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El Dios Viviente

Un catecismo para el cristiano ortodoxo.

Tomo II.

Traducido por Sergio M. Gortchacow

 

 

Contenido:

Sexta Parte.

La Ascensión y la Pentecostés.

La nueva Era: la de la Iglesia.

1. La Ascensión.

Primeramente les habla del reino del Mesías.

Les confía una misión.

2. El ícono y el tropario de la Ascensión.

3. El Espíritu Santo en el Antiguo Testamento.

4. El Espíritu Santo anunciado en los Evangelios.

La Anunciacion.

El Bautismo

La Conversacion Con la Samaritana: el Don de Dios.

La Festividad de los Tabernaculos: el Agua Viva.

5. La anti-Pentecostés: la Torre de Babel.

6. La Pentecostés.

7. La Iglesia.

Lo Que Ella No Es.

Lo Que Es.

La Iglesia tal cual parece ser y tal cual deberia ser.

La Iglesia, Esposa del Cristo.

En los Evangelios, Jesucristo Es el Esposo.

En la Epistola de los Efesios, la Iglesia Es Revelada Como Esposa del Cristo.

En el Apocalipsis la Iglesia Aparece en Su Esplendor Cumplido: la Jerusalen Celeste.

La Iglesia Cuerpo del Cristo.

La Iglesia Es el Cuerpo del Cristo.

El Pan Eucaristico, Cuerpo del Cristo, Hace la Iglesia.

8. El misterio de la divina Eucaristía:

origen, institución y sentido.

9. Desarrollo de la celebración.

La Enseñanza de los Apostoles. o Liturgia de los Catecumenos.

Celebrecion del Misterio ("Fraccion del Pan") o Liturgia de los Fieles.

La Gran Entrada.

La Anafora.

Primera Parte:

El celebrante dirige loas a Dios vivo: canto del Sanctus.

Segunda Parte. El memorial reconociendo la obra del Cristo.

La anáfora propiamente dicha.

Tercera Parte. Una súplica para el descenso del Espíritu Santo.

Conmemoración de los difuntos.

Conmemoración de los vivientes.

"Lo Partio": la Traccion.

"Él Dio": la Comunion.

10. Misterio y Sacerdocio

del Cristo y de la Iglesia.

Misterio del Cristo Misterio de la Iglesia.

Sacerdocio del Cristo Sacerdocio de la Iglesia.

11. el Misterio de la Crismación: la Pentecostés Personal,

O Sacerdocio Real de los Laicos.

12. La ordenación de obispos, de sacerdotes y de diáconos o Sacerdocio ministerial.

El Obispo y los Concilios.

El Obispo.

Los Concilios.

Los Sacerdotes.

Los Diaconos.

13. La Santificación del Matrimonio.

La Ofrenda.

La Anamnesia.

La Epiclesis.

La Comunion.

14. Las enfermedades de los miembros del Cuerpo de Cristo y su curación.

El misterio del arrepentimiento.

El Arrepentimiento en el Antiguo Testamento.

El Pecado del Rey David (2 Reyes 11; 12:1-25).

El Arrepentimiento de David.

El Perdon de David.

El Arrepentimiento en el Nuevo Testamento.

El Hijo Prodigo (Lucas 15:11-32).

Curacion del Paralitico de Capernaum.

Misterio o Sacramento del Arrepentimiento.

La Metanoia.

La Confesión.

El Perdon o la Absolucion.

El Festin.

El Misterio de la Unción.

15. Conclusión.

Septima Parte.

El segundo Advenimiento y la vida por del siglo por venir.

Introduccion.

1. Los dos Advenimientos del Señor

En el Antiguo Testamento.

El Libro de Isaias.

El Libro del Profeta Daniel.

El Profeta Zacarias.

En el Nuevo Testamento.

2. La espera del segundo Advenimiento: la vigilancia.

3. Los signos precursores del segundo Advenimiento.

"No Quedará Aquí Piedra Sobre Piedra …"

"Vendran Muchos Bajo Mi Nombre Que Diran: Soy yo el Cristo."

"Ustedes Tambien Escucharan Hablar de Guerras… Hambrunas y Temblores de Tierra."

Los Libraran a los Sufrimientos y la Muerte…"

"La Iniquidad Creciente…"

"Esta Buena Nueva Será Proclamada en el Mundo Entero."

"Todo Israel Sera Salvado…"

Previamente Debe Darse a Conocer el Hombre Impio… el Adversario…"

4. El fin del mundo y la creación del mundo nuevo.

El Fin del Mundo.

En el Antiguo Testamento.

En el Nuevo Testamento.

El mundo nuevo.

5. La resurrección de los muertos.

En el Antiguo Testamento.

En el Nuevo Testamento.

6. El tiempo litúrgico.

7. La vida en la muerte.

¿Que Es la Muerte?

Los Muertos de Acuerdo a los Salmos y los Profetas.

La Muerte de los Justos en el Libro de la Sabiduria.

La Vida Eterna en el Nuevo Testamento.

8. El Juicio.

La Justicia de Dios en Este Mundo y en el Otro.

El Juicio de Dios en el Nuevo Testamento.

El Juicio Final.

9. Una aproximación de la escatología ortodoxa.

10. La plegaria por los muertos y la comunión de los santos.

La Comunion de los Santos.

11. La Dormición de la Madre de Dios.

Icono de la Dormicion de la Muy Santa Virgen Maria.

La Liturgia del Quince de Agosto.

12. La Jerusalén celestial.

En el Antiguo Testamento.

En el Nuevo Testamento.

En los Textos Liturgicos.

 

 

Sexta Parte.

La Ascensión y la Pentecostés.

La nueva Era: la de la Iglesia.

 

 

1. La Ascensión.

La Ascensión nos es relatada por san Lucas al final de su evangelio (24:50-52) y por otra parte al principio de los Hechos de los Apóstoles (1:1-11) del cual es también el autor. San Marcos también nos habla pero de una manera más sucinta en el último capítulo de su evangelio (16:15-19).

Hemos visto que, cuarenta días después de su Resurrección, Jesús aparece una última vez a sus discípulos (ver Hechos 1:3 y 4); ese día, que será el día de la Ascensión, les hablará prolongadamente:

Primeramente les habla del reino del Mesías.

Habiéndole preguntado los discípulos: "¿Es en este tiempo que vas a restablecer el Reino de Israel?" (Hechos 1:6), Jesús les responde. "No les corresponde conocer los tiempos y los momentos que el Padre ha fijado de su propia autoridad." Además. Jesús había dicho ya a sus discípulos la noche del Jueves santo: "En la casa de mi Padre… voy a prepararles un lugar, y cuando me haya ido y les habré preparado un sitio, volveré a tomarlos cerca de mí con el fin de donde estoy yo estén ustedes también" (Juan 14:2-3) El restablecimiento del Reino de Israel, esperado por los discípulos, en realidad será la entrada con el Cristo, Rey de Israel, en la Casa del Padre. El Reino del Mesías (siendo el Reino de David la prefiguración) que Israel esperaba desde que el gran profeta Isaías (740 años antes del Cristo) lo había tan vigorosamente anunciado, fue efectivamente inaugurado con la primera venida del Cristo. Sin embargo no se realizará en su plenitud triunfal hasta la segunda venida .

Les confía una misión.

Este Retorno, esta segunda venida, este segundo Advenimiento del Cristo-Rey, los discípulos deberán prepararlo y apresurarlo (cf. 2 Pedro 3:12) cumpliendo la misión que Jesús ahora les confía: "Serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria y hasta los confines de la tierra." Esta misión, igualmente nos es recordada al final del Evangelio de san Mateo (28:19-20): "Id, de todas las naciones hagan discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a preservar todo lo que Yo os he prescrito, y he aquí que estoy con ustedes para siempre hasta la consumición de los siglos." Hay que recordar que en esa época, las comunicaciones eran terriblemente difíciles; los Apóstoles, simples pescadores de profesión, hombres pobres, que realmente se mueven a pie, y parece increíble que Jesús les pida de ir "hasta los confines de la tierra." Sin embargo lo harán, y sus enseñanzas han logrado no solamente llegar a los confines de la tierra en aquel entonces conocida, más aún, por los discípulos de sus discípulos, han hecho la vuelta de toda la tierra: aún hoy en día, cuando recibimos el Bautismo, obedecemos a esta orden dada por el Cristo resucitado, justo antes de Su Ascensión y por eso mismo nos tornamos testigos de Su Resurrección.

Les anuncia, para ser capaces de cumplir con esta misión, serán revestidos de la "Fuerza de arriba."

"Les prescribió de no alejarse de Jerusalén, pero, de esperar la promesa del Padre, aquella, dijo Él, de la cual me habéis escuchado hablar, pues Juan ha bautizado en el agua, pero ustedes, en pocos días seréis bautizados en el Espíritu Santo"… "Con el Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, recibirán la Fuerza" (Hechos 1:4.5.8), "la Fuerza de arriba" (Lucas 24:49) Por lo tanto es pues Dios el Espíritu Santo que los visitará. Esta promesa, se las hizo la noche del Jueves santo: "Rezaré al Padre y Él les dará otro Consolador, el Espíritu de la Verdad" (Juan 14:16-17) "Es de vuestro interés que Yo me vaya, pues si no me voy, el Consolador no vendrá hacia vosotros, sí Yo parto, al contrario; Yo se lo enviaré" (Juan 16:7) "Les enseñará todas las cosas y les recordará todas las cosas que les dije" (Juan 14:26)… "Cuando Él venga, Él, el Espíritu de la Verdad, los guiará hacia la Verdad íntegra" (Juan 16:13)… "Cuando venga el Consolador que les enviaré del lado del Padre, el Espíritu de la Verdad que procede del Padre , es Él quién rendirá testimonio de Mí, y ustedes también rendirán testimonio" (Juan 15:26-27).

Luego de haberles hablado de esta forma "Los llevará hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo. Ahora, mientras los bendecía, se separó de ellos y fue elevado al cielo" (Lucas 24:50-52)… "y fue a ubicarse a la diestra de Dios" (Marcos 16:15-19). Es lo que nosotros denominamos la Ascensión. "Una nube lo ocultó de la mirada de los discípulos: estaban ahí, los ojos fijos en el cielo mientras que Él se iba, cuando, de golpe, dos hombres vestidos de blanco, se presentaron ante ellos y les dijeron: "Hombres de Galilea, ¿Qué se quedan mirando el cielo? Es Jesús que viene de ser sacado de en medio de ustedes, volverá de la misma manera que ustedes lo vieron partir hacia el cielo" (Hechos 1:9-11). Entonces los discípulos "volvieron a Jerusalén con una gran alegría" (Lucas 24:52).

¿De donde viene eso de que estos hombres sean felices, cuando con toda evidencia, tendrían que estar tristes por causa de la partida de su Maestro bien amado? Primeramente, vienen de recibir una promesa maravillosa que les fue hecha por unos mensajeros del mismo Dios: "Él volverá" ¿Por otro lado, no les había prometido la llegada inminente de este "Otro Consolador" que los colmará de verdad y alegría?

Pero, sobre todo, saben que Aquel que les fue quitado está vivo, que mora con ellos hasta el fin de los tiempos, que les fue a preparar un lugar cerca del Padre: ascendió con su naturaleza humana — sus naturalezas, nuestra naturaleza -, con Su cuerpo de hombre glorificado — sus cuerpos, nuestros cuerpos: el Cuerpo del Cristo viene de subir al cielo y este Cuerpo nos abre a todos las Puertas reales del Cielo por las cuales podremos precipitarnos a Su séquito para sentarnos como el Cristo a la derecha del Padre: sí, de ahora en más las puertas del cielo están abiertas a los hombres:

Alzad, ¡oh, puertas! vuestras cabezas,

Y alzaos vosotras, puertas eternas,

Y entrará el Rey de la gloria

¿Quién es este Rey de la gloria?

El Señor, el fuerte y valiente;

Dios, el poderoso en batalla.

Alzad, oh puertas, vuestras cabezas,

Y alzaos vosotras, puertas eternas,

Y entrará el Rey de gloria.

¿Quién es este Rey de gloria?

El Señor de los ejércitos,

El es el Rey de la gloria

(Salmo 23 [24], 7-10).

El Cristo por su Ascensión, reconcilió lo que el pecado de los primeros hombres había separado, es decir, nuestros cuerpos humanos y los cuerpos celestes. Es porqué se dice en unos Tropariones del oficio de los Maitines de la Ascensión (séptima Oda): "Oh, Cristo, después de haber cargado en tus espaldas la naturaleza perdida, Tú te has elevado y la has presentado a Dios el Padre," y en la octava Oda, se dice: "Ella ha sido elevada por encima de los ángeles, nuestra naturaleza que antaño había caído, y ha sido establecida sobre el Trono divino de una manera que sobrepasa a toda inteligencia."

La Ascensión ultima la obra del Hijo inaugurada por su Encarnación: habiendo tomado sobre Sí nuestra naturaleza humana caída, "nuestra condición de esclavo… habiendo sido humillado con nosotros hasta la muerte, la muerte sobre la cruz… ha sido exaltado hasta lo más alto de los cielos" (Filip. 2:6-11), y nuestra naturaleza con Él: la Ascensión, es la glorificación del Cristo humillado durante la Pasión, "para que todo, en el nombre de Jesús, se arrodille a lo más alto de los cielos, sobre la tierra y en los infiernos y que toda lengua proclame de Jesucristo que es el Señor a la gloria de Dios Padre" (Filip. 2:10-11).

Es también la glorificación de nuestra propia naturaleza que Él vino a alzar y salvar de la desgracia y de la muerte.

¿Descubriendo todo esto, los discípulos, no podían estar en "una gran felicidad?"

 

2. El icono y el Troparion de la Ascensión.

Busquemos ahora de profundizar el sentido de la Ascensión observando el icono de la festividad que la actualiza y escuchando el Troparion que la canta.

Maestro: En la parte superior del icono, en el centro de los grandes círculos concéntricos representando el cielo (denominados la "mandarla"), puedes ver al Cristo sentado majestuosamente: con la mano derecha bendice y en la mano izquierda tiene un rollo que representa la Palabra que ha enseñado sobre la tierra. Está rodeado de dos ángeles.

Novicio: Si, además he notado que el Cristo tiene puesta una túnica blanca, más bien dorada, como el icono que vimos para Pascuas.

Maestro: Efectivamente, también vemos al Cristo vestido de esta manera en el icono de la Transfiguración. El color luminoso de la túnica expresa el Cuerpo glorioso del Cristo: esto significa que, después de la Resurrección, el Cristo tiene un cuerpo que no está más sometido a las leyes y necesidades de las naturalezas terrestres: está substraído de la ley de la gravedad.

De la misma forma que has notado el color de la túnica del Cristo, observa la vestimenta de los otros personajes.

Novicio: Los ángeles que llevan al Cristo tienen vestimentas con los colores de los apóstoles, mientras que los dos ángeles que rodean a la Virgen tienen túnicas blancas.

Maestro: Los dos ángeles con los vestidos rojos son los testigos de la Encarnación y de la Pasión; pues, si el Cristo asciende al cielo con su Cuerpo glorioso, lleva en su Cuerpo las marcas de la Crucifixión. Un pasaje del Antiguo Testamento, que nos es leído en las vespertinas de la Ascensión (Isaías 63:1-3), justamente nos describe este Mesías sufriente y glorioso vestido de rojo por causa de Su sacrificio:

¿Quién es ese que viene de Edom, de Bosra con vestidos rojos?

¿Este hermoso en su vestido, que marcha en la grandeza de su poder?

Yo, el que hablo en justicia, grande para salvar.

¿Por qué es rojo tu vestido, y tus ropas como del que a pisado en lagar?

He pisado yo solo el lagar, y de los pueblos nadie había conmigo;

los pisé con mi ira, y los hollé con mi furor;

y su sangre salpicó mis vestidos, y manché todas mis ropas.

En cuanto a los dos hombres vestidos de blanco (Hechos 1:9-11), nos recuerdan a aquellos, en el día de la Resurrección, que se presentaron a las mujeres en el sepulcro del Cristo para anunciarles que estaba vivo (Lucas 24:4 y Juan 20:12).

De esta manera la naturaleza humana — representada por los vestidos color sangre y tierra de los ángeles que hacen subir a Jesús — está de ahora en más en el cielo. Mientras que la naturaleza divina — representada por el blanco de los dos ángeles que hablan a los apóstoles — está de ahora en más en la tierra. "Dios se hizo hombre para que el hombre se haga Dios," para citar la vigorosa expresión de san Atanasio.

Estos dos ángeles vestidos de blanco anuncian ahora el retorno del Cristo en gloria en el fin de los tiempos. A veces, son representados sosteniendo un rollo desplegado sobre el cual pueden leerse sus palabras: "¿Hombres de Galilea, por que se quedan ahí mirando el cielo? Este Jesús que fue sacado del lado de ustedes hacia el cielo, vendrá de la misma manera que ustedes lo vieron irse al cielo" (Hechos 1:11) La lectura de la profecía de Zacarías que está hecha en las vespertinas de la ascensión sitúa justamente este retorno sobre el Monte de los Olivos (colina situada frente a Jerusalén), ahí mismo donde tuvo lugar la Ascensión (Hechos 1:12): "En ese día, sus pies se posarán sobre la montaña de Los Olivares que hace frente a Jerusalén del lado del Oriente" (Zacarías 14:4) Es el porqué, sobre el icono, esta montaña está representada por algunos escapados y cuatro olivos.

Novicio: Así mismo se diría que el límite de la montaña, y los árboles, cortan el icono en dos: por una parte, el cielo con el Cristo, y por otra, la tierra con la Madre de Dios y los Apóstoles.

Pero, ten, a propósito de los Apóstoles, ¿Por qué hay doce? Judas ha traicionado y se colgó (Mateo 37:3-10; Hechos 1:18-19), y Matías no será elegido para reemplazarlo que luego de la Ascensión (Hechos 1:13-24).

Maestro: Tu observación es pertinente. Son doce, pues el apóstol Pablo está representado con los once, lo puedes reconocer, a la izquierda de la Madre de Dios; se puede reconocer pues siempre es representado calvo con una barba afilada. A la derecha de la Madre de Dios, puedes ver a Pedro (cabellos cortos, rizados y barba redondeada). Pablo es asimilado a los Apóstoles pues, aunque no haya vivido con el Cristo antes de la Pasión, como los otros Apóstoles, también vio al Cristo resucitado sobre el camino hacia Damasco (Hechos 9:5-22, 8:26, 15) Pablo representa a los fieles que, en la Iglesia y a través de los siglos, confiesan al Cristo. La representación de Pablo, sobre el icono, manifiesta que la visión de la Iglesia no es una visión temporal: la comunión en la fe del reino de Dios, gracias al Espíritu Santo, hace estallar los límites del tiempo de este mundo.

Novicio: ¿En la vestimenta de los apóstoles hay a la vez verde y rojo?

Maestro: Si, el verde es el color de la esperanza y del Espíritu Santo. Efectivamente, es el día de la Ascensión que el Cristo promete a sus discípulos que el Espíritu — testimonio de nuestra esperanza — descenderá sobre ellos. También sobre el icono de la Trinidad de Rublev el ángel representado al Espíritu Santo está vestido de verde. En cuanto al rojo, no simboliza únicamente la tierra y la sangre (ver más arriba), pero también el amor.

Novicio: Hay un grupo de Apóstoles quienes indican con el dedo o la cabeza al Cristo y al cielo; pero los otros miran a la Madre de Dios, quién se mantiene bien erguida en la actitud de orar.

Maestro: La Madre de Dios en esa actitud representa ala Iglesia.

Novicio: Sobre el icono observo aún otra cosa: se tiene la impresión que está separado en dos, verticalmente por la Madre de Dios y arriba por el Cristo. ¿Esto significa algo?

Maestro: Si acercamos tu observación a aquella que has hecho hace un momento respecto a la separación del cielo y de la tierra por el límite de la montaña, podríamos, tal vez, ver algo interesante: el cielo y la tierra son reunidos por la Madre de Dios y su Hijo formando una cruz.

Por la postura de los olivos, se tiene la impresión que toda la creación glorifica a Dios, pero es gracias al Sacrificio del Cristo sobre la Cruz que la naturaleza, que se volvió opaca por el pecado, recobra su limpidez.

Ya ves, es interesante leer un icono, pero, no hay que querer absolutamente dar un significado a todos los trazos y a todos los colores, pues un icono expresa el misterio de la fe, y disecándola demasiado, nos secamos y tenemos tendencia de olvidar de venerarla. El icono no puede existir sino porqué Dios se encarnó, y es por ello que transfigura la realidad: está ahí para enseñarnos, ayudarnos a rezar y a vivir nuestra fe en la vida cotidiana. Por otro lado, todo lo que hemos descubierto sobre este icono en el fondo está resumido por el cántico del Troparion:

Has subido en la Gloria,

¡Oh Cristo, nuestro Dios,

Luego de haber llenado de alegría a tus discípulos

Por la promesa del Espíritu Santo.

Tu bendición lo confirma

Que eres el Hijo de Dios,

Y Libertador del universo!

(Troparion de la Ascensión — tono 4).

 

3. El Espíritu Santo en el Antiguo Testamento.

Venimos de ver que el día de su Ascensión, el Señor Jesús había prometido a sus discípulos la próxima venida de un "otro Consolador," el Espíritu Santo. No es un total desconocido para los discípulos, pues durante la Antigua Alianza, a menudo se trataba sobre Él.

Espíritu es una de las traducciones de la palabra hebrea ruah, que puede también ser traducida como aliento, viento, y mismo como aire, espacio vacío. Este flujo de traducciones refleja la ambigüedad del significado de esta palabra en los textos del Antiguo Testamento. El Espíritu puede asimismo relacionarse al hombre. Cuando se trata del Espíritu de Dios, esto a veces es precisado como: Ruah Elohim. Es en este sentido que traducimos la palabra Ruah, que se encuentra desde el comienzo de la Biblia en el Génesis 1:2. En este versículo del primer capítulo se dice: "Pues la tierra era desordenada y vacia, las tinieblas cubrían el abismo, y el Espíritu de Dios se movia sobre las aguas."

El Espíritu de Dios, es el soplo vivificante de Dios. "El Espíritu de Dios se movía sobre las aguas": esto evoca la imagen del ave que cuida a sus pequeños y los protege planeando por encima de ellos. Por lo tanto hay una relación de amor entre Dios y su creación. No obstante el Espíritu de Dios mora separado de la creación, está encima de las aguas.

Es la misma palabra ruah que fue traducida por la "brisa" del día cuando Dios fue a buscar al hombre luego de su caída en el jardín del Paraíso. Si esta traducción sobre todo acentúa el ambiente divino donde evolucionaron Adán y Eva, ella también expresa el aspecto mal definido y misterioso de este ruah quién es, como el aliento, una suerte de realidad impalpable de la cual Dios es el Dueño.

Es por ello que Dios puede enviar este aliento sobre el hombre como una fuerza de vida. Aquel sobre quién "reposa" el Espíritu se torna capaz de profetizar y lograr proezas. Tal fue el caso de José (Génesis 41:38) cuando interpretó los sueños del faraón, o de Balaam (Números 24:2-9) cuando exclamó: "¡Oh cuan bellos son tus Tabernáculos, Jacob!" Es igualmente un pasaje de Números, ahí en las vespertinas de Pentecostés, que nos muestra como el Espíritu puede ser distribuido según un orden riguroso y sorprendente a la vez (Números 11:24-30): Moisés, quién no podía asumir por sí mismo la conducta de todo el pueblo reunido en el Tabernáculo, según la orden de Dios, setenta ancianos. Dios descendió en una nube, tomó el "Espíritu" que reposaba sobre Moisés y lo puso sobre los setenta ancianos. Pero, sucedía que dos hombres inscriptos entre los ancianos, Eldad y Medad, no se encontraban en el Tabernáculo de la reunión. Sin embargo, ellos también recibieron el Espíritu y se pusieron a profetizar como los demás. Por el contrario, la historia de Babel (Génesis 11:1-9) que es la anti-Pentecostés, muestra como la empresa de los hombres esta destinada al fracaso cuando se hace sin el apoyo del Espíritu; el resultado es la confusión y la guerra.

El ruah como fuerza de vida, a la vez se torna el signo y el don de un poder extraordinario cuando está otorgado por la unción: es el "ruah real" que designa al Rey y los inviste de un poder sobrenatural. El primero a recibir la unción es Saúl, pero como Saúl desobedece a la orden divina, el Espíritu de Dios se aleja de él y fue reemplazado por un mal espíritu. Entonces el profeta Samuel se presentó en Belem y, guiado por una voz interior viniendo de Dios, eligió el último hijo de Jessé, el joven David, y vertió sobre él el aceite contenido en un cuerno de carnero (1 Reyes, 16:1-13) El aceite es el vehículo del Espíritu, pues como Él, se impregna al propagarse. A partir de ese momento, David fue el ungido de Dios (el Cristo de Dios) y el Espíritu se manifestó en él, bien antes que fuese reconocido como Rey, por hazañas extraordinarias, de las cuales la mas famosa es su combate con Goliat.

Los príncipes descendientes de la línea de David no siempre se mostraron dignos de la unción que habían recibido, pero esta fuerza emanando de Dios en consecuencia fue dada por Él a los profetas, el "ruah real " se tornó el "ruah profético." De esta manera Miqueas puede decir: Yo, por el contrario estoy lleno de fuerza y del aliento del Señor" (Miqueas 3:8).

Pero es Isaías quien renovará y amplificará el contenido religioso de esta doctrina del don del Espíritu por la unción anunciando al Mesías, el Ungido de Dios, el Cristo de Dios, Aquel sobre el cual reposa el Espíritu desde siempre: "Y saldrá un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz se elevará una flor. y reposará sobre él el Espíritu del Señor, espíritu de sabiduría y de entendimiento, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de ciencia y de piedad" (Isaías 11:1-2).

Y en Isaías 61:1-2, encontramos las palabras que Jesús se atribuyó a Sí mismo en la sinagoga de Nazaret (Lucas 4:17-18): "El Espíritu del Señor está sobre Mí porque me ha consagrado por la unción" Aquel sobe quién reposa el espíritu del Señor posee los dones del espíritu y su reinado, de acuerdo al capítulo 11 de Isaías, está marcado por la justicia. Es un reinado de paz que anuncia el fin de los tiempos, cuando "El lobo habita con el cordero… y el lactante se divierte sobre el agujero de la cobra" Estas imágenes están ahí, en efecto, para simbolizar la armonía y la paz que son los frutos de los dones del Espíritu.

Para Ezequiel (26:25-28), el don del Espíritu no es solamente dado a tal o cual persona. Concierne a todo el pueblo congregado del medio de las naciones, está ligado a un rito de purificación por el agua y provoca una renovación del ser. Se dirige a cada uno, pero en el seno de una comunidad: "Les daré un corazón nuevo y pondré en vosotros un espíritu nuevo. Sacaré de vuestro cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne; meteré en vosotros mi propio Espíritu, los haré caminar de acuerdo a mis leyes… Ustedes serán mi pueblo y yo seré vuestro Dios."

En esta misma línea de pensamiento, el Salmo 50 [51], salmo de penitencia en relación con la falta de David, expresa admirablemente esta restauración del ser pecador en presencia del Espíritu quién por primera vez es designado como Espíritu Santo (Salmo 50 [51], 7, 10-11).

Purifícame con el hisopo y seré limpio;

Lávame, y seré más blanco que la nieve

…...

Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio,

Y renueva un espíritu recto dentro de mi.

No me eches de delante de ti,

Y no quites de mí tu santo Espíritu.

El profeta Joel, retomando la idea de Ezequiel de un ruah colectivo anuncia la efusión universal del Espíritu, y es a Él que san Pedro citará en su discurso del día de Pentecostés (Hechos 2:16-17).

Yo esparciré mi Espíritu sobre toda carne

Vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán (Joel 3:1).

En conclusión, vemos que el Espíritu, en el Antiguo Testamento, mismo si no aparece claramente como una Persona, viene de Dios mismo como su aliento y penetra en lo más íntimo del hombre para transformarlo, renovarlo y hacerlo capaz de obedecer a las solicitudes de la Voluntad divina.

 

 

4. El Espíritu Santo anunciado en los Evangelios.

Antes recordemos los dos grandes eventos por los cuales el Espíritu Santo ya se había manifestado en el Nuevo Testamento y que hemos estudiado en las Primera y Segunda Partes.

La Anunciación.

El Ángel Gabriel había anunciado a la Virgen María: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Muy Alto te tomará bajo su sombra; es el porqué, el niño será santo y será llamado Hijo de Dios" (Lucas 1:35) Cuando el Espíritu Santo toma a la Virgen bajo su sombra, Aquel sobre Él cual reposa se hace presente en ella. Pues desde la eternidad, reposa sobre el Hijo (ver Isaías 61:1) Es el porqué, por su operación, la Virgen se torna embarazada (Isaías 7:14) del Hijo de Dios: "Dedo del Padre, el Espíritu Santo escribe la Palabra sobre el libro virgen que es el seno de María"; y la Palabra se hace Carne, el Espíritu Santo hace a María Theotokos — receptáculo de Dios — antes de hacerla Theotokos — "Madre de Dios."

El Bautismo

Juan Bautista había atestiguado: "He visto al Espíritu tal como una paloma descender del cielo sobre Él y morar sobre Él" (Juan 1:32; ver también Lucas 3:22; Marcos 1:10; Mateo 3:16) Jesús es el Cristo porque el Espíritu (la Unción) reposa sobre Él y los hace Cristo (Ungido): estando ungido del Espíritu, el Hijo va poder dárselo a los hombres; es también para traérselo que Se hizo hombre. Es lo que Jesús va a tratar de explicar a la Samaritana.

La Conversación Con la Samaritana: el Don de Dios.

El episodio de la conversación de Jesús con una mujer de Samaria se encuentra en el Evangelio de Juan (Juan 4:5-42) Es un relato muy bonito, de una gran riqueza espiritual.

Jesús ha partido de Judea, al sur, para ir a Galilea, al norte. Debe atravesar Samaria que separa ambos países. Llega a la ciudad de Sychar, "cerca del terruño dado por Jacob a su hijo José" está cansado y Se sienta sobre el brocal del antiguo pozo de Jacob, mientras que sus discípulos están en la ciudad para comprar provisiones. Es la hora sexta, es decir, cerca del mediodía, y hace mucho calor. El pozo es profundo y el agua es excelente, pero no tiene cabría. Cada uno tiene que traer su cuerda y su balde. Por lo tanto Jesús espera. Llega una Samaritana para sacar el agua, y Jesús le pide de beber. Entre los judíos y los samaritanos, hay que recordar, existía una gran animosidad, lo que explica la respuesta de la mujer: "¡Cómo, tú que eres judío, me pides a mí, una samaritana, de beber!" Jesús le responde: "Si tú supieras el Don de Dios y quién es quién te lo dice: dame de beber, serás tú la que le habría rogado y el te habría dado el agua viva." La mujer no expresa sorpresa ante esta extraordinaria frase, pero dentro de ella algo sucede y su tono cambia, de ahora en más llama a Jesús "Señor." Ella pregunta: "¿De donde la sacas a esta agua viva?" Jesús responde: "Cualquiera que toma de esta agua tendrá sed nuevamente; pero, cualquiera que beberá del agua que Yo le daré cesará de tener sed para siempre; el agua que Yo le daré se tornará en él una fuente surgiendo en vida eterna." La Samaritana desea beber de esta agua para no tener más sed, pero Jesús responde a su solicitud por una extraña orden: "Ve y llama a tu marido." La mujer está muy turbada y dice: "No tengo marido." Jesús le dice que tuvo cinco maridos y actualmente vive con un hombre que no es su marido. Ella no pretende negar la verdad: "Señor, veo que eres un profeta…" e inmediatamente, sin dudar, alza una pregunta que le parece primordial: "Nuestros padres han adorado sobre esta montaña y ustedes, ustedes dicen: que es a Jerusalén que hay que adorar." La respuesta de Jesús nos hace pasar, con la mujer de Samaria, de una manera fulgurante, del nivel de la controversia a aquel de la verdad divina: "Viene la hora donde no es sobre esta montaña, ni en Jerusalén que ustedes adorarán al Padre… pero, viene la hora — y estamos — donde los verdaderos adoradores adorarán al Padre en Espíritu y en Verdad… Dios es el Espíritu, y aquellos que lo adoran es en espíritu y en verdad que deben adorar."

¿Cuál es entonces esta agua viva que Jesús promete a la Samaritana? ¿Cuál es ese don de Dios del cual habla? Jesús mismo lo explicará en el Templo de Jerusalén, durante la festividad judía de las Tiendas o festividad de los Tabernáculos.

La Festividad de los Tabernáculos: el Agua Viva.

(Juan capítulo 7).

A la pregunta - ¿Qué es el agua viva? — Jesús responde durante un diálogo con el pueblo judío. Conmemoramos este evento en el medio del tiempo pascual, el miércoles de la semi-Pentecostés. En efecto, ese día, hemos llegado a la mitad de los cincuenta días que separan la fiesta de Pascua de aquella de la Pentecostés. A la Liturgia del día, leemos el pasaje del Evangelio de Juan que comienza con estas palabras: "estábamos en el medio de la festividad cuando Jesús subió al Templo y se puso a enseñar…" (Juan 7:14) El icono de la festividad además muestra a Jesús sentado en el medio de los doctores asombrados y comentándoles las Escrituras. Los judíos, ellos, celebran la festividad de las Tiendas en otoño: Por lo tanto, no hay coincidencia desde el punto de vista del calendario entre esta festividad y la festividad cristiana de la semi-Pentecostés, pero, hay entre las dos festividades sutiles relaciones en cuanto a sus temas. Todo el oficio de la media-Pentecostés es una meditación sobre la palabra que Jesús pronuncia un poco más adelante en el mismo capítulo del Evangelio de Juan: "El último día de la festividad, el gran día, Jesús, de pie, lanzó a plena voz: ¡Si alguien tiene sed, que venga a mí y beba, aquel que cree en mí! Según la palabra de la Escritura: ¡De su seno fluirán ríos de agua viva!" (Juan 7:37-39) es por estas mismas palabras que comienza la lectura del Evangelio del día de Pentecostés. y ninguna duda es posible sobre el sentido que hay que dar a esta "agua viva," pues Juan lo explica inmediatamente: "Él hablaba del Espíritu que debían recibir aquellos que creen en Él." El agua viva, el don de Dios, es pues, el Espíritu Santo. El Espíritu que reposa sobre el Hijo, el Hijo Lo da a los hombres. El Hijo de Dios, se hizo hombre para dar a sus hermanos el Espíritu: JESUS DA DIOS A LOS HOMBRES; es el porqué, por el Troparion de semi-Pentecostés, rezamos: "En el medio de la festividad, da, Salvador, a mi alma sedienta, a beber en las aguas de la verdadera alabanza."

Este Troparion expresa la sed fundamental del hombre. Toda la "economía del Hijo" es decir todos los grandes eventos salvadores de nuestra regeneración por el Cristo — Encarnación, Bautismo, Transfiguración, Pasión, Cruz, Resurrección, Ascensión — tendrán por meta contener esta sed preparando la llegada a la Pentecostés del Espíritu Santo: Este, en efecto, nos trae — a cada uno de nosotros en la Iglesia — todo lo que el Cristo ha obtenido para nosotros del Padre en cada etapa de Su vida terrestre; Jesús mismo, en efecto, dirá: "Es de mi bien que Él tomara para hacerlos partícipes" (Juan 16:14-15). Así se revela el lazo que une la acción del Cristo a la llegada del Espíritu: Lo que el Cristo adquirió, el Espíritu nos hace participes.

 

 

5. La anti-Pentecostés: la Torre de Babel.

Para abarcar toda la importancia de lo que el Espíritu traerá a los hombres el día de Pentecostés, hay que tomar conciencia del desconcierto del mundo: nos parece como insensato y desordenado, cual pedazos desparramados de un enorme rompecabezas del cual no se discierne mas ni la imagen, ni el sentido, pues la unidad fue quebrada. La revelación bíblica nos explica este estallido de un universo que el Creador había hecho cosmos — palabra griega que significa, orden, armonía, antes que significar también universo — por un relato que no se sitúa en absoluto en una cronología histórica, pero, que expresa una profunda verdad, pues ilustra las causas del desorden del mundo y remonta a sus raíces; es la historia de la Torre de Babel (Génesis, capítulo 11).

"La tierra entera todavía utilizaba el mismo idioma y las mismas palabras… ." Los hombres continuamente se desplazaban a la búsqueda de sus alimentos, y es así como llegaron a una llanura, la llanura de Shinear en la Mesopotamia (actualmente en Irak) la cual por la abundancia de su riqueza natural — grandes palmares a orillas del agua (el Tigris y el Eufrates) les aseguraba una subsistencia desahogada. Por lo tanto decidieron establecerse; pues, esta tierra, esta agua y este sol también les aportaron el descubrimiento del ladrillo: "Vamos, moldeemos los ladrillos y cocinémoslos en el horno" (Génesis 11:3), o sequémoslos al sol; el país les ofrecía otro material, el asfalto, en síntesis, todo lo necesario para edificar lindos edificios y construir una linda ciudad: esto será Babel o Babilonia (la cual se tornará al final del tercer milenio antes de Jesucristo en uno de los grandes centros de la civilización) Sus habitantes tenían un alto nivel cultural, y se enorgullecían de sus conocimientos técnicos. Los jardines colgantes de Babilonia serán una de las siete maravillas del mundo. Orgullosos de su ciencia, seguros de sí mismos, pensaban que eran capaces, por sí mismos, de llegar hasta el cielo. Por lo tanto emprendieron la construcción de "una torre, cuya cima penetrara los cielos"… "Hagámonos un nombre," decían ("El nombre" representa el renombre, la autoridad), con el fin de adquirir un poder divino que nos permitirá reinar sobre toda la tierra. Ya no necesitaban a Dios. Eran tan fuertes como Dios, tenían la Ciencia, habían reemplazado a Dios por su propio renombre.

Dios sonrió: "¡Eh, dijo el Señor, son todos un pueblo y un solo idioma, y esta es su primera obra; ahora, nada de lo que proyecten les será accesible! Vamos, descendamos y enredemos aquí sus lenguas, que no se entiendan más los unos a los otros" (Génesis 11:6-7). Los hombres "cesaron de construir la ciudad" y "el Señor los dispersó por toda la faz de la tierra"; también se le dio a la ciudad el nombre de Babel (de Balal = confundir, enredar, sobrenombre irónico de Babilonia, que en realidad significaba "puertas de dioses"). "Pues, es ahí que el Señor enredó la lengua de toda la tierra y es ahí donde el Señor dispersó a los hombres sobre toda la superficie de la tierra" (Génesis 11:9).

De esta manera nos encontramos dispersos por el mundo, separados los unos de los otros; nadie se comprende más; razas y naciones; clases sociales e ideologías se odian, combaten y se matan. Hasta en el interior de una misma familia no hay comunicación: hombres y mujeres; padres e hijos; a menudo se tiene la impresión que se yergue una barrera entre ellos. Cada uno se encierra en la jaula de su egoísmo: "No me comprenden" (¿Tratas tú de comprender a los otros?). Alcohol, droga, libertinaje sexual, psicosis de muchedumbres… Tantos métodos artificiales por los cuales el hombre intenta salir de su aislamiento, de quebrar este muro que aprisiona a su persona: esfuerzos vanos que desembocan en una desesperanza aún más negra. La sociedad es como una rueda de la cual se le habría sacado el cubo: los rayos han estallado y la rueda no gira más. No va más. Sin el Creador — que es el cubo de la sociedad — los hombres no pueden comunicarse más entre ellos, ni integrarse a la Creación: el orgullo de Babel ha quebrado la unidad de los hombres y la armonía del mundo; el medio ambiente polucionado es arrastrado por el hombre en su caída.

Si el hombre se ha separado de esta manera de Dios, no obstante Dios, bien que haga descubrir al hombre todas las consecuencias de su orgullo y de su egoísmo y lo deja explorar el fondo de su abismo y de su desamparo, sin embargo no lo ha abandonado: emprendió la recreación del mundo caído, emprendió una "nueva creación" que se hace, si se puede decir, en dos tiempos:

Envió a su Hijo, quién, haciéndose hombre por la Encarnación; clavando en la cruz los vicios del antiguo hombre, resucitando la naturaleza humana caída, exaltándola hasta el cielo por su Ascensión, a creado un Hombre nuevo, el Nuevo Adán; Jesucristo; Dios y hombre.

Para que cada uno de nosotros y todos los hombres juntos nos pudiéramos injertar sobre este nuevo Hombre, y "llegar todos juntos a constituir este hombre perfecto que realiza la plenitud del Cristo" (Efesos 4:13). Envía a su Espíritu Santo: es la Pentecostés

 

6. La Pentecostés.

Era el cincuentavo día (en griego: pentekoste) después de la Pascua judía, pero, también el cincuentavo día después de la Resurrección del Cristo.

Era el día donde los judíos conmemoraban con una gran fiesta la entrega de las tablas de la Ley a Moisés en el Sinaí; Jerusalén también estaba llena de extranjeros, judíos llegados de todos los países conocidos en aquel entonces — se los denominaba la "Diáspora" — para celebrar la fiesta.

Unos días antes, los discípulos "reunidos en un número aproximado de ciento veintisiete personas" alrededor de los Apóstoles y de la Madre de Jesús habían procedido, bajo la propuesta de Pedro, al reemplazo de Judas para la elección de un doceavo Apóstol: habían presentado dos discípulos — Justo y Matías — que habían acompañado a los Apóstoles desde el bautismo de Juan hasta el día de la Ascensión y, por lo tanto, podían ser testigos de su resurrección; después de orar para que el Señor "muestre cual de los dos había escogido," se tiró a la suerte, y la suerte designó a Matías.

Estos discípulos esperaban en Jerusalén, como Jesús les había prescrito, la llegada de este "otro Consolador" que Jesús les había prometido antes de su Ascensión. Espera llena de una alegre esperanza. Iban por fin a conocer Aquel del cual Jesús había dicho: "Vale más para ustedes que Yo parta, pues si no parto el Consolador no vendrá hacia ustedes; pero si parto se lo enviaré" (Juan 16:7). Puesto que Jesús había partido, puesto que desde ahora en más estaba sentado a la diestra del Padre (Marcos 16:19), iba ahora a mantener Su promesa.

Era pues el día donde Moisés les dio la Ley que Jesús vino a darles el Espíritu, pues "la Ley fue dada por intermedio de Moisés, la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo" (Juan 1:17).

El día de la Pentecostés, estaban pues todos juntos en el mismo lugar, cuando de golpe vino del cielo un ruido tal como el de un fuerte viento, que llenó toda la casa donde estaban. Vieron aparecer lenguas que se hubiera dicho de fuego, ellas se dividieron y se posaron sobre cada uno de ellos. Entonces, todos fueron llenos de Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas según el Espíritu les daba para expresarse. Pues, había, residiendo en Jerusalén, hombres piadosos llegados de todas las naciones que están bajo el cielo. El ruido que se hizo, la muchedumbre se reunió y fue trastornada pues cada uno escuchaba hablar su idioma. En su estupor y su asombro, decían: "Estos hombres que hablan, ¿no son todos los galileos? ¿Cómo puede ser que cada uno de nosotros los comprenda en su idioma materno… judíos y prosélitos, cretenses y árabes, los escuchamos publicar en nuestro idioma las maravillas de Dios?" Todos estaban estupefactos y se decían desconcertados el uno al otro: "¿Qué puede ser esto?" Otros, aún más, decían burlándose: "Están llenos de vino dulce" Entonces Pedro, de pie con los once, elevó su voz y les dirigió estas palabras: "Hombres de Judea, y todos ustedes que residen en Jerusalén, aprendan esto, presten oído a mis palabras. No, esta gente no está ebria como ustedes lo suponen: pues esta es la hora tercera del día (= nueve de la mañana). Pero es bien lo que dijo el profeta Joel: "Se hará en los últimos días, dijo el Señor, que expandiré de mi Espíritu sobre toda la carne… y haré aparecer prodigios antes que venga el Día del señor, este gran Día, y cualquiera que invoque el nombre del Señor será salvado" (Hechos 2:1-8; 11-17; 19-21).

Y Pedro de exaltar el nombre de Jesús el Nazareno "este hombre… ustedes lo han tomado y hecho morir clavándolo a la cruz por las mano de impíos (los romanos); pero Dios lo ha resucitado, liberándolo de las congojas de la muerte (textualmente: del "Hades")… David ha visto de antemano y anunciado la resurrección del Cristo (Salmo 15 [16]) quién en efecto no fue abandonado al Hades y por lo tanto la carne no vio la corrupción: Dios lo ha resucitado, este Jesús; nosotros todos somos testigos, y ahora exaltado por la diestra de Dios, Él ha recibido del Padre el Espíritu Santo objeto de su promesa y Lo ha expandido: es ahí que ustedes ven y escuchan… Que toda la Casa de Israel lo sepa pues con certeza: Dios lo hizo Señor y Cristo, este Jesús que han crucificado… Arrepiéntanse, que cada uno de ustedes se haga bautizar en el nombre de Jesucristo para la remisión de los pecados y ustedes pues recibirán el don del Espíritu Santo, pues para ustedes es la promesa, así como para sus hijos y para todos aquellos que están en la lejanía"… "Por lo tanto ellos, acogiendo su Palabra se hicieron bautizar: Se han agregado ese día alrededor de tres mil almas" (Hechos 2:22-24;31-32; 36; 38-39; 41).

Tal es el relato de la Pentecostés que nos hace Lucas en el segundo capítulo de los Hechos de los Apóstoles y que evocamos con reconocimiento cantando el Troparion de la Pentecostés:

¡Tú eres bendito, oh Cristo nuestro Dios

Tú que llenas de sabiduría a los pescadores del lago

Enviándoles el espíritu Santo.

Por ellos, has tomado en las redes al universo.

Gloria a Ti, oh Amigo del hombre!

(Troparion de la Pentecostés — tono 8).

Este relato, sin duda, nos lleva a plantearnos una cierta cantidad de preguntas que nos permitirán de profundizar y meditar el texto bíblico.

Novicio: En efecto, tengo un montón de preguntas para hacer. Para empezar, ¿Por qué el Espíritu Santo tomó el aspecto de "lenguas de fuego"?

Maestro: Con la lengua se habla; la lengua de fuego representa de cierta manera la lengua de Dios: el discípulo sobre quién ella se posa, anunciará pues la Palabra de Dios. Se torna portador de esta Palabra luego del descenso del Espíritu. Es el porqué inmediatamente Pedro se pone a anunciar la Resurrección del Cristo, mientras que los otros "publicaban las maravillas de Dios."

Novicio: ¿Porqué esta dicho que "las lenguas se dividían y se poso una sobre cada uno de ellos?"

Maestro: El don del Espíritu Santo es personal, es decir que es recibido personalmente por cada uno de los discípulos. Sin embargo hay Un solo Espíritu Santo. Es el mismo Fuego divino que desciende sobre todos (recuerda el Fuego del cielo quién en tiempos de Elías descendió sobre su ofrenda), pero Se divide para mostrar que cada uno recibe este único Espíritu.

Novicio: ¡En Babel, también fueron divididas las lenguas!

Maestro: ¡Justamente! Lo que pasa en la Pentecostés, es todo lo contrario de lo que había pasado en Babel.

En Babel por orgullo, son las lenguas de los hombres que se han dividido, de manera que estos que no se entienden mas y son ellos mismos divididos, separados y dispersados.

A la Pentecostés, es el Don de Dios que se divide para esparcirse sobre cada uno y reunirlos a todos: de ahora en más los hombres que han recibido el Espíritu Santo anuncian todos la misma Palabra, la Palabra de Dios, y se hacen comprender por todos los hombres porqué hablan todos los idiomas. Las barreras lingüísticas son vencidas por la única Palabra de Dios que se torno comprensible a todos por el don de los idiomas. Es lo que explica el kontakión de la Pentecostés: "Cuando Él descendió para confundir los idiomas, el Muy Alto dispersó a los gentiles; cuando Él repartió las lenguas de fuego, nos llamó a todos a la Unidad. De una misma voz loemos al Espíritu Muy Santo."

Novicio: ¿Por qué las lenguas de fuego no han descendido sobre todos los hombres pero solamente sobre los discípulos?

Maestro: Ellas han descendido sobre aquellos que Jesús había preparado a recibir el Espíritu Santo, sobre aquellos que estaban reunidos en un solo corazón (versículo 14) por la fe al Señor Jesús resucitado: hay que creer al Donante para recibir el Don. El Espíritu no bajó sobre el mundo — "Pues el mundo no lo puede recibir porque no lo ve ni lo conoce" (Juan 14:17). — Él ha descendido sobre aquellos que el Señor Jesús había reunido porqué han creído en Él. Descendió sobre la Iglesia. Don personal, cierto, que cada uno recibe, pero cuando todos están juntos — justamente "el día de la Pentecostés, se encontraban todos juntos" (Hechos 2:1) — sufren un cambio radical: de golpe toman conciencia de la Palabra de Dios en su seno y se ponen a publicar en todos los idiomas las maravillas de Dios. De donde el discurso de Pedro anunciando con audacia la Resurrección del Crucificado a los mismos crucificadores.

La Pentecostés continua. El descenso del Espíritu Santo desde ese momento se perpetúa, viniendo a consagrar a los testigos de la Resurrección del Cristo, hasta el fin de los tiempos, como atestigua san Simeón el Nuevo Teólogo del siglo Xº:

He escuchado de un sacerdote monje que entró en confidencia conmigo que no había procedido a los Actos litúrgicos sin haber visto al espíritu Santo, como lo había visto cuando el Metropolitano pronunció sobre él la oración de la iniciación y que el Libro sagrado fue posado sobre su cabeza, le pregunté, ¿Cómo lo había visto, bajo cual imagen? Él dijo: "Primitivo y sin forma, sin embargo como una luz" y cuando yo mismo he visto lo que no había visto antes, fui sorprendido y empecé a razonar en mi mismo diciendo: "¿Qué es lo que puede haber sido?" Entonces, misteriosamente, pero de una voz clara, Él me dijo: "Yo desciendo de esta manera sobre todos los Profetas y Apóstoles, como sobre todos los elegidos actuales de Dios y los Santos; pues Yo soy el Espíritu Santo."

Y bien, esta asamblea de los testigos de la Resurrección del Cristo, estos elegidos actuales de Dios que consagra el Espíritu Santo, es lo que la Iglesia, y cada uno de nosotros es llamado a ser uno de los elegidos. La Iglesia es la Pentecostés que continúa.

 

7. La Iglesia.

Lo que la Iglesia no es.

Novicio: Yo, simplemente pensaba que la Iglesia era la casa de Dios.

Maestro: No. La casa de Dios (en griego naos derivado de naus = nave) es el edificio o templo que acoge a la Iglesia. Un edificio está hecho de piedra y las piedras son cosas, pero la Iglesia está hecha de hombres y mujeres — y también de ángeles — "de piedras vivientes" como nos dice Simón-Pedro (1 Pedro 2:5): estaba bien ubicado para decírnoslos, él justamente al cual el Señor Jesús había dado el sobrenombre de "Piedra." Después, en efecto, que Simón haya dicho a Jesús: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo" (mateo 16:16), Jesús lo llama a tornarse "Piedra viviente" apoyada sobre la "Piedra angular que es el Cristo mismo (1 Pedro 2:6-7). Jesús pues le había dicho: "Tú eres Pedro y sobre esta piedra (es decir tú reconociéndome como Cristo Hijo de Dios) edificaré mi Iglesia" (Mateo 16:18), Iglesia que por consecuencia estará hecha de todas las piedras vivientes las cuales, siguiendo el ejemplo de Simón-Pedro, creerán en Él como Cristo y como Dios.

Novicio: ¡Ah! Comprendo: la Iglesia es el conjunto de los Apóstoles, de los obispos y de los sacerdotes que continúan la obra del Cristo.

Maestro: ¡Pero, no! Un obispo no es obispo que cuando es el obispo de un pueblo de una ciudad. No puede ser obispo solo, como una cabeza no puede existir sin un cuerpo. Lo mismo, un sacerdote debe estar al servicio de una parroquia o de un monasterio. Un padre no es padre que si es padre de hijos.

Lo Que Es.

La Iglesia es la Asamblea de todos los discípulos del Señor Jesús — que todavía estén sobre la tierra o ya en la Casa del Padre — reunidos alrededor del Maestro. Por lo demás la palabra Iglesia es derivada de la palabra griega ekklesia que servía en Atenas de la antigüedad a designar la Asamblea de los ciudadanos.

Novicio: Pero, puesto que el Maestro ha subido al cielo, ¿cómo sus discípulos sobre tierra pueden estar reunidos alrededor de Él?

Maestro: Ahí donde está el Espíritu Santo, ahí también está el Hijo; ¿has ya olvidado la promesa del señor Jesús en el momento de su Ascensión: "Estaré con ustedes hasta el final de los tiempos" ¿Pues, como está con nosotros? Por Su Espíritu Santo, pues Este, ya lo hemos dicho, "nos recuerda todo lo que Jesús nos ha dicho" (Juan 14:26), nos hace "ser parte" de todo lo que está en Jesús (Juan 16:15) y "rinde testimonio de Él" (Juan 15:26). El Espíritu Santo hace al Cristo presente. Cuando el Espíritu ha descendido sobre la Asamblea de creyentes el día de Pentecostés, esta Asamblea se torno el sitio de la presencia de la Palabra, se torno la Iglesia.

Novicio: Quiero que me expliques mejor esto

Maestro: La Pentecostés, es como la Anunciación, y la Iglesia es como la Virgen María.

Novicio: ¿Cómo?

Maestro: el día de la Anunciación, "por la operación del Espíritu Santo" (Mateo 1:18), "la Palabra se hizo carne" (Juan 1:14) dentro del seno de la Viren María y Jesús fue concebido.

El día de Pentecostés, por la operación del mismo Espíritu Santo bajo la forma de lenguas — las lenguas, está hecho para hablar — la misma Palabra viene a habitar dentro del Seno de la Iglesia y la Iglesia se puso a hablar la Palabra de Dios, a anunciar la Resurrección: la Iglesia lleva la Palabra y anuncia la Palabra como la Virgen la ha llevado y dado a luz. y esta Palabra es Alguien, es el Logos (el Verbo), es Dios que nos habla, es el Hijo presente en la Iglesia, como fue presente dentro del Seno de la Virgen.

Es así desde la Pentecostés, el Espíritu Santo hace la Iglesia, es decir, transforma una asamblea de creyentes en el sitio de la Presencia del Cristo resucitado. "Yo les digo en verdad… Que dos o tres están reunidos en mi Nombre, estaré en medio de ellos" (Mateo 18:20).

Ahí donde esta la Iglesia, también ahí está el Espíritu de Dios, y ahí donde está el Espíritu de Dios, ahí está la Iglesia y toda su gracia.

San Ireneo

La Iglesia es un todo, bien que se extienda a lo lejos en una multitud de iglesias que crecen a medida que Ella se torna más fértil. Hay muchas iglesias, sin embargo no hay más que una Iglesia.

San Cipriano de Cartago

Un hombre no puede tener a Dios por Padre, si no tiene a la Iglesia por Madre.

San Cipriano de Cartago

La Iglesia es más grande que la tierra y el cielo; es un mundo nuevo teniendo al Cristo por sol.

San Ambrosio

El Cuerpo del Cristo al cual los cristianos están unidos por el bautismo se torna la raíz de nuestra resurrección y de nuestra salvación.

San Atanasio

La Iglesia es el paraíso terrestre dentro del cual el Dios del cielo reside y se mueve.

Germán, patriarca de Constantinopla

La Iglesia (…) esta gran bahía por la cual el Sol de Justicia penetra en el mundo de tinieblas.

Nicolás Cabasilas

La Iglesia sola es del cielo.

Khomiakov

La Iglesia del Cristo no es una institución, es una vida nueva con el Cristo dirigida por el Espíritu Santo.

P. Boulagakoff

La Iglesia es el centro del universo, el medio en el cual se deciden sus destinos.

Vladimir Lossky

En la opacidad del mundo caído, la Iglesia es la brecha abierta por la Cruz triunfal, y por esta brecha el amor trinitario no cesa de derramarse en la luz de la Resurrección.

Olivier Clement

La Iglesia es la entrada dentro de la vida resucitada del Cristo, comunión a la vida eterna.

P. Alexandre Schmemann

La Iglesia es la figura y el signo del reino de Dios, por que el reino comienza a realizarse, como un germen y un fermento, dentro de la Iglesia de este tiempo.

Mgr. Ignace Hazim

La Iglesia tal cual parece ser y tal cual deberia ser.

Novicio: Todo aquello, es muy bonito; pero cuando voy a la iglesia me encuentro con gente que, después de haberse persignado varias veces, hablan mal de sus vecinos; y cuando mis padres hablan de la Iglesia, lo mas corriente es para contar historias de curas que se pelean. Entonces, ¿dónde está el Espíritu Santo en todo esto, y como creer que el Cristo vive en medio de esta asamblea de hipócritas?

Maestro: Si hubieras estado en Jerusalén el Viernes santo cuando Pilatos presentó a la muchedumbre al Cristo todo cubierto de sangre y de escupitajos, tu habrías dicho que Era feo: "Las multitudes habían estado espantadas con su vista, tan desfigurado estaba su aspecto. No había más apariencia humana… objeto de desprecio y desecho de la humanidad… como aquellos delante de los cuales ocultamos el rostro" (Isaías 52:14; 53:3); de esta manera Isaías describía anticipadamente al Mesías sufriente. Llevaba sobre su Rostro toda la fealdad del mundo. Eran los escupitajos de los hombres que lo desfiguraban, no obstante era bien Él, el Cristo, el único Santo. Y bien, es lo mismo en Su Iglesia. Ella es fea por todos nuestros escupitajos, de todas las mezquindades, de todos los crímenes, de todos los pecados de los hombres que la componen, tú y yo incluidos; sin embargo en Ella se esconde el Cristo, sobre Ella vuela el Espíritu. La Iglesia es "Emmanuel," es decir "Dios está con nosotros," Dios aceptando estar en el medio de los pecadores, los publicanos y las prostitutas. "No son los sanos, pero los enfermos los que necesitan un médico" decía el Señor Jesús cuando lo criticaban porque se sentaba a la mesa de los pecadores.

Novicio: Yo creo en Dios, creo en Jesucristo, no creo en la Iglesia.

Maestro: Entonces persigues a Dios en el cielo. El Dios de los cristianos es Dios hecho hombre, Dios entre nosotros, Dios escondiéndose en medio de los pecadores para curarlos; Dios obrando y haciéndose conocer por aquellos mismos a los cuales ha venido a salvar, y que no cesan de caricaturizarlo; en medio de los cuales, sin embargo, hace resonar su Palabra y a través de los cuales manifiesta Su Amor. Es Dios en el establo de Belén, es Dios crucificado entre dos ladrones — "ha Sido confundido entre los pecadores" (Isaías 53,12), reprobado entre los reprobados. Si no sabes reconocer al Santo escondido entre los pecadores de Su Iglesia y en el oprobio de su Pasión, tu no podrás encontrarlo en la Gloria de su Advenimiento.

Cuando se dice en el Credo "Creo en una única Iglesia, santa, católica y apostólica," no es lo que se ve en lo que se cree. Es lo que un historiador, o un sociólogo no creyente puede describir cuando describe a la Iglesia, no es objeto de fe. No hay necesidad de la fe para constatar lo que se ve. "Porque tu me ves, crees. Bienaventurados aquellos que creerán sin haber visto" (Juan 20:29). El cliché que reproduce la apariencia de la Iglesia en tal lugar o en tal época no constituye su ser verdadero y no permite definirla.

Lo que es objeto de fe, es lo que se cree, es una palabra o una promesa de Dios. Lo que define la Iglesia es la Palabra Creadora del Señor el Cristo. Y la fuerza santificadora del Espíritu que realiza esta Palabra: es porqué la Iglesia es santa en despecho de los pecados de sus miembros.

Hay que comprender bien que la Palabra del Creador constituye el ser de las creaturas. Cuando Dios dice, las cosas son. (Por ejemplo: "Que la luz sea y la luz fue"). De donde esta frase reveladora del Oficio de los difuntos: "Es Tu Palabra Creadora que ha constituido mi principio y mi substancia" Filareto de Moscú (citado por Florovsky) expresa magníficamente este pensamiento: "Las creaturas están posadas sobre la palabra creadora de Dios, como sobre un puente de diamante, sobre el abismo de la infinidad divina, sobre el abismo de su propia nulidad" Lo que constituye el ser profundo de un hombre, es el proyecto de Dios para él, es su vocación: un hombre es realmente si mismo cuando realiza los designios de Dios. Cuando Jesús da a Simón, hijo de Jonás, su sobrenombre de Pedro, le dice lo que quiere Dios que él sea: su llamado, su vocación, definen su ser. Tú eres realmente lo que Dios quiere que seas. No es la fotografía tomada durante la construcción de un edificio — cuando todavía le faltan el techo y los tabiques — que lo define, pero el plano del arquitecto que concibió el edificio. Es lo mismo con la Iglesia: es lo que Dios la llama a ser lo que la define y constituye su verdadero ser. En el curso de la historia de la Iglesia, las mezquindades y los pecados de los hombres de la Iglesia pasan: solo permanece la Palabra de Dios la cual ni poco ni mucho jamás cesa de hacerse entender a través de los oficios y las predicaciones. A través de la mediocridad humana de los miembros de la Iglesia, la Palabra de Dios permanece el elemento permanente en la vida de la Iglesia, y es Ella quién en definitiva la informa, le da forma y condiciona su desarrollo. Es lo que dice el mismo Dios a través de la palabra de su profeta Isaías: "Como la lluvia y la nieve descienden de los cielos y no ascienden sin haber regado la tierra, haberla fecundado y hecho germinar para que ella de la semilla a los sembradores y el pan comestible, lo mismo la Palabra que sale de mi boca no retorne sin resultado, sin haber hecho lo que yo quería y lograr su misión" (Isaías 55:10-11).

Para saber realmente lo que es la Iglesia, necesitamos, no simplemente describir lo que ella aparenta ser en tal parroquia, tal diócesis o tal país, en tal o cual época, pero estudiar lo que su Creador dice de ella. En efecto, por la acción permanente del Espíritu Santo y en despecho de los obstáculos que el pecado de los hombres aporta periódicamente, retardando la realización del plan divino, la Palabra de Dios jamás cesa de ser creadora y de realizar lo que Dios dice. Los santos que festejamos el domingo luego de la Pentecostés son la cadena de oro que manifiesta la efectividad de esta palabra viviente (Isaías 55:10-11).

Pues la Palabra de Dios llama a la Iglesia a tornarse:

La Esposa del Cristo

El Cuerpo del Cristo

La Iglesia, Esposa del Cristo.

El lazo casi conyugal que une a Dios con su pueblo, la voluntad de Dios para hacer de la Iglesia la Esposa de Su Cristo, se expresa de un extremo al otro de la Biblia.

En El Antiguo Testamento, Dios Se Presenta Como El Cónyuge De Su Pueblo.

Este tema ha sido desarrollado sobretodo por el profeta Oséas, se trata de las relaciones que unían Dios a Israel y que anuncian y preparan aquellos que unirán al Cristo a la Iglesia. San Pablo, en efecto, subraya la continuidad existente entre "Israel según la carne" (1 Corintios 10-18) e "Israel de Dios" (Gálatas 6:16).

Escuchen, pues, como se expresa la ternura infinita de Dios para su Pueblo por la boca del profeta:

Yo te desposaré para siempre,

Te desposaré en la justicia y el derecho,

En la ternura y en el amor:

Te desposaré en la fidelidad,

Y tú conocerás al Señor. (Oséas 2:19-20).

Israel ya está presente como la Esposa del Señor. Pero Oséas no se hace ilusiones sobre la calidad de la esposa: ya aparece la diferencia entre la realidad social y el plan de Dios: "Mujer amada por su cónyuge y sin embargo adúltera" (Oséas 3:11), Israel es bien la esposa de su Señor, pero una esposa adúltera: "Acusen a vuestra madre, acúsenla pues no es más mi mujer y no soy más su marido. Que ella destierre de su rostro sus prostituciones, y de entre sus senos sus adulterios" (11:7). Sin embargo la esposa Israel tiene a bien traicionar a su Señor, Este continúa amándola con una consternadora y divina ternura, a corregirla, atraerla hacia Él, a santificarla con su Amor: "Yo, sin embargo, enseñaba a caminar a Efraín, lo tomaba en mis brazos… Lo guiaba con suaves ataduras, con las uniones de amor, era para ellos como aquel que alza al lactante contra su mejilla, me inclinaba sobre él y le daba a comer" (Oséas 11:3-4)… "¿Cómo abandonaría a Efraín?.. Mi corazón en mí da vueltas, todas mis entrañas se estremecen, no daré curso al ardor de mi cólera, no destruiré más a Efraín, pues soy Dios y no un hombre. En el medio de ti Yo soy el Santo y no me gusta destruir" (Oséas 11:8-10).

En el Nuevo Testamento, esta unión de amor, esta intimidad conyugal entre Dios y su pueblo se van a precisar y expandir.

En los Evangelios, Jesucristo Es el Esposo.

Dos parábolas relatadas por el Señor Jesús mismo van a revelarnos que es por su Hijo que Dios se hará el Esposo de su pueblo, y van a permitirnos a acercarnos mejor del Esposo de la Iglesia.

La parábola del festín de las nupcias (Mateo 22:11-13).

Esta parábola compara al Reino de los Cielos con el festín de las nupcias que hizo un Rey para su Hijo. Los invitados a las nupcias no queriendo ir, el Rey dice a sus servidores: "Las nupcias están listas; pero los invitados no eran dignos; vayan pues, a la salida de los caminos e inviten a las nupcias a todos aquellos que puedan encontrar. Los servidores partieron por los caminos, juntaron a todos aquellos que encontraron, los malos como los buenos, y la sala de las nupcias se llenó de convidados" (22:8-10). No son más los invitados privilegiados que son convidados en las nupcias, estas no están limitadas al pueblo elegido: los malos como los buenos son invitados; de ahora en más todos los hombres son llamados para entrar en la intimidad de Dios, quién quiere "que todos los hombres vengan a la salvación y al conocimiento de la Verdad" (1 Timoteo 2,4). Si, en efecto, la Esposa no es nombrada, ella es representada por todos los invitados. Sin embargo, se pide a estos invitados de vestirse con la vestimenta de las nupcias. En efecto, uno de los convidados, abusando de la bondad del Rey, se presenta sin la vestimenta de nupcias: "Amigo mío, le dice el Rey, ¿cómo has entrado aquí sin tener la vestimenta de las nupcias?" El otro quedó mudo. Entonces el Rey dijo a sus pajes: "Tírenlo, atado de pies y manos, en las tinieblas."

¿Cuál es pues, esta vestimenta de nupcias, de la cual todo invitado debe ponerse para presentarse ante el divino Esposo? ¿Cómo pues, mismo un "malo" puede acceder a la cámara nupcial si se viste? Es el magnífico "exapostilario" del oficio del Esposo que cantamos al principio de la Semana santa que nos dará la respuesta: "Tu cámara nupcial, oh mi Salvador, yo la contemplo; ella esta toda ornada pero no tengo la vestimenta para entrar; pues, ilumina mi túnica de mi alma, oh Tú que das la Luz y sálvame."

Es una "vestimenta de luz" que nos hace falta recibir, el Don de Dios, el Espíritu Santo dado gratuitamente a aquellos que ponen su confianza, su fe en Cristo, el Dador. Al Etíope que pedía al diácono Felipe: "¿Qué es lo que impide que yo sea bautizado?" Felipe respondió: "Si tu crees de todo tu corazón, es permitido" Este respondió: "Yo creo que Jesucristo es el Hijo de Dios" (Hechos 8:37).

Es creyendo con todo nuestro corazón, teniendo una confianza total en la misericordiosa generosidad del Cristo Salvador que recibimos de Él, cualesquiera que fueran nuestros pecados pasados, el baño de luz, el don del Espíritu, que hace de nosotros miembros de la Iglesia y nos permite de penetrar en la intimidad de la cámara nupcial. La Salvación es esta unión conyugal de los creyentes — mismo si fueran los "malos" — con el Cristo-Dios su Rey bienamado.

Pues, esta unión se hace en la ocasión de un festín, de un banquete, de una comida celestial; esta comida, nosotros participamos por anticipación en el curso de "Cena mística," de la misteriosa comida que tomamos en la Mesa del Reino, cuando comulgamos del Cuerpo de nuestro Señor y de su Sangre tan preciosa durante la divina Liturgia. Jamás olvidemos que esta es esencialmente un reencuentro amoroso entre el Cristo y su pueblo. Pero el casamiento, si se puede decir, no está todavía consumado, es lo que nos va a recordar…

La parábola de las diez vírgenes (Mateo 25:1-13).

El Esposo de la Iglesia, en efecto, tarda en llegar. Había diez vírgenes que estaban designadas para recibirlo; ellas debían escoltarlo con las lámparas encendidas en la sala nupcial. Cinco de entre ellas eran necias; ellas se dijeron: "Es tarde, el esposo no vendrá más," y se durmieron, dejando que sus lámparas se apaguen por falta de aceite. Tal son los hombres que dicen hoy: "He aquí dos mil años que esperamos el segundo Advenimiento del Señor, su regreso prometido a los apóstoles el día de la Ascensión. No creemos más, no es verdad…"

Pero las cinco restantes jóvenes eran sabias; ellas sabían, que el Esposo mismo si tardaba Él mantendría la palabra. Entonces antes de dormirse, fueron a proveerse de una reserva de aceite en unos frasquitos.

En el medio de la noche, se escuchó un grito: "¡He aquí el Esposo que llega!" y las vírgenes sabias, de un salto, se levantaron y llenaron sus lámparas, que ellas tenían encendidas, para recibir al Esposo. Las necias dijeron a las sabias: dennos de su aceite pues nuestras lámparas se están apagando, pero estas respondieron: "Sin duda no habrá suficiente para nosotras y para ustedes ; mas bien vayan a los comerciantes y cómprense para ustedes. Habían partido a comprar, cuando llegó el Esposo; las que estaban listas entraron con Él en la sala nupcial, y la puerta se cerró. Finalmente las otras vírgenes llegaron y dijeron: "Señor, Señor, ábrenos" Pero respondió: "En verdad les digo que no las conozco."

No es hasta el fin de los tiempos que el Cristo volverá: "No sabemos ni el día ni la hora"; por consiguiente debemos a cada instante estar listos para recibir nuestro Bienamado con la lámpara de nuestros corazones iluminados sin cesar por la luminosa presencia del Espíritu Santo. Descubramos ardientemente esta Presencia adorable como lo único necesario y conservémosla más preciosamente que ninguna realidad creada. ¿De que nos servirá ganar el mundo entero si perdemos "Aquel que será nuestra vida? (Colosenses 3:4).

Esta parábola, la vivimos con una intensidad particular al principio de la Semana santa cuando cantamos:

He aquí llega el Esposo a la medianoche, bienaventurado el servidor que Él encuentra despierto; indigno es aquel que Él encuentra adormecido. Oh alma mía cuídate de abandonarte al sueño, por temor de ser librado a la muerte y desterrado del reino; pero despiértate clamando: Santo, Santo, Santo Tú eres nuestro Dios, por la Virgen Tu Madre ten piedad de nosotros.

El Cristo ya es el esposo de la Iglesia, pero todavía se esconde bajos los rasgos del Crucificado y se necesita fe para reconocerlo. Es cuando volverá con gloria que Él aparecerá a todos como el divino Esposo y que conducirá en la sala nupcial aquellos que lo habían reconocido, escondido en medio de los pecadores de su Iglesia.

En la Epistola de los Efesios, la Iglesia Es Revelada Como Esposa del Cristo.

Hay una progresión en la revelación. Oséas ya designaba a Dios como desposado a su pueblo; Jesús no revela en Sus parábolas que es Él mismo que Dios se torna en el Esposo esperado; pero, es la Epístola a los Efesios que la Esposa será por la primera vez especialmente designada como la Iglesia. El autor de la Epístola, en efecto, compara el amor del hombre por su mujer a aquel de Cristo por la Iglesia. No lo hace solamente para profundizar el sentido del matrimonio humano, pero sobretodo para ilustrar el misterio de la Iglesia: "Los dos no harán que una sola carne: este misterio es grande, lo digo por el Cristo y la Iglesia" (Efesos 5:31-32). La Iglesia no hace pues que una sola carne con el Cristo. Por lo tanto no es individualmente que estamos unidos al Cristo, pero, "todos juntos debemos tornarnos a hacernos uno," y esta unidad debe realizar "la plenitud del Cristo" (4:13). Es decir que somos llamados a una doble unidad: unidad entre nosotros, unidad con el Cristo. Es en Él que somos unidos entre nosotros y es estando unidos entre nosotros que nos volvemos uno con Él. No se puede ser cristiano solo; no podemos ser conocidos por Dios — en el sentido fuerte del término empleado para decir que un hombre "conoce" una mujer — fuera de la comunidad, fuera de la Iglesia: es en comunidad,en Iglesia — porque nos amamos los unos a los otros - que podemos entrar en comunión, en unión íntima con nuestro Señor y nuestro Dios. Todos juntos, somos la Iglesia y todos juntos somos una sola carne con el Cristo.

He aquí revelado el misterio de la Iglesia, he aquí los dos grandes mandamientos de la Antigua Alianza "a los cuales se relacionan toda la ley y los profetas" (Mateo 22:40). "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con tu alma, con toda tu fuerza y con todo tu espíritu" (Deuteronomio 6:5) y "Amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Levítico 19:18), llevados hasta su último cumplimiento para los esponsales del Cristo-Dios con su Iglesia.

Tal es la voluntad del Señor: quiere presentarla, a su Iglesia, "toda resplandeciente, sin mancha ni arruga, pero santa e inmaculada" (Efesos 5:27). Pero sabe bien que todavía no es así; he aquí a lo cual la llama, he aquí en lo que ella se debe tornar, he aquí lo que Él la hace tornarse, pues, "Se ha entregado por Ella con el fin de santificarla, purificándola por el baño de agua que una Palabra acompaña" (Efesos 5:25-26): La Palabra que define el ser de la Iglesia se acompaña del baño del Espíritu Santo que cumple esta Palabra. Pero este cumplimiento toma tiempo, la creación de la Iglesia, por la Palabra y el Espíritu, no será cumplido que al fin de los tiempos; es lo que nos dirá el Apocalipsis.

En el Apocalipsis la Iglesia Aparece en Su Esplendor Cumplido: la Jerusalen Celeste.

"Luego he visto un cielo nuevo, una tierra nueva — en efecto, el primer cielo y la primera tierra han desaparecido; y mar no hay más, y he visto la Ciudad santa. Ella está hecha bella como una joven esposa engalanada para su esposo. Entonces escuche una voz clamar desde el trono: "He aquí la morada de Dios con los hombres. Él tendrá su morada con ellos, ellos serán su Pueblo y Él. Dios con ellos, será su Dios… Muerte no habrá más, pues el antiguo mundo se ha ido" (21:1-4)… "He aquí he hecho todas cosas nuevas… ; soy Alfa y Omega, el Principio y el Fin; aquel que tenga sed, le daré de la fuente de la vida gratuitamente" (21:5-6)… "Ven que te muestre la esposa del Cordero" (El Ángel) me transportó pues en espíritu sobre una montaña de gran altura y me mostró la Ciudad santa; Jerusalén, que descendía del cielo, de lo de Dios con dentro de ella la Gloria de Dios; resplandecía tanto como una piedra de las más preciosas (21:9-11)… Templo, no vi ninguno dentro de ella, es que el Señor, el Dios Amo de todo, es su Templo, como así el Cordero. Ella no necesita del esplendor del sol y del de la luna, pues, la Gloria de Dios la ha iluminado y el Cordero toma el lugar de antorcha (21:22-23)… El Espíritu y la Esposa dicen ¡Ven! Que el que escucha diga: ¡Ven! Y el hombre sediento se aproxima, que el hombre del deseo lo reciba gratuitamente (22:17)… ¡Si, mi retorno es próximo! Oh si, ven Señor Jesús" (22:20).

De esta manera, la Iglesia es definida desde el principio por la Palabra creadora de su Señor que es Alfa, ella es definida también para el fin último a la cual la destina el mismo Señor, pues es también Omega. Son los últimos fines (en griego ta eschata) tanto como su fundación los que definen a la Iglesia. En la jerga teológica diríamos: no se puede definir la Iglesia fuera de una tensión escatológica. Es la perspectiva de la Jerusalén celestial donde la Esposa aparecerá por fin engalanada de todo su esplendor, resplandeciente de la Gloria de su Esposo, quién orienta toda la vida de la Iglesia, que le da su sentido, quién la atrae hacia su realización final. La Iglesia debe pasar de Alfa a Omega. Y ella lo puede hacer y lo hará porque ella es amada y el amor es creador, y es un amor continuo. Un niño, una mujer, un hombre no se tornan ellos mismos, no se manifiestan verdaderamente que cuando son amados. La Iglesia, en despecho de todos los pecados, de todos los desfallecimientos de sus miembros, se torna realmente ella misma, se transforma en la Jerusalén celestial porqué ella es amada de un amor por su Creador quién no cesa de crearla a la vez informándola por su Palabra y derramando sobre Ella el Agua purificante y vivificante de su Espíritu Santo. Entonces podrá realizar su verdadera vocación: asumir y salvar al mundo, pues ella es santificada "para la vida del mundo."

Es pensando en todo esto que la noche de Pascua cantamos con una inmensa esperanza: "¡Resplandece, resplandece oh, nueva Jerusalén, pues la Gloria del Señor se ha levantado sobre ti! ¡Arrebátate de alegría y engalánate, Sion! Y tú Madre de Dios pura, regocíjate en la Resurrección de tu Hijo" (hirmos de la novena oda de los maitines de la Resurrección).

La Iglesia Cuerpo del Cristo.

Dimension Cosmica Del Cuerpo Del Cristo Resucitado

Para abordar este capítulo, no hay que abandonar nuestras maneras habituales de pensar, para ponernos frente a una realidad totalmente nueva: "He aquí, hago cosas todas nuevas" (Apocalipsis 21:5). Se trata de lo que san Pablo llama "La Nueva Creación" (Gálatas 6:15; 2 Corintios 5:17). "Pues del momento que son resucitados con el Cristo, oteen las cosas del alto, ahí donde se encuentra el Cristo sentado a la diestra de Dios, piensen en las cosas del alto, no aquellas de la tierra" (Colosenses 3:2). El lector, pues, debe, aquí, dejar de lado la concepción de un mundo y los objetos que se yuxtaponen en un espacio mesurable: "Tengan cuidado que no se encuentre alguien para reducirlos a la esclavitud por el vano señuelo de la filosofía, según una tradición totalmente humana, según los elementos del mundo y no según el Cristo" (Colosenses 2:8).

Se trata de encaminarse "hacia el verdadero conocimiento, renovándose a la imagen del Creador" (Colosenses 3:10)… "No hay más que el Cristo quién es todo y en todo" (Colosenses 3:11). Se trata de descubrir la dimensión cósmica de este Cristo "en quién habita corporalmente toda la plenitud de la Divinidad" (Colosenses 2:9), Él que es la imagen del Dios invisible, Primogénito de toda criatura, pues es en Él que han sido creadas todas las cosas en los cielos y sobre la tierra, las visibles y las invisibles, Tronos, Señoríos, Principados, Potencias: todo ha sido creado por Él y para Él. Él es antes que todas las cosas y todo subsiste en Él. Hacía falta que Él obtenga en todo la primicia, pues a Dios le plació a hacer habitar en Él la Plenitud y por Él reconciliar todos los seres para Él, también en la tierra como en los cielos, haciendo la paz por la sangre de Su cruz"(Colosenses 1:15-20).

Se necesitó ciertamente que Pablo encontrara el Cristo resucitado sobre el camino a Damasco para que haya tenido la extraordinaria intuición del Cristo-Dios con su nuevo cuerpo en la dimensión del mundo del cual es Él es el Señor y el Creador, en Quién todas las cosas subsisten, Quién es todo en todo, en Quién habita toda la plenitud, en Quién habita corporalmente toda la plenitud de la Divinidad.

Tal es el Cuerpo del Resucitado, "Cuerpo espiritual" nos dirá este mismo san Pablo en la Primera Epístola a los Corintios (15,44), bien que haya estado sobre la cruz y dentro el sepulcro, Cuerpo incorruptible e inmortal, quién ha resucitado en la gloria, Cuerpo glorioso (1 Corintios 15:43-54).

La Iglesia Es el Cuerpo del Cristo.

Es aquel Cuerpo, del cual san Pablo nos dice que es la Iglesia (Efesos 1:23; Colosenses 1:18; 1 Corintios 12:13-27). Sería un error de no ver en esta expresión de Pablo más que una imagen, cuando se trata de la misteriosa incorporación de creyentes, por la obra del Espíritu Santo, dentro del Cuerpo de dimensiones cósmicas del Resucitado.

El Señor Jesús mismo nos ha dejado entrever que su Cuerpo sería el sitio de reunión de sus fieles; en una frase que los falsos testigos citaran deformándola durante Su proceso ante Caifás. En efecto, acusan a Jesús de decir: "Puedo destruir el templo de Dios y en tres días reconstruirlo" (Mateo 26:61) o también: "Destruiré este templo hecho por la mano del hombre y en tres días construiré otro el cual no será hecho por la mano del hombre" (Marcos 14:58); en realidad Jesús había dicho: "Destruid este templo y en tres días lo levantaré" (Juan 2:19) y el evangelista agrega: "Pero Él hablaba del santuario de su Cuerpo," también cuando Jesús resucitó de entre los muertos, sus discípulos recordando que Él había tenido este propósito creyeron en la Escritura y a la Palabra que Él había dicho" (Juan 2:21-22). De hecho, no solamente tratarán de destruir el Cuerpo de Jesús clavándolo a la cruz, pero el templo de Jerusalén mismo será destruido por los ejércitos romanos cuarenta años más tarde: de ahí en más, el único Templo, el Sitio donde se reunirán los "verdaderos adoradores del Padre" (Juan 4:23) será su Cuerpo de Resucitado.

Novicio: Todo esto me parece bien obscuro.

Maestro: Imagínate — como además lo hace san Pablo (1 Corintios 12:20) — que cada miembro del cuerpo, el ojo, la cabeza, los pies, pudieran hablar como si fuesen una persona: el ojo podrá decirle a la mano: "No tengo necesidad de ti," o la cabeza a los pies: "No tengo necesidad de ustedes." Todos los miembros del cuerpo son solidarios: cada uno tiene necesidad de todos; cuando un miembro está enfermo, todo el cuerpo y "todos los miembros sufren con él" (v. 26); lo mismo si un miembro funciona bien (los pulmones, el corazón) todo el cuerpo saca provecho. Y bien, en el seno de Iglesia, estamos todos soldados los unos a los otros y todos al Cristo como los miembros de un solo cuerpo son articulados a la cabeza, de suerte de que si un solo miembro hace o piensa alguna cosa mala — mismo si nadie lo sabe — todo el cuerpo, toda la Iglesia está enferma. Inversamente, si una sola persona en secreto de su habitación tiene un buen pensamiento o hace una verdadera oración, toda la Iglesia y todos sus miembros se portan mejor.

Somos todos solidarios en el seno de la Iglesia y, mismo sin saberlo, todos nos comunicamos los unos con los otros: el Espíritu Santo, en efecto, circula en todo el Cuerpo de la Iglesia, como el aliento en cuerpo de un hombre; es además, el porqué la Cabeza del Cuerpo — el Cristo — puede hacer mover, puede dirigir a todos los miembros del Cuerpo, con la condición de que estos no estén enfermos. En efecto, cuando se hace el mal somos como un miembro paralizado: el Cristo no lo dirige más, la corriente del Espíritu Santo no pasa más. Por el contrario, cuando escuchamos la Palabra de Dios, recibimos impulsos de la Cabeza y el Espíritu Santo nos hace a todos comunicarnos en el amor. Somos entonces la unión, en comunión, a la fe entre nosotros y con nuestro Cristo.

El Pan Eucaristico, Cuerpo del Cristo, Hace la Iglesia.

Este misterio desconcertante se realiza y se vive a través del misterio eucarístico. El Nuevo Testamento, en efecto, nos revela una ecuación doble: Pan Eucarístico = Cuerpo del Cristo = Iglesia. El Cuerpo del Cristo es la Iglesia, pero el Cuerpo del Cristo es también el Pan Viviente descendido del cielo (Juan 6:51), este "Pan que da la vida al mundo"· (6:33), este "Pan de Vida" (6:35)… este "pan de desciende del cielo para que se coma y no se muera" (6:50), este Pan que Jesús dará a sus discípulos la víspera de su muerte, diciendo: "Tomen y coman, esto es mi Cuerpo que es partido para ustedes para la remisión de los pecados."

Es comiendo este Pan, que es el Cuerpo de Cristo que podemos entrever como la Iglesia y el Cuerpo del Cristo, es en efecto comulgando a ese Pan — y al Vino — comulgando en el Cuerpo de Cristo, y a la Sangre del Cristo que los fieles de Jesús se tornan el Cuerpo de Cristo, se tornan Iglesia. San Ireneo ilustra esta misteriosa verdad por una imagen: el agua une los copos de la harina para hacer un solo pan; de la misma manera el Espíritu Santo une los creyentes para hacer un solo Cuerpo, el Cuerpo del Cristo. La Cena mística, la divina Liturgia, es la cuadra de la Iglesia: es ahí que Dios, el Padre amasa la asamblea de Sus hijos, la asamblea eucarística de los comulgantes, con Sus dos manos — la Palabra y el Espíritu — para hacer un solo Pan, el Cuerpo del Cristo, la Iglesia; es lo que nos es dicho un poco distintamente por la Epístola a los Efesos (2:19-22): "Así pues ustedes no son mas extranjeros ni huéspedes, son conciudadanos de los Santos, son de la Casa de Dios. Pues la construcción que son, tiene por cimiento los apóstoles y profetas y por piedra angular el Cristo mismo. En Él, toda la construcción se ajusta y crece en un templo santo en el Señor, en Él, están integrados a la construcción para tornarse una morada de Dios en el Espíritu." La Iglesia es pues bien esta unión de creyentes, alimentándose de la Palabra de Dios y del Pan de la comunión, reunión que el Espíritu Santo desde la Pentecostés visita y vivifica para hacer un solo Cuerpo donde el Cristo es la cabeza y donde los creyentes son los miembros" (1 Corintios 12:13-27; Colosenses 1:18; Efesios 1:22-23).

 

 

 

8. El misterio de la divina Eucaristía:

origen, institución y sentido.

Venimos de ver que el Pan de la comunión, que es el Cuerpo de Cristo, nutre a la Iglesia y la transforma a ella misma en el Cuerpo de Cristo. Por lo tanto es tiempo de consagrar dos capítulos especiales a este misterio eucarístico al cual hemos hecho tantas veces alusión. Sería bueno que el lector comience aquí por releer todos estos pasajes que lo preparaban a mejor comprender los presentes capítulos sobre la Eucaristía que está en el centro de la vida cristiana.

Los Israelitas tenían la costumbre de celebrar los berakoth o "bendiciones" por las cuales expresaban su reconocimiento a Dios por todos Sus beneficios. Reconocer que un don viene de Dios, hacer memoria de ese don con reconocimiento; acción de gracias, agradecimiento (en griego eucharistia, de donde Eucaristía) es una actitud fundamental de los servidores del Todopoderoso. Es, en efecto, por esta acción de gracias permanente que el hombre reconoce la obra del Creador, le expresa su reconocimiento, y, en nombre de toda la Creación, le "devuelve" su gloria ("anapempo" en griego = enviar hacia lo alto, pero también devolver, enviar de nuevo); es por esta actitud de eucaristía, de acción de gracias, que el hombre, que es la conciencia de la creación, reconoce el lazo que une la creación al Creador y mantiene, por este memorioso reconocimiento, la corriente de amor entre el Creador y Su creación, y, por lo mismo, la armonía del universo.

El Cristo en el atardecer del Jueves santo, celebraba de esta manera una beraka o bendición presidiendo la comida de sus discípulos. Esto aparece claramente si se lee el relato que nos hace san Lucas (22:17-20) y se lo compara al ritual de bendición de una comida judía tal cual nos es descripta en la Mishna.

Al principio de la comida, se bendecía una primera vez la copa de vino diciendo: "Bendito seas tú Señor nuestro Dios, Rey de los Siglos que das este fruto de la viña" Es porqué Jesús toma al principio de la comida la copa, una primera vez (v. 17) diciendo: "No beberé más de ahora en adelante del fruto de la viña hasta que venga el Reino de Dios" (v. 18).

El miembro más joven de la familia, a falta de servidores, traía entonces un cántaro de agua para que el jefe de la familia se lave las manos. Es pues lo que debió haber hecho san Juan, el más joven de los Apóstoles: pero Jesús se lo tomó de las manos y se puso a lavar los pies de los Apóstoles (Juan 13:7-17).

Después el jefe de la familia tomaba el pan y lo partía diciendo: "Bendito seas tú Señor nuestro Dios, Rey de los Siglos que produces el pan de la tierra… Rindamos gracias a nuestro Dios que nos nutrió de su abundancia." Aquí Jesús (v. 19) "tomó el pan y luego de rendir las gracias lo partió y se los dio diciendo: "Este es mi Cuerpo, dado por ustedes, háganlo en memoria mía." Por lo tanto Jesús hace el gesto tradicional del jefe de familia judía pero le da un sentido totalmente nuevo, identificando el pan con su propio Cuerpo que será entregado sobre la cruz para la vida del mundo.

Luego de la comida, el jefe de familia tomaba la copa y la bendecía una segunda vez. Es el porqué Jesús "hizo lo mismo después de la comida," tomando también la copa una segunda vez (v. 20) diciendo: "Esta copa es la Nueva Alianza en mi Sangre derramada para ustedes." Así se explica las dos bendiciones de la copa, siendo san Lucas el único a conservar el recuerdo; pero Jesús les da, una vez más, un sentido nuevo identificando el vino a su Sangre que derramará al día siguiente sobre la cruz y que sellará la Nueva Alianza entre Dios y los hombres.

San Pablo completa el relato de Lucas (1 Corintios 11:23-25) agregando: "Cada vez que comerán este pan y que beberán de esta copa anunciaran mi muerte hasta que Yo venga"

He aquí que la bendición de la comida; la ofrenda reconociente del pan y del vino a Dios que las había dado, estaba asociada a la ofrenda que el Cristo al día siguiente — el Viernes santo — de su Cuerpo y de su Sangre sobre la cruz, y a la conclusión de la Nueva Alianza entre Dios y su pueblo por el sacrificio del Cristo ofrecido para el perdón de los pecados. "Hagan esto en memoria mía… hasta que Yo venga": de ahora en adelante la celebración de esta comida estará ligada al reconocimiento memorial de la muerte y de la Resurrección del Salvador que hace entrar a su pueblo en la Tierra prometida de su Reino. Desde la Resurrección del Cristo hasta su Retorno, es por esta Comida que conmemoramos toda su obra salvadora desde su Pasión hasta su segundo Advenimiento. Pero esta conmemoración — en griego "anamnesis," en hebreo zikkaron — no es una simple evocación por la memoria, un simple acto intelectual: es también, es sobretodo, una participación, una comunión de toda la asamblea que celebra este "memorial" a los eventos salvadores que son conmemorados: la muerte, el sepulcro, la Resurrección, la Ascensión; la Reunión a la diestra del Padre, el segundo Advenimiento del Señor, tienen un alcance eterno. Situados en el tiempo, ellos salvan al hombre de todos los tiempos; y cuando evocamos en el memorial eucarístico, salimos del tiempo para comulgar "en el gesto eterno del Hijo de Dios pasando a través de su Pueblo para conducirlo hacia su Reino."

Es por la obra del Espíritu santo que una evocación, que una representación celebrada en un momento dado del tiempo se torna una comunión, una participación al gesto eterno del Hijo: en efecto, el Espíritu Santo "nos recuerda todo lo que Jesús ha dicho" (Juan 14:26)… "rinde testimonio de Él" (15:26)… y "toma de su bien para hacernos partícipes" (16:14). Es por lo tanto por el Espíritu Santo que la representación se torna participación y comunión.

Ahora se comprende la importancia de la divina Liturgia: es por ella que todo lo que ha hecho el Cristo, hace y hará por los hombres nos atañe; es realmente el sitio de nuestro encuentro con el Cristo Salvador. Es ahí — esperando el festín del Reino — que se celebran las nupcias del Cristo y de su Esposa; es ahí, comulgando en Cristo comulgamos con nuestros hermanos en el misterio de la Iglesia; es ahí, recibiendo el Cuerpo y la Sangre del resucitado entramos en el misterio de su Cuerpo y contemplamos su resurrección.

Todo esto lo comprenderemos mejor estudiando el desarrollo de la celebración; pero, es evidente que la comunión eucarística es un misterio de amor que se vive mas de lo que se comprende, y que es más importante participar de la comida eucarística que de describirla.

 

 

9. Desarrollo de la celebración.

Desde la época donde los discípulos, inmediatamente después de la Pentecostés, "se mostraban asiduos a la enseñanza de los Apóstoles, fieles a la comunión fraternal, a la fracción del pan y a las oraciones," la Iglesia del Cristo, jamás ha cesado, cada domingo — aniversario de la Resurrección, día del Señor — de recordar la enseñanza de los apóstoles y de proceder, en la comunión fraternal y la oración, a la "fracción del pan." Es lo que nosotros comúnmente denominamos la divina Liturgia.

Bien que, según las tradiciones locales, la celebración de esta Liturgia reviste formas bastante diferentes, ella se conforma siempre y en todos lados a un mismo esquema el cual de toda evidencia se remonta a la Tradición apostólica, es decir a la manera de hacer de los Apóstoles, fuente común de la práctica de todas las Iglesias locales; es el esquema apostólico que vamos a tratar de liberar, pues lo encontramos en uso en todas las liturgias de los cristianos ortodoxos desde los orígenes y hasta hoy en día, y en particular, en la Liturgia de san Juan Crisóstomo, en las de san Basilio, de Santiago o de san Marcos.

 

La Enseñanza de los Apostoles. o Liturgia de los Catecumenos.

Ya san Justino (martirizado en Roma en el año 155) nos relata que la celebración del misterio Eucarístico era precedida de las lecturas de la Biblia comentadas y explicadas por el Presidente de la Asamblea (Proestos) u obispo; es lo que llamamos comúnmente la "Liturgia de los catecúmenos" (porque aquellos que venían al catecismo para prepararse al Bautismo estaban admitidos, o, "Liturgia de la Palabra."

Estas lecturas comprenden:

Lecturas del Antiguo Testamento, en la Liturgia de san Juan Crisóstomo son los Salmos cantados (Salmo 102 [103], 145 [146]). En la de san Basilio, cuando está celebrada con vespertinas, son las lecturas que varían en relación con la festividad del día.

La lectura de la Epístola, es decir de una de las cartas de los Apóstoles dirigidas a las Iglesias de la época (por ejemplo: Epístolas de san Pablo a los Romanos; a los Corintios, a los Tesalonicenses, etc.).

La lectura del Evangelio, es decir de un pasaje de unos de los cuatro Evangelios, según Mateo, Marcos, Lucas o Juan; de hecho se trata del único "Evangelio," de la única "Buena Nueva" que el Señor Jesús vino a traer al mundo.

Estas lecturas son seguidas de la explicación, del comentario que habitualmente hace el Presidente de la Asamblea (el obispo, en su ausencia el sacerdote).

En el transcurso de esta primera parte de la Liturgia se sitúa la procesión que denominamos la pequeña Entrada. El diácono lleva solemnemente el santo Evangelio, ícono de la Palabra de Dios; pasa en medio de los fieles, entra por las Puertas reales (las Puertas del Cielo), seguido de todo el clero, en el Santuario (reino de Dios).

Este gesto nos recuerda toda la obra del Hijo de Dios — Palabra hecha carne, llegada al mundo para iluminar todo hombre (Juan 1:9) y pasando en medio de los hombres para hacerse conocer y hacerles conocer al Padre ("Si me conocen, también conocerán a mi Padre" Juan 14:7) y así los conducirá a Su cortejo en el Reino.

La Palabra pasando a través del mundo siendo así representada, luego se hará escuchar cuando el diácono leerá el Evangelio que viene de traer: el memorial se tornará en realidad actual, la conmemoración del Anuncio de la Palabra se torna en proclamación de esta misma Palabra la cual llega hoy en día hasta nosotros y toca nuestros corazones por la acción del Espíritu Santo. Es, en efecto, es Este que nos hace acoger y comprender la Palabra del Hijo; es el porqué de la lectura del Evangelio en el medio de la Asamblea es precedida de una oración por la cual solicitamos a Dios de hacer brillar en nuestros corazones su Luz: de esta manera la Palabra se hace presente entre nosotros. Es la razón de ser de la celebración; Dios habla a su pueblo para hacer su Esposa, su Iglesia; y nosotros, escuchamos esta Palabra con todo nuestro corazón y con todo nuestro espíritu para ponerla en práctica.

Celebrecion del Misterio ("Fraccion del Pan") o Liturgia de los Fieles.

Se llama esta segunda parte Liturgia de los fieles, porque solo los creyentes bautizados, los fieles, pueden sin peligro participar en el gran y temible misterio que conmemora la Crucifixión y Resurrección de nuestro Salvador. Aquellos quienes vienen como espectadores, como curiosos, como turistas, profanarían el Amor de Aquel quién ha derramado su Sangre por la vida del mundo. Es el porqué el diácono invita a los catecúmenos (es decir aquellos que todavía no están bautizados) a retirarse y a los fieles velar en las puertas para que solamente los iniciados queden en la celebración de las nupcias del Cordero con su pueblo fiel.

La Liturgia de los fieles comprende de cuatro partes que corresponden a las cuatro acciones que hizo el Cristo en el transcurso de la Santa Cena del Jueves santo y también durante su encuentro con los dos discípulos de Emmaus.

Tomó el pan

Agradeció

Lo partió

Lo dio a sus apóstoles y discípulos.

Por lo tanto en la Liturgia de los fieles