo buscar el Reino y donde, pues mientras tanto hay que vivir?

Maestro: El Señor Jesús ha dicho: "Busca primero el Reino de Dios y su justicia, y el resto te será dado por añadidura" (Mateo 6:33). No creas que el resto te caerá del cielo pero te parecerá incomparablemente más fácil.

Novicio: ¿Qué le pasa a aquellos que no han tenido la anticipación del Reino?

Maestro: Raros son aquellos que jamás lo han conocido; la libertad que Dios nos ha dado al crearnos es también aquella de Rechazarlo. También somos responsables de aquellos que rechazan a Dios; en la plegaria de intercesión de la Iglesia puede que hayas escuchado estas demandas durante la Liturgia: "Por aquellos que buscan a Dios sin todavía saber como Nombrarlo. — Por aquellos que todavía no Lo buscan. — Por aquellos que se resisten a Su gracia" Ellas se dirigen al Señor justamente por aquellos en los cuales tu piensas, para que ellos dejen que el Señor los visite pues "He aquí que estoy ante la puerta y golpeo: si alguien escucha mi voz y abre la puerta, entrare a lo de él para cenar, Yo cerca de él y él cerca de Mí" (Apocalipsis 3:20).

Él se te manifiesta cuando lo quieres bien, esto te sucede cuando aparentemente no te lo esperas, cuando has "dejado las preocupaciones de este mundo."

Novicio: Todo esto es muy bonito, pero, ¿Qué debo hacer?.

Maestro: ¿Has tratado de hacer crecer rábanos?

Novicio: No ¿¡!?

Maestro: Y bien, deberías intentarlo: lo puedes hacer en el departamento; preparas la tierra de una maceta de flores o de una jardinera y siembras los rábanos. Las semillas son minúsculas, luego lo riegas regularmente, pero no demasiado. Después de algunos días, los rábanos van a crecer: habrá que limpiar, sacar las malas hierbas cuando las hojas de los rábanos estarán bien formadas.

Novicio: Las malas hierbas se parecen a los rábanos jóvenes, ¿Qué Hacer?

Maestro: Pídele consejo a alguien que sabe reconocer los rábanos; eventualmente espera que los rábanos empiecen a formarse.

Novicio: En fin ¿por qué todo esto? ¡! ¿Qué relación con el Reino?

Maestro: Porque para el Reino es lo mismo. En la parábola del sembrador, la semilla crece bien únicamente en la buena tierra. También, tendrás que prepararte, hacer como Adán, cultivar tu jardín (Génesis 2:15); pero tu jardín se volvió ingrato después de la caída: produce espinas y cardos (Génesis 3:18); no puedes arrancar tu alimento que con el sudor de tu frente (Génesis 3: 19); por lo tanto no es fácil de lograr rábanos en el primer intento.

Novicio: Hasta ahora no me has dicho como preparar mi jardín, ni donde se encuentra.

Maestro: Está en tu corazón, pues el Reino de Dios está dentro de ustedes (Lucas 17:21), es ahí donde hay que ir a buscarlo.

Novicio: ¡Pero, mi corazón no es más que un músculo que bombea sangre en mi cuerpo, es lo que me han enseñado!

Maestro: Es un músculo, por supuesto, pero en la Biblia, el corazón significa el centro, el eje del hombre, y no únicamente el músculo cardíaco. Cuando estás colérico, tu "músculo" late más fuerte, correcto, por que sufre contragolpes de los tormentos que te agitan; por lo tanto tienes que probar los medios que te son ofrecidos para preparar tu jardín y vigilar para que quede limpio.

Novicio: ¿Qué medios?

Maestro: En primer lugar, los diez mandamientos, el decálogo que ya hemos estudiado; seguirlos, es cavar tu jardín, cultivar tu suelo: comienzas a roturar un pequeño cuadrado, de donde eliminas la mentira, lo haces pequeño para que su mantenimiento no sobrepase tus fuerzas. Alejas los pájaros inoportunos cualquiera fueran, los pensamientos — no juzgues al prójimo -, rodeas el cuadrado con un cerco y vigilas el terreno, es todo lo que se te pide; escucha atentamente, en especial la palabra de Dios, como hacía la Virgen María que la guardaba en su corazón, mismo cuando no la había comprendido. Cállate, es importante para que las babosas no vengan a comer los rábanos jóvenes recién crecidos.

Novicio: ¿Es todo lo que tengo que hacer?

Maestro: Por el momento sí. No mientas, acoge la Palabra, guárdala y de aquí a un tiempo vuelve a verme. Recuerda que "ahí donde está tu tesoro, también ahí estará tu corazón" (Mateo 6:21. Comprenderás mejor la parábola del campo (Mateo 13:44), y más tarde, cuando tengas frutos para cosechar, te ayudarás con la parábola de la red (Mateo 13:47-48). Si tu pequeño cuadrado marcha bien, podrás agrandarlo. Verás como puede actuar el fermento en la masa, y cuando hayas descubierto la perla sin precio (Mateo 13:45-46), comprenderás que Aquel que está en ti es más grande que todo lo que hay en el mundo, en este mundo, pues el mundo envejece y muere, mientras que la presencia de Dios inaugura un mundo nuevo, el Reino del Señor que no tendrá fin.

El Reino de Dios descripto por Jesús en el Sermón de la Montaña.

Este mundo nuevo que es el Reino de Dios, el Señor Jesús lo describirá en el discurso que pronunciará sobre una pequeña montaña — discurso comúnmente llamado "el Sermón de la Montaña." Él describirá el estilo de vida que deben tener aquellos que forman parte del Reino. Este discurso es traído por los evangelistas Mateo (cap. 5 a 8) y Lucas (6:17-44).

La Ley dada por Moisés ya orientaba a los hombres hacia este nuevo mundo, hacia este Reino de Dios que Jesús ha venido a hacernos descubrir. Es por ello que nos dirá que no vino a destruir la Ley de Moisés, pero a realizarla (Mateo 5:17).

Novicio: ¿Qué quiere decir realizarla?

Maestro: Esto quiere decir hacerla completa, coronarla, realizar lo que ella preparaba, lo que ella anunciaba, pero al mismo tiempo sobrepasarla de una manera totalmente inesperada e inconcebible. La Ley del Antiguo Testamento prepara a los hombres al reino de Dios, el Sermón de la Montaña, en el Nuevo Testamento, describe este Reino e invita a los hombres a entrar.

Por lo tanto empieza por una serie de promesas, por las cuales el Señor Jesús promete, no más una "tierra de abundancia," pero la beatitud celestial, la visión de Dios, a los que adoptarán el estilo de vida del nuevo mundo, del Reino que viene. Esta serie de promesas se llaman las Bienaventuranzas. Las cantamos cada domingo al principio de la divina Liturgia, cuando el diácono (o el sacerdote) pasa al medio de la asamblea con el Evangelio en mano para ir en procesión hasta el altar entrando en el santuario por las Puertas Reales: es la Palabra encarnada (el evangeliario es un ícono), el Cristo mismo, que entra en el Reino. Celebramos la Liturgia para entrar con Él.

He aquí el texto de estas Bienaventuranzas según Mateo, acompañado de la música con la cual comúnmente cantamos. Meditando cada versículo de las Bienaventuranzas, es Jesús quién se nos aparece en filigrana.

 

Bienaventurados los pobres de espíritu

pues el Reino de los Cielos es de ellos.

Tal es la frase del Señor en el Evangelio de san Mateo; pero en el Evangelio de san Lucas nos dice: "Bienaventurados vosotros los pobres pues el Reino de Dios es de ustedes"; es decir que ya por el simple hecho de ser pobre materialmente, de no tener ni bienes ni dinero facilitan la entrada en el Reino de Dios. Así el pobre Lázaro de la parábola, él que estaba "cubierto de úlceras" y que "deseaba ávidamente alimentarse con las migajas que caían de la mesa del rico…y mismo los perros venían a lamer sus llagas," cuando murió "fue llevado por los ángeles en el seno de Abraham" (Lucas 6:20-22), cuando la parábola no le atribuye ninguna otra virtud más que su pobreza. En efecto, Dios ama a los pobres y "sacia de bienes a los hambrientos" (Lucas 1: 53). Aquellos que no tienen nada están, en efecto, propensos a obtener todo de la Bondad divina, mientras "es tan difícil a un rico entrar en el reino de Dios como a un camello de pasar por el ojo de una aguja" (Mateo 19:24 y Lucas 18:25). No obstante, en el Evangelio de san Mateo, Jesús no dice simplemente: "Bienaventurados los pobres," pero: ""Bienaventurados los pobres de espíritu," y algunos traducen: "Bienaventurados aquellos que tienen un corazón de pobre." El orgulloso, el arrogante de su cultura y de su inteligencia, que se cree superior a los demás, es en de hecho un "rico de espíritu," mismo si no tiene dinero; es también a su atención que el señor nos pide, no solamente ser pobre materialmente, pero también tener un corazón de pobre, "un corazón contrito y humilde." Aquel que conoce las limitaciones de su inteligencia, la relatividad de sus conocimientos, la delgadez de sus virtudes, la debilidad de su voluntad, la sequedad de su corazón bien sabe que todas las verdaderas riquezas están en Dios, que sin Él no es nada; conoce su desamparo; entonces tiene sed de Dios: este es un pobre de espíritu del cual la Escritura dice: "Los ricos se volvieron pobres y han tenido hambre; pero aquellos que buscan al Señor no les faltará ningún bien" (Salmo 33 [34]: 11).

Bienaventurados los que lloran

pues ellos serán consolados.

Lucas agrega: "Desgracia a vosotros que ahora reís pues estaréis en duelo y en lágrimas" (Lucas 6:25).

Si, hay risas de victoria orgullosas, de posesión voluptuosa, de ironía malévola, que exprime no la alegría profunda de un corazón pero el egoísmo triunfante. Mientras que aquellos que están en duelo y lloran, aquellos que no han tenido "toda la cantidad de amor," a estos el Dios bueno los mira con un amor desbordante y el Espíritu Consolador viene a verter sobre ellos la Paz del Cristo. Es por ello que los Padres pedían "la gracia de las lágrimas." ¡Cuán lejos estamos de la forma de pensar del mundo! ¡Que vuelco de los valores normalmente admitidos nos es propuesto por el Cristo!

Aceptar este vuelco, desear la pobreza y las lágrimas; querer deshacerse de una riqueza embarazosa que compromete nuestra salvación, y de satisfacciones egoístas que se obtienen a expensas de los otros y se construyen sobre sus desgracias, es esto la conversión, la "metanoia," el arrepentimiento, el vuelco del corazón que el Señor nos pide.

Bienaventurados los mansos

pues ellos poseerán la tierra.

Hoy la tierra pertenece a los violentos, a los poderosos, los ricos, a aquellos que la conquistaron a punta de espada o la compran a golpe de millones. Pero Dios en Su justicia la dará a los mansos. El Salmo 36[37], v. 11 anunciaba ya: "Los humildes heredarán la tierra" Este salmo subrayaba de esta manera que los hijos de Abraham no heredarán automáticamente, por el solo parentesco carnal con Abraham, la Tierra prometida, pero únicamente los humildes serán herederos de la Promesa. El Señor Jesús retoma aquí esta idea. El Reino de Dios pertenece a aquellos que se asemejan a pequeños niños, al codero inocente, al Cordero de Dios que ha dicho: Vengan a Mí ustedes todos que están en pena y muy cargados y les daré el descanso; tomen sobre ustedes mi yugo, y reciban mi enseñanza, pues soy manso y humilde de corazón y encontrarán el descanso para sus almas pues mi yugo es fácil de llevar y mi carga es ligera" (Mateo 11:28-30).

San Serafín de Sarov siguió tan bien este ejemplo que su mansedumbre atraía hasta las mismas bestias feroces, que venían hacia él con toda amistad; san Francisco de Asís, con una mansedumbre semejante, inspiraba la misma confianza a las más humildes de las creaturas de Dios. Esta mansedumbre divina, sin embargo, no tiene nada de mansa; ella, por el contrario, es terrible pues deja entrever la Santidad de Dios.

Bienaventurados aquellos los que tienen hambre y sed

de justicia, pues serán saciados.

En la versión del evangelista Lucas, el Señor Jesús dice únicamente: "Dichosos vosotros que tenéis hambre ahora pues seréis saciados" (Lucas 6:21). Retomando la profecía de Isaías 49: 10: "No tendrán más hambre ni sed," Jesús hace valer la justicia de Dios quién amando los pobres, saciará aquellos que sufren de hambre.

Sin embargo, Jesús — el texto de Mateo lo atestigua — va más lejos: respondiendo de antemano a aquellos que en nuestros días lo acusarán de empujar a los desdichados a la resignación por la promesa de consuelo en el otro mundo, Él exclama: "Bienaventurados aquellos que tienen hambre y sed de justicia" y rehúsan por consiguiente a resignarse al sufrimiento de los otros. Muy a menudo, en efecto, los hombres llegados a una edad madura, habiendo conquistado una situación confortable la conservan por diversos compromisos con una sociedad donde reina la injusticia, y vienen a tomar su partido: "Esto fue siempre así," dicen ellos para justificarse.

Por el contrario, son bienaventurados aquellos quienes conservando la pureza de un adolescente donde todo se manifestaba claro y evidente, no temen afrontar aquellos que subordinan la verdad y la justicia al interés del individuo, de un grupo o a la razón del Estado.

... Bienaventurados aquellos que tienen hambre y sed de justicia, pues serán saciados. Otros, lamentablemente han creído que podían hacer reinar la justicia de Dios con la punta de la espada: pero, en tal tentativa ya habían perdido el reino de Dios dentro de ellos mismos. Es la Cruz y no la cruzada que es el arma temible del cristiano en su combate por la justicia.

Bienaventurados los misericordiosos pues obtendrán misericordia.

La palabra misericordioso es derivada del latín cor, cordis, que significa el corazón y del verbo miserere, tener piedad. El misericordioso es aquel cuyo corazón tiene piedad, que tiene "un corazón de carne" para citar al profeta Ezequiel. La Escritura habla de las "entrañas de la Misericordia divina."

Cuando Jesús dice a la mujer adúltera: "Yo tampoco te condeno; ve y no peques más" (Juan 8:11). Le da su misericordia. Cuando san Esteban moribundo reza pro aquellos que están matándolo: "Señor, no les imputes este pecado," imita la misericordia de Jesús sobre la cruz orando por los que lo están crucificando: "Padre, perdónalos, pues no saben lo que están haciendo."

Si el Cristo, inocente, perdonaba a aquellos que lo torturaban hasta la muerte, cuanto más nosotros, pecadores y culpables — si queremos obtener la misericordia de Dios — debemos perdonar a aquellos que nos han ofendido: el Cristo nos lo enseña por la parábola del deudor despiadado (Mateo 18:23-35).

Un gerente de empresa, haciendo sus cuentas, descubre que uno de sus empleados le debía una suma considerable — varios miles — lo convoca y le exige la restitución inmediata de la deuda amenazándolo de librarlo a la justicia. Este suplica en lágrimas a su patrón de ser misericordioso: el patrón, conmovido, le regala la totalidad de la suma adeudada. Saliendo de la oficina, el empleado encuentra un compañero de trabajo que le debía unas decenas: lo toma por la garganta y le exige la devolución inmediata. A pesar de la angustia del infortunado, el empleado despiadado hace meter en la cárcel a su compañero. Van a contar el asunto al patrón, quién, al conocer la dureza de aquel con el cual hizo misericordia, lo libra a la policía. Y el Señor concluye: "De esta manera los tratará vuestro Padre del Cielo si no perdonáis los unos a los otros" Es porqué Él nos enseñó a rezar: "Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos aquellos que nos ofenden" (palabra por palabra, habría que traducir: "absuélvenos de nuestras deudas como nosotros también absolvemos a aquellos que nos deben").

Bienaventurados los puros de corazón pues verán a Dios.

Ya David en su salmo 50[51] exclamaba: "Oh, Dios crea en mí un corazón puro" El corazón puro es aquel cuyos sentimientos profundos, los deseos subconscientes corresponden a las intenciones confesadas y proclamadas. Muy a menudo los motivos y los móviles que atribuimos a nuestras acciones — cuando hablamos a los otros y mismo cuando nos hablamos a nosotros mismos para justificar ante los otros o ante nuestra conciencia — no corresponden a nuestras reales motivaciones; cuando un hombre actúa de hecho por celos, por ambición, por codicia, su corazón es impuro fueran las que fueran las justificaciones que da a su conducta, mintiéndose a si mismo y mintiendo a los demás.

El corazón puro es aquel que ama realmente y no se busca a sí mismo. Aquel que busca el bien de los demás, pero la satisfacción de sus deseos y de sus placeres egoístas, no tiene el corazón puro: la codicia, el erotismo y la voluntad de poder son el contrario de la pureza. María, la siempre Virgen es el modelo de pureza. Y Dios la ha visitado y ella se volvió la Madre de Dios — Theotokos. San Juan Bautista daba el bautismo de purificación en el desierto y de esta manera preparaba a los hombres a reconocer al Cristo y a recibir del Hijo de Dios el bautismo del Espíritu Santo. Juan el Evangelista, por su auténtica virginidad, se transformo en el discípulo bien amado. La moda de hoy en día es de burlarse de las vírgenes y de confundir virginidad con frustración. El frustrado es justamente aquel que tiene el corazón impuro, pues pasa su tiempo a desear lo que no puede tener. El corazón puro es aquel que desea a Dios y lo desea realmente. Este verá a Dios. Contemplará la gloria de Dios frente a frente — lo que el mismo Moisés no pudo hacer — y no morirá (ver Tercera Parte, Cap. 1º).

Bienaventurados los pacíficos

pues serán llamados hijos de Dios.

El último día antes de su muerte, el atardecer del Jueves Santo, Jesús dijo a sus discípulos: "Os dejo mi Paz, os doy mi Paz," y las primeras palabras del Cristo resucitado cuando se mostró a sus apóstoles, el domingo de Pascuas, fueron: "Paz a vosotros" Es esta Paz del Cristo que el sacerdote, en tres momentos de la divina Liturgia, transmite a los fieles cuando les dice "Paz a todos," y san Serafín de Sarov decía: "La meta de todo lo que ustedes hacen en la vida es la Paz, don y carisma del Espíritu Santo, signo de Su presencia que nos transporta en Su "sitio."

Entonces hagamos la paz y nos volveremos hijos de Dios.

Bienaventurados los perseguidos por la justicia

pues el reino de los Cielos es de ellos.

Aquellos que tienen sed de justicia serán saciados; pero aquellos que luchan por la justicia hasta sufrir persecuciones heredarán el Reino de los Cielos, pues se identifican al Perseguido del Gólgota, a condición que en el transcurso de esta lucha no hagan uso, como Él, otras armas que no sean la verdad y el amor. El glavio de la verdad es un arma temible que hace temblar los imperios. No se desafila que cuando se deja corromper por el odio. Nadie puede detener el encaminamiento de una verdad dicha con amor. Mas la violencia de los injustos se esfuerza por la persecución para callarla, más el poder de Dios amplifica la voz de la verdad. Han crucificado al Cristo para hacerlo callar y la voz del Resucitado ha alcanzado las extremidades de la tierra.

Bienaventurados seréis cundo los insultarán ... por causa Mía, regocíjense y estén en júbilo pues vuestra recompensa en los cielos será grande.

El Señor subraya de esta manera que la persecución aporta la beatitud del Reino al perseguido si este es realmente inocente, si el ultraje es calumnioso y si la víctima por consecuencia es testigo de la Verdad, es decir del Cristo mismo. Es lo que el apóstol Pedro explica escribiendo en su primera epístola (1 Pedro 2:19-23): "Es una gracia el soportar por respeto a Dios penas que se sufre injustamente; ¿en efecto, que gloria al soportar golpes si han cometido una falta? Pero, si haciendo el bien, soportan el sufrimiento, es una gracia ante Dios; pues es a eso que los han llamado; puesto que el Cristo también a sufrido por ustedes, dejándoles un modelo con el fin de que ustedes siguieran sus pasos, Él que no ha cometido falta — y a Él no se le ha encontrado falsedad en su boca; Él que, insultado, no devolvía el insulto, sufriendo, no amenazaba pero se remitía a Aquel que juzga con justicia."

Es en Él, en efecto que se encarnan todas las Bienaventuranzas. Las Bienaventuranzas constituyen el luminoso prefacio del Sermón de la Montaña. Son seguidas de una serie de mandamientos que nos piden ese vuelco del corazón, ese cambio completo de estilo de vida, esta conversión que hará de nosotros ciudadanos del Reino de Dios, ciertamente viviendo todavía en este mundo, pero como extranjeros, porque de ahora en adelante nuestra verdadera patria será el Reino de Dios, pues nuestra verdadera vida será de ahora en más "escondida en Cristo" (Colosenses 3:3).

Pues los cristianos no se distinguen de otros hombres ni por el país, ni por el idioma, ni la vestimenta. No habitan en ciudades que les sean propias, no utilizan algún dialecto extraordinario; su tipo de vida no tiene nada de singular (…). Se conforman a los hábitos locales para la vestimenta, la alimentación y la forma de vivir, todo manifestando las leyes extraordinarias y realmente paradójicas de su república espiritual.

Cada uno reside en su propia patria, pero, como extranjeros con residencia. Cumplen con sus deberes de ciudadanos, y soportan todas las cargas como extranjeros. Toda tierra extranjera les es una patria y toda patria una tierra extranjera. Se casan como todo el mundo, tienen hijos, pero no abandonan sus recién nacidos. Comparten la misma mesa, pero no el mismo lecho.

Están en la carne, pero no viven según la carne. Pasan su vida en la tierra, pero, son ciudadanos del cielo.

La conversión, es un cambio de corazón que resulta los que el hombre es de ahora en adelante todo entero tendido hacia el Reino de Dios que desea ardientemente que se siente exilado de este mundo: su corazón está en otra parte y todo su comportamiento está transformado.

Cuando un adolescente se enamora, el centro de todas sus preocupaciones es la bien amada. No sueña más que de ella, no vive más que por ella. Y bien, un cristiano, es un enamorado de Dios tan maravillado por haber encontrado al divino Esposo, del Dios hecho carne que no vive más que por Él y por su Reino.

Novicio: ¡Tal tipo de cristianos hasta ahora no los encontré!

Maestro: Jesús ha dicho cristianos a sus discípulos: "Ustedes son la sal de la tierra; si la sal pierde sabor, ¿con qué se le devolverá el sabor? No es más buena que para tirarla afuera y ser pisada por la gente" (Mateo, 5:13). Desgraciadamente muy a manudo, bautizados por costumbre, frecuentando las iglesias por un vago deseo de recogimiento, de hecho tenemos un comportamiento idéntico al de los no creyentes y estamos motivados por el mismo egoísmo que ellos; somos entonces cristianos insípidos, que han perdido el sabor. ¿Entonces como no asombrarse si el mundo no le presta más atención a nuestro mensaje puesto que de hecho pertenecemos al mundo y no tenemos del Reino del Cristo mas que la etiqueta? El Señor ha dicho: "Sean fríos o calientes, pero a los tibios los vomitaré de mi boca" (Apocalipsis 3:15-16). Tú al menos, te lo suplico, no seas un tibio. Nuestro Maestro ha dicho: "Ustedes son la luz del mundo… que vuestra luz resplandezca de esta manera delante de los hombres afín de que, a la vista de vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos" (Mateo 5:14-16). ¡Puedas tú ser de aquellos que proveerán a los hombres la ocasión de rendir gloria a Dios!

Novicio: ¿Cómo pues no ser tibios?

Maestro: El Cristo nos llama para ir más allá de la ley de Moisés. Esta, en el séptimo mandamiento, decía: "No matarás; aquel que haya matado merece ser castigado por los jueces" Pero el Señor Jesús nos aprende que aquel que tiene odio en su corazón es ya un homicida (1 Juan 3:15). "Cualquiera que se pone en cólera contra su hermano merece ser castigado por los jueces…Cuando sea que presentes tu ofrenda al altar, si te acuerdas de tu hermano que tiene algo contra ti, deja tu ofrenda delante del altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano: únicamente entonces vendrás a presentar tu ofrenda" (Mateo 5:22-25). Es el porqué un cristiano, antes de osar participar a la divina Liturgia y ofrecer a Dios, con el sacerdote, el pan y el vino para luego comulgar en el Cuerpo y Sangre del Cristo, debe primero ir a pedir perdón a todos aquellos que le tienen rencor y reconciliarse con ellos. Sino comulga bajo juzgamiento y condenación. La divina Liturgia es la festividad de la reconciliación.

La ley de Moisés decía a los ancianos por el sexto mandamiento: "No cometerás adulterio," pero el Señor Jesús nos dice: "Cualquiera que mire a una mujer con apetencia ya cometió con ella el adulterio en su corazón" (Mateo 5:28). El Señor no mira únicamente el acto, pero Él que "sondea los riñones y los corazones" ve los deseos ocultos que motivan los actos. Son nuestros mismos deseos que debemos cambiar: es dentro de nuestro corazón que debemos dejar penetrar al Espíritu del Señor para que no solamente no hagamos el mal paro que no tengamos más el deseo de hacerlo.

Ha sido dicho: "Cualquiera que repudie a su mujer le dará una carta de divorcio," pero el Señor dijo: "Cualquiera que repudie a su mujer, fuera del caso de adulterio, la hace adúltera y cualquiera que despose una mujer repudiada comete adulterio" (Mateo 5:31-32). Este texto consagra la monogamia. Es a causa "de vuestra dureza de corazón," dirá el Señor, que Moisés toleraba el divorcio. "No fue así el principio" (Mateo 19:8).

Ha sido dicho: "No jurarás en falso, antes bien cumplirás los juramentos hechos al Señor," pero el Señor dice: "no harás ningún juramento… que tu lenguaje sea si, si; no, no, lo que se agrega viene del maligno" (Mateo 5:33-37). Solo los mentirosos tienen necesidad de jurar…

"Ustedes aprendieron que ha sido dicho: ojo por ojo, diente por diente; pero Yo, les digo de no resistirse al malvado; si alguien los golpea en la mejilla derecha, preséntele la otra también; si alguien quiere sacarte la capa, déjale también tu túnica" (Mateo 5:38-40 y Lucas 6:26). He aquí unos de los textos más pasmosos del Nuevo Testamento. No es más que por un acto de total confianza en la sabiduría de Dios hablando a través de su Hijo que el cristiano puede poner en práctica este mandamiento que parece contrario al buen sentido; pero lo que es locura para los hombres es sabiduría de Dios (1 Corintios 1:23-25). Aquí se trata de la locura de la Cruz que manifiesta la sabiduría y el poder de Dios que puede resucitar a los muertos. No se puede comprender un tal mandamiento sino poniéndolo en práctica, pues entonces, renunciando a todo cálculo humano, nos libramos al todo poder de Dios y la encontramos.

"Ustedes han aprendido que se ha dicho: amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo, pero Yo les digo: amen a sus enemigos, háganle el bien a aquellos que los odian, recen por aquellos que los maltratan y los persiguen. De esta manera serán los hijos de vuestro Padre en el cielo; pues hacer levar el sol sobre los malvados como sobre los buenos y hace llover sobre los justos como los injustos. Si aman únicamente a los que los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿Los mismos publicanos no actúan de esta manera? ¿Si no saludan más que a vuestros hermanos, qué hacen de extraordinario? ¿No hacen así los paganos? Por lo tanto sean perfectos como vuestro Padre celestial lo es" (Mateo 5:43-48).

El amor a los enemigos es realmente la marca distintiva del cristiano. "El Cristo ha muerto para los impíos; puede ser que osaríamos morir por un justo; pero Dios nos ha mostrado su amor pues el Cristo ha muerto por nosotros mientras que nosotros éramos todavía pecadores" (Romanos 5:7-8). ¡En presencia de tal amor, como mostrarle el nuestro, sino amando nosotros también a nuestros enemigos en quienes se esconde su Imagen! Es orando por sus perseguidores que los mártires han conquistado el mundo romano para el Cristo; es manifestando nuestro amor por nuestros enemigos que podremos conquistar el mundo moderno para el Cristo.

La conducta de una pequeña niña, hace algunos años, en un país muy lejano del nuestro donde los cristianos son perseguidos, ilustra esta verdad: su madre, que fue arrestada y deportada porque anunciaba abiertamente el Evangelio, murió en un campo: Cuando llegó el día de fiesta de su madre donde la niña tenía la costumbre de hacerle un regalo, cada año, un ramo de rosas, la pequeña se acordó que su madre le decía: "Un cristiano debe amar a sus enemigos" Entonces ella compró un ramo de rosas y, toda temblorosa, lo llevó a la comisaría, al oficial de policía que hizo arrestar a su madre. Este último descubrió ese día el Amor de Jesucristo y se convirtió al cristianismo.

Siluán, un gran monje ruso del Monte Athós, nuestro contemporáneo, pues murió en 1938, dijo:

Quién no ama a sus enemigos no saboreará la dulzura del Espíritu Santo.

Es el mismo Señor que nos enseña a amar a nuestros enemigos, a sentir y padecer con ellos como si fueran nuestros propios hijos.

El Espíritu Santo es Amor, y este amor llena las almas de los santos ciudadanos del Cielo (…). Hay hombres que desean a sus enemigos y a los enemigos de la Iglesia las penas y los tormentos del fuego eterno. No conocen el Amor de Dios pensando de esta manera. Quien al Amor y Humildad del Cristo llora y reza para todo el mundo.

"Guardaos bien de hacer vuestras obras buenas en presencia de los hombres con el fin de que os vean; de otra manera no recibiréis su galardón de vuestro Padre que está en los cielos. Y así cuando das limosna no quieras publicarla a son de trompetas, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, o plazas, a fin de ser honrados de los hombres. En verdad os digo, que ya recibieron su recompensa. Más tú cuando des limosna, haz que tu mano izquierda no perciba lo que hace tu derecha, para que tu limosna quede oculta; y tu Padre, que ve lo más oculto, te recompensará en público. Asimismo, cuando oráis no habéis de ser como los hipócritas, que de propósito se ponen a orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles para ser vistos de los hombres. En verdad os digo que ya recibieron su recompensa (…). Cuando ayunéis no os pongáis caritristes como los hipócritas, que desfiguran sus rostros para mostrar a los hombres que ayunan. En verdad os digo que ya recibieron su galardón. Tú, al contrario, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava bien tu cara, para que no conozcan los hombres que ayunas, sino únicamente tu Padre que está presente a todo, aun a lo que hay de más secreto; y tu Padre que ve lo que pasa en secreto te dará por ello la recompensa " (Mateo 6:1-5 y 16-18).

Por lo tanto el Señor nos pide de no hacer el bien para obtener la admiración de los hombres, pero únicamente por fe, para agradar a Dios: "Todo lo que es hecho sin fe es pecado" (Romanos 14:23). Reencontremos el gusto del acto gratuito, desinteresado, hecho para Dios y para Dios únicamente, para demostrarle que también nosotros lo amamos.

"En vuestras plegarias, no multipliquen las palabras como hacen los paganos quienes se figuran de ser oídos a fuerza de palabras. No los imiten, pues vuestro Padre sabe que es lo que necesitan antes de que lo soliciten, he aquí como deben rezar":

…Padre Nuestro que estás en los cielos,

Santificado sea tu nombre,

Venga el tu reino,

Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra,

El pan nuestro de cada día dánosle hoy,

Y perdona nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.

Y no nos dejes caer en la tentación

Más líbranos del mal. Amen (Mateo 6:7-13).

 No amasen tesoros sobre la tierra donde la herrumbre y la polilla corroen, donde los ladrones perforan y hurtan… amasen tesoros en el cielo… pues ahí donde está tu tesoro, también estará ahí tu corazón… Nadie puede servir a dos amos; pues a uno lo odiará y amará al otro, donde se atará a uno y menospreciará al otro. No pueden servir a Dios y a Mammón (el dios del dinero). Es por ello que les digo: no se preocupen por sus vidas, de lo que comerán, ni por vuestro cuerpo con qué vestirlo… observen las aves del cielo: pues ellas no siembran, no cosechan, no meten en la granja y vuestro Padre del cielo las alimenta. ¿No valen mucho más ustedes que ellas? ¿Quién a fuerza de preocupaciones puede alargar su vida en la medida de un codo? ¿Por qué preocuparse de la vestimenta? Consideren como crecen los lirios en el campo: ellos no trabajan ni hilan. Sin embargo les digo que Salomón en su gloria no se vistió como uno de ellos. ¿Si Dios viste de esta manera a las hierbas del campo que crece hoy y que serán echadas al fuego, no hará Él mas por ustedes, gente de poca fe? No se preocupen, no digan ¿qué comeremos? ¿qué beberemos? ¿qué tendremos para vestirnos? Todo eso es de lo que se preocupan los paganos. Ahora bien vuestro Padre celestial sabe que es lo que necesitan; busquen primero el Reino de Dios y su Justicia y todo eso se les dará por añadidura. No tengan preocupaciones por el mañana; el mañana tendrá sus propias preocupaciones, a cada día le alcanza sus penas (Mateo 6:19-34).

Maestro: ¿Oh, mis amigos, no ven que a fuerza de programar, de calcular, de prever, de contar con nuestra ciencia y nuestra técnica, no dejamos más ningún margen de maniobra a la Providencia de Dios? Nuestro "saber" no deja más lugar a la intervención de Dios en nuestra vida. Recientemente, un ginecólogo, me decía que ciertas jóvenes mujeres se arreglaban para que sus hijos no nazcan durante sus vacaciones… Estamos en tren de reconstruir la Torre de Babel creyéndonos más astutos que Dios. Más bien escuchemos al salmista que nos dice: "Si el Señor no construye la casa, los albañiles penan en vano. En vano adelantas tu levantar, retardas tu acostar, comiendo el pan de los dolores, cuando Él colma su bien amado que duerme" (Salmo 126[127]: 1-2). La tarea más cansadora, las técnicas más a sabias, son destinadas al fracaso y a la nulidad si Dios no es de la partida; el sembrador labora y siembra, pero es el Creador quién, mientras él duerme, hace crecer el trigo.

El mismo orgullo insensato que hace creer a los hombres que no tienen más necesidad del Creador porque creen haberse vuelto los únicos creadores, los lleva a ponerse en Su lugar y en erigirse en jueces de sus hermanos. Ahora bien, el juzgar pertenece solo a Dios. Es por ello que el Señor les dice: "No juzguen, y no serán juzgados… ¿Por que miras la astilla que está en el ojo de tu hermano y no ves el tronco que está en el tuyo?... Hipócrita, quítate primero el tronco de tu ojo y así verás para sacarle la astilla en el de tu hermano" (Mateo 7:1-5).

Reconozcamos que la inteligencia con la cual el hombre juzga, aquella de la que se sirve para construir y sembrar, le fue dada. Reconozcamos que sin el Creador no somos nada: "Él contiene Su aliento y las creaturas expiran y vuelven a su polvo" (Salmo 103[104]).

Entonces nuevamente aprendamos a pedir: "Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; golpeen y se les abrirá… ¿Quién de entre ustedes le dará una piedra a su hijo que pide pan? ¿Le dará una serpiente si le pide pescado? ¿Si ustedes, lo malos que son, saben dar buenas cosas a vuestros hijos, con mucha más razón vuestro Padre dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan?" (Mateo 7:7-10 y Lucas 11:9-13). Pero nosotros, mientras pedimos tantas cosas inútiles que nos son sugeridas por la publicidad mentirosa de Satán, a menudo omitimos de pedir el único don esencial, el "tesoro de todos los bienes," la fuente de todas las verdaderas riquezas: el Espíritu Santo. Cuando su discípulo, Motovilov, pregunta a san Serafín "¿Cuál es la meta de la vida?" Serafín le contestó: "La adquisición del Espíritu Santo" ¿Has pedido a Dios que te dé su Espíritu Santo? Es Él quién te ayudará "a hacer a los demás todo lo que querrías que te hagan a ti" (Mateo 7:12).

Y la conclusión de todo el discurso: "Todos aquellos que me dicen Señor, Señor, no entrarán en el reino de los Cielos; pero solamente aquel que hizo la voluntad de mi Padre que está en los cielos… Cualquiera que escucha estas palabras y las pone en práctica es semejante a un hombre prudente que ha construido su casa sobre la roca; las lluvias han caído, las inundaciones han venido y los vientos han soplado y han golpeado contra esta casa: ella no se derrumbó pues tenía los cimientos sobre la roca" (Mateo 21:24-25). Por lo tanto construyamos nuestras casas sobre la roca, consagremos nuestras vidas a hacer la voluntad del Padre y a buscar el Reino de Dios.

El monje Siluán decía: "Aquel que ha experimentado la dulzura del amor de Dios sabe que el Reino de Dios está dentro de nosotros. Bienaventurado aquel que ama la humildad, bienaventurado aquel que ama a su hermano; que ama a su hermano tiene en su corazón, de manera sensible, el espíritu de Dios que Le da paz y alegría…"

Este Reino, es la presencia de Dios en nosotros, es la transformación de todo nuestro ser por Dios, es la alianza eterna del hombre y del Creador: "Jamás olvidaré tus preceptos; a través de ellos Tú me vivificas; soy tuyo, sálvame… Deseo Tú salvación, Señor, Tú ley hace mis delicias… " Salmo 118[119]). Esta frase del Antiguo Testamento ya expresa el espíritu de la Nueva Alianza; la Ley no se presenta como un orden externa a la cual obedecemos de mala gana, por interés o por miedo. Mas aún, ella podrá "hacer nuestras delicias" porque surgirá del fondo de nuestro corazón en el cual será grabada. El corazón cambiado, el corazón convertido, "el corazón de piedra transformado en corazón de carne" (Ezequiel 36:26-27), porque Dios mismo viene a habitar por su Santo Espíritu, tal es el corazón que sabrá acoger el reino de Dios.

Camino del Reino.

Del tiempo de la Antigua Alianza del Sinaí, cuando a través del desierto, el pueblo de Dios marchaba hacia la Tierra Prometida, era la fidelidad a la Ley, la obediencia a los mandamientos de Dios que mantenía a este pueblo en el camino recto. "La ley a sido nuestra pedagoga en espera del Cristo" (Galatas 3:24).

Con la Nueva Alianza, vamos a descubrir un nuevo camino hacia el cual este pedagogo nos conducía. La Ley es la preparación necesaria, el estadio preeliminar que debemos franquear para descubrir este nuevo camino. En efecto, cuando Jesús dirá a sus apóstoles: "Del lugar a donde voy conocen el camino," y que Tomás le pedirá: "¿Señor, no sabemos a donde Tú vas, como conoceremos el camino?," Jesús respondió: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida" (Juan 14:4-6). El camino que lleva al Reino, por lo tanto no es alguna cosa, no es un código, un conjunto de mandamientos, es Alguien, una persona, Jesús mismo, el Cristo, el Hijo de Dios. Para seguir este Camino, se necesita, no solamente obedecer a una ley, pero unirse a esta persona, unirse al Cristo, poner su confianza en Él, injertarse a Él, creer en Él; es lo que se llama la fe: "Después de la llegada de la fe, no estamos más sometidos al pedagogo" (Galatas 3:25).

La Fe.

Dos curaciones que nos son contadas por los evangelistas Marcos y Lucas nos ayudarán a comprender lo que es la fe:

El demoníaco epiléptico.

(Marcos 9:14-29).

Un hombre, cuyo hijo poseído por el demonio tenía crisis de epilepsia — revolcándose por la tierra, tirándose al agua y al fuego — en vano había pedido a los discípulos de Jesús de curar a su hijo, se dirigió al Maestro mismo diciéndole: --- "Si tú puedes…

--- Responde Jesús, todo es posible para aquel que cree.

--- ¡Yo creo! Exclama el padre del joven; ven y socórreme de mi falta de fe"

Toda la angustia, pero también toda la esperanza del hombre se encuentra en este grito; y Jesús echó al espíritu impuro quién, luego de un último espasmo y de un gran grito, dejó al joven. A pesar de su debilidad y de su duda, este hombre había colocado toda su confianza en Jesús el Salvador quién, entonces, salvó a su hijo de los tormentos del demonio.

El Centurión y su Servidor.

(Lucas 7:1-10).

También un oficial romano que tenía un servidor gravemente enfermo vino a pedirle a Jesús que lo cure. Jesús acepta de ir al lado del enfermo. Pero el oficial le dice que no es necesario que vaya: "Yo también tengo hombres bajo mi mando; les digo "ven" y vienen, "ve" y van. Además no soy digno que entres bajo mi techo, di solamente una palabra y mi servidor se curará" El oficial pagano presentía en Jesús el total poder de Dios, y sus palabras llenan de admiración a Jesús: "En verdad, mismo en Israel (que sin embargo era el pueblo elegido) no he encontrado tanta fe," en esa misma hora el servidor fue curado.

La confianza del centurión en Jesús es tal que él adivina que su poder es del mismo Creador. Es esto lo que reconocía Simón-Pedro cuando respondía a Jesús, preguntando a sus discípulos "¿Pero ustedes, quién dicen que soy?" — "Tú eres el Cristo, Hijo de Dios vivo" (Mateo 16:16).

"Todo es posible para aquel que cree," decía Jesús al padre del epiléptico; esto no quiere decir que el creyente utilice para su propia gloria todo el poder divino para deslumbrar a los otros hombres con su prodigio. Esto quiere decir que el hombre que pone su confianza en Jesús sale de sus límites humanos, y liberado de sus trabas terrestres, de sus contradicciones, porque por su fe se une a Aquel que reconoce como hombre y como Dios, y que es mas aún llevado por Cristo hacia el Reino de Dios. Es la salvación. Y es la fe que salva. "Tu fe te ha salvado," dice Jesús a la hemorrágica. "Cree solamente" dice a Jairo, jefe de la Sinagoga, cuya pequeña hija acababa de fallecer (Mateo 9:22 y Marcos 5:36). Por lo tanto la fe abre la puerta del Reino. Es por un acto soberanamente libre que el hombre se adhiere al Cristo y así el Cristo lo hace entrar en su Reino.

El Buen Ladrón sobre la cruz.

(Lucas 23:40-43).

Cuando el ladrón sobre la cruz, clavado al lado de Jesús sobre un madero bien semejante al suyo, reconoce a Jesús el Rey, el Cristo de Israel entrando por la muerte en su Reino divino, y que, el moribundo también, le grita con confianza, con fe: "Recuérdate de mi, Señor, cuando entrarás en tu Reino," Jesús le responde:"Hoy mismo, estarás conmigo en el Paraíso" La fe había salvado al asesino de la verdadera muerte; muriendo entraba en la verdadera vida: "Quién cree en mí, estando muerto, vivirá, cualquiera que vive y cree en mí no morirá jamás" (Juan 11:25-26).

Novicio: El buen ladrón murió sobre la cruz totalmente como Jesús. ¿Entonces como puedes decir que su fe lo salvo de la muerte?

Maestro: Hay dos vidas. La vieja vida, aquella que recibimos al venir al mundo, que es la vida de aquel, que san Pablo denomina "el hombre de la tierra." Esta vida es necesaria perderla tarde o temprano, pues es de corta duración. Para el ladrón, ella ha terminado en la cruz. Y luego, hay la nueva vida, la verdadera vida, aquella cuya vive Dios, la vida eterna, la vida divina, que recibimos en este mundo ya por la fe y el bautismo; es lo que Jesús denomina el segundo nacimiento. Esta última no tiene fin, es la vida eterna que el Señor Jesús da en este mundo a los que creen en Él. Cuando el ladrón creyó en Jesús y le dijo: "Recuérdate de mí, Señor, cuando entres en tu Reino," nació en esta vida nueva, sobre la cual la muerte de nuestro cuerpo de tierra no tiene asidero. Ha nacido a la vida de los ciudadanos de Reino de Dios; es por ello que Jesús le dijo: "Hoy mismo, estarás conmigo en el Paraíso" La verdadera vida comienza en este mundo con la fe, se dilata más allá de la muerte en el Reino de Dios; es ella la que promete Jesús a su pueblo en la Nueva Alianza.

La Nueva Alianza y la Deificación del hombre.

Ahora podemos entrever lo que es la Nueva Alianza. No es únicamente un pacto entre Dios y el hombre, un simple cambio de promesas, un simple acuerdo entre dos partes. La Nueva Alianza es más; es una unión íntima, casi conyugal, entre Dios y el hombre. Esta unión total del divino y del humano, prefigurado en el Antiguo Testamento (ver más arriba), se realiza en la persona de Jesucristo, Dios hace al hombre, verdadero Dios y verdadero hombre.

Cuando el Hijo de Dios se hace hombre, cuando el "Logos" o Verbo o Palabra se hace carne, viniendo a abitar en el seno de la Virgen María para dar nacimiento al niño Jesús, el divino se unió al humano. Dios ha venido hacia el hombre: es el paso del Hijo de Dios visitando a los hombres.

Cuando un hombre pone su fe en Jesucristo, el Cristo le da su Espíritu Santo y, con Él, su Vida en Dios; es el humano que está unido a lo divino: El primer paso, era Dios que participaba al humano, es Dios que se transformaba en hombre. El segundo paso, es el hombre que participa al divino por el don de Dios que el Cristo da a aquel que cree en Él; Jesucristo da a Dios al hombre y así el hombre deviene dios.

Novicio: Si los hombres podrían devenir dioses, habría muchos dioses y semidioses. ¡Lo que tú me dices aquí es paganismo!

Maestro: Cuando a la puesta de sol, los vidrios de las casas se vuelven brillantes y rojos porque ellos reflejan la luz del sol, no hay varios soles. Hay un solo sol; pero cada vidrio, si está bien ubicado, puede reflejar su luz y transformarse en un pequeño sol. La luz con la cual brilla cada vidrio no es producida por el vidrio y no le pertenece. Es la única luz que viene del único sol, que hace de cada vidrio una imagen del sol.

Lo mismo, cada hombre, por la fe, se pone en la situación donde recibe la Luz de Dios, el Espíritu Santo que el Cristo le envía; entonces brilla de esta Luz divina, y es "divinizado" o "deificado" por el Dios único que se da a él, lo alumbra, lo penetra, lo impregna de su luz, lo transforma por la presencia de su Espíritu Santo. Es esto la Nueva Alianza, es decir la unión de Dios y del hombre. El Dios hecho hombre da Dios al hombre que cree en Él.

 

 

4. La Sangre de la Nueva Alianza.

Recordémonos que Moisés, en el momento de concluir la Antigua Alianza, había tomado la sangre de los toros y había rociado al altar y al pueblo diciendo: "Esta es la sangre de la Alianza que el Señor ha concluido con ustedes" (Exodo 24:8). Esta descripción tan viva puede parecernos un tanto bárbara y perteneciente a una época lejana y cumplida.

He aquí, cuando Jesús murió en la cruz, un soldado atravesó con una lanza el lado de Jesús para asegurarse que estaba muerto, y san Juan, que estaba ahí, al pie de la cruz y viendo la escena, escribe en su evangelio: "E inmediatamente fluyó de su lado sangre y agua. Aquel que lo vio testimonia, y sabemos que su testimonio es verdadero" (Juan, 19:34-35).

Mientras que Jesús derramaba su sangre sobre la Cruz, rezaba por los hombres, pecadores, diciendo: "Padre, perdónalos, pues no saben lo que hacen" Ofreciendo su vida, pide nuestro perdón y los obtiene, pues:

Fue atravesado a causa de nuestros pecados…

Y es gracias a sus llagas que somos curados…

Por nuestros pecados, fue golpeado de muerte…

Por los sufrimientos, rinde justas a las muchedumbres…

Por que se libró a si mismo a la muerte…

Y que intercedía por los pecadores (Isaías 53:5-12).

La sangre derramada por Jesús — Cordero inocente que quita los pecados del mundo — nos reconcilia con Dios, nos une nuevamente a Él por la Nueva Alianza.

He aquí las palabras extrañas pronunciadas por el mismo Jesús, la víspera de su muerte, durante la última cena que tuvo Jesús con sus apóstoles, la noche del Jueves Santo, y que llamamos la Santa Cena, tomo pan, agradeció, lo partió y se los dio a los apóstoles diciendo: "Tomen y coman, este es mi cuerpo que es partido por ustedes en perdón de los pecados," luego, tomó el cáliz, dio gracias y se los dio a los apóstoles, diciendo: "Beban todos, esta es la sangre de la Nueva Alianza derramada por ustedes y por muchos en perdón de los pecados"

La Antigua Alianza había sido sellada por la sangre de los toros, pero la Nueva Alianza es concluida por el don del Cristo, derramando su propia sangre y dando su vida para que los hombres, perdonados, puedan ser unidos a Dios y recibir la Vida que Él da y la Luz que viene de Él.

En la época de la Antigua Alianza, solamente Moisés tenía acceso a la montaña santa donde su rostro fue impregnado de la Luz divina (Exodo 34:35). Pero, con la Nueva Alianza, el velo del Templo — que separaba el Santo de Santos del lugar donde se congregaban los fieles — es rasgado, es por ello que las Puertas Reales, del santuario de nuestras iglesias, son abiertas cuando los comulgantes suben hacia el Cáliz; es el pueblo entero que accede a la Luz de la montaña santa. Pues la sangre de la Nueva Alianza fue derramada para "una multitud en perdón de los pecados"; es porqué, después de haber comulgado del Pan venido del cielo y de la sangre de la Nueva Alianza, cantamos todos juntos:

Hemos visto la verdadera Luz,

Hemos recibido el Espíritu celestial.

Hemos encontrado la fe verdadera…

De esta manera, la Nueva Alianza, sellada como la Antigua por la sangre, nos compromete aun más a la fidelidad, pues la sangre derramada no es más la de animales, pero la del Cristo Salvador mismo (Hebreos 9).

 

 

5. Judíos y Cristianos.

Es por la Sangre del Cristo que fue sellada nuestra Nueva Alianza con Dios, y esta Sangra divina nos salva del pecado y de la muerte.

Novicio: ¿Pero entonces, cual será la suerte de los judíos que han hecho correr esta Sangre preciosa? Ellos bien llevan la responsabilidad de este crimen, puesto que han gritado "¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!"

Maestro: ¡Ah, mi niño, que de crímenes que no ha cometido la cristiandad en el nombre de esta palabra de los judíos! El grito de la muchedumbre de Jerusalén "Que sea crucificado" y "Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos" fue para muchos cristianos un pretexto a su antisemitismo. ¡Cuantas persecuciones, cuantos pogromos, cuantas masacres han pretendido encontrar una justificación en el Evangelio mismo! ¿El nazismo no nació en el seno de la Europa cristiana? ¡No hay peor crimen en la historia de la humanidad que aquel de los millones de judíos exterminados por hombres, quienes en su mayoría, habían recibido el bautismo!

¿No crees tú que en la mentalidad profunda, en el subconsciente de los cristianos, se ha instalado, desde la edad media, una creencia según la cual los Judíos serían una raza maldita que habrían matado al Cristo en vez de reconocer su divinidad? ¡Los cristianos han cometido crímenes, mismo pensando a veces de hacer una obra que placería a Dios! ¡No sería entonces que los cristianos se transforman en los nuevos "escribas y fariseos hipócritas" (Mateo 23:13), aquellos que matan en el nombre del Evangelio, como los contemporáneos de Jesús han matado en el nombre de la ley! ¡La sangre de los judíos inocentes se transforma, como la de los mártires, Sangre del Cristo Salvador!

Jesús ha muerto y su Sangre ha sido derramada para salvar al mundo, para salvar a cada hombre e Israel el primero.

Oh, Israel, mi recién nacido, mes has traicionado dos veces…

Perdónalos, Padre muy santo, pues ellos no saben lo que hacen (Lucas 23:24).

Cantamos en el nombre del Cristo, el Viernes Santo. Por este grito de amor a Israel, Jesús implora el perdón de su pueblo; desgraciados nosotros si olvidamos que el Cristo murió perdonando sobre la Cruz. ¿Con qué derecho intervenimos nosotros entre Dios y su pueblo? ¿Quiénes somos nosotros para juzgar a Israel? "¡No tienes excusas, seas quien seas, tú que juzgas, pues juzgando al prójimo, tu juzgas contra ti mismo… y cuentas, tú que juzgas, que escaparás al juicio de Dios!" (Romanos 2:1-3). "Desgraciados ustedes, escribas y fariseos hipócritas que construís los sepulcros de los profetas y decoran las tumbas de los justos diciendo: Si hubiésemos vivido en tiempo de nuestros padres, no nos hubiéramos unido a ellos para derramar al sangre de los profetas" (Mateo 23:29-32).

¡En esta imprecación terrible lanzada por Jesús a los Fariseos, nos podemos reconocer. Nosotros también honramos la tumba de un Profeta, el más grande de los profetas! Y cantamos alrededor del Epitafión , cada año, el Viernes Santo, las lamentaciones. ¿Qué sabemos nosotros? Puede ser que hubiéramos gritado delante de Pilatos más fuerte que los otros: "¡Crucifícalo!" ¡Cuidado de nos ser ciegos por el orgullo de la buena conciencia! ¡Cuidado de volvernos unos "fariseos" ¡ El farisaísmo no ha muerto y está al acecho.

Novicio: ¿Cómo podríamos volvernos fariseos? ¿Qué significa ser "fariseo" para un cristiano en nuestra época?

Maestro: Los "fariseos" del cristianismo son aquellos que ejecutan todo lo que la religión les pide con una exactitud perfecta. En eso tienen razón y hasta a veces son admirables. Ayunan con rigor, nunca falta a un oficio en la iglesia, hacen buenas obras y dan dinero a los pobres para conformar los preceptos cristianos. Pero todo esto puede ser hecho con un corazón frío y seco, sin amor (1 Corintios 13:1-3). Es lo que el Cristo reprochaba a los legalistas; todo lo que hacían era exterior, para parecer justos ante sus propios ojos y de los hombres; pero les faltaba lo esencial: la justicia, la buena fe y la misericordia, es decir las cualidades del corazón (Mateo 9:13). Jesús los llama sepulcros blanqueados, pues todo es bonito, limpio y bien blanco al exterior, mientras que el interior está podrido. La hipocresía se mantiene la misma, que sea en la época de Jesús, de Molière — recuerda a Tartufo — o ahora en el siglo XXI.

Los padres de la Iglesia que han compuesto nuestros oficios de Cuaresma conocían bien este peligro y sabían muy bien que arriesgábamos de hacer penitencia al mismo tiempo cayendo en el orgullo y la hipocresía. Es porqué, antes de iniciar la Cuaresma, este tiempo que nos prepara a vivir la Pasión del Cristo, la Iglesia nos llama al orden por la lectura del evangelio del Fariseo y del Publicano (Lucas 19:8-14). Hay que releer a menudo este pasaje para comprender el peligro del fariseo.

Nuestra actitud con respecto a los judíos, podría ser un buen ejemplo del farisaísmo, si juzgamos que el judaísmo moderno no es más Israel, el pueblo elegido de Dios, pero que, somos nosotros que habríamos retomado, con la Nueva Alianza, toda la benevolencia de Dios: es entonces que arriesgamos de ser los "fariseos," pensando en nosotros mismos: "Sabemos, nosotros, donde está el verdadero Dios; Él ahora nos pertenece pues Él se ha hecho hombre y que nos llamamos cristianos en su nombre; ¡pasó a nuestro campo!" Y nos olvidamos que el judío que llora golpeándose el pecho delante del Muro de los Lamentos es amado de Dios y justifica delante de Él la imagen del publicano.

¡Estemos atentos a los oficios de la Semana Santa, pues los Padres de la Iglesia han comentado el evangelio de la Pasión siempre recordándonos que nos exponemos de ser "fariseos," homicidas del Cristo, traidores e indignos de la alianza por la sangre del Cristo!

En efecto, las largas lamentaciones sobre la traición de Judas no son cantadas en Semana Santa para agobiar a este hombre miserable, más bien para recordarnos el peligro que hay al asistir a la Santa Cena, de comulgar en el Cuerpo y en la Sangre del Cristo como lo hizo Judas, para traicionarlo un instante después: "Aquel que come mi pan y levanta contra mí su talón" (Salmo 40[41]), y san Juan recuerda esta profecía a propósito de Judas.

Los himnos que ponen en escena las sombrías acciones del traidor son puntuales para ponernos en guardia contra la posible traición para cada uno de nosotros en el día de hoy:

Judas el desvergonzado recibió el Cuerpo que libera del pecado y la Sangre divina derramada por el mundo. No titubeó a beber esta sangre que el vendía por el precio del dinero… el frenesí de la avaricia lo exaspera contra su maestro. ¡Huyamos de esta tentación!

Que nadie se acerque, oh fieles, si no está iniciado en el misterio de la Cena; que nadie, como Judas, se acerque a la Santa Mesa para traicionar; él, cuando recibió su parcela, se separó del Pan de Vida…

Texto sacado de los maitines del Jueves Santo

Luego, en la Liturgia de Jueves Santo, nos acercamos del Cáliz prometiendo no dar el beso de Judas.

Novicio: ¡Cómo podemos transformarnos en Judas pues el Cristo ya fue entregado, crucificado y sabemos muy bien que ha resucitado!

Maestro: Lo que Judas ha hecho a Jesús podemos, nosotros, hacerlo a nuestros hermanos: "Lo que ustedes hayan hecho al más pequeño de mis hermanos, es a Mí que lo han hecho" (Mateo 25:31-46). Esta frase de Jesús se encuentra en el evangelio del juicio final que es leído también justamente antes de la Cuaresma, para recordarnos que nuestras acciones, pueden, sea alejarnos, sea aproximarnos de Dios. No estamos en la iglesia durante la Semana Santa para evocar el pasado, escuchar cantos maravillosos, escuchar una linda historia que nos emociona por su belleza: la Pasión del Cristo nos concierne personalmente.

Novicio: ¿Encuentro que la Semana Santa es muy bella, pero cómo estoy yo inmiscuido personalmente en algo que tuvo lugar hace casi dos mil años?

Maestro: Un día, un sacerdote me enseñó como vivir esta semana de la Pasión: "Escucha el Evangelio y dísete bien a ti mismo que estás en alguna parte del relato. Ubícate en el Gólgota, a los pies de la Cruz. Con toda honestidad, ¿dónde estarías tú?"

Seamos honestos con nosotros mismos; evidentemente no somos la Madre de Dios, ni san Juan. El miedo nos agarrará como a san Pedro y a los otros apóstoles; la somnolencia estará por encima de nosotros, como en Getsemani. "Velen y oren," nos recuerda Jesús; pero nuestros párpados son pesados y nuestros pies cansados.

Examinemos de más cerca nuestras acciones pasadas: ¿Cuántos amigos hemos traicionado simplemente hablando mal de ellos? La frase. "él merece la pena de muerte," ¿no está ella pronunciada con demasiada facilidad en nuestras conversaciones? ¿Quiénes somos nosotros para juzgar? ¿No somos a menudo los "fariseos" quienes pronunciamos sentencias en nombre de la Ley?

En paralelo con Judas, los Padres de la Iglesia nos proponen frecuentemente la figura del ladrón. ¡Podemos tomar esta última tabla de salvación y lanzar el grito de llamado al Cristo para obtener el perdón de nuestras faltas! Otros himnos nos evocan a la mujer pecadora que untaba los pies del Cristo con un perfume costoso; es de ella que está dicho: "¡Sus numerosos pecados le son perdonados pues ella a amado mucho!" (Lucas 7:47) he aquí los que nos es enseñado por la Iglesia, he aquí los que tenemos que comprender para imitar a aquellos que han encontrado la misericordia cerca de Dios, pues la alianza sellada por la sangre del Cristo nos compromete totalmente. La infidelidad de nuestra parte a nosotros los cristianos, es mucho más grave que aquella de Israel, pues el precio de nuestra alianza es inestimable, es el precio de la Sangre divina.

"De un castigo cuantas veces más grave será juzgado digno… aquel que habrá pisado el Hijo de Dios, tenido por profana la sangre de la alianza en la cual fue santificado…" (Hebreos 10:29).

Entonces no juzguemos a aquellos que crucificaron al Cristo, pero estemos atentos a comulgar el Jueves Santo implorando la gracia de Dios, pues Él perdona a aquellos que piden Su misericordia.

No olvidemos que los apóstoles, María la Madre de Dios, los primeros cristianos eran judíos. Nunca renegaron la ley de sus padres. La Iglesia no es una ruptura con la Antigua Alianza, pero más bien la continuidad directa con ella. Cuando evocamos con fe la Encarnación, que confesamos Dios hecho hombre, acordémonos siempre que el Hijo de Dios, Jesucristo, ¡se hizo Judío! Veneremos en su ícono la imagen de Dios revelada en un rostro semita.

Antes de concluir, leamos algunos textos legados por los apóstoles. ¿Cómo han considerado ellos el problema de la Alianza con Dios, cómo han comprendido ellos el pasaje de la Antigua a la Nueva Alianza, del Antiguo al Nuevo Testamento?

En su discurso en el Templo, san Pedro dice a los judíos: "Hombres de Israel… son, ustedes, los hijos de los profetas y de la Alianza que Dios concluyó con nuestros padres cuando le dijo a Abraham: "En la posteridad, serán bendecidas todas las familias de la tierra. Es por ustedes primero que Dios ha resucitado su Servidor"" (Hechos 3:25-26).

La Alianza no es retirada a unos para ser entregada a otros, pero para todos, judíos primero, no judíos después, nos transformamos realmente en hermanos en Cristo, porque por la fe somos todos la posteridad de Abraham, por lo cual tenemos que ser fieles a la primera alianza. Pero, nos es pedido mucho más aun — judíos y no judíos — pues debemos sobrepasar la Ley escrita sobre piedra y concluir una nueva alianza con Dios, por la Ley grabada en nuestros corazones según la profecía de Jeremías. La Ley debe vivir en nosotros, lo mismo que el reino de los Cielos está dentro de nosotros, para obtener en Cristo una alianza más íntima con Dios.

En cuanto al destino de Israel, san Pablo dijo cosas sorprendentes sobre este tema en la epístola a los Romanos: "¿Habría Dios rechazado a su pueblo? ¡Por cierto no! ¿No soy yo mismo un israelita, de la raza de Abraham, de la tribu de Benjamín?... ¿Sería por una verdadera caída que han tropezado? ¡Por cierto no! Pero sus falsos pasos han procurado la salvación de los paganos… ¡Y si sus falsos pasos hace a la riqueza del mundo, y su empequeñecimiento, la riqueza de los paganos, que no hará su totalidad!... Si su puesta de lado fue la reconciliación para el mundo, cual será su admisión, sino una resurrección entre los muertos?" (Romanos 11:1-15).

Para Pablo y los apóstoles, Israel esta puesta, en cierta manera, en espera. Pero, no habría un inteligencia crística de las Escrituras si no hubiera sido preparada en el Antiguo Testamento por los profetas, y esta preparación, permanece: la ley del amor, la Nueva Alianza, el nuevo corazón, las verdaderas nupcias, todo eso está en el Antiguo Testamento ¡(lo mismo el "Servidor")! Esto continua, mismo si para nosotros el Nuevo Testamento ha presentado una lectura luminosa: "Los dones de Dios son sin arrepentimiento"

Terminemos sobre una última imagen para comprender la injusticia de una actitud menospreciante hacia los judíos, con respecto a los que oran en las sinagogas. Existe en Estrasburgo dos estatuas-columnas en el pórtico sur de la catedral. Una representa a la Iglesia, la otra a la Sinagoga. La primera es orgullosa, la cabeza altanera y coronada, su mirada es penetrante, de una mano sostiene un cáliz y de la otra una cruz, cuan lanza amenazante. Lanza una mirada dura y perentoria a la otra mujer, la Sinagoga. Esta última es toda endeble, sus ojos vendados; inclina la cabeza con gracia, pliega la rodilla con elasticidad; su lanza, el soporte del velo rasgado del Templo, se rompe y las Tablas de la Ley se le escapan de la mano. El sentido de la alegoría es claro: la Iglesia es victoriosa, mientras que la Sinagoga esta despojada y sin fuerzas.

Pero, oh, paradoja es el escultor que lo quiso así o la gracia de Dios que ha confundido a los triunfalistas arrogantes: ¡la "Sinagoga" es bella y seductora, mientras que la "Iglesia" es altanera y rígida, casi ridícula en su rigidez!

La Gloria sea rendida a Dios: "Quién destrona a los orgullosos y eleva a los humildes" (Lucas 1:52) pues Él dice a Moisés: "¡Hago gracias a quién quiero y tengo piedad con quién me parece!" (Exodo 33:19).

 

 

Quinta Parte.

La Cruz y la Resurrección.

 

1. El Misterio de la Cruz Anunciado en el

Antiguo Testamento.

 

Esta quinta parte está consagrada al evento central de la historia de los hombres, que está en el corazón de nuestra fe y de la vida de los cristianos: la humillación, la puesta en la cruz, la muerte de Jesús de Nazaret, Rey de los Judíos, su resurrección y su glorificación como Señor y como Dios.

 

1. El Misterio de la Cruz en el Antiguo Testamento.

La crucifixión de Nuestro Señor, evento extraordinario y único, ha sido preparado y anunciado desde las primeras palabras de la Biblia, puesto que ya, en el momento de la caída, Dios dice a la serpiente: "Un descendiente de la mujer tú le morderás el talón, pero él , te aplastará la cabeza" (Génesis 3:15). Sin embargo habrá que esperar la época de Abraham (alrededor del 1850 AC) para que la Cruz y la Resurrección del Señor sean claramente prefiguradas por el evento más dramático de la vida de Abraham.

El Sacrificio de Isaac.

Ustedes recuerdan que el patriarca Abraham y su mujer Sara, cuando eran ancianos, tuvieron un hijo Isaac según la promesa que les fue hecha por el Señor (Segunda Parte, cap. 1º). Es fácil imaginarse la alegría de Abraham y de Sara al nacimiento del primer hijo y el amor con el cual rodearon a este Isaac que les fue dado por Dios, por su fe, con la promesa de una numerosa posteridad. Y bien, Dios iba a poner a Abraham en prueba de una nueva fe con respecto a Isaac. Es el libro del Génesis que nos cuenta esto (Génesis 22:1-4).

Dios dice a Abraham: "Toma tu hijo, tu único que amas, Isaac, y ve al país de Moría, y ahí los ofrecerás en holocausto sobre una montaña que Te indicaré" Han entendido correctamente: Dios ordena a Abraham de matar a su hijo bien amado y ofrecerlo en sacrificio, y como después de sus precedentes pruebas Abraham no titubea. Ensilla un burro, corta la leña para el holocausto, toma con él dos servidores y su hijo y se pone en camino. Al cabo de tres días, Abraham ve a lo lejos el lugar indicado y da la orden a sus servidores de esperarlo con el burro. Carga la leña sobre Isaac mismo, toma una antorcha y un cuchillo y parten ambos. Isaac marchando con la leña sobre sus espaldas y subiendo al lugar del sacrificio, ¿no los hace pensar en el Señor Jesús marchando hacia el Gólgota y llevando la Cruz?

El relato prosigue; Isaac pide a su padre: "He aquí el fuego y la leña, ¿pero dónde está el cordero para el holocausto?," y Abraham responde: "Es Dios quién proveerá el cordero para el holocausto, hijo mío." Llegado al lugar indicado, Abraham levanta el altar, dispone la leña y ata a Isaac sobre el altar. En el momento que toma el cuchillo para inmolar a Isaac, el Ángel del Señor lo llama y le dice: "No le hagas ningún daño al niño. Yo ahora sé que temes a Dios: ¡no me has negado tu hijo!" Entonces Abraham vio a un carnero que se enganchó con sus cuernos en un arbusto y lo ofrece en holocausto en lugar de Isaac. A este lugar Abraham le puso por nombre "Yavé provee." Entonces el Ángel renueva a Abraham la promesa de Dios: "Yo te colmaré de bendiciones, haré de tu posteridad así de numerosa como las estrellas del cielo y que la arena que está en el borde del mar, y tu posteridad conquistará la puerta de sus enemigos. Por tu posteridad, todas las naciones de la tierra serán bendecidas en retorno a tú obediencia" (Génesis 22:17-18).

El relato es trastornante en su simplicidad: no se habla de los sentimientos de Abraham, de su angustia o de sus temores. No nos dicen si su cuchillo tembló en sus manos. Abraham no comprende porque le fue demandado este sacrificio, y sin embargo él obedece en un acto de fe total. También Isaac da prueba de una confianza total en su padre y no se rebela. El sacrificio exigido de Abraham, aquel del heredero de la promesa, el instrumento mismo de su esperanza, demanda una fe más allá de toda razón, una obediencia absoluta, una confianza total en Dios; Abraham está persuadido, en despecho de todas las apariencias, que Dios mantendrá su promesa. Una vez más, nos es mostrado claramente que la historia de la Salvación está constituida, no solamente por las decisiones de Dios, pero también por la voluntad del hombre, cuando él sabe que su esperanza tiene sus raíces en solo Dios: "Que tu voluntad sea hecha…"

San Gregorio Palamas, arzobispo de Tesalónica, un santo del siglo XIV, muy venerado por la Iglesia, recordando la frase de san Juan: "La victoria que ha triunfado del mundo, es nuestra fe" (1 Juan 5:4), escribe con respecto a Abraham:

¿Quién ha hecho de él el padre de una multitud de naciones? (…). ¿No es por su fe en las promesas entonces incomprensibles? Él tenía, en efecto, su único heredero, listo para la inmolación, y, ¡oh milagro, no perdía de ninguna manera su fe en la llegada para él de numerosos hijos! ¿El anciano no se parecía entonces como un loco para aquellos que contemplan las realidades por el razonamiento? Pero, el resultado final que la gracia de Dios dio a estos acontecimientos mostró que la fe no es una locura, pero un conocimiento que sobrepasa todo razonamiento.

El autor de la Epístola a los Hebreos (Apóstol Pablo, 11:17-19) subraya otro aspecto de estos acontecimientos: "Por la fe Abraham, cuando fue probada su fidelidad por Dios, ofreció a Isaac (…). Mas él consideraba dentro de sí mismo que Dios podría resucitarle después de muerto; de aquí es que lo recobró bajo esta idea y como figura de otra cosa "

En efecto, la salvación de Isaac prefigura misteriosamente la Pasión y la Resurrección de Nuestro Señor y también la de todos los hombres. Abraham ha ofrecido a su hijo, y Dios lo ha reemplazado por un carnero. Dios ha dado a su propio Hijo, el Cordero de Dios, para salvar al hombre: "Si, Dios ha amado tanto al mundo que Él ha dado a su único Hijo para que todo hombre que cree en Él no perezca, pero tenga la vida eterna" (Juan 3:16).

Alrededor de seiscientos años más tarde, en tiempo de Moisés, Dios nos dará otro signo anunciador de la Muerte y Resurrección de su Hijo.

El Cordero Pascual.

El Cordero Pascual y la salida de Egipto (Exodo).

Después del episodio del Arbusto ardiente, Moisés se despide de su suegro, se lleva a su mujer y sus hijos y vuelve a Egipto, obedeciendo a la misión de la cual Dios lo ha encomendado — liberar a su pueblo de la esclavitud y conducirlo hacia la Tierra Prometida (Exodo 4:20).

Moisés y su hermano Aarón se encuentran con el faraón y le piden de dejar salir a su pueblo en peregrinaje "para sacrificar al Señor" (Exodo 5:3). Pero, el faraón rehusa — no conoce al Señor — impone a los hebreos trabajos aun más pesados, para que estos últimos no tengan tiempo de pensar ni de rebelarse, y de hecho, los hijos de Israel pierden coraje y más bien están resentidos con Moisés por el aumento del trabajo.

Pero, Dios no abandona a su pueblo y encarga a Moisés hacer prodigios, los cuales, al principio serán anodinos, luego se transforman en verdaderas plagas y azotes; por orgullo y por interés, el faraón lucha largo tiempo contra Dios.

Para comenzar, Dios vuelve el agua del Nilo roja como la sangre (Exodo 7:20); luego son las calamidades tales como la invasión de mosquitos y tábanos, luego el ganado es golpeado por una peste espantosa y muere; otra vez; un fino polvillo cubre a animales y hombres de úlceras; luego granizo y relámpagos se suceden, y por fin las tinieblas cubren a Egipto.

Si estos azotes que caen pueden parecer como fenómenos naturales, su intensidad, su sucesión y el momento que se producen permite a los egipcios de ver el "Dedo de Dios." La décima plaga será más grave y misteriosa: el Ángel de Dios pasará durante la noche y todos los primogénitos perecerán (Exodo cap. 11:12). El Señor dice a Moisés: "Yo voy a traer una última plaga sobre el faraón y sobre Egipto, después de esto los dejará partir de aquí" (Exodo 11:1).

Moisés convoca a todos los ancianos de Israel y les comunica las consignas del señor:

Elijan un cordero de un año, sin manchas, por familia y mátenlo: recojan la sangre y, por medio de un hisopee, marcarán el dintel y los dos largueros de la puerta de sus casas. Asen al cordero y cómanlo en su totalidad; lo que queda para la mañana quémenlo. Cómanlo con pan sin fermento (ácimo [sin levadura]) y hierbas amargas, el cinturón sobre los riñones, las sandalias en los pies y el bastón en la mano. Es la Pascuas en honor al Señor. El Señor cruzará Egipto para golpear a los primogénitos, Él verá la sangre sobre los dinteles y los largueros de vuestras puertas; entonces Él no dejará entrar al Destructor en vuestras casas para golpear. (Exodo 12:1-13).

Los hijos de Israel hicieron exactamente lo que el Señor les ordenó. A medianoche, el Señor golpeó a todo primogénito de Egipto, del más rico al más simple. Esa noche hubo un gran clamor por todo Egipto, pues no se encontraba una sola casa egipcia sin muertos.

De esta manera espantado por las catástrofes atraídas sobre su país, el Faraón decide dejar partir los hebreos, fue una partida precipitada por haber celebrado de pie la Pascua del Señor.

Entonces Moisés podrá conducir a los suyos hacia la Tierra prometida, pero antes de llegar, hay obstáculos que los esperan; desde la partida, los egipcios se dan cuenta que su mano de obra barata ha partido; se lanzan en su persecución con sus caballos y carros de guerra. A la vista de los egipcios, los hebreos pierden el coraje y se lamentan: "¿No había sepulcros en Egipto para que tú nos hayas llevado al desierto para morir?" (Exodo 14:11). "Mejor para nosotros es servir a los egipcios que morir en el desierto" (Exodo 14:12) pero Moisés no pierde el coraje, para atravesar el mar levanta su bastón, Dios hace soplar un gran viento que repele el mar; y los hijos de Israel pueden pasar con el pie seco. El Ángel del Señor que marchaba delante de ellos pasa para atrás; los egipcios con sus carros se lanzan en su persecución, pero las ruedas de los carros se entierran en el cieno; Moisés hace un nuevo gesto, Dios hace virar al viento, y a la mañana el mar, retomando su lugar habitual, recubre el ejército del faraón y lo deglute.

Tal es el relato simplificado de la Pascuas; alrededor del año 1225 antes de nuestra era, posiblemente bajo Ramsés II, Faraón de Egipto. El origen de la palabra "Pascua" (en hebreo: Pésah) no es claro; se lo relaciona al verbo pasáh = saltar, pasar por encima; la fiesta de Pascua tomó de esta manera el sentido de la palabra pasar; en efecto, hemos visto al Destructor saltar, de cierta manera, por encima de las casas marcadas con la sangre del Cordero; es igualmente el pasaje del Mar Rojo por el pueblo elegido, pasaje de la esclavitud hacia la libertad de la Tierra Prometida. Este pasaje a través del agua ya anuncia el pasaje hacia el Reino a través del agua del bautismo.

Puede ser que este estado de esclavitud, en Egipto, antes del "gran Pasaje" presentaba una cierta facilidad: abatidos, humillados, forzados a trabajar, a los hombres les daban de comer y no tenían nada de tiempo, ni ganas, de reflexionar; mientras que la libertad representa el esfuerzo de asumir, la duda y el abatimiento; y es bajo esta óptica que hay que comprender las continuas rebeliones de los Hebreos contra Moisés, y mismo contra Dios, durante su vagabundeo de cuarenta años en el desierto.

El mundo actual lleno de placeres, de ocio y de imágenes, es esta esclavitud que nos pega los ojos y nos acuna, no tira para atrás y nos duerme; encontramos la excusa para no ponernos en marcha con humildad (la cintura ceñida), resueltos (bastón en mano) y livianos (sandalias en los pies); hacia el Reino que Jesús ha prometido a los pobres de espíritu.

El Cordero Pascual en la Tradición Bíblica.

La Festividad de la Pascua.

Cuándo vuestros hijos les pidan ¿Qué significa para ustedes este rito? Les responderán: es el sacrificio de la Pascua, en honor del Señor, quién ha pasado delante de las casas de los hijos de Israel, en Egipto, cuando Él ha golpeado a Egipto, mientras que Él protegía nuestras casas (Exodo 12:26-27).

De generación en generación, los padres van a transmitir a sus hijos el sentido de esta festividad. El Cordero pascual no debe ser un sacrificio en vano del cual se ha olvidado la significación. Desde la noche de los tiempos, a través de la Ley transmitida por Dios a Moisés, y de Moisés a su pueblo (Deuteronomio 6:20-25), el símbolo del Cordero será guardado con veneración y siempre quedará presente en la memoria de Israel. El Cordero sin manchas recuerda a los hebreos que sus primogénitos han sido salvados de la muerte y que el pueblo entero fue liberado de la esclavitud y de los trabajos forzados para marchar hacia la Tierra Prometida.

En la festividad de la Pascua, celebrada según los preceptos de la Ley, el más joven de la familia hace, desde la época de Moisés, la siguiente pregunta: "¿porqué esta noche es diferente a las otras noches?" Entonces el más anciano de la comunidad, alrededor del Cordero inmolado evoca el éxodo del pueblo judío, la gran partida durante la noche, bajo la conducción del Señor Dios mismo, manifestada en la Nube o la Columna de fuego. El anciano hace surgir desde la noche de los tiempos, delante del niño maravillado, la imagen de Moisés blandiendo su bastón sobre el Mar Rojo, las aguas divididas en dos y el Gran Pasaje (Pésah = Pascua) de Israel con el pie seco a través de la alta muralla de agua. Luego la Mano todopoderosa de Dios liberando por siempre jamás a los judíos de sus opresores egipcios, pues las trombas de agua se cierran y recubren al faraón, sus carros y su caballería.

Isaías y el Cordero pascual.

Las cuales la hemos oído y entendido,

Y nos lo contaron ya nuestros padres.

No las ocultaron estos a sus hijos, ni a su posteridad;

Publicaron sí, las glorias del Señor,

Y los prodigios y maravillas que había hecho (Salmo 77[78]: 3-4).

El profeta Isaías ha recibido, como todo judío, al Cordero pascual en herencia por el relato de sus padres; cuando él describa las congojas del Servidor sufriendo, humillado, ultrajado, hombre de dolor que no resiste al mal, que tiende su espalda a los golpes y recibe bofetadas y escupitajos sin dar vuelta el rostro (Isaías 50:4-9), Isaías hará coincidir este sacrificio voluntario y expiatorio del Mesías o Cristo por venir (Isaías 53:4-5) con el Cordero inmolado de la tradición mosaica. En efecto, el cuarto canto del Servidor de Dios termina con la muerte del Cordero inocente:

Como un Cordero conducido al matadero, como ante los esquiladores una oveja muda y no abriendo la boca, por coerción y juzgamiento fue tomado, ¿quién se preocupa de su causa? ¡Sí! Fue suprimido de la tierra de los vivos; por nuestros pecados, fue golpeado de muerte. Le han adjudicado su sepultura en medio de los impíos y su tumba con los ricos ahora que nunca había hecho mal, ni su boca proferido una mentira (…). Se libró Él mismo a la muerte y fue confundido entre los pecadores cuando Él soportaba las faltas de las multitudes e intercedía por los pecadores (Isaías 53:7-9, 12).

Juan Bautista y el Cordero Pascual.

La imagen del Cordero redentor, transmitida de padre a hijo, de boca a la oreja, ilumino al profeta del Altísimo, Juan Bautista que exclamó, sobre la orilla del Jordán, a la vista de un hombre de apariencia modesta: "He aquí el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo" (Juan 1:29) designando de esta manera a Jesús como el Servidor sufriente de Isaías que será entregado a la muerte soportando las faltas de las multitudes.

Juan Evangelista y el Cordero Pascual.

El Servidor sufriente "atravesado a causa de nuestros pecados" (Isaías 53:5). Cordero inmolado, estará presente en la memoria del otro Juan, el Apóstol, el Evangelista, el discípulo bien amado testigo de la más grande injusticia de todos los tiempos. Él recordará que el Cordero sin manchas no debía tener, según los preceptos de Moisés ningún hueso quebrado y se maravilló de que el soldado encargado de rematar a los crucificados, quebrándoles los huesos de las piernas prefirió, llegado ante Jesús, traspasar su lado de un golpe de lanza (Juan 19:33-37).

Así la tradición del pueblo de Dios transmite de la Antigua a la Nueva Alianza el mismo símbolo: la sangre del Cordero con la cual los hebreos untaban los dinteles de sus puertas se transforma en la sangre de la Nueva Alianza, la sangre del Crucificado-Resucitado. El símbolo del Cordero no ha terminado y no terminará jamás de dibujarse hasta en los siglos de los siglos, hasta en la eternidad del mundo por venir… En efecto, nos es revelado, por el Apocalipsis, luego del fin del mundo, los Justos contemplarán y aclamarán al Cordero degollado sobre el Trono de Dios: "Felices los invitados al festín nupcial del Cordero" (Apocalipsis 19:9) exclama un ángel con voz fuerte a san Juan en contemplación. ¿Quiénes son estos invitados? ¿Qué es el festín de nupcias del Cordero? ¡Estemos atentos! No dejemos escapar la herencia que nos viene de Moisés, iluminada por Isaías, designada por Juan Bautista, amigo del Esposo, reconocido por el golpe de lanza por Juan el Evangelista; busquemos el Cordero de Dios y corramos a su festín de nupcias; nuestra "Pascua incorruptible" y preparada para nosotros, purifiquémonos para comulgar como nos exhorta san Pablo: "Purifíquense del viejo fermento para ser una masa nueva, pues ustedes son ácimos. Pues nuestra Pascuas, el Cristo, ha sido inmolado. Celebremos pues la festividad, no con el viejo fermento, ni un fermento de malicia y de perversidad, pero con ácimos de pureza y de verdad" (1 Corintios 5:7-8).

El Signo de Jonás.

La Muerte y la Resurrección del Cristo nos son igualmente anunciadas por el relato del Antiguo Testamento: el Libro de Jonás. El mismo Jesús reconocerá el anuncio de su Muerte y Resurrección cuando dirá: "No será dado otro signo a esta generación que el signo de Jonás" (Mateo 12:39-40).

He aquí el relato que nos es contado — en toda su candidez — en el libro de Jonás, profeta que sin duda ha vivido alrededor del siglo VI antes de Jesucristo.

El relato de Jonás nos es hecho en un libro muy corto del cual ignoramos el fundamento histórico, que no está desprovisto de humor y que nos descubre misteriosamente el designo de Dios.

Jonás hombre del pueblo judío, es llamado por Dios para ir a predicar el arrepentimiento en Nínive (capital de Asiría, cuyo territorio corresponde aproximadamente al de Irak de nuestros días). Jonás no quiere ejecutar esta misión presintiendo que Dios perdonará a Nínive arrepentida, y teme de hacer el ridículo con sus amenazas sin efecto. Para marcar su rechazo, se embarca en Jopo (actualmente Haifa, puerto de Israel) con destino a Tarsos (puede ser Tartesos en España, que era considerado, en la época que fue escrito este relato, como el fin del mundo, a menos que no se trate de Tarso en Asia Menor).

En pleno mar, una gran tormenta agita la nave; los pasajeros tomados de gran pánico invocan cada uno a sus dioses respectivos. Solo Jonás, en el fondo de la nave, duerme. A pesar de las plegarias de sus compañeros, la tempestad redobla de intensidad; entonces van a despertar a Jonás y se tira la suerte con la esperanza de descubrir al responsable de la cólera divina que ha suscitado la tempestad. La suerte designa a Jonás, quién confiesa, en efecto, de ser el responsable. A pesar de cierta reticencia, por parte de los marineros, que eran buena gente, Jonás, habiendo indicado que la tempestad se calmaría únicamente cuando él sería arrojado al agua, es finalmente arrojado al agua. La tempestad inmediatamente se calma y la tripulación rinde gloria a Dios. En cuanto a Jonás, que se debate en las aguas, he aquí un enorme "pescado" — cetáceo o tiburón — se lo traga entero. Del fondo de su angustia, en el vientre del monstruo, Jonás grita hacia Dios y le dirige un cántico para solicitarle su liberación. Ella llegará al cabo de "tres días y de tres noches," cuando Jonás sea vomitado por el animal sobre una playa de arena.

Entonces el profeta se pone en marcha hacia Nínive donde va a anunciar a los habitantes, según la orden recibida de Dios, la inminente destrucción de su ciudad. Pero, he aquí que los habitantes, mismo antes que Jonás haya terminado de recorrer las calles de la inmensa ciudad, todos se van a arrepentir; desde el esclavo hasta el rey, se cubrirán de bolsas y de cenizas; entonces Dios decide perdonarlos y no destruir la ciudad. Entonces Jonás entra en cólera, como lo hará mas tarde el hijo mayor de la parábola cuando el hijo pródigo será perdonado. El perdón de Dios hacía mentir a su profeta quién había anunciado la destrucción de la ciudad, y Jonás, furioso y enfurruñado, se va a refugiarse en un jardín en los alrededores de la ciudad para dormir… El Señor hizo crecer una gran hoja de ricino para proteger la cabeza de Jonás del sol, y este se encontró bien. Luego hizo roer la planta por un pequeño gusano, y el ricino se seco, de manera que los rayos del sol golpeando la sien de Jonás lo despertaron. Jonás se entristeció y se rebeló. Entonces Dios le dice: "Oh, Jonás, te compadeces sobre un ricino que tu no has plantado ni regado, como querrás tú que Yo no tenga piedad de las 120.000 almas de Nínive que no distinguen su derecha de su izquierda, así como una multitud de animales" (Jonás 4:11).

Jonás a pesar de sus conflictos vive en la intimidad de Dios y, en su desamparo, encuentra bastante fe para dirigirle a Dios un grito lleno de confianza y de amor. Este relato es leído entero en las vespertinas del Sábado Santo, cuando hacemos la memoria de Jesús en la tumba, a la espera de su Resurrección (ere entonces, antaño, que tenía lugar el bautismo de los catecúmenos) en efecto, este libro nos muestra que Jonás, al salir del mar es capaz de ejecutar la misión que le fue confiada por Dios; de la misma manera nosotros salimos, del agua del bautismo, con la fuerza viva de la enseñanza del Cristo. Los evangelistas nos hablan de Jonás (Mateo, 12:39-41) cuando el Cristo anuncia de una forma velada Su Resurrección diciendo: "que no será dado a su generación otro signo que el signo de Jonás"; en efecto, Jonás se quedó "tres días y tres noches" al fondo del abismo como el Cristo en el seno de la tierra antes de Su Resurrección (Lucas 11:29-32; Mateo 12:38-42) el Cristo nos recuerda el arrepentimiento de los ninivitas luego de la predicción de Jonás e interroga al mundo sobre su conversión luego de Su venida. La conversión de Nínive (Jonás 3:1-10) es precedida por el cántico de Jonás en el vientre de la ballena (Jonás 2:3-11); es este cántico que constituye el tema de la sexta oda del Canon que cantamos cada vez que celebramos los maitines. El hirmos de esta oda expresa la idea de la tempestad que es para nosotros la vida y del abismo que es el pecado: "Navego sobre un mar agitado de las preocupaciones; los pecados que navegan conmigo me tiran al mar, a la bestia destructora del alma. Con Jonás yo te clamo, oh Cristo, sácame de la vorágine de la muerte (Hirmos del tono 7).

En el oficio de los difuntos que tiene la estructura de los maitines, encontramos la sexta oda: "Viendo el océano de la existencia agitado por la tempestad de las pasiones, me apresuro hacia tu puerto apacible y Te grito: arranca mi vida a la corrupción, oh Tú que eres muy misericordioso"

Sobre ciertos iconos del descenso del Cristo a los infiernos, se puede observar que el Señor tira a Adán, Eva y a su descendencia de las fauces abiertas de un monstruo marino simbolizando al infierno. En efecto, la Iglesia, a continuación del Cristo, ve en el relato de Jonás el anuncio de Su Resurrección y de la nuestra, y por consiguiente, del bautismo para la remisión de los pecados.

El Signo de la Cruz en los textos Bíblicos.

La muerte en la Cruz y la resurrección del Señor son por lo tanto, venimos de verlo, anunciadas en el Antiguo Testamento por diversos relatos. El misterio de la Cruz misma es evocado varias veces por los textos bíblicos.

En la ocasión de la festividad de la Exaltación de la Cruz, el 14 de Septiembre, por ejemplo, numerosos textos leídos y cantados en la iglesia, hablan de figuras del Antiguo Testamento que han, de cierta manera, trazado por adelantado el signo de la Cruz. He aquí algunos ejemplos:

En el evangelio leído el domingo previo a la festividad de la Cruz (Juan 3:14-15), nosotros leemos:

"Como Moisés elevó la serpiente en el desierto, de esta manera es necesario que sea elevado el Hijo del hombre, con el fin que todo hombre que cree tenga en Él la vida eterna" San Antonio el Grande (padre de los monjes, siglos III y IV) aconsejaba a sus monjes: "Contemplen al Cristo en la Cruz como los hebreos miraban el Ardiente en el estandarte"

En las vespertinas del 13 de Septiembre:

Moisés te simbolizaba cuando extendía las manos hacia el cielo para formar la imagen de la Cruz, y ponía en fuga al tirano Amalec…" (referencia a Génesis 3).

"Aquel quién por el madero engañó a nuestro primer padre Adán está jugado sobre la Cruz, es por el madero que el madero debería estar sanado" (referencia a Génesis 3).

"A la sombra de tus alas estamos llenos de esperanza" (Salmo 62[63]). Ciertos Padres de la Iglesia veían en esas "alas," las ramas de la Cruz.

"Que la luz de tu rostro sea un signo sobre nosotros" (Salmo 4).

"Él figuraba por adelantado tu Cruz, oh Cristo, el patriarca Jacob que bendecía sus nietos imponiéndoles sobre sus cabezas las manos cruzadas" (referencia a Génesis 48:13-16).

Tres lecturas del Antiguo testamento contienen relatos que prefiguran el papel de la Cruz y de su madero:

Exodo 15:22 — 16, 1: Cuando los hebreos estaban en el desierto, llegaron a Marra y tuvieron sed, pero no podían tomar, pues el agua de Marra era amarga. Entonces Moisés "grito hacia el Señor, y el Señor le indico un tipo de madero. Habiéndolo tirado en el agua, esta se volvió dulce"

Proverbios 3:11-18: Después de haber hecho la alabanza de la sabiduría, el texto continua: "Es un árbol de vida para todos aquellos que se atan a ella y se apoyan sobre ella…"

Isaías 60, 11-16: "La gloria del Líbano vendrá hacia ti, con el ciprés, el plátano y el boj, para embellecer el lugar de mi santuario, para glorificar el lugar donde estoy"

En los maitines del 14 de Septiembre:

Trazando delante de él con su bastón el signo de la Cruz, Moisés abrió el Mar Rojo a Israel quién lo pasó con el pie seco" (referencia Exodo 14 y 15 ss.).

"Una rama (la de Aarón) es tomada como tipo de este misterio; floreciendo designa a un sacerdote" (referencia en Números 17:1-16 ss.).

"Dividido en cuatro grupos, el pueblo se concentra en un orden sagrado para preceder al tabernáculo de la Alianza, glorioso bajo esta forma crucífera" (referencia a Números 2).

 

2. La Pasión de N. S. Jesucristo.

El capítulo precedente nos deja entrever que un Hijo librado en sacrificio como Isaac, similar al cordero sin mancha que el pueblo hebreo inmolaba para Pascua, se libraría a si mismo a la muerte como el Servidor sufriente de Isaías, conducido como un cordero al matadero, para volver a la vida como Jonás que la ballena arrojó sobre la ribera al tercer día.

Después de describir las profecías que lo anunciaban, es tiempo de contar el evento mismo, o más bien la secuencia de eventos que conducen a la muerte de Jesús sobre la cruz y su gloriosa resurrección

La resurrección de Lázaro.

(Juan 11).

En los Evangelios, los episodios que preceden la Pasión del Cristo tienen un doble valor: por una parte, anuncian y preparan esta Pasión, de la otra manifiestan la gloria y el total poder del Señor, con el fin de hacer evidente que la Pasión será asumida voluntariamente. Hay como un movimiento ascendente, una tensión dramática que culmina con la Crucifixión y estalla en al alegría de la Resurrección

Había un hombre enfermo, Lázaro, en el pueblo de Betania. Sus hermanas, Marta y María, hicieron prevenir a Jesús, sin duda esperando que Él lo curaría. La reacción de Jesús parece extraña: "Jesús amaba a Marta y su hermana y a Lázaro," nos dice San Juan, sin embargo Él no fue inmediatamente a Betania. Espero dos días antes de ponerse en marcha. A los discípulos quienes no comprenden su decisión, Jesús anuncia que Lázaro duerme y que Él lo va a despertar. Los discípulos lo siguen por fidelidad: están listos, dicen ellos, a afrontar a los dirigentes de Jerusalén, hostiles a Jesús; ¡Tomás mismo acepta de morir con Jesús! De esta manera, estos hombres, cercanos al Cristo, sus fieles, piensan que van hacia la muerte; al contrario, no sospechan que serán testigos de una resurrección, premisa de la Resurrección.

Jesús llega a Betania cuatro días después de la muerte de Lázaro. Marta, que vino a su encuentro le dice: "Si hubieras estado ahí, mi hermano no se habría muerto" El pesar parece poner es estas palabras un tono de reproche. Pero, enseguida ella se recobra: "Todavía ahora, yo sé que todo lo que Tu pedirás a Dios, Dios te lo concederá" Su confianza en el Cristo no trastabilló por la muerte de su hermano; su fe en la vida futura en el Reino queda la misma: "Yo sé que el resucitará a la resurrección, en el último día" Jesús parece querer alentar, fortificar esta fe, ponerla al desnudo, liberarla de todas las retenciones y constreñimientos humanos; Marta no comprendía la resurrección de su hermano que en el futuro y dentro de una suerte de perspectiva general, pero, Jesús indica que la resurrección es un hecho ya presente, porque Él mismo es la resurrección y la vida:

Yo soy la resurrección y la vida,

Quién cree en mí, aunque hubiera muerto, vivirá;

Y todo aquel que vive y cree en mí

No morirá para siempre

Jesús se definió como siendo la Vida y previene a aquellos que le escuchan que la muerte no puede tener presa sobre Él. Estas palabras deben permitir a sus discípulos de no perder la esperanza cuando sean testigos de su Pasión. A pesar que la fe sea grande, los discípulos son sujeto de debilidades humanas; María solloza evocando delante de Jesús la muerte de su hermano Lázaro.

Entonces Jesús, perturbado, y "estremecido internamente," nos dice San Juan, pide a ser llevado a la tumba donde hace cuatro días reposa Lázaro. Ahí, ordena que saquen la piedra; Marta objeta: "Pero, ya huele…" — "¿No te he dicho que, si tu crees verás la gloria de Dios?" Luego, de haber rendido gracias, Él llama: "¡Lázaro sal!" y el muerto avanza, los pies y las manos atadas por cintas, el rostro cubierto de un sudario. Marta y María al enviar a buscarlo habían esperado de Él una curación: Él siempre da más de lo que un creyente espera.

Es interesante notar que en ese momento de gloria, San Juan parece insistir sobre las manifestaciones de la naturaleza humana del Cristo: Ama a Lázaro, llora con María, se estremeció internamente, está turbado, pregunta "¿Dónde lo han puesto?" ¡Él que conoce todas las cosas! Esta "debilidad" hace juego al todo poder divino y estos dos aspectos contradictorios y por lo tanto reconciliados en el Cristo, van a ser uno y el otro empujados hasta el paroxismo en la Pasión y en la Resurrección. La Iglesia ortodoxa nos responde: todas las acciones del Cristo son "teándricas," es decir, a la vez divinas y humanas, es el Hombre-Dios que vemos llorar, es el Hombre-Dios que hará salir a Lázaro de su tumba. El coro de fieles canta: "Oh, Cristo, por tu llegada a la tumba de Lázaro Tu has confirmado, para nosotros, tus dos naturalezas…" De una parte, en Jesús, el hombre puede ceder a la emoción y afligirse por la pérdida de un amigo, de otra parte, Dios en Jesús puede ordenar a la muerte con autoridad: "Gritó de una voz fuerte: ¡sal Lázaro! La muerte salió…"

La Iglesia conmemora la resurrección de Lázaro el sábado previo al Domingo de Ramos. Esta anticipación del triunfo definitivo del Cristo sobre la muerte nos ayuda a guardar en la memoria el hecho que, ¡mismo en lo más profundo de su sufrimiento, el Cristo es la Vida!

Antes de Tú Pasión,

Tú nos has dado la fe en la resurrección de todos.

Has resucitado a Lázaro de entre los muertos,

Oh, Cristo Dios.

También llevamos nosotros, como los niños,

Los signos de Tú victoria.

A Ti el Vencedor de la muerte, gritamos:

"¡Hosanna, Bendito es aquel que viene en el nombre del Señor!"

(Troparion de la Entrada del Cristo a Jerusalén — tono 1).

El evangelio de San Juan nos explica como esta resurrección tuvo consecuencias capitales para la continuación de los eventos. Muchos judíos, después de haber visto lo que había hecho Jesús, creyeron en Él, por lo tanto el número de aquellos que lo seguían no hizo más que crecer. Pero sus enemigos se multiplican también, agrupados alrededor del sumo sacerdote y de los fariseos. Jesús atrae hacia Él más en más judíos; es hacia Él que van, prestando menos en menos atención a sus dirigentes; estos carcomidos por la envidia se inquietan. Sus preocupaciones son además de orden político; este hombre que se dice el Mesías y aglomera las muchedumbres alrededor de él, perturba, piensan ellos, el equilibrio del país; corre el riesgo de atraer la atención de los romanos quienes podrían tomar pretexto de esta situación para destruir los lugares santos y a la nación judía. El mismo sumo sacerdote Caifás declara: "Conviene que un solo hombre muera antes que perezca todo el pueblo" Involuntariamente, Caifás, por ser el sumo sacerdote, profetiza que Jesús va a morir para que su pueblo sea salvado. Las palabras del sumo sacerdote le son dictadas por un cálculo político, pero toman, a la luz de los eventos de Pascua, un sentido totalmente diferente: el Mesías esta muerto para que los hombres sean salvados.

Dos episodios importantes, en la continuación de los eventos que llevan a la crucifixión, son la unción de Betania y la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén. Los Evangelistas difieren en su presentación de los hechos: si San Juan ubica la unción de Betania a la víspera de la entrada a Jerusalén, San Marcos y San Mateo la sitúan después. Es probable, que Jesús, mientras enseñaba en Jerusalén, se iba a Betania para dormir. El orden cronológico de los dos eventos, para decir verdad, importan poco. La Iglesia, en sus oficios, celebra primero, por el Domingo de Ramos, la entrada de Jesús a Jerusalén, luego, el miércoles, la unción de Betania. Es, por lo tanto, el orden que seguiremos.

 

Entrada Triunfal de Jesús a Jerusalén.

Este pasaje capital nos es narrado por los cuatro evangelistas (Lucas 19:29-44; Marcos 11:1-11; Mateo 21:1-15; Juan 12:12-19).

Era la proximidad de Pascua, y los judíos venían a Jerusalén para celebrar la festividad. Se preguntaban si Jesús iba a venir pues los fariseos y los sacerdotes habían decidido de hacerlo morir y habían dado órdenes para que cualquiera que sabiendo donde se encontraba Él, que lo denunciara con el fin de agarrarlo. Ahora bien, el Cristo y sus discípulos subieron a Jerusalén. Habiendo reunido a los Doce alrededor de Él, Jesús les anuncia lo que va a suceder: "Nosotros, les dijo, vamos como veis, a Jerusalén, donde el Hijo del hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes, y a los escribas y ancianos, que lo condenarán a muerte, y le entregarán a los gentiles; y le escarnecerán y le escupirán, y le azotarán, y les quitarán la vida, y al tercer día resucitará" (Marcos 10:33-34).

Mientras se aproximan a Jerusalén; Jesús envía dos de sus discípulos a desatar a un borriquillo "sobre el cual ningún hombre se ha subido," y es sobre esta humilde montura que el Cristo va a hacer su entrada en la capital.

La muchedumbre va a su encuentro; extendiendo sus mantas sobre su camino, tomando las palmas y aclama al Mesías, el Rey de Israel: "¡Bendito sea aquel que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna al más alto de los cielos! San Lucas reporta que algunos fariseos, inquietos de tal manifestación, piden a Jesús "de hacer entrar en razón a sus discípulos" Pero, Él rehusa hacerlos callar: "Yo les digo, si estos se callan, las piedras gritarán" Por lo tanto acepta la ovación de la muchedumbre, de alguna manera Él mismo la ha provocado presentándose tal cual lo había anunciado el profeta Zacarías: "He aquí que tu rey viene a ti, él es justo y victorioso, humilde y montado sobre un burro, sobre un pollino hijo de una burra" (Zacarías 9:9).

Esta simplicidad debe hacer comprender a aquellos que lo aclaman que el Mesías no ha venido para restablecer el reino temporal de su antepasado David. Él llora sobre Jerusalén: ella será destruida pues ella no ha comprendido el mensaje de paz del Salvador.

El domingo de Ramos, la Iglesia canta con alegría la alabanza de su Señor que entra en Su ciudad, llevado por un pequeño burro: "El Señor es Dios y Él se nos ha aparecido. Celebren la festividad, regocíjense, exaltemos al Cristo con los Ramos y las palmas cantando: bendito sea aquel que viene en el nombre del Señor" (hirmos de la novena oda de los maitines de la festividad).

El gentío veía un hombre sobre el lomo de un burro entrando en la Jerusalén terrenal donde este hombre será crucificado. La Iglesia discierne en Él al Hijo de Dios, entrando en la Jerusalén celestial para reinar; es él porqué, ella canta al día siguiente del domingo de Ramos (Laudes del Lunes Santo, 1er sticherio): "Vengan… Hagamos el camino con Él, seamos crucificados con Él, muramos con Él a las voluptuosidades de este mundo para vivir con Él y escucharlo clamar: no es más hacia la Jerusalén terrenal a la que subo para sufrir la Pasión, pero, hacia mi Padre y vuestro Padre, hacia mi Dios y vuestro Dios, para hacerlos subir Conmigo a la Jerusalén celestial, en el Reino de los Cielos"

También es él porqué, a cada divina Liturgia, asociamos a un solo cántico el canto de los ángeles, Querubines y Serafines con seis alas, aclamando a Dios sobre su Trono — "Santo, Santo, Santo el Señor Sabaoth, el cielo y la tierra están llenos de tu Gloria" — al canto de los niños de Jerusalén, aclamando a Jesús sobre su burro — "¡Bendito sea aquel que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en lo más alto de los cielos!" — mostrando de esta manera que identificamos este con aquel, Jesús de Nazaret con el Dios del Ejercito celestial. Esta entrada triunfal del Cristo a Jerusalén prefigura su triunfo final sobre la muerte: "Ahora mismo va a ser juzgado el mundo; ahora el príncipe de este mundo va a ser lanzado afuera. Y cuando yo seré levantado en alto en la tierra, todo lo atraeré a Mí" (Juan 12:31-32). Jesús anuncia de esta manera a todos los que lo rodean su glorificación por su muerte: la elevación sobre la cruz será el signo y el medio de elevación en la gloria. La muerte del Cristo sobre la cruz libera a los hombres de la tiranía de Satán, su resurrección los lleva en la gloria con Él: "Amortajados Contigo en el bautismo, Cristo nuestro Dios, hacernos dignos de la vida inmortal por tu Resurrección, nosotros Te cantamos: Hosanna al más alto de los cielos, bendito sea aquel que viene en el nombre del Señor"

La muchedumbre que aclama a su Salvador en Jerusalén, los fieles de ahora que alaban al Señor, son llevados por el mismo impulso, ven en Jesús la Luz que ilumina las tinieblas. Jesús dice a sus discípulos: "Mientras tenéis luz, creed en la luz, para que seáis hijos de la luz" (Juan 12:36).

No obstante el hombre queda libre de reconocer o no a su Salvador. Él lo sigue, no por temor o por coacción, pero por su libre adhesión al amor. Esto explica porqué, en Jerusalén, mismo los que fueron testigos de los milagros de Jesús, de la resurrección de Lázaro, de la entrada triunfal a Jerusalén no todos creyeron en Él (Juan 12:37-41); la fe no es asunto de "pruebas" pero de libertad de amor.

Los Evangelios nos muestran como, en esos días que preceden la Pasión, el pueblo judío se divide entre aquellos que proyectan la muerte de Jesús y aquellos que lo reconocen y lo veneran como el Mesías o Cristo y que recibirán años más tarde el título de cristianos. Esto aparece claramente en el episodio de la unción de Betania.

La unción de Betania.

La escena de la unción de Betania nos es narrada por los evangelistas (Marcos 4:3-9, Mateo 26:6-13 y Juan 12:1-8). Existe una divergencia entra San Juan de una parte y San Marcos y San Mateo de la otra, sobre la identidad de los personajes, pero, en el fondo el relato es el mismo; Marcos y Mateo sitúan la escena en la casa de Simón el Leproso, mientras que Juan habla de una comida en lo de Lázaro "que Jesús había resucitado de entre los muertos" Durante la comida, una mujer que Marcos y Mateo no nombran, pero que Juan denomina María, se aproxima de Jesús, teniendo una vasija de perfume muy caro, con este unta los pies de Jesús luego los seca con su cabello. Ciertos discípulos (según Marcos y Mateo), Judas Iscariote (según Juan) expresan su reprobación delante de tal despilfarro: "¿Porque este perfume no ha sido vendido por trescientos denarios que serían dados a los pobres?" se indigna Judas. Juan nos dice que en realidad, él no se interesaba en los pobres, pero a sí mismo pues era el tesorero del grupo y robaba de la caja. Jesús le responde: "Déjala hacer, es para el día de mi sepultura que ella debía guardar este perfume; los pobres, en efecto, los tendrán siempre con ustedes, pero a Mí no me tendrán para siempre"

El gesto de María retoma aquel de la pecadora del evangelio de Lucas (7:36-38). ¿Se trata de la misma persona o bien de María hermana de Lázaro a renovado expresamente este signo de reconocimiento y de amor hacia Aquel que había devuelto la vida a su hermano? Sea lo que sea, la Iglesia conmemorando el Miércoles Santo la unción en Betania identifica a María la pecadora; y posiblemente a María Magdalena, el primer testigo de la resurrección, que llevará un vez más perfume para el Cristo que ella creerá encontrar en la tumba. Los textos de diversos oficios de ese día en efecto oponen el arrepentimiento de la portadora del perfume (en griego "mirrofora") a la traición de Judas:

Cuando la pecadora te traía el miro,

El discípulo se entendía con los impíos.

Ella se regocijaba de verter el perfume precioso,

Él se apresuraba en vender a Aquel que no tiene precio;

Ella conocía al Señor, él se separaba.

Ella se liberaba, él se volvió esclavo del enemigo.

(Vespertina del Miércoles Santo, sticherio de Lurcenario).

La mujer menospreciando los cálculos estrechos de los hombres, manifiesta su amor en un movimiento que algunos juzgan irracional; ella abre para nosotros la vía del verdadero arrepentimiento:

Señor, la mujer culpable de numerosos pecados, habiendo percibido Tu Divinidad, asume la dignidad de mirrofora y Te trae el miro antes de Tu sepultura. Ella se lamenta diciendo: "Desgraciada de mí, estoy en la noche de la ardiente lujuria, en el amor del pecado tenebroso. Acepta el flujo de mis lágrimas, Tú que de las nubes has hecho salir el agua del mar. Inclínate hacia los gemidos de mi corazón, Tú que inclinas los cielos por Tú indecible empobrecimiento, que yo pueda besar Tus pies muy puros y secarlos con los rulos de mi cabello, estos pies cuyos pasos en la brisa han hecho temblar a Eva en el paraíso y ella se escondió en el temor. ¿Quién escudriñará el gran número de mis pecados? ¿Quién sondeará los abismos de Tus juicios? ¡Oh, mi Salvador, Libertador de almas! No desdeñes a Tu sierva, Tú cuya misericordia es infinita" (Poema de la monja Cassia; maitines del Miércoles Santo).

Mientras que María, presintiendo la muerte cercana de Jesús, le rinde homenaje anticipado, Judas descontento, se indigna y hace cálculos sombríos; escuchó a Jesús hablar de su sepultura, él no siente para nada una vocación de mártir, él vio con rabia como los trescientos denarios, que podría entrar en la caja, gastados en perfume; sabe que los sumos sacerdotes y escribas quieren la muerte de Jesús y que buscan la forma de apoderarse de Él, sin que esto crea una agitación entre el pueblo: "entonces Judas Iscariote se presento ante los sumos sacerdotes y les dijo: ¿Que me quieren dar y yo se los entregaré? Estos fijaron treinta monedas de plata; desde ese momento él buscaba una ocasión propicia para entregárselos" (Mateo 26:14-25; Lucas 22:1-6; Marcos 14:1-2; 10-11).

De esta manera el nudo se cierra, las elecciones están hechas, los roles distribuidos en función de la calidad de los corazones de cada uno, la hora de la Pasión es cercana: "Hoy se ha reunido la asamblea de la malicia, ella ha meditado contra Ti cosas vanas. Hoy por su gesto Judas recibe las arras de la cuerda. Caifás reconoce, a pesar de él, que uno solo tiene que sufrir por todos la pasión voluntaria" (Miércoles Santo, oficio de Sexta, Troparion de la profecía).

La Cena del Jueves Santo.

El tiempo de la Pascua se aproxima, los discípulos hacen preguntas al respecto: "¿Dónde quieres que preparemos la Pascua?" Jesús les responde: "Vayan a la ciudad, encontrarán un hombre llevando una vasija con agua; síganlo, y ahí donde entre, díganle al propietario: el maestro te manda decir: ¿dónde está la sala donde podría comer la Pascua con mis discípulos? Y él se la mostrará en el piso un gran cuarto provisto de almohadones, todo listo; haga por nosotros los preparativos" (Marcos 14:12-15). Es en este cuarto, la pieza alta o Cenáculo, que Jesús se encontrará el Jueves al atardecer para compartir la comida con los Doce.

El lavado de los pies

(Juan 13:1-20).

Este evento relatado únicamente en el evangelio de Juan (excepto una alusión en Lucas 12:37) constituye como un prólogo a la Pasión del Cristo. En este "prólogo" no de trata de la "gloria" sino lo contrario la "kenosis" de Jesús quién se ha rebajado al límite humano más extremo hasta hacer un gesto de esclavo, que por encima de ello, de un esclavo extranjero a la comunidad judía.

Jesús se ciño con un género, tomó una cazuela de agua y se puso a lavar los pies de sus discípulos. Los discípulos no comprendieron y Pedro se indignó. Pero Jesús le dijo: "Si Yo no te lavo, no tienes parte Conmigo" Cuando hubo terminado, explicó a los discípulos que este gesto les debía de servir como ejemplo" ¿comprenden lo que les he hecho? Me llaman Maestro y Señor y dicen bien, pues lo soy; pues si les he lavado los pies, Yo el Señor y el maestro, ustedes también, deberán lavar los pies unos a los otros. Les he dado el ejemplo para que obren como yo he obrado hacia ustedes. En verdad, se los digo; el esclavo no es más grande que su amo, ni el enviado es más grande que aquel que lo envía" El gesto de Jesús es por lo tanto más que un ejemplo, más que una incitación al espíritu de servicio y humildad; nos recuerda que nadie, aquí abajo, se puede llamar maestro y señor.

La Santa Cena.

(Mat. 26:26-29; Luc. 22:14-20; Mar. 14:22-25).

La comida de Jesús y sus discípulos se efectuó, por lo tanto, según el ritual judío. En el medio de esta comida, Jesús tomó el pan, lo bendijo según la costumbre, lo partió y lo dio a los discípulos diciendo: Tomen y coman, esto es mi cuerpo" Luego tomó la copa llena de vino. Dio las gracias y se la dio a beber diciendo: Beban todos, pues esta es mi sangre, la sangre de la Alianza que va a ser vertida por ustedes y por una multitud en remisión de los pecados" y Jesús agregó: "Se los digo, de ahora en adelante no beberé de este producto de la viña hasta el día que beberé con ustedes el vino nuevo en el Reino de mi Padre"

De esta manera, los tres evangelistas de los evangelios llamados "sinópticos", es decir Mateo, Marcos y Lucas, describen el evento el cual, en el corazón de la comida, inauguraba los tiempos nuevos revelando el sacrificio último del Hijo de Dios, pues Jesús efectivamente a dado Su vida para el mundo — es decir Su cuerpo y Su Sangre. No solamente lo dio para sus discípulos, para aquellos que lo conocían y amaban, paro, para una "multitud," multitud de creyentes presentes y por venir. Esta multitud es la misma de la cual Isaías había dicho: "Este mismo Justo, mi siervo, dice el señor, justificará a muchos con su doctrina o predicación…" (Isaías 53:11). Recuerdan que Moisés había sellado las palabras de la Antigua Alianza por la sangre de los toros proyectada sobre el altar. Jesús sella la Nueva Alianza por Su propia sangre que será vertida de una vez por todas para la humanidad entera. Reemplaza los holocaustos (sacrificio sangriento de animales) por su sacrificio único y definitivo sobre la Cruz (Cf. Hebreos 8:10-12 y 9:18-23).

Estas palabras de Jesús las escuchamos en cada Liturgia, las encontramos mas allá de los cismas en todos los oficios cristianos.

El sacrificio del Cristo cumple la "figura," el signo precursor que era el cordero sin manchas, sacrificado el día de la Pascua judía, para la liberación del pueblo judío que el faraón de Egipto había librado a la esclavitud. Este carácter pascual del sacrificio del Cristo es subrayado de una manera diferente por Juan y los sinópticos. Juan subraya en dos ocasiones que Jesús es crucificado el mismo día en él cual los judíos iban a comer la Pascua. Los tres otros evangelistas lo subrayan reteniendo el sentido pascual de la comida del Jueves Santo, de la Santa Cena .

Discurso de adiós del Señor después de la Cena.

(Juan 13:33; 14; 15; 16; 17).

Juan es el único de los cuatro evangelistas que no menciona, en su relato de la última comida, las palabras de institución de la Eucaristía. Cuando Juan escribía su evangelio, conocía el texto de los sinópticos, y evita las repeticiones. Por el contrario, en un capítulo anterior, el capítulo sexto, a propósito de la multiplicación de los panes, Juan a desarrollado el tema del "Pan de la Vida": "Soy el Pan viviente descendido del cielo (…) quién come mi Carne y bebe mi Sangre tiene la Vida eterna (…) pues mi Carne es verdaderamente un alimento y mi Sangre verdaderamente una bebida. Quién come mi Carne y bebe mi Sangre mora en Mi y Yo en él" (Juan 6:51, 54-56).

En este pasaje, Juan trae la enseñanza de Jesús sobre el pan como Cuerpo de Cristo. Por esta revelación, somos introducidos con fuerza y realismo en el misterio Eucarístico, el misterio de la Comunión, es decir la unión de todos los hombres en un solo cuerpo viviente que da la resurrección "para la vida del mundo."

En la última comida Juan pasa directamente del lavado de pies a la traición de Judas para terminar con el discurso de adiós del Señor a sus apóstoles. Juan da una estructura muy original a este texto: los temas se entrecruzan, se retoman y se responden como en un trozo de música. Podemos comparar este pasaje a una fuga: cada uno de los temas será mantenido por un instrumento que aporta elementos nuevos a cada frase musical. Los diferentes leitmotiv vuelven sin cesar y se amplifican a cada ocasión con una nueva claridad. Se unifican de acorde en acorde, aquí podríamos decir de gloria en gloria, para al final acceder a la armonía perfecta, en el punto culminante que es la plegaria de Jesús a Su Padre.

Jesús anuncia su partida a los apóstoles, luego precisa que se trata de su partida hacia el Padre. Al mismo tiempo da su promesa de su retorno para venir a buscar a sus discípulos, a los cuales les ha preparado un lugar cerca de su Padre. ¿Cómo pueden los hombres acceder al Padre?

"Yo soy el Camino, la Verdad, la Vida" nadie va al Padre que a través de Jesús. Los apóstoles conocen al Padre, pues el Hijo está unido al Padre y que ellos creen en Cristo como Hijo de Dios.

El tema del retorno al Padre vuelve en varias ocasiones, cada vez enriquecido de una revelación más grande: "Si me amaséis os alegraríais sin duda de que voy al Padre; porqué el Padre es mayor que yo" (Juan 14:28). Aquí la Monarquía del Padre es afirmada: el Padre engendra al Hijo, el Espíritu procede del Padre, Fuente Única de Divinidad.

El Hijo rogará al Padre para que envíe al Espíritu Consolador, el Espíritu de Verdad sobre los apóstoles. Promesa de Pentecostés, también promesa de la Resurrección. "el mundo ya no me verá: pero vosotros me veréis, porque yo vivo, y vosotros viviréis" (Juan 14:19).

La partida de Jesús es una ganancia para los apóstoles, pues si el Hijo no partía hacia el Padre, el Paráclito no vendría hacia ellos (Juan 16:7-11). El Espíritu rendirá testimonio del Hijo y por su acción los apóstoles a su vez serán testigos.

Los temas del retorno al Padre, el envío del Espíritu son señalados por la prescripción del amor, mandamiento nuevo: "Ámense los unos a los otros," es el cimiento que estructura y consolida el texto.

Del amor por el Cristo depende del amor por el Padre por los hombres: "Aquel que me ama, será amado por mi Padre" (Juan 14:21).

La unión de los apóstoles entre ellos es la imagen de la unión entre el Padre y el Hijo: "Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí" (Juan 14:10), pues el Padre glorifica al Hijo, y en el Hijo es glorificado el Padre.

Los creyentes son llamados a compartir esta unidad: "ruego que todos sean una misma cosa; y que como tú, ¡oh Padre! estás en mí y yo en ti por la identidad de la naturaleza, así sean ellos una misma cosa en nosotros por unión de amor, para que crea el mundo que tú me has enviado" (Juan 17:21).

Aquel que ama al Cristo Se hace templo del Espíritu Santo, pues Dios habita en él: "Cualquiera que me ama, observará mi doctrina, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos mansión dentro de él" (Juan 14:23).

Del amor, a la imagen de aquel que une el Padre al Hijo, depende la presencia del Espíritu en el colegio de los apóstoles, cuerpo de la Iglesia.

"Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el labrador" (Juan 15:1). Es la imagen de la Iglesia, y los frutos que llevan los discípulos son los frutos del Espíritu, frutos de la santidad. "Quien está unido, pues conmigo, y yo con él, ese da mucho fruto, porque sin mí nada podéis hacer" (Juan 15:5). Fuera de la Iglesia, no hay salvación.

Jesús anuncia a los apóstoles el odio que tendrán que soportar del mundo, como su Maestro: "No es el siervo mayor que su amo" (Juan 15:20), pues el príncipe de este mundo (el demonio) todavía tiene dominio sobre los hombres, pero el Hijo ha vencido al mundo (Juan 16: 33) y el Espíritu manifestará esta victoria (Juan 16:8-11).

El Hijo y el Espíritu actúan en el mundo, pues son los enviados del Padre. Jesús revela a los apóstoles la fe en la Trinidad. "Va llegando el tiempo en que yo no les hablaré con parábolas, sino que abiertamente os anunciaré las cosas del Padre" (Juan 16:25). Para que los apóstoles comprendan la "Verdad toda entera," la Verdad en su plenitud, aquella que concierne al Dios-Trinidad, se necesitará que el espíritu los conduzca (Juan 16:13).

Luego, yendo a su Pasión voluntaria, antes de salir en la noche, Jesús une toda la revelación en una última plegaria, plegaria que recapitula toda su misión en la tierra. Él repone toda su obra al Padre: "Yo Té he glorificado sobre la tierra, he finalizado la obra que Tú me as dado" (Juan 17:14). Ahora viene la hora suprema donde el Padre va a glorificar al Hijo sobre la Cruz.

Antes de partir, Jesús ora por los apóstoles, con el fin de que hereden la filiación: "Por ellos ruego yo ahora. No ruego por el mundo, sino por estos que me diste, por que tuyos son: Y todas mis cosas son tuyas, como las tuyas son mías; y en ellos he sido glorificado… (Juan 17:9-10). Jesús llama sobre ellos al Espíritu de la Verdad enviado del padre: "Santifícalos en la Verdad" (Juan 17:17).

La plegaria de Jesús consagra a los apóstoles por el Espíritu como continuadores de la obra del Hijo en el mundo: "Así como tú me has enviado al mundo, así yo los he enviado también a ellos al mundo" (Juan 17:18).

Antes de su partida, Jesús deja una herencia al mundo: es la Iglesia que Él instituye en esta plegaria que se denomina plegaria sacerdotal: "Pero no ruego solamente por estos, sino también por aquellos que han de creer en mí por medio de su predicación… (Juan 17:20-21).

Esta unidad, realizada por el Espíritu, conducirá a todos los creyentes con Jesús al lado de Padre para contemplar la Gloria de Dios, Uno en tres Personas.

A Dios nadie lo ha visto jamás.

El Hijo unigénito, existente

ab eterno en el seno del Padre

Él mismo en persona es quién

Le ha hecho conocer a los hombres (Prólogo del Evangelio de Juan 1:18).

En nuestra Liturgia encontramos la misma estructura que en el discurso de adiós del Señor. La plegaria Eucarística comienza por esta exclamación: "Amémonos los unos a los otros," inmediatamente seguida por la confesión de la fe (el Símbolo de la Fe, Credo), expresado de un mismo corazón por toda la asamblea, confesión al Padre, Hijo, Espíritu Santo, Trinidad consubstancial e indivisible.

Luego, a continuación del Cristo yendo a la Pasión voluntaria y dirigiéndose al Padre en su plegaria, osamos a nuestro turno dirigir nuestra plegaria al Padre, recapitulando toda la obra del Hijo (la Cruz, el Sepulcro, la Resurrección el tercer día, la Asunción, el sitio a la derecha del Padre y el segundo y glorioso nuevo Advenimiento) para traer a Dios la ofrenda de la Paz, el Sacrificio de alabanzas, en el pan y el vino que por el envío de Espíritu, por la Epiclesis , se vuelven cuerpo y sangre del Cristo, "para la vida del mundo"

La traición de Judas.

Es durante el curso de esta misma comida que Jesús anunció a sus discípulos: "En verdad uno de ustedes me traicionará." Todos se entristecieron y cada uno se preguntó: "¿Ese seré yo?" y el Señor respondió: "El que mete conmigo su mano en el plato para mojar el pan, ése es el traidor. En cuanto al Hijo del hombre, él se marcha, conforme está escrito de él; pero ¡ay de aquel hombre por quién el Hijo del hombre será entregado; mejor le fuera al tal si no hubiese jamás nacido!" (Mateo 26:23-24). San Juan da el anuncio de esta traición de una forma similar. Es todo el misterio de las relaciones de la libertad del hombre con el cumplimiento del plan de Dios. Notamos, en el relato, algunas diferencias significativas en relación con el de Mateo. Por ejemplo: Jesús designa a Judas no diciendo: "aquel que metió la mano conmigo en el plato… "pero: "Es aquel a quién yo ahora daré pan mojado: y habiendo mojado un pedazo de pan se lo dio a Judas, hijo de Simón Iscariote. Y después que tomo éste el bocado, se apoderó de él Satanás plenamente. Y Jesús con majestuoso desdén, le dijo: Lo que piensas hacer, hazlo cuanto antes. Pero ninguno de los que estaban a la mesa entendió a que fin se lo dijo. Porque como Judas tenía la bolsa, pensaban algunos que Jesús le hubiese dicho: compra lo que necesitemos para la fiesta; o que diese algo a los pobres. Él luego que tomó el bocado, se salió; y era ya de noche." (Juan 13:27-30). La notación "y era ya de noche" tiene sobre todo un alcance simbólico, indicando que era la hora de la fuerza de las tinieblas.

La comida había terminado con el canto de los salmos; luego Jesús se fue con sus discípulos más allá del valle Cedrón, al Monte de los Olivos en el jardín de "Getsemaní." Era un lugar donde tenían la costumbre de venir y de orar, estar juntos. Judas lo sabía y es el porqué él corrió a avisar a Caifás que era el instante propicio para proceder sin hacer tumultos al arresto nocturno de Jesús. Él le prometió de hacerlo conocer a los guardias, a pesar de la obscuridad, por medio de un beso; la víspera, él había aceptado las treinta monedas de plata. Al día siguiente, cuando Jesús sería condenado, Judas comprendió bruscamente las consecuencias de su acto y devolvió a los sacerdotes las treinta monedas de plata, diciendo: "He pecado entregando la sangre de un inocente"; pero los sacerdotes desdeñosos le responderán: "Que nos importa, es asunto tuyo"; entonces, el arrojará las monedas en el santuario e irá a ahorcarse (Mateo 27:3-5).

Esa es la diferencia con Pedro, que negó a Jesús pero se arrepintió y reencontró la amistad y la confianza del Señor, Judas, lamentando su acto no vuelve hacia el Señor, pero se hunde en la desesperanza que lo lleva a la muerte.

La agonía en el jardín y el arresto.

(Mat. 26:36-56; Mar. 14:32-42; Luc. 22:39-53; Jn. 18:1-11).

Yendo hacia el jardín de los Olivos, Jesús previno a sus discípulos de la inminencia de la prueba, la cual sería para ellos una ocasión de tentación y de caída. Les recordará las palabras de las Escrituras: "Golpearé al pastor y las ovejas del rebaño serán dispersadas" (Mateo 26:31; Marcos 14:27).

Dirigiéndose directamente a Pedro, el Señor dice: "Simón, Simón mira que Satanás va tras de vosotros para zarandearas, como el trigo cuando se criba" (Lucas 22:31).

Pero Pedro, siempre impulsivo, exclamó: "Señor, respondió él, yo estoy pronto a ir contigo a la cárcel y aun a la muerte misma" (Lucas 22:33). Jesús le respondió: "Yo te digo, oh Pedro, que no cantará hoy el gallo, antes que tú niegues tres veces haberme conocido" (Lucas 22:34). Pedro no le creyó y nuevamente protestó.

Lo que Jesús vivió, en el jardín de los Olivos, con sus discípulos, no es relatado de la misma manera en los cuatro evangelios. San Juan no habla de la plegaria y de la angustia de Jesús antes de su arresto. San Mateo y San Marcos dan de estos instantes relatos muy semejantes. Mientras que San Lucas cuenta las cosas bastante diferente, poniendo más acentuación sobre el dolor y la plegaria: He aquí el texto de San Lucas:

Llegados al lugar, Él les dice: "Orad para que no caigas en la tentación. Y apartándose de ellos como la distancia de un tiro de piedra, hincadas las rodillas hacía la oración, diciendo: Padre mío, si es de tu agrado, aleja de mí este cáliz. No obstante, no se haga mi voluntad, sino la tuya. En esto se le apareció un ángel del cielo, confortándole. Y entrando en agonía, oraba con mayor intención. Y vínole un sudor como de gotas de sangre, que chorreaba hasta el suelo. Y levantándose de la oración, y viniendo a sus discípulos, hallóles dormidos por causa de la tristeza. Y díjoles: ¡Por qué dormís? levantaos, y orad, para no caer en tentación"

Mateo y Marcos no mencionan la aparición del ángel ni la transpiración de angustia. Por el contrario, insisten más aun en sopor de los discípulos (se trata de Pedro, Juan y Santiago) y no les da la excusa de la tristeza. Por tres veces Jesús los encuentra dormidos y los exhorta: "El espíritu está lleno de ardor pero la carne es débil"

Es en el momento de la última exhortación: "La hora ha llegado… levántense, vamos…" (Marcos 14:41-42) que la cohorte armada llegó, conducida por Judas. Este se adelantó y dijo: "Salve Rabí" y dio un beso a Jesús. Inmediatamente los hombres lo arrestaron. Uno de los discípulos, solo san Juan dice ser Simón-Pedro, desenvaina y corta la oreja derecha de un servidor del sumo sacerdote. Jesús lo reta y le dice: "todos los que se sirvieren de la espada por su propia autoridad, a espada morirán" (Mateo 26:52).

Dirigiéndose a la muchedumbre, Jesús dice: "¡ Cómo para un bandido, han salido con la espadas y los palos para aprehenderme! ¡Cada día estaba en el Templo, sentado, enseñándoles y ustedes no me han arrestado! Pero todo esto ha sucedido para que se cumplan los escritos de los profetas. Entonces todos los discípulos lo abandonaron y se dieron a la fuga" (Mateo 26:55-56)

 

Los interrogatorios de Jesús.

El proceso judío.

Jesús fue conducido al palacio del sumo sacerdote, donde se reunieron los escribas y los fariseos, formando de esta manera con el sumo sacerdote la asamblea del Sanedrín, (en San Juan, Jesús primeramente es conducido ante Anás, el suegro de Caifás, quién, luego de haber interrogado a Jesús sobre su enseñanza, lo envía ante Caifás). Jesús compareció delante del Sanedrín. Buscaban contra Él falsos testimonios para condenarlo a muerte. Varios falsos testigos se presentaron. Uno de ellos declaró: "Este hombre ha dicho: Yo puedo destruir el Templo de Dios y en tres días lo volveré a construir" (Mateo 26:61). En realidad Jesús había dicho: "Destruyan este Templo y en tres días lo reedificaré (…). Él les hablaba del templo de su cuerpo" (Juan 2:19-21). Pero, ante estos falsos testimonios, Jesús guardó silencio.

Entonces Caifás hizo la pregunta que era la cuestión capital para los judíos, sobre la mesiandad de Jesús: "¡Te conjuro por el Dios vivo de decirnos si eres el Cristo, el Hijo de Dios! Jesús respondió: "Tú lo has dicho; además, Yo se los declaro, más adelante ustedes verán al Hijo del hombre sentado a la diestra del Todo poderoso y venir sobre nubes del cielo" Es una citación del salmo 109 [110], y por otra parte de la profecía de Daniel (Daniel 7:13) por la cual Jesús confiesa que Él es el Mesías, el Hijo del hombre sentado a la diestra de Dios. Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras diciendo: "Ha blasfemado, ¿Qué necesidad tenemos de más testigos? Ahí, acaban de escuchar una blasfemia; ¿Qué piensan ustedes?" Ellos respondieron: "Merece la muerte" Entonces lo escupieron en el rostro y le dieron bofetadas; otros lo golpeaban con el puño diciendo: "Hazte el profeta, Cristo; dinos quién te ha golpeado" (Mateo 26:63-67; Isaías 50:6).

La negación de Pedro.

Hemos visto, de acuerdo a Mateo, que en el momento del arresto de Jesús, los discípulos huyeron. De hecho, sin duda algunos se contentaron de quedarse atrás para observar que es lo que iba a pasar. Tal fue el caso de Pedro quién, como lo atestiguan los cuatro evangelios, siguió a Jesús de lejos. También fue así, según el cuarto evangelio, el caso de Juan quién, conocía el entorno del sumo sacerdote, pudo entrar sin dificultades en la casa, después de Jesús.

Pedro se mezcló con los servidores y a la muchedumbre en el patio, pero se hizo notar y apostrofar: "¡Tú también estabas con Jesús, el Galileo!" (Mateo 26:69). Pedro negó: "No sé lo que quieres decir" Otro le dijo; "¡Tú también eres uno de ellos!" Pedro respondió: "No lo soy" Una tercera vez negó cuando escuchó decir: "Es seguro; que aquél estaba con Él, además es Galileo" Inmediatamente cantó el gallo y Lucas dice: "el Señor dándose vuelta posó su mirada sobre Pedro" (Lucas 22:61). Entonces Pedro recordó las palabras de Jesús y lloró amargamente.

El proceso romano.

Los sacerdotes y los ancianos habían decidido de hacer morir a Jesús. Pero, como los judíos no tenían el derecho de condenar a muerte Lo llevaron ante el Procurador romano Pilatos. Pilatos, no encontrando nada a reprochar a Jesús — se dio bien cuenta que era por celos que los sacerdotes querían hacerlo morir — hizo todo lo posible para no tener que condenarlo. Al conocer que Jesús era galileo, lo hizo llevar, de acuerdo a Lucas, delante de Herodes, rey de Galilea, que estaba en Jerusalén. Jesús habiendo rehusado de contestar a Herodes, este último lo devolvió a Pilatos. Este intercambio cínico de gentilezas, a expensas de Jesús, fue la ocasión de una reconciliación entre los dos tiranos.

Es el evangelista Juan quién nos da una versión más completa del proceso romano ante Pilatos. Pilatos pide: "¿Eres Tú el rey de los judíos?" (en efecto, para hacerlo condenar por los romanos, los sumos sacerdotes, habían denunciado a Jesús como insurgente queriéndose hacerse rey). Jesús respondió: "Mi realeza no es de este mundo; si mi reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese liberado a los judíos…" — "¿Entonces eres rey?" le preguntó Pilatos. — "Tú lo dices, yo soy rey, respondió Jesús, y yo no he nacido, no he venido a este mundo que para rendir testimonio a la verdad; cualquiera sea de la verdad escucha mi voz" Pilatos le dice: "¿Qué es la verdad?" (Juan 18:36-38). Estaba confundido y, no encontrando motivo para condenarlo, le hubiera gustado deshacerse de su responsabilidad liberando a Jesús. Es el porqué propuso a la muchedumbre de soltar a Jesús en ocasión de la Festividad. Pero, el gentío gritó: "¡No, no a Él, pero a Barrabás!" Barrabás era un sedicioso, un bandido que los romanos habían condenado. Es en ese momento, de acuerdo a Mateo, que intervino la mujer de Pilatos para prevenirlo de no mezclarse del asunto de este "justo" motivo por el cual ella tuvo un sueño (Mateo, 27:19). Entonces Pilatos insistió más para soltar a Jesús. Los jefes de los judíos argumentaron, de forma de forzar a Pilatos, a actuar en nombre del orden romano: "Jesús, decían ellos, haciéndose rey, se ha levantado contra el Cesar. Y Pilatos se deja influenciar por los sacerdotes y los escribas. Interroga nuevamente a Jesús, y nervudo por su silencio, le dice: "¿No sabes que tengo el poder de soltarte y de poder crucificarte?" — "No tendrás ningún poder sobre mí, respondió Jesús, si él no te había sido dado de arriba; también aquel que me ha librado a ti lleva un más grande pecado" (Juan 19:10-11). Pilatos fue hacia la muchedumbre una última vez (quién durante todo el proceso se había quedado al exterior del Pretoria para no mancharse entrando, en la víspera de Pascua, en una residencia pagana; les libró a Jesús e hizo soltar a Barrabás. El evangelista Mateo es el único en hablar del gesto de Pilatos de lavarse las manos diciendo: "No soy responsable de la sangre de este justo, a ustedes de ver," y el gentío respondió, según la antigua condenación de la Ley: "¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!" (Mateo 27:24-25).

Entonces los soldados del gobernador tomaron a Jesús, luego de haberlo flagelado le sacaron su vestimenta, lo vistieron de un manto púrpura y colocaron sobre su cabeza una corona de espinas y en su mano una caña; con el fin de terminar con esta caricatura real, se inclinaron y se burlaron de Él diciendo: "¡Salve, rey de los judíos!" Con la diferencia de Mateo y de Marcos, Juan ubica la coronación de las espinas ante de la condena definitiva de Jesús. De acuerdo a Juan, Pilatos, él mismo, habría tomado en cierta manera la responsabilidad de este ultraje, pues una vez que Jesús había sido vestido de esta manera, Pilatos, esperaba, podría ser que la muchedumbre se contentaría con este castigo, tomó a Jesús y se los presentó diciendo: "He aquí el Hombre" (en latín: Ecce homo)agregando: "He aquí vuestro rey" Manifiestamente, Pilatos, quería humillar a los judíos diciéndoles: "¡He aquí lo que hago yo, de un rey los judíos!" Ellos replicaron: "¡A muerte, a muerte, crucifícalo, crucifícalo!" "¿Crucificaré yo a vuestro rey?" les dijo Pilatos. Los sumos sacerdotes respondieron: "No tenemos otro rey que el Cesar. Si tu lo sueltas, no eres amigo del Cesar, quién se hace rey se opone al Cesar" habían encontrado el argumento decisivo; Pilatos temiendo de ser denunciado al Emperador Tiberio, como cómplice de un rebelde, se los libró para que sea crucificado.

No obstante, en esta dolorosa mascarada. La verdadera realeza de Jesús aparece en las palabras y en los gestos de Pilatos sin que se diera cuenta. Es el porqué, en numerosas iglesias ortodoxas, es la costumbre de presentar el icono del Hombre de los dolores con su corona de espinas, su manto real de mofa y su cetro de caña en el momento donde, en los maitines del Lunes Santo, el pueblo canta: "He aquí viene el Esposo en el medio de la noche… " La Iglesia identifica de esta manera al Rey de los Judíos humillado, el Cristo de la Pasión, el esposo de la Iglesia descrita en la parábola de las diez vírgenes (Mateo 25:1-13).

La Crucifixión.

Una vez que terminaron de burlarse de Él, le quitaron la púrpura y le retornaron sus vestimentas. Lo llevaron al Gólgota haciéndolo llevar su cruz; pero esta era pesada y de acuerdo a lo que Él había padecido no la pudo llevar hasta su destino. Fue un cierto Simón de Cirene, conocido de los discípulos de Jesús como "el padre de Alejandro y de Rufo" quién la llevo en Su lugar, habiendo sido requerido por los soldados cuando volvía de los campos.

Jesús fue crucificado entre dos mal vivientes. Pilatos, hizo colocar encima de la cruz una inscripción indicando el motivo por el cual la ley romana lo había condenado a muerte: "Jesús de Nazaret, rey de los judíos" (abreviado INRI, en efecto, la inscripción estaba escrita en latín, en griego y en hebreo, Juan 19:19).

Si los sumos sacerdotes judíos habían condenado a muerte a Jesús por la blasfemia porqué Él se decía Hijo de Dios, los romanos, ellos, lo condenaron a muerte como rebelde porqué Él se decía Rey de los Judíos. Para nosotros, cristianos, él es realmente el Hijo de Dios y Rey de los Judíos. La cruz victoriosa, que nosotros colocamos triunfalmente en la cúspide de nuestras iglesias no nos debe hacer olvidar la cruz ignominiosa, instrumento de suplicio: era una muerte atroz y el Hijo de Dios en su humanidad conoció todas las congojas. Su madre, Juan el discípulo preferido y las santas mujeres, han asistido impotentes a su agonía, mientras los que pasaban lo provocaban y se burlaban de Él.

El atardecer del Jueves Santo en el oficio de la Pasión, que se nombra comúnmente el oficio de los "doce evangelios," se leen doce pasajes todos referidos a la Pasión del Salvador.

El Misterio de la Cruz.

Las palabras del Cristo sobre la Cruz.

¿Dios mío, Dios mío, porqué me has abandonado? (Mateo 27:46 — Marcos 15:34).

Padre, perdónalos, pues no saben lo que hacen. (Lucas 23:34).

En verdad, te digo, hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso (Lucas 23:43).

Padre mío, en tus manos, encomiendo mi espíritu (Lucas 23:46).

Mujer, he aquí tu hijo; he aquí tú madre (Juan 19:26-27).

Tengo sed (Juan 19:28).

Todo se ha cumplido (Juan 19:30).

Tenemos que reflexionar sobre estas últimas palabras del Salvador, pues, las sabemos, ellas no han sido dichas por casualidad y cada una es pesada de sentido. La Tradición de la Iglesia las ha meditado sin jamás agotarlas. A nuestro débil entendimiento, tres aspectos principales pueden servir de hilo conductor para acercarse al misterio:

1º- Aquel que está sobre la cruz es el Mesías que vino a cumplir las profecías.

2º- Aquel que está sobre la cruz es Dios por quién todo fue hecho: "Hoy está suspendido al árbol de la cruz Aquel quién ha suspendido la tierra sobre las aguas…"; "Es terrible ver al Creador del cielo y de la tierra suspendido a la cruz…" (Viernes Santo, oficio de la nona).

3º- Aquel que está sobre la cruz se hizo plenamente Hombre. Hijo de Dios, verdadero Dios como su Padre, Él se ha rebajado voluntariamente por amor por nosotros y se aniquiló para compartir hasta el fin nuestra condición humana. Sufrió injurias, los golpes, la burla y el suplicio de la cruz; aceptó de morir, Él, el solo sin pecado, para compartir integralmente la caída humana en el patíbulo; es pues la persona total del Cristo, Dios hecho hombre y proclamado Mesías, quién está clavado.

Nada en los evangelios permite saber en que orden cronológico fueron pronunciadas estas palabras. También pareció preferible de presentarlas aproximando aquellas que fueron referidas por el mismo evangelista — salvo la primera que es común a Mateo y Marcos.

¿Dios mío, Dios mío, porqué me has abandonado? (Mateo 27:46 — Marcos 15:34).

Por estas palabras empieza el salmo 21 [22]. Este grito de angustia es el grito de Jesús en la cruz: "¿Eli Eli, Lama Sabachtani? Muchas cosas han sido dichas y escritas con respecto a este grito. Nosotros aquí retendremos una sola; como todo judío, Jesús recitaba los salmos en la oración de cada día, no dudamos un solo instante que Nuestro Señor Jesucristo oraba sin cesar, sobre la cruz, en el momento supremo de su misión sobre la tierra. Él entona este salmo antes de morir y las primeras palabras surgen como un grito.

Leamos este salmo hasta el final y estaremos sorprendidos de constatar a que punto este texto corresponde exactamente a la puesta en la cruz sobre el Gólgota.

"Bien que yo soy un gusano, y no un hombre; el oprobio de los hombres, y el desecho de la plebe" (versículo 7).

Jesús está en la situación de Job, pues todos los hombres se dan vuelta de Él a causa de su excesivo sufrimiento.

"Todos los que me miran, hacen mofa de mí con palabras y con meneos de cabeza, diciendo: En el Señor esperaba: que le liberte, sálvele, ya que tanto le ama" (versículos 8-9).

Jesús elevado sobre el patíbulo, escuchaba las idas y venidas de los pasantes al pie de la cruz, Él escuchaba las burlas y las bromas de aquellos que meneaban la cabeza diciendo: "¡Él ha salvado a otros, y no puede salvarse a sí mismo!.. Ha contado sobre Dios, que Dios lo salve ahora…" (Mateo 27:39-44). Mateo ha utilizado las mismas palabras que el salmista para describir la Pasión. El salmo continua por acentos de angustia que son las congojas de la muerte, los versículos 12 a 16 expresan la angustia del agonizante; su cuerpo desfallece, se siente invadido por los monstruos bajo forma de toros, leones y perros que rondan alrededor de Él en una visión de pesadilla y espanto.

"Todo mi verdor se ha secado, como un vaso de barro secado; mi lengua se ha pegado al paladar; y me van conduciendo al polvo del sepulcro" (versículo 16).

Es en ese momento que Jesús grita: Tengo sed. En el Salmo 68[69], que también es un poema trágico sobre la agonía, encontramos el siguiente versículo: "En mi sed ellos me abrevan con vinagre" (versículo 22) Este episodio sobretodo a impactado al evangelista Juan, que estaba presente en el Gólgota; escribiendo su testimonio, él agregó, a propósito de la sed y el vinagre, que la Escritura debía cumplirse, pues estos salmos le venían a la memoria.

"Porque me veo cercado de una multitud de rabiosos perros; me tiene sitiado una turba de malignos. Han taladrado mis manos y mis pies" (versículo 17).

Este versículo retoma lo que fue antes de la erección de la cruz en el momento donde Jesús todavía en tierra fue clavado violentamente sobre el leño.

"Han contado mis huesos, uno por uno" (versículo 18). Nos imaginamos de una manera muy realista el hombre descuartizado, sus miembros son estirados y los huesos se vuelven salientes a través de la piel estirada.

"Repartieron entre sí mis vestidos, y sortearon mi túnica" (versículo 19). Mateo y Juan traen a relación el mercadeo de los soldados que no quieren rasgar la túnica sin costura. Una vez más Juan precisa que esto debía cumplirse según las Escrituras, pues fue muy impactado, él el testigo ocular, de ver cuanto la muerte de Jesús está de acuerdo con los salmos y las profecías. A partir del versículo 20, el estilo del salmo cambia súbitamente; el agonizante no ve más que es lo que ocurre alrededor de él, ni los hombres, ni el tumulto; ya no habla de su sufrimiento, se da vuelta enteramente hacia Dios en una inmensa y luminosa esperanza.

Aquel que va a morir ya piensa como anunciará el Nombre de Dios a todos los hombres, a los judíos primero: "Anunciaré tu santo Nombre a mis hermanos; publicaré tus alabanzas en medio de la Iglesia… ¡glorificadle vosotros, descendientes todos de Jacob. Témale todo el linaje de Israel!"…

Este grito a Israel recuerda al "Padre, perdónalos, pues no saben lo que hacen" pues Jesús muriendo no se da vuelta de su raza, puesto que luego de la Resurrección Él enviará a los apóstoles a predicar a las naciones, comenzando por Jerusalén (Lucas 24:47).

Para terminar el salmo, el moribundo profetisa y prevé la conversión de las naciones pues: "Será contada como la del Señor la generación venidera; y los cielos anunciarán la justicia de él al pueblo que ha de nacer, formado por el Señor" Sobre la cruz, Jesús tiene una visión de todos los hombres por los cuales ha muerto, Él nos prevé a todos, cada uno de entre nosotros, para salvarnos por su muerte y en su amor. Puesto que el Señor Jesús ha asumido cada palabra del salmo 21 [22], que Él efectivamente ha vivido sobre la cruz todo lo que anticipadamente ha descrito el salmista, por lo tanto también Él ha vivido intensamente la primera frase del salmo: "¿Dios mío, Dios mío, porqué me has abandonado?" Él resintió verdaderamente el abandono de Dios. Ese es el punto extremo de su "kenosis." ¡Cómo el Hijo único de Dios — "verdadero Dios de verdadero Dios" — se pudo sentir abandonado por Dios? ¿Dios que abandona a Dios? ¿Dios que se abandona a Sí mismo? Es justamente ahí que reside el misterio insondable de nuestra salvación. Si Jesús no hubiera sido más que un hombre, su muerte en la cruz no nos habría aportado más que aquella de muchos profetas o de héroes muertos al servicio de la humanidad, pero he aquí que Jesús osó decir: "Quién me ha visto ha visto al Padre, pues Yo estoy en el padre y el Padre está en Mí" He aquí que Jesús osó decir: "Soy el camino, la Verdad, la Vida… Aquel que cree en Mí no morirá jamás" Es decir que su misión consistía, luego de venir del "seno de su Padre" a traer a Dios a los hombres. Por lo tanto, si Jesús moría y no resucitaba, su mensaje no sería más que una mentira, y es porqué San Pablo diría: "Si Cristo no ha resucitado, nosotros (los cristianos) somos los más desgraciados de los hombres" Siendo así que, Él resucitará pues Él es Dios y entonces su muerte toma toda su resplandeciente significación. San Pablo comentará en la epístola a los Filipenses este misterio fundamental de la fe cristiana que es la muerte de su naturaleza humana del Dios crucificado: "Él se ha aniquilado a sí mismo" — palabra a palabra en el texto griego: "Él se vació" de su condición divina siempre siendo Dios.

Verdadero Dios, Él se hizo verdadero hombre. Él que es el divino Modelo del hombre creado a la imagen de Dios, tomó sobre Él todos los sufrimientos y todas las debilidades que el hombre conoce luego de su caída — todo, salvo el pecado mismo — incluida la ausencia de Dios, pues el pecado echa a Dios, incluida la muerte que es la última consecuencia del pecado, incluida el descenso a la morada de los muertos, lugar de ausencia absoluta de Dios; con el fin de hacer entrar a Dios por todas partes dónde el hombre sufre, hasta el abismo de la muerte, acompañándolo hasta el fondo de su angustia para levantarlo resucitando, haciéndolo subir al cielo y sentarlo a la diestra del Padre. El Hijo de Dios muere como un hombre para que el Hijo del hombre resucite como un Dios. He ahí porqué era necesario que el Hijo de Dios en la cruz conozca la angustia de la ausencia de Dios, para que todo hombre que muere pueda encontrar la presencia de Dios: es la salvación.

De las tres palabras del Cristo, sobre la cruz, citadas por San Lucas, primero colocamos dos que insisten sobre el tema del perdón que lo encontramos a menudo en él (ver las parábolas de la oveja descarriada: 15:4-7 — de la dracma encontrada: 15:8-10 — del hijo pródigo: 15:11-32).

Padre mío, perdónalos, pues no saben lo que hacen (Lucas 23:34).

Por esta palabra, el Señor al cual están crucificando pide el perdón de sus verdugos. Esta no es la primera vez que Dios es llamado a perdonar a culpables. Moisés lo ha suplicado para el pueblo hebreo durante el éxodo; y el mismo Dios ha tenido piedad, como lo muestra el libro de Jonás, a los habitantes de Nínive "que no saben distinguir su derecha de su izquierda." Pero hoy es el Hijo de Dios que es librado a la muerte y es la misma víctima que pide el perdón de los verdugos.

Él es la víctima anunciada por Isaías (53:1-11), "el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo" (Juan 1:29), Aquel que ha venido a realizar las Escrituras y el designio del Padre. Es esto lo que no han comprendido aquellos que crucificaron al Salvador del mundo. Como lo dirá mas tarde san Pedro (Hechos 3:17), "yo bien sé que hicisteis por ignorancia lo que hicisteis, como también vuestros jefes."

Al mismo tiempo Él pide el perdón de todos los hombres quienes por sus pecados han hecho su muerte necesaria y por consiguiente la nuestra, puesto que nosotros también somos pecadores. No es por nuestros méritos que podemos ser salvados, pero el Señor, como ya lo decía Isaías, "y ha tomado sobre sí los pecados de todos, y ha rogado por los transgresores" (Isaías 52:12). Es por todos que el Cristo pide el perdón. Puesto que es el Hijo mismo, sobre la cruz implora al Padre de perdonar, nosotros no deberíamos desesperar jamás. Un moderno teólogo escribe: "Cuando tú caes, si gritas con toda tu confianza, no caes más en la nada pero en los brazos de Aquel, quién, sobre la cruz los ha abierto para siempre " Nicolás Cabasilas, teólogo del siglo XIV escribe: "Nada desafía el perdón a punto de exceder la misericordia divina… Él se transformo para sus verdugos en fuente de gracia… El Señor exento de todo pecado, luego de haber soportado grandes sufrimientos, muere; y llevando sobre Él las llagas, hombre, intercede para los hombres y libera al género humano del peso de sus crímenes y devuelve a los detenidos la libertad que Él no tenía que conquistar para Sí mismo siendo y Dios y Señor."

En verdad te digo, que hoy estarás conmigo en el Paraíso (Lucas 23:43).

El Cristo ha sido crucificado entre dos ladrones con el fin de que se cumplan esta palabra de la Escritura: "y ha sido confundido con los facinerosos" (Isaías 53:12). Uno de los ladrones (aquel que la Tradición sitúa a la izquierda del Señor) no cesaba de blasfemar, poniendo a Jesús en el desafío de salvarse a sí mismo y sus compañeros con Él por una manifestación de su poder, diciéndole con sarcasmo: "Si tú eres el Cristo, o Mesías, sálvate a ti mismo y a nosotros" El otro ladrón, era como su compadre, un bandido, puede ser un asesino. Pero el Cristo jamás dudó de tomar como compañeros de camino a los publicanos, las prostitutas y los bandidos. Este ladrón, en lugar de insultar al Señor, se arrepintió en un instante fulgurante: "Y nosotros a la verdad estamos en él justamente, pues pagamos la pena merecida por nuestros delitos… (Lucas 23:41). Él ha reconocido la verdadera naturaleza del Reino de Dios y comprendió que Jesús es el Rey. Es un signo admirable de fe que el ladrón haya reconocido, en ese moribundo humillado, al Señor que va a entrar en su Realeza que no es otorgada por este mundo. Misterioso arrepentimiento… Nosotros también, en un instante, ahora, podemos arrepentirnos. Arrepintiéndose, el buen ladrón ha implorado la misericordia de Jesús que siempre nos es ofrecida. Jesús no se contenta de tomar nota de su fe para el día de la resurrección de los muertos. Ante su demanda: "Señor, acuérdate de mí, cuando hayas llegado a tu Reino" , Jesús le responde: "En verdad te digo, que hoy estarás conmigo en el Paraíso." Paraíso donde él, el buen ladrón, será el primer hombre a penetrar luego del Cristo.

Jesús no nos pide únicamente nuestras obras pues somos débiles y pecadores y toda nuestra fuerza viene de Dios; pero primero nuestro amor y nuestra verdadera libertad volviéndonos hacia Él en la fe. Ese hoy, del cual habla Jesús, no es únicamente el día de la crucifixión: Su Palabra se dirige ahora a cada uno de nosotros como nos lo recuerda la Iglesia. El Viernes santo, la asamblea de fieles canta tres veces: "Señor, como en un instante has hecho al ladrón digno del Paraíso, ilumíname del árbol de Tú Cruz y sálvame" De la misma manera, todos los domingos, antes de las Bienaventuranzas, la Iglesia Canta: "En tu Reino acuérdate de nosotros, Señor" Si, podemos como el ladrón, suplicar de esta manera al Señor porque estamos todavía en el hoy como nos lo recuerdan muchos salmos; "Hoy mismo, si oyereis su voz, guardaos de endurecer vuestros corazones" (Salmo 94 [95], 8) y san Pablo: "antes amonestaos todos los días los unos a los otros, mientras dura el día que se apellida hoy" (Hebreos 3:13).

Padre mío, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lucas 23:46).

Esta palabra como la primera ("Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?"), es una citación de un salmo, el salmo 30 [31], versículo 6: "En tus manos encomiendo mi espíritu; tú me has redimido, ¡oh, Señor Dios de la verdad!" Una y otra palabra, precisan los evangelistas Mateo y Lucas, fueron lanzadas "con una voz fuerte."

La primera es la constatación de un hecho, el resultado de la kenosis, la muerte por el abandono voluntario de la divinidad. Por otro lado no es la expresión de la desesperanza; la segunda confirma la confianza del Cristo. Pero, como dice el salmo 15 [16], 9-10: "y además también mi carne descansará con la esperanza. Porque yo sé que no has de abandonar tú, oh Señor, mi alma en el sepulcro; ni permitirás que tu Santo experimente la corrupción"

El Cristo entrega a su Padre su "espíritu," el soplo de vida que todo hombre, después de Adán, recibe al nacer, confiando que Él lo resucitará. "primer nacido de entre los muertos." El Señor ha vivido y aceptado Él mismo la muerte.

Lo mismo, nosotros también, antes de dormirnos, sin saber si nos despertaremos en este mundo, decimos con confianza y amor a Dios: "Entre tus manos encomiendo mi espíritu, Señor; bendíceme, ten piedad de mí y dame la vida eterna."

Las tres siguientes palabras son sacadas del evangelio según san Juan: Habiendo mirado, pues Jesús a su madre y al discípulo que él amaba, el cual estaba allí, dice a su madre: "Mujer, ahí tienes a tu hijo. Después dice al discípulo: "Ahí tienes a tu madre" (Juan 19:26-27).

Como primero hay que recordar que el "discípulo que Él amaba" era Juan, autor del relato evangélico, aquel que durante la última comida "se encontraba apoyado al lado de Jesús," que se "había apoyado en su pecho," no vemos en ninguna parte en los evangelios tales testimonios de intimidad y afecto de parte de Jesús. Todo lo que concierne a Juan es de una importancia particular para nosotros que investigamos una relación personal de amor con el Señor. Un Padre de la Iglesia nos dice que para tomar el sentido del Evangelio de Juan, tenemos también nosotros apoyarnos sobre el pecho de Jesús y recibir de Jesús a María como Madre. La redención de la humanidad se efectúa gracias al sacrificio del señor que María puso al mundo: la Madre de Dios es la realización de la larga marcha de la humanidad hacia esta redención. Ella es también madre de los creyentes unidos en el cuerpo único del Cristo. Cada uno de nosotros, como miembros de este cuerpo, tiene que esforzarse para ser otro Juan. Y para ser otro Juan, hay que ser de tal manera que recibamos a María por Madre y que sintamos ser designados por Jesús como Hijos de María .

El Cristo llama a María "Mujer" como el mismo se intitula Hijo del hombre. Ella, en efecto, es la nueva Eva. La llama de esta manera una primera vez, durante las bodas de Cana (Juan 2:1-11) cuando ella le pedía un milagro. Él le había contestado entonces: "Mi hora no ha llegado," antes de aceptar de cambiar el agua en vino. Hoy, sobre la cruz, vierte su sangre, vino de la eucaristía, y de su costado emergerá el agua vivificadora del bautismo.

Después de esto, sabiendo Jesús que todas las cosas estaban a punto de ser cumplidas, para que se cumpliese la Escritura, dijo: "Tengo sed" (Juan 19:28).

Sabiendo que todo estaba cumplido. El Señor cita una vez más el Antiguo Testamento, el salmo 68 [69], versículo 22: "y en medio de mi sed me dieron a beber vinagre," inmediatamente aprendemos, continuando la lectura del evangelio que un soldado cumplió sin saber con la predicción: "empapando en vinagre una esponja, y envolviéndola en una caña de hisopee, aplicáronsela a la boca"

Pero, no solo se trata para Jesús mostrar que, mismo sobre la cruz, Él cumple con las palabras de los profetas. Esta sed, Él elige de sentirla en su naturaleza humana y, él que había dicho durante la Cena: "Yo les digo, de ahora en más no beberé más de este producto de la vid hasta el día en que beberé con ustedes el vino nuevo en el Reino de mi Padre," acepta como Mesías y como hombre de hacerse ofrecer el vinagre que es al vino nuevo lo que nuestra naturaleza corrupta por el pecado es a aquella del hombre resucitado. Pero de lo que realmente tiene sed, es de nuestro amor, que, correspondiendo a su amor, de también traer sus frutos. Jesús quién dice: "Tengo sed" ¿no es Él la Fuente misma del Agua que da la vida? Durante la travesía del desierto ¿no había vuelto dulces las aguas amargas de Marra e hizo surgir la fuente de una roca? ¿No había ofrecido a la Samaritana el agua viva que apacigua la sed para siempre, esta agua que hace de cada cristiano "una fuente de agua surgiendo en vida eterna"?

Jesús luego que chupó el vinagre, dijo: Todo está cumplido. E inclinando la cabeza, entregó su espíritu (Juan 19:30).

Estas últimas palabras — "Entregó el espíritu" — corresponden a las palabras del Señor que san Lucas a citado: "Padre mío, en tus manos encomiendo mi espíritu" (Lucas 23:46). Las dos frases están íntimamente ligadas, Jesús rinde cuentas a su Padre, al cual entrega Su espíritu, que ha cumplido hasta el final Su voluntad, puesto que "nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos" (Juan 15:13).

Esta palabra del Señor también tiene que ser leída en relación con aquella que cita san Lucas: "no saben lo que hacen" Pues cuando el Cristo muere en la cruz, las Escrituras son consumadas sin saberlo aquellos que Lo crucifican.

El Señor ha completado su misión, termina Su vida terrestre, asumió la condición de esclavo en la cual había caído el hombre que sin embargo Él había creado libre para crecer según la voluntad del Padre y con la ayuda del Espíritu Santo en el amor de su Creador. Él ha instituido la Cena por la cual nos dio el pan de Vida, descendió del cielo para que lo comamos y que no muramos (Juan 6:50). Luego de haber asumido hasta sobre la cruz nuestras debilidades y nuestra muerte, Él va a descender a los infiernos y resucitar con Él a toda la raza humana: la obra de la redención se realiza en el sacrificio de Jesús; la resurrección va a venir; el Viernes santo culmina y el alba de Pascua será el comienzo de una nueva vida.

Jesús en la tumba.

Cuando Jesús fue muerto, los soldados vinieron para rematar a los tres crucificados. Remataron a los dos ladrones quebrándoles los huesos de las piernas. (No pudiendo ya apoyarse sobre sus pies, el cuerpo del crucificado colgaba con todo su cuerpo de las manos, este no podía respirar y enseguida moría). Pero Jesús estando ya muerto, el soldado traspasó su flanco con una lanza con el fin de que se cumpliera la Escritura: "Ninguno de sus huesos será quebrado," como dijo Moisés del cordero pascual; inmediatamente surgieron sangre y agua, el agua del bautismo y la sangre de la comunión vertida para la remisión de los pecados.

José de Arimatea, discípulo de Jesús y miembro del Gran Tribunal (Sanedrín), entonces obtuvo de Pilatos la autorización de sacar el cuerpo de la cruz y con la ayuda de Nicodemo lo puso en la nueva tumba tallada en roca viva, ubicada cerca de ahí. Hicieron rodar una pesada piedra contra la entrada de la tumba. Los jefes de los judíos obtuvieron de Pilatos la autorización de colocar guardias a la entrada de la tumba para asegurarse de que los discípulos de Jesús no vendrán de noche a robarse el cuerpo e inmediatamente contar que Jesús había resucitado como Él lo había anunciado.

He aquí que el séptimo día comienza, el día en el que el Creador a descansado de todas sus obras, el día en que Jesús reposa en la tumba, el Sábado santo. Como no evocar aquí la plegaria de Jonás gritando hacia Dios, en el vientre del monstruo marino:

Invocado he al Señor en medio de mi tribulación, y me ha escuchado benigno: he clamado desde el seno del sepulcro, y tú, ¡oh Señor! has atendido mi voz. Y arrojásteme a lo más profundo del mar y me circundaron las aguas: sobre mí han pasado todos tus remolinos y todas tus olas. Y dije: Arrojado he sido lejos de la misericordiosa vista de tus ojos: pero no, aun veré nuevamente tu santo templo. Cercáronme las aguas hasta el punto de quitarme la vida; encerrado me he visto en el abismo; el inmenso piélago ha cubierto mi cabeza. He descendido hasta las raíces de los montes; los cerrojos o barreras de la tierra me encerraron allí dentro para siempre: más tu, ¡oh Señor Dios mío! sacarás mi vida, o alma, del lugar de la corrupción. En medio de las angustias que padecía mi alma, he recurrido a ti, ¡oh Señor! dirigiéndote mi oración al templo santo de tu gloria. Aquellos que tan inútilmente se entregan a la vanidad de los ídolos, abandonan su misericordia. Más yo te ofreceré en sacrificio cánticos de alabanza; cumpliré al Señor todos mis votos que le he hecho por mi salud. El Señor, en fin, dio la orden al pez, y éste vomitó a Jonás en la ribera (Jonás 2:3-10).

Es en el curso de los maitines del Sábado santo — habitualmente celebradas en la noche del viernes al sábado — que la Iglesia congregada alrededor de la tumba del Cristo en la espera de la resurrección, celebra estas horas decisivas donde la vida está en la tumba, donde el Hijo de Dios va a hacer incorruptible nuestra carne corrupta que lo había revestido y acompañó en el sepulcro, y va a hacer inmortal nuestra naturaleza que el pecado había hecho mortal. El sepulcro del Cristo es el lugar misterioso donde se hace el pasaje de la muerte a la vida, lugar cerrado como un huevo de donde va a surgir la nueva vida de Pascua, le nueva era, el octavo día de la vida del mundo.

El Epitafión.

El temor y el temblor nos atrapan, un silencio lleno de respeto no retiene delante de este gran misterio: la muerte del Cristo-Dios. Ninguna palabra, ninguna meditación, ningún canto fúnebre es lo suficientemente digno para celebrar al Señor. Entonces, como José de Arimatea, como Nicodemo, nos acercamos al Sepulcro muy santo y veneramos con amor este misterio insoslayable: El Creador del universo es el anfitrión de una estrecha tumba. ¡Cielo estremécete de pavor, y vosotros cimientos de la tierra temblad! (Oda 8, hirmos)

Como los ángeles y como los astros temblamos ante la puesta en el sepulcro:

¡Tú, la Vida, Tu has sido puesto en el sepulcro, oh Cristo!

Y el coro de los ángeles en el estupor glorificaban

Tu condescendencia.

El velo del Templo se rasga en Tu crucifixión,

Los astros esconden su luz, oh Verbo,

Oh Sol de Justicia, cuando Tu te escondes bajo la tierra

Cantamos con toda la Iglesia, en este Viernes santo, para acompañar a José y Nicodemo en cada uno de sus gestos, cuando ellos amortajan el cuerpo muy precioso de Nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Luego en la noche del viernes al sábado, himnos muy sobrios, sobre notas graves y todo en menor, nos enseñan por su despojo a acercarnos con respeto del Cristo en la tumba. Estos himnos nos introducen en el misterio divino, sin revelarlo jamás, ni develarlo totalmente, pues queda inaccesible al espíritu humano. Es el sentido de los géneros bordados que rodean al Epitafión, para guardar en secreto la muerte de Dios. En las iglesias rusas, el velo del cáliz recubre el rostro del Señor, pues los mismos ángeles no osan contemplar al Cristo en el sepulcro.

Muchos temas son evocados esa noche en las plegarias cantadas en el oficio. Escuchemos algunos pasajes que nos darán el sentido de los tres días en el sepulcro.

El Sepulcro donde reposa el Cristo se hace fuente de vida.

La Vida del universo acepta la puesta en la tumba

Según la ley de los muertos.

Pero esta tumba se revela fuente de la Resurrección.

Es para nuestra salvación y nosotros le cantamos:

¡Oh Dios libertador, Tu eres bendito!

El Cristo ha amortajado con Él, en la tumba, nuestra naturaleza humana, con el fin de que esta naturaleza corrupta se haga incorrupta. Él ha asumido nuestra mortalidad para acordarnos su inmortalidad:

Es justo de exaltarte, Creador de todas las cosas,

Pues por Tus sufrimientos somos arrancados a la corrupción

Y poseemos la inmortalidad.

El Cristo en el Sepulcro parece dormir como Adán, cuando la creación de Eva:

De tu flanco perforado por la lanza, has hecho salir una nueva creación:

Para el segundo Adán, una nueva Eva.

Te has dormido de un sueño maravilloso,

De un sueño fuente de vida,

Y te has despierto vivo, oh Todopoderoso.

El reposo en el sepulcro del Señor Jesús corresponde al reposo de Dios en el séptimo día, durante la creación. El Cristo en la tumba, es la realización del Sabbat, pues por su muerte Él recrea el universo y concluye la obra divina:

Hoy has santificado el séptimo día,

Este día que antaño Tu bendices descansando de tus obras.

Pues Tu creas el universo y lo renuevas por Tu Sabbat,

Oh Salvador.

Es en la carne del Cristo que se realiza de ahora en adelante el Sabbat de la Ley mosaica:

El gran Moisés decía: "Y Dios bendijo el séptimo día"

Misteriosa prefiguración de este día: he aquí el Sabbat bendecido;

He aquí el día del reposo, pues en este día reposo

De todas sus obras el Hijo único de Dios,

Por el cumplimiento de su muerte.

Celebra el Sabbat en su carne,

Y retorna a su primera gloria por la Resurrección…

El tema del Sabbat es central al alba de este sábado; las santas mujeres portadoras de los aromáticos ya presienten hacia que gloria conduce este Sabbat único e incomparable: pasaje de la muerte a la Vida, de la noche a la aurora sin declinar, transición entre el séptimo día y el octavo día que inaugura la nueva creación. Es él porqué se repite varias veces este estribillo de las mujeres mirróforas:

Este Sabbat es bendito entre todos,

Pues el Cristo dormido resucitará el tercer día.

En el mismo corazón de la muerte, la Resurrección irradia una luz misteriosa y llena de paz. Mismo antes de la resplandeciente noche de Pascua, en lo más profundo de la tumba, los himnos de los Padres nos hacen entrever por adelantado la victoria sobre la muerte, el descenso a los infiernos y la posible iluminación para los prisioneros de las tinieblas:

El infierno domina a la raza humana, pero su imperio no es eterno.

Eres Tú, oh Todopoderoso, quién tendido en la tumba,

Has quebrado con Tu real mano las cadenas de la muerte.

Tu has predicado a aquellos que desde siempre dormían

La verdadera liberación.

Salvador, transformado en el primer nacido de entre los muertos

El infierno empieza a perder sus fuerzas y, antes de la victoria total que será cantada con gloria en la noche pascual, sentimos su dominio aflojarse, su poder destruirse y su potencia derrumbarse: El infierno fue golpeado en el corazón recibiendo a Aquel cuyo flanco fue golpeado por la lanza. Gime consumido por el fuego divino…

Entonces el infierno agonizando lanza por tres veces este grito de angustia:

Ese día el infierno gime y exclama: "Mi poder está abolido;

He recibido un muerto similar a todos los muertos,

Pero no lo pude retener.

Me despoja de aquellos que estaban bajo mi imperio,

Yo tenía a los muertos prisioneros desde hace siglos,

Él los yergue a todos"

Gloria, Señor, a Tu Cruz y a Tu resurrección.

Nadie jamás ha visto a Jesús salir de la tumba, ningún testigo pudo ver al Cristo resucitar, ningún relato humano puede contar este evento que trastorna las leyes de la muerte según la naturaleza. Los Evangelios guardan voluntariamente el silencio sobre el mismo acto de la Resurrección.

El descenso del Cristo a los infiernos (citado en la Primera Epístola de san Pedro, 3:19 y en Filipenses 2:10), lo mismo que las santas mujeres en la tumba y su encuentro con los ángeles (de acuerdo a los relatos de los Evangelios) serán las únicas imágenes, los únicos iconos por los cuales la Iglesia nos permite acercarnos al misterio de la Resurrección. Lo mismo la Iglesia describe en los himnos al Cristo saliendo de la tumba que por referencias de las Escrituras, imágenes del Antiguo Testamento, tales como Jonás o por los salmos:

Dentro del monstruo marino fue encerrado Jonás, pero no retenido,

Figurando tu Pasión y tu Sepultura.

Salió de la bestia como de una cámara nupcial…

Los maitines del Sábado santo se terminan por versículos de salmos proclamados con fuerza, antes de la lectura de la epístola .

Levántate, Señor mi Dios, que tu manos sea exaltada,

No olvides a tus pobres jamás.

Luego antes de la lectura del Evangelio, un nuevo llamado triunfal retumba en la iglesia:

Que Dios se levante, que sus enemigos sean dispersados

Y que aquellos que lo odian huyan delante de su Rostro.

El Evangelio leído luego del canto del salmo, nos enseña que una guardia fue emplazada cerca de la tumba y que los sellos fueron puestos sobre la piedra (Mateo 27:62-66). Todas las precauciones humanas fueron tomadas, pero cuan irrisorias: salimos de la iglesia con la seguridad que la exclamación de los salmos "Que Dios se levante… " se realizará y que nada puede retener a la Vida en la muerte.

La Liturgia del Sábado santo retoma este llamado profético del salmo:

Levántate (resucita), oh Dios y juez de la tierra,

Pues Tu heredarás de todas las naciones.

Durante este prokimenon, entre los Rusos, los ornamentos de los sacerdotes y de los diáconos, los manteles del altar, los lienzos alrededor de los iconos son cambiados. Todo aquellos, desde el principio de la cuaresma, eran violetas o negros son reemplazados por el blanco, todo se vuelve luminosos para simbolizar la Resurrección. Entre los Griegos, el sacerdote lanza hojas de laurel en signo de victoria. Por estos gestos concretos y materiales nuestras iglesias testimonian sin palabras la Pascua ya acontecida.

Después del canto del prokimenon, las Puertas reales se abren de par en par delante del altar resplandeciente de luz, para la lectura del primer evangelio pascual: las santas mujeres conocen del ángel el anuncio de la Resurrección, luego ellas encuentran al Cristo vivo, resucitado de entre los muertos (Mateo 28:1-10). Los fieles, como las portadoras del mirro, reciben de los ángeles el anuncio de la Buena Nueva y esperan en silencio la noche para aclamar con júbilo y alegría.

A la medianoche, la iglesia toda decorada para la festividad queda en la penumbra pues todas las velas están apagadas. El coro retoma los últimos cantos de la Pasión, aquellos del Viernes santo, mientras que el sacerdote hace subir el Epitafión de la nave al altar. La Liturgia será celebrada sobre este icono durante todo el tiempo pascual; el altar simboliza la tumba del Cristo, es en este sentido que se coloca el Epitafión arriba. Esto nos recuerda que de la tumba viene la vida, pues por la Eucaristía ahí celebrada, tenemos parte en la muerte y la Resurrección del Cristo.

Según la tradición de la Iglesia de Jerusalén, el celebrante tiende el cirio pascual prendido en la lámpara del altar a los fieles, cantando:

Vengan, reciban la Luz, es la Luz eterna;

Y glorifiquen al Cristo resucitado de los muertos.

Cada uno se pasa la luz, luego, mientras que los celebrantes salen en procesión del santuario, el pueblo canta:

Tu Resurrección, oh Cristo Salvador,

Los ángeles cantan en los cielos;

Conforme a nosotros que estamos sobre la tierra

De Glorificarte de un corazón puro.

Por este canto, llamamos a los ángeles a prepararnos para celebrar esta festividad luminosa.

Ahora los cristianos van por fin a proclamar al Cristo resucitado al mundo entero; es él porque el Evangelio de la resurrección (Marcos 16:1-8) es anunciado en la calle, delante de las puertas de la iglesia. Después de la lectura el sacerdote entona este canto retomado por toda la asamblea:

¡El Cristo ha resucitado de los muertos,

Por la muerte Él ha vencido a la muerte

A aquellos que están en las tumbas

Él ha dado la Vida!

Este grito de triunfo será repetido incansablemente durante los cuarenta días de Pascua.

 

 

3. La Resurrección.

 

Los Testimonios

Los relatos que los cuatro evangelistas nos hacen de la Resurrección fueron escritos durante la segunda mitad del primer siglo, es decir entre los años cincuenta y cien . Por lo tanto son la obra de la generación que había vivido durante los acontecimientos, aquella de los apóstoles de Jesucristo y de su entorno inmediato. Atestiguan la fe que fue en la comunidad cristiana en Jerusalén desde los primeros días de su existencia .

El espíritu en el cual los evangelios fueron escritos es fuertemente ilustrado por el mismo Lucas escribiendo en forma de prólogo: "Ya que muchos han emprendido ordenar la narración de los sucesos que se han cumplido entre nosotros, conforme nos tienen referidos aquellos mismos que desde su principio han sido testigos de vista y ministros de la palabra evangélica, parecióme también a mí, después de haberme informado de todo exactamente desde su primer origen, escribírtelos por su orden… " (Lucas 1:1-3).

Como todo testigo sincero y auténtico, los Evangelistas y san Pablo nos proveen testimonios de la Resurrección, los cuales, siempre relatando y confirmando los unos a los otros, difieren en numerosos detalles. En efecto, cada uno de ellos, tiene su punto de vista; cada uno iluminado por el Espíritu Santo, quiere hacer resaltar aun más tal o cual aspecto que lo ha impresionado más. Por lo tanto, es difícil de reconstituir la continuidad de los hechos según un orden rigurosamente cronológico que este Acontecimiento por su misma naturaleza hace estallar el cuadro normal — temporal y espacial — en el interior del cual los acontecimientos se encadenan y se desarrollan habitualmente. Sin embargo los hechos principales se liberan netamente.

El Sepulcro vacío.

Al día siguiente del Sabbat, día de descanso obligatorio, al alba, ciertas mujeres del entorno de Jesús — María Magdalena, María, "madre de Santiago", Salomé, Juana y "otras más," se presentan ante el sepulcro de Jesús para traer, según la costumbre judía, aromáticos, es decir perfumes destinados al cuerpo del difunto.

Ellas constatan que la gran piedra que tapaba la entrada a la tumba había sido movida y que el sepulcro estaba vacío. Ninguna de ellas vio Jesús saliendo de la tumba. Solamente escritos posteriores, de origen no apostólico y por consiguiente no reconocidos por la Iglesia — se los llama evangelios apócrifos — describen a Jesús saliendo del sepulcro. Los verdaderos evangelios — llamados evangelios canónicos — respetan el misterio de la Resurrección del Señor, como respetan el misterio de su nacimiento. Nadie sabe como el Señor ha salido del sepulcro, lo mismo nadie sabe como Jesús pudo nacer de una virgen. Se sabe únicamente que al llegar las mujeres al sepulcro, ellas encontraron la piedra movida y la tumba vacía. Recién horas más tarde Jesús se manifestará a sus discípulos.

Una de las mujeres, que se presentaron ante el sepulcro, María Magdalena — (lo sabemos por Juan 20:1, Lucas nos lo confirma 24:9-12 y Marcos 16:1 a su manera) — enseguida va a prevenir a Pedro y Juan, quienes llegan corriendo a la tumba. Juan — autor del relato — llega el primero, pues es más joven, pero no osa entrar en la tumba hasta que Pedro no llegue. Pedro "entre en el sepulcro, ve las vendas en el piso como así también el sudario que cubría la cabeza; éste último no estaba con las vendas, pero enrollado en un lugar aparte" (20:6-7). Luego a su turno entra Juan. Los discípulos vuelven a lo de ellos pensativos, pero Juan ya había adivinado la verdad, es él mismo quién nos lo dice.

Los enemigos de Jesús no negarán el hecho de la tumba vacía, pues Mateo nos hace saber que ellos sobornarán a los guardias — ellos también testigos del hecho, pero incapaces de comprender el significado — para contar que el cuerpo de Jesús fue robado por sus discípulos. Esta leyenda se extenderá de esta manera entre los judíos, paradójicamente confirmando la realidad del sepulcro vacío. En efecto, hubiera sido más fácil de poner en duda la Resurrección mostrando la tumba cerrada que ir a buscar una explicación de un sepulcro vacío.

 

Anuncio de los ángeles de la Resurrección

Luego de la partida de Pedro y de Juan del sepulcro vacío, vuelve María Magdalena. Las santas mujeres serán testigos de un acontecimiento atestiguado por los cuatro evangelistas: la aparición de los ángeles (Juan y Lucas mencionan a dos, Mateo y Marcos uno solo).

Novicio: ¿Qué es realmente un ángel?

Maestro: La palabra "ángel" traduce la palabra griega aggelos, que significa mensajero; un ángel es un mensajero de Dios, mensajero que presentándose bajo la apariencia humana para poder comunicar con los hombres. Los evangelistas hablan de "dos hombres con vestidos resplandecientes" o de "un joven vestido de blanco." La Biblia hable de ángeles con una gran sobriedad y en raras ocasiones, cuando Dios quiere transmitir a los hombres un mensaje de importancia extraordinaria y de un alcance universal. Los mensajeros que de esta manera envía Dios a los hombres es porque Él les ama y los quiere salvar, no tienen ninguna relación con las representaciones mitológicas de pequeños niños alados, de los pintores del Renacimiento; no obstante sobre los iconos los ángeles se representan con alas siguiendo la tradición bíblica como en las visiones de Isaías y Ezequiel, donde es el caso de seres con seis alas todos cubiertos de ojos que representan simbólicamente a misteriosas realidades pertenecientes a otro mundo. Marcos nos dice (16:7) que este ángel que encarga a las mujeres de avisarle a Pedro; Lucas nos dice que habiendo sido avisado de la resurrección, Pedro se presenta ante la tumba. Pero Juan nos precisa que María Magdalena le anuncia a Pedro no exactamente la Resurrección pero solamente el hecho de que el sepulcro está vacío. Se tiene la impresión que aquí Juan es más preciso que Marcos y que Lucas.

Volvamos a nuestro relato; son estos mensajeros divinos quienes serán los primeros en anunciar a las santas mujeres la buena nueva de la Resurrección: "¿Ustedes buscan a Jesús de Nazaret crucificado? No está aquí, ha resucitado, he aquí el lugar donde lo habían colocado; pero vayan y díganles a los discípulos que Él los precede a Galilea, es ahí donde Lo verán. ¿Porqué buscan ustedes entre los muertos a Aquel que está vivo?" (Mateo 28:6-7; Marcos 16:6-7; Lucas 24:5).

Entonces la resurrección se presenta, al principio, no como un fenómeno resplandeciente que vemos, pero como una verdad anunciada por una palabra que se debe acoger y creer. Las mujeres lo creerán. Se puede igualmente rechazarlo y negarlo — los discípulos, en el primer momento, no creerán al principio cuando las mujeres, todas emocionadas, agitadas y asustadas, vendrán a darles la buena nueva. De esta manera la libertad del hombre es respetada: el Resucitado no viene a golpear la imaginación por un despliegue de prodigios, pero hace llamado a la fe.

Las apariciones del Resucitado.

Aparición a María Magdalena.

La primera persona en encontrar al Cristo viviente, luego de su resurrección, será María Magdalena . Sabemos por Mateo (28) que es luego de haberse alejado del sepulcro (detalle no mencionado por Juan) que María Magdalena verá a "Jesús que vino a su encuentro" . "Volviéndose hacia atrás, nos dice Juan, vio a Jesús en pie; más no conocía que fuese Jesús." Jesús le dice: "Mujer, ¿porqué lloras? ¿a quién buscas? Ella suponiendo que era el hortelano, le dice: "Señor, si tú le has quitado, dime dónde le pusiste; y yo me le llevaré." Dícele Jesús: "María." Volviese ella al instante, y le dijo: Rabboni (que quiere decir, Maestro mío) Dícele Jesús: "No me toques porque no he subido todavía a mi Padre…" (Juan 20:13-17). En efecto, ellas estaban, nos dice Mateo: "postradas en tierra abrazaron sus pies y le adoraron" (28:9).

Novicio: ¿Cómo puede ser que María Magdalena no haya reconocido a Jesús desde el primer instante, pero, al principio, lo tomo por el jardinero?

Maestro: No es por sus rasgos que María Magdalena reconoce a Jesús, pero al escuchar pronunciar su nombre. Es en un encuentro esencialmente personal — María, Rabboni — en un llamado y en una respuesta llenas de amor se hace el reconocimiento, es decir en un plano más profundo que una identificación física. Jesús volvió de otro mundo: aun más, no pertenece más a un mundo donde se envejece y se muere. Ya pertenece al mundo eterno. No se lo puede situar más con respecto a las cosas de este mundo: hace una irrupción en este mundo de una manera tan inesperada y tan desconcertante que solamente aquellos que Lo habían amado y habían creído en Él podían encontrarlo y reconocerlo en una relación personal de amor y de fe. Por esta razón, unas horas después de María Magdalena, otros dos discípulos lo encontrarán sin reconocerlo del primer golpe. Solamente san Lucas nos relata en detalle esta segunda aparición del Señor Jesús, aunque Marcos (16, 12) haga una alusión muy breve.

Aparición a los dos discípulos de Emmaús.

(Lucas 24:13-32).

Dos discípulos, uno de los cuales se llamaba Cleofás, visitaron, el domingo por la tarde el 9 de Abril del año 30 , el pequeño pueblo de Emmaús. En el camino, Jesús resucitado se une a ellos, sin que ellos lo reconozcan: "más sus ojos estaban deslumbrados para que no lo reconociesen," nos dice Lucas.

Novicio: ¿Por qué?

Maestro: Jesús quiere que la fe preceda al reconocimiento, es él porque Él primero va a suscitar esta fe. "Qué conversación es esa que caminando lleváis entre los dos, y por que estáis tan tristes? les pregunta a ellos. ¿Tu solo eres tan extranjero en Jerusalén que nos sabes que ha pasado en ella en estos días? ¿Qué? Lo de Jesús de Nazaret, respondieron, él cual fue un profeta, poderoso en obras y en palabras a los ojos de Dios y de todo el pueblo; y como los príncipes y sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que fuese condenado a muerte y le han crucificado. Más nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel (nótese el modo imperfecto: no lo pensaban más; la muerte de Jesús les hizo perder la fe); y no obstante después de todo esto; he aquí que estamos en el tercer día después que acaecieron dichas cosas. Bien es verdad que algunas mujeres de entre nosotros nos han sobresaltado, porque antes de ser de día fueron al sepulcro, y, no habiendo hallado su cuerpo, volvieron diciendo habérseles aparecido unos ángeles, los cuales les han asegurado que está vivo"

Es entonces que Jesús les explicó pacientemente todo lo que en la Ley de Moisés y de los Profetas anunciaba sus sufrimientos y su resurrección. Ellos luego dirán que "¿No es verdad que sentíamos abrasarse nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?" Es decir que poco a poco, les ayudaba a reconocer en Él a Aquel del cual habían hablado las Escrituras, el Mesías, el Cristo de Dios, Aquel del cual Dios había dicho por la boca de David: "Porque yo sé que no has de abandonar tú, oh Señor, mi alma en el sepulcro; ni permitirás que tu Santo experimente la corrupción (Salmo 15 [16], 10; citado en Hechos 2:25-28). Poco a poco, Él vuelve a encender en sus corazones la esperanza y la fe, hasta que los tres llegan muy cerca del pueblo, Jesús aparentó continuar; pero ellos — manifestando de esta manera su apego a su Persona, sin todavía haberlo reconocido — lo acosan para que se quede con ellos pues "porque ya es tarde, y va ya el día de caída" Él entra a la casa y se sienta a la mesa con ellos.

Ahí hará los cuatro gestos que Él había hecho durante la última Cena del Jueves santo; los cuatro gestos que significan Su presencia eterna entre sus discípulos: ellos volverán a llamar, recordando su muerte y su resurrección, hacen "memoria" de su muerte y la anuncian hasta su vuelta (1 Corintios 11:26). He aquí los cuatro gestos: Él tomó el pan, — Él agradeció — Lo partió — Se los dio.

El Jueves santo, Él había dicho entregando este pan: "Tomad, comed, éste es mi cuerpo…," pero ahora no tendrá necesidad de pronunciar las palabras: con los gestos ya lo reconocen. Es la fe. No tienen más necesidad de verlo, Él desaparece; pero ellos se quedan con su Cuerpo del Resucitado entre las manos como nosotros cuando comulgamos.

Novicio: ¡Cómo creer que el pan y el vino sean realmente el Cuerpo y la Sangre del Resucitado!

Maestro: Yo lo digo, porque Jesús lo ha dicho. Él dijo: "Esto es mi cuerpo." Creerle, es tener fe. Cuando el Hijo dice, el Espíritu Santo lo realiza. Cuando la Palabra de Dios decía: "Que aparezca el continente" (Génesis 1:9) el Espíritu de Dios que volaba sobre las aguas, el Espíritu creador, el Espíritu vivificador, hacía lo que la Palabra decía (ver Ezequiel 37:14), y la tierra fue creada. Puesto que Jesús dice: "Esto es mi Cuerpo," el Espíritu Santo confirma la Palabra y cambia el pan en Cuerpo del Cristo.

La fe en la Creación ex nihilo, la fe en el nacimiento de Jesús de una virgen, la fe en Su Resurrección, la fe en el cambio del Pan de la comunión en Cuerpo del Cristo, es la fe. El hecho está ahí: los dos discípulos creyeron, reconocieron a Jesús recibiendo el Pan e inmediatamente volvieron corriendo a Jerusalén para anunciar que Jesús estaba vivo y resucitado.

Aparición a Pedro.

Fueron acogidos por los otros discípulos, quienes les dijeron: "El Señor ha resucitado realmente, y se ha aparecido a Simón" (Lucas 24:24). Esta tercera aparición de Jesús nos es confirmada por san Pablo, que nos dice en su primera carta a los Corintios (1 Corintios 15:5) que Jesús "resucitó el tercer día según las Escrituras y apareció a Cefas (Pedro en arameo) luego a los Doce"

Aparición a los Doce.

Los apóstoles estaban reunidos la noche de la Resurrección, seguramente en el Cenáculo . Las puertas del local estaban cerradas, nos dice Juan, pues los apóstoles tenían miedo de ser arrestados y juzgados por aquellos que habían matado a su Maestro. Los dos discípulos venían de anunciarles su encuentro con el Señor en Emmaus cuando (Lucas 24:36) "se presentó Jesús de repente en medio de ellos, y les dijo: La paz sea con vosotros"; esta palabra también nos es citada por Juan; el regalo que Jesús resucitado hace todavía hoy a sus discípulos, es su paz (ver también Juan 14:27), esta Paz del Cristo que "sobrepasa todo entendimiento" y que más tarde probará san Pablo.

Los apóstoles sobrecogidos de espanto, creen ver un espíritu; una "alma en pena." Pero Jesús los tranquiliza: "Mirad mis manos y mis pies, yo mismo soy: palpad y considerad que un espíritu no tiene carne, ni huesos, como vosotros veis que yo tengo" (Lucas 24:39). "Dicho esto, mostróles las manos y el costado" (Juan 20:20) que tenían las marcas de los clavos y de la lanza; y para serenarlos les pidió comida. "Ellos le presentaron un pedazo de pez asado y un panal de abejas. Comido que hubo delante de ellos" (Lucas 24:41-43) y "Llenáronse de gozo los discípulos con la vista del Señor" (Juan 20:20). Esta alegría que nos es dada también en la noche de Pascua, cuando en la obscuridad prendemos las velas, y luego de haber escuchado el anuncio de la Resurrección, todos juntos cantamos maravillados: "Cristo ha resucitado de los muertos, por la muerte ha vencido a la muerte, y aquellos que están en los sepulcros, Les dio la vida"

Les encarga una misión — proclamar el perdón de los pecados a todas las naciones — y les dice: "Como el Padre me ha enviado, yo también los envío" (Lucas 24:47; Juan 20:21).

Para que tengan la fuerza para cumplir esta misión, Él promete a los apóstoles y a sus compañeros el Espíritu Santo (Lucas 24:49; Hechos 1:8), y lo mismo nos precisa Juan (20:22), ya se los da soplando sobre los apóstoles diciéndoles: "Reciban el Espíritu Santo, a aquellos que vosotros quiten los pecados, les serán quitados; a aquellos a quienes se los retengan, les serán retenidos"

Hay una asombrosa concordancia entre los relatos de Juan y de Lucas, bien que sus estilos son diferentes; ambos subrayan estos cuatro aspectos de la aparición a los Doce:

Don de la Paz

Carácter corporal del resucitado que muestra sus estigmas

Envío en misión a los apóstoles

Promesa del Espíritu

Segunda aparición a los apóstoles en Jerusalén.

Sabemos por san Juan que la noche de Pascua el apóstol Tomás estaba ausente cuando Jesús resucitado se apareció a los apóstoles (20:24). Cuando los discípulos le anunciaron con alegría: "Hemos visto al Señor," él se niega a creerlos diciéndoles: "Si yo no lo veo en sus manos la hendidura de los clavos, y no meto mi dedo en el agujero que en ellas hicieron y mi mano en la llaga al costado, no lo creeré" (20:25). "Ocho días después estaban otra vez los discípulos en el mismo lugar y Tomás con ellos, vino Jesús estando también cerradas las puertas y púsose en el medio…" (20:26); les dijo como la primera vez: "La paz sea con vosotros," luego dándose vuelta hacia Tomás: "Mete aquí tu dedo, y registra mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seáis incrédulo sino fiel" (20:27); Tomás respondió: "Mi Señor y mi Dios"; frase inaudita en la boca de un judío piadoso. Es la primera vez en el Nuevo Testamento que un discípulo llama a Jesús "mi Dios"; Jesús le responde inmediatamente: "Tu has creído, oh Tomás, porque me has visto; bienaventurados aquellos que sin haberme visto han creído" (20:29). Creer es reconocer en Jesús a Dios. Tú que no has visto a Jesús resucitado, feliz serás eternamente si no obstante crees que Él realmente ha resucitado, por consiguiente Él es el Creador de la vida en persona y a tu turno tú le digas con fe y amor: "Mi Señor y mi Dios"

Aparición a los siete apóstoles

Teniendo en cuenta del mensaje del ángel a las mujeres: "Vayan y díganle a sus discípulos que Él los precede en Galilea, ahí lo verán como Él les ha dicho" (Marcos 16:7 y Mateo 28: 7), los apóstoles se van de Jerusalén para presentarse en Galilea. Es ahí que por la tercera vez Jesús aparecerá a un grupo de apóstoles reunidos (Juan 21:1-4). En efecto, siete de entre ellos — Simón-Pedro, Tomás, Natanael, Santiago y Juan su hermano, y dos otros que no son nombrados — habían ido juntos por la noche a pescar sobre el lago de Galilea; no pudieron pescar nada. Al alba, Jesús aparece en la ribera. De la misma manera que en el camino de Emmaus, no se hace reconocer en primera instancia, pero queriendo primero darles un signo personal para despertar la fe y darle un sentido a toda su vida: "Muchachos ¿tenéis algo para comer?" les grita desde la orilla, no, responden ellos. "Echad la red a la derecha del barco. Echárosla pues; y ya no podían sacarla por la multitud de peces que había" (Juan 21:5-6). Habían caído sobre un banco de peces, igual como aquel día algunos años antes, donde Jesús había invitado a Simón-Pedro, Andrés su hermano y los dos hijos de Zebedeo, Santiago y Juan a hacerse pescadores de hombres (Marcos 1:16-20; Lucas 5:1-11) después de haber llenado la red de peces: la repetición del mismo milagro recuerda por lo tanto a los discípulos su vocación a ser pescadores de hombres, es decir apóstoles.

La primera pesca milagrosa fue en efecto el giro de sus vidas, pues ese día dejaron todo para seguirlo a Jesús. La segunda pesca milagrosa, luego de la Resurrección, evocando la primera, aquella que los había ligado por toda la vida a la persona de Jesús, restablecerá la unión personal entre ellos y Él y les permitirá de reconocerlo: "Es el Señor" exclama Juan. Inmediatamente Pedro se tira al agua para reunirse a nado con Jesús en la orilla. Jesús ya había preparado el fuego de brasas para cocinar un pescado y pan. Llevan la red a tierra, la cual no se rompe, repleta con "ciento cincuenta y tres grandes peces ", precisa Juan que era conocedor en materia de pesca, y Jesús los invita a comer el pan y el pescado. "Jesús toma el pan y se los da," lo que deja adivinar que la aparición de Jesús se sitúa una vez más en el marco de una comida eucarística.

La comida será seguida de un diálogo entre Jesús y Pedro (Juan 21:15-19), diálogo por el cual termina el evangelio de Juan: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas tú más que estos? le pregunta Jesús a Simón-Pedro, ignorando deliberadamente el sobrenombre de Pedro que Él mismo le había puesto cuando Simón le había confesado como el Cristo e Hijo de Dios vivo (ver Mateo 16: 18).

"Sí, Señor, Tú sabes que te amo"

"Apacienta mis corderos"

Jesús por segunda vez le pregunta:

"Simón, hijo de Juan ¿me amas?

"Sí, Señor, Tú sabes que te amo"

"Apacienta mis corderos"

Dícele por tercera vez:

"Simón, hijo de Juan ¿me amas?

Simón-Pedro, que durante el juicio a Jesús lo había negado tres veces, debía estar profundamente dolido de lo que parecía en Jesús una duda de su amor como si le reprochase su negación:

"Señor, Tú lo sabes todo; Tú conoces bien que yo te amo"

"Apacienta mis corderos" La triple afirmación de amor había borrado la triple negación, y Jesús, encargándole de "apacentar a sus corderos," es decir, tomar cuidado de sus discípulos, reconoce nuevamente en él la roca de la fe, la piedra, el pilar de la Iglesia , el apóstol "enviado" al mundo para testimoniar que Jesús de Nazaret es verdaderamente "el Cristo, el Hijo de Dios viviente." Pero el testigo — en griego martus — será mártir y Jesús le anuncia por que muerte él debía glorificar al Señor: "Más en siendo viejo, extenderás tus manos en una cruz, y otro te ceñirá y te conducirá a donde no gustes" (Juan 21:18-19). En efecto, Pedro morirá crucificado, la cabeza para abajo, en el Coliseo de Roma en el año 67. Pedro, también quiere conocer el porvenir de su amigo Juan: "Señor ¿Qué será de este? Pero Jesús no satisfacerá su curiosidad: "Si yo quiero que así se quede hasta mi venida ¿a ti que te importa? Tú sígueme" Por lo tanto poseemos el testimonio detallado de toda una conversación de Jesús resucitado con Pedro, en presencia del autor del cuarto evangelio; es un documento particularmente impresionante de la Resurrección del Cristo.

Aparición a los once discípulos en Galilea.

(Mateo 28:16-20; Marcos 16:15-18).

Mateo testimonia de una nueva aparición en Galilea, durante la cual Jesús hablará a los "once discípulos" reunidos, y les dirá: "A mí se me ha dado toda la potestad en el cielo y en la tierra. Id pues e instruid a todas las naciones"

Es pues después de la Resurrección que Jesús encargó a sus discípulos "de ir hasta las extremidades de la tierra a enseñar a todas las naciones" ¿Cómo, en efecto, una tal orden podía ser tomada en serio por unos pobres pescadores del lago de Galilea, si Él la hubiese dado antes de haberse manifestado en divino Resucitado? Pero emanando del Resucitado, no solamente será tomado en serio, pero ejecutado en sentido literal: hoy, el anuncio de la Buena Nueva, en todos los países del mundo — de Japón a Alaska, de Noruega a la Patagonia — es una consecuencia directa de la Resurrección del Cristo y un testimonio actual de su realidad.

Aparición a más de quinientos discípulos.

Es sin dudas en Galilea en la misma época, que se sitúa esta "aparición a mas de quinientos discípulos," de los cuales la mayoría están vivos en el año 58, cuando san Pablo habla de ello en su primera carta a los Corintios (1 Corintios 15:6).

Aparición al apóstol Santiago.

Seguida de una aparición al apóstol Santiago que nosotros conocemos por una breve alusión de Pablo en esta misma epístola a los Corintios (1 Corintios 15:7).

Aparición cuarenta días después: la Asunción.

Cuarenta días después de su resurrección (Hechos 1:3). Jesús aparecerá una última vez a sus discípulos y los llevará hacia Betania (Lucas 24:50). Es ahí que será "elevado" al cielo (Marcos 16:19): es la Asunción (ver capítulo 1, Sexta Parte).

 

4. Nuestra Resurrección por el Bautismo.

 

De la Cruz y de la Resurrección del Cristo a nuestro bautismo.

Hace alrededor de dos mil años que el Señor Jesús fue crucificado y que ha Resucitado. ¿Cómo nos atañe en el día de hoy este evento? ¿Cómo el "perdón de los pecados" por el cual Jesús ha muerto sobre la Cruz se vuelve hoy el perdón de nuestros pecados? ¿Cómo la "vida eterna" del Resucitado quién no "muere más" se vuelve nuestra vida eterna? ¿Cómo la victoria de Jesucristo sobre la muerte nos libera de la muerte? ¿Cómo todo lo que hizo el Señor Jesús por los hombres "que Él ha amado tanto" puede beneficiar a los hombres de nuestra época? Como el "don de Dios" que É ha traído puede ser efectivamente recibido por nosotros en el día de hoy? ¿Cómo todo este "misterio" de la Cruz y de la Resurrección puede alcanzarnos, como podremos apropiarnos de él — es decir, hacerlo nuestro — para que Su Resurrección se vuelva nuestra resurrección, para que Su unión con el Padre se vuelva nuestra reconciliación con Dios, para que Su vida se torne nuestra vida? La respuesta nos es dada en el "Credo" por una sola pequeña frase: "Yo confieso un solo bautismo para la remisión de mis pecados" Es el bautismo que hace actuales y presentes la muerte y la resurrección del Cristo. Es por el bautismo que estamos unidos a su muerte con el fin de participar a Su resurrección (cf. Romanos, cap. 6); es el bautismo que nos hace "una misma planta" con el Cristo resucitado, es decir que nos injerta sobre Él.

Novicio: ¿Qué significa "que nos injerta sobre Él?

Maestro: Un injerto consiste de permitir a una planta frágil, que no podría crecer por si sola en la tierra, de crecer sobre un soporte, una planta vigorosa que denominamos porta injerto.

Novicio: ¿Por lo tanto, pasa la savia del porta injerto dentro del tallo de la planta frágil?

Maestro: Exactamente, y el bautismo actúa de la misma manera: la savia del Cristo resucitado — es decir el Espíritu Santo que está posado sobre Él — pasa a nosotros y nos alimenta con la Vida del Cristo resucitado, es decir la Vida de Dios, que es Plenitud. De donde la importancia del bautismo que nos es necesario estudiar en detalle.

 

El anuncio del bautismo en el Antiguo Testamento.

No se puede comprender el sentido y la importancia del bautismo que si se estudia el papel del agua en el Antiguo Testamento.

El agua está al origen de la vida

Cuando la tierra era todavía informe, "tohu-bohu," "caos," el Espíritu de Dios volaba sobre las aguas, nos dicen los primeros versículos del primer capítulo del Génesis, que preceden todo el relato de la Creación. Es por lo tanto del agua, sembrada por el Espíritu vivificador que nacerán todos los seres vivientes. Ahí donde hay agua, hay vida. Ahí donde no hay agua es, el desierto. Es el porqué que Isaías escribe:

Aguas correran en el desierto,

Y torrentes en la soledad

El lugar seco se convertirá en estanque,

Y el sequedal en manaderos de agua......

Porque yo derramaré aguas sobre el sequedal,

Y ríos sobre la tierra árida...

Y brotaran entre hierba, como sauces

Junto a las riberas de las aguas…

(Isaías 35:6-7; 44:3-4)

Brevemente, el agua es la fuente de la vida. Pero si el agua aporta la vida,

El agua también puede sumergirnos, ahogar, destruir.

Esto esta ilustrado en dos ocasiones por el Antiguo Testamento:

El diluvio.

Cuando los hombres se habían vuelto tan malos, en lugar de realizar los designios de Dios pareciéndose cada vez más, ellos no buscaban más que afirmarse a ellos mismos en contra de Él y asimismo los unos contra los otros y esforzándose de esta manera en el mal, el orgullo y el odio, es por el agua del diluvio que Dios ahogó los pecados y destruyó al mal, perdonando únicamente el Arca de Noé — La futura Iglesia del Cristo — donde se salvaguardaron el justo Noé, toda su familia y todas las criaturas que Noé había juntado (Génesis, capítulos 6, 7, 8; Ver Cuarta Parte).

El cruce del Mar Rojo.

Cuando el ejército del faraón de Egipto, el ejército de los opresores y de los esclavistas perseguía al pueblo de Dios — que venía de cruzar con Moisés el lecho seco del Mar Rojo repelido por un poderoso viento enviado por Dios — el viento viró y el mar se cerró sobre el ejército del Faraón, ahogando, destruyendo, sepultando las fuerzas del mal: el agua sumerge el pecado y destruye el mal.

El bautismo en Nuevo Testamento.

El sentido de la palabra Bautismo

El verbo "baptizein" en griego antiguo significa "sumergir" Cuando los antiguos griegos decían que habían bautizado una nave enemiga, ellos querían decir que la habían hundido.

El Señor Jesús empleará la palabra bautismo para significar su muerte y su sepultura. Cuando, en efecto, Él anuncia a sus apóstoles su Pasión, su Muerte y su Resurrección, Santiago y Juan, hijos del Zebedeo, reteniendo solo las palabras de Jesús que anuncia Su entrada en la gloria, le solicitan: "Concédenos de estar sentados, uno a tu derecha y otro a tu izquierda en la gloria" ¡Ellos se veían como ministros del futuro Rey de los judíos!.. Jesús les responde: "¿Podrán ustedes ser bautizados del bautismo con el cual seré bautizado? "Él hablaba de su muerte. "Nosotros podemos," dicen ellos en la total inconsciencia, Jesús prosiguió: "Para lo que es de ser bautizados del bautismo de cual yo seré bautizado ustedes lo serán…" haciendo así alusión a su martirio (Mateo 20:17-22; Lucas 18:31-34; Marcos 10:33-40). Así, para Jesús mismo, ser bautizado es participar de Su muerte, pero morir para renacer: es lo que el Señor explicará a Nicodemo.

Conversación de Jesús con Nicodemo (Juan 3:1-10):

Un día Nicodemo, notable judío, sabio fariseo, miembro del tribunal superior de Israel (quién mas tarde, con José de Arimatea, depositará piadosamente el cuerpo de Jesús en el sepulcro) vino de noche a encontrar al señor, pues no osaba mostrarse de día con Él, temiendo de ser mal visto de sus congéneres y de ser excluido de la Asamblea de oración. Solicitó a Jesús como hacer para entrar en el Reino de Dios. Jesús le respondió: "a menos de nacer del alto, nadie puede ver el Reino de Dios" Nicodemo no comprendió y preguntó nuevamente: "¿Cómo un hombre puede nacer una vez que es anciano? ¿Puede una segunda vez entrar en el seno de su madre y nacer?" Jesús respondió: "A menos de nacer del Agua y del Espíritu, nadie puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne, es carne, lo que nace del espíritu es espíritu. No te extrañes si te he dicho: les hace falta nacer de lo alto. El viento sopla hacia donde quiere: escuchas su voz, pero tú no sabes de donde viene y hacia donde va; así es el caso de quienquiera que haya nacido del espíritu" Por lo tanto, Jesús, invita a los hombres de nacer a una vida que no será solo la vida de la cual viven los animales y todos los seres de carne, pero que también será la Vida de la cual vive Dios mismo. Esta vida es comunicada por el Aliento mismo de Dios, por el Espíritu Santo de Dios (pneuma en griego = aliento, pero también = espíritu), el aliento que ya había Dios insuflado a este ser de la tierra que somos, durante la Creación, de esta manera dando un poco de Sí mismo, Su Imagen, Su Libertad, la posibilidad de Parecérsele cada vez más por nuestra propia actividad creadora. Es este aliento que hace que el hombre sea llamado a sobrepasarse a sí mismo, de manera que él se hace un verdadero hombre solo cuando participa a la naturaleza de Dios. Es este Aliento, esta Presencia divina que el hombre pierde por el pecado y la muerte y que puede reencontrar en el agua del Bautismo, fuente de vida. Es ahí, en el agua del Bautismo que el pecado — que es la causa de la muerte — es ahogado como bajo las aguas del diluvio, como bajo las aguas del Mar Rojo; es ahí que brotará la verdadera Vida, la Vida Eterna, la Vida de la cual vive Dios, aquella que comunica el Espíritu Santo vivificador, aquella que el Hijo de Dios ha venido a dar a los hombres al entregar su espíritu al Padre en la Cruz, y resucitando de entre los muertos para dar este mismo Espíritu a los que creen en Él.

El bautismo de Juan y el bautismo de Jesús.

El bautismo de Juan era un bautismo simbólico. Para preparar a los judíos a entrar en el Reino de Dios el cual Juan anunciaba la llegada cercana, él les pedía de purificarse de sus pecados arrepintiéndose, confesando sus pecados y lavando sus pecados en el agua del Jordán. Pero el propio Juan exclamaba: Yo, los bautizo con el agua, pero viene aquel, después de mí, aquel que es más grande que yo... "os bautizará en el Espiritu Santo y fuego" (Mat. 3:11). De esta manera anuncia la cercanía del reino de Dios, la llegada de Jesús, el Cristo de Dios, el rey de Israel.

Por lo tanto, cuando Jesús se hará bautizar por Juan (ver la segunda parte), el Espíritu que se posa de toda eternidad sobre el Hijo se manifestará bajo la forma de una paloma, significando la santificación y la deificación de la naturaleza divina que el Hijo de Dios había asumido, que Él purifica sumergiéndolo en las aguas del Jordán, que él deifica exponiéndolo al resplandor de su Espíritu, que lo hace entrar en la familia Trinitaria haciéndolo participar en su filiación divina cuando "La voz del Padre se hizo escuchar llamándolo Hijo bien amado."

En adelante, el bautismo no será más un simple símbolo de purificación, se hará en el nombre de la Trinidad, haciendo de esta manera participar a cada bautizado de todo el misterio del Cristo — Hijo de Dios Padre, el Ungido del Espíritu, muerte al pecado, resucitado para Dios. Es el porqué luego de su Resurrección, Jesús dirá a sus apóstoles: "Id, y haced discipulos a todas las naciones, bautízandolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo" (Mateo 28:19).

 

La celebración del bautismo.

Ahora podemos comprender el desarrollo de la ceremonia del Bautismo, que hoy en día continuamos a celebrar exactamente tal cual san Basilio nos la ha descripto en su Tratado del Espíritu Santo, escrito a principios del siglo IV.

Los exorcismos

Jesús echaba a los espíritus impuros; Él liberaba a aquellos que habían sido dominados por el demonio, y Él da poder a sus discípulos de echar a los demonios. El hombre pecador, antes de su arrepentimiento, antes de su conversión y de su Bautismo, es esclavo del demonio. La prueba está en que se escucha a menudo a hombres exclamar luego de un exceso de cólera o de pasión: "Era más fuerte que yo"; reconocen de esta manera que no estaban libres pero esclavos de una fuerza que los dominaba.

Antes del bautismo, el sacerdote — invocando el Santo Nombre de Aquel quién sobre la Cruz a triunfado sobre el Demonio que tiene poder sobre la muerte — ordena a Satán "el espíritu de la mentira, espíritu de error, espíritu de la codicia y de toda impureza" y a sus satélites, todos los espíritus impuros, de dejar a aquel que va a ser bautizado; sino causaría "el oscurecimiento de su razón y la esclavitud de sus pensamientos." De esta manera el catecúmeno se volverá libre de ir hacia su nuevo maestro, el Cristo liberador; es lo que llamamos los exorcismos.

La conversión.

Es el libre acto por el cual aquel que demanda el bautismo renuncia "a Satán, a todas sus obras y a toda su pompa" para cambiar de vida, volverse (en latín convertere) hacia el Cristo, creer en Él y atarse de ahora en adelante a Él. Es el momento decisivo en la vida de un hombre que elige la dirección que lleva al Reino de Dios para unirse definitivamente al Cristo. Esta conversión, esta vuelta (Ezequiel 18:31-32) es simbolizada en el transcurso de la ceremonia por la media vuelta completa que hace el futuro bautizado quién, luego de estar hacia el poniente, hacia el oeste, hacia la noche, se da vuelta hacia la luz, hacia el naciente, hacia el altar de Dios, exclamando: "Me uno al Cristo, creo en Él como Rey y como Dios" Entonces recita "Creo en Dios" (en griego pisteuo, en latín credo) o símbolo de la fe, para expresar delante de toda la Iglesia reunida su creencia y su confianza en el Padre creador del cielo y de la tierra y de todas las cosas visibles e invisibles, en el único Hijo de Dios crucificado ante Poncio Pilato, resucitado en el tercer día… en el Espíritu Santo que da la vida y procede del Padre…, la confesión de la fe y de esta manera el previo al bautismo, pues es "El que creyere y fuere bautizado, será salvo" (Marcos 16:16).

Sin la fe, el bautismo sería una parodia sacrílega, una mentira donde se harían gestos y donde se pronunciarían palabras en contradicción a sus pensamientos y a sus convicciones.

Novicio: ¿Pero, lo más corriente, es a los pequeños niños que se bautiza; como pueden ellos creer y unirse al Cristo cuando ni siquiera saben hablar?

Maestro: Generalmente un niño es solidario de su familia; esto es verdad aún hoy. Era más aún antes, cuando los niños recibían la misma formación que sus padres. Cuando aquel que va a ser bautizado, el catecúmeno, es de hecho tan pequeño que no ha recibido ninguna enseñanza y aún no puede proclamar su fe, ni notificar su conversión, es su padrino o su madrina — es decir aquel o aquella que lo presenta a la Iglesia, a la asamblea de creyentes, de los discípulos del Cristo y que lo ofrece a Dios — se hace garante de su fe por venir y toma los compromisos del converso en su lugar. Lamentablemente hoy en día, a menudo, el padrino o la madrina asumen mal su papel. Si el niño al crecer rehusa seguir la vía elegida para él por sus padres y su padrino, este nuevo nacimiento que debería ser el bautismo se vuelve un especie de aborto espiritual, donde el niño muere aún antes de haber nacido realmente. Es por ello no se debería bautizar a niños pequeños que si la fe de toda su familia permite augurar un crecimiento en la fe paralela al crecimiento físico del niño. Entonces él también crece en la fe tan naturalmente como crece en tamaño e inteligencia.

La bendición de las aguas

Luego de la confesión de fe del catecúmeno, luego de su libre compromiso de creer en el Cristo y de unirse a Él, verdadera ofrenda que el catecúmeno hace de sí mismo a Dios (o que su padrino hace de él) luego de este "ofertorio" el sacerdote conmemora, hace memoria, hace "anámnesis" de la maravillosa creación del mundo por Dios y de la renovación de toda esta creación cuando el Hijo de Dios penetró en las aguas del Jordán y que el Espíritu en forma de paloma descendió sobre Él y sobre las aguas, inaugurando la Nueva Creación, la renovación de todas las cosas, el pasaje del mundo caído al Reino de Dios. Luego el pide a Dios de hacer actual esta renovación viniendo por su Espíritu Santo santificar las aguas del bautismo como Él había santificado las aguas del Jordán, para hacer "un agua de redención, una vestimenta de incorruptibilidad, una santificación de la carne y del espíritu" Es la Epiclesis, es decir la invocación del Espíritu Santo vivificador para que haga del agua del bautismo el sitio donde el catecúmeno será injerto sobre el Cristo crucificado, sepultado y resucitado y recibirá de esta forma la vida del Espíritu Santo.

La triple inmersión

Luego que el catecúmeno se habrá quitado la vieja vestimenta, "la túnica de piel" que Adán y Eva se habían puesto luego de su pecado, luego de haber sido ungido con aceite "para que se vuelva un luchador invencible contra lo maligno" que ya no tendrá asidero sobre él, será sumergido tres veces — en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo — en las aguas de la piscina con el fin de ser "unido a la semejanza de la muerte del Cristo," es decir sepultado con Él en Su tumba representada aquí con el baptisterio para participar también en Su Resurrección. Es aquí que el catecúmeno encuentra a su Cristo, que es injertado sobre Él, que el misterio de la comunión se cumple, que se torna "una misma planta" con el Cristo resucitado, que se torna hijo de Dios por adopción, ungido, como el Cristo por el Espíritu Santo.

La crismación

Es el porqué saliendo de las aguas del bautismo enseguida recibe la unción del Espíritu Santo, la crismación por el aceite del Santo Crisma, es decir "el sello del don del Espíritu Santo" con el fin de que el Espíritu Santo que reposa sobre el Hijo también repose sobre aquel que viene de ser unido a este Hijo. Es así que el catecúmeno se torna a su vez un hijo del Padre que grita "Abba, Padre" a su Dios. De ahora en adelante, adoptado como hijo por el Padre, el bautizado ha entrado en la Familia trinitaria.

La comunión eucarística

El bautizado o "nuevo iluminado" entonces se reviste con vestiduras blancas, su vestido de Luz, y hace su entrada en la Asamblea de los comulgantes, en la Asamblea eucarística, en la Iglesia, mientras que el pueblo canta: "Aquellos que han sido bautizados en El Cristo, se visten del Cristo, Aleluya" Se lee entonces la Epístola y el Evangelio, y el nuevo bautizado se une a la Asamblea eucarística y a la celebración de la divina Liturgia para tomar su primera comunión. Finalicemos la descripción de este sacramento citando el texto de la epístola a los Romanos, donde san Pablo resume toda la significación del bautismo:

¿Ó no sabéis que todos los que somos bautizados en Cristo Jesús, somos bautizados en su muerte? 4 Porque somos sepultados juntamente con él á muerte por el bautismo; para que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en novedad de vida. 5 Porque si fuimos plantados juntamente en él á la semejanza de su muerte, así también lo seremos á la de su resurrección: 6 Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre juntamente fué crucificado con él, para que el cuerpo del pecado sea deshecho, á fin de que no sirvamos más al pecado. 7 Porque el que es muerto, justificado es del pecado. 8 Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él; 9 Sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de entre los muertos, ya no muere: la muerte no se enseñoreará más de él. 10 Porque el haber muerto, al pecado murió una vez; mas el vivir, á Dios vive. 11 Así también vosotros, pensad que de cierto estáis muertos al pecado, mas vivos á Dios en Cristo Jesús Señor nuestro (Romanos 6:3-11).

Asumir su bautismo.

El Bautismo no es magia. El gran misterio que el Espíritu Santo realiza en el Bautismo no implica el nivel de la conciencia, de la psiquis que tiene la libre colaboración o "sinergia" del bautizado. Por lo tanto se necesita de toda una vida para asumir el bautismo, toda una vida para que efectivamente el bautizado muera al pecado y realmente viva para Dios. Se necesita de toda una vida para que la acción del Cristo y del Espíritu Santo encontrando la libertad del bautizado penetre de a poco todos los rincones y escondrijos de su corazón y de su alma, de su carácter y de su cuerpo, para que el bautizado realmente se torne una imagen del Cristo, un cristiano. ¿Y tú, querido lector, has decidido a vivir tu Bautismo, a repetir cada día lo que tu padrino a dicho en tu nombre: "Renuncio a Satán, a todas sus obras, a toda su pompa… Me uno al Cristo… Creo en Él como Rey y como Dios… Adoro al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, Trinidad consubstancial e indivisible"?

 

 

 

Folleto Misionero # S109

Copyright © 2003 Holy Trinity Orthodox Mission

466 Foothill Blvd, Box 397, La Canada, Ca 91011

Editor: Obispo Alejandro (Mileant).

 

(dios_viviente.doc, 09-12-2003).

 

Edited by

Date

S. Gortchacow

1/30/2003

C. M.

2/15/03

C. M.

9/29/03